Es precisamente este improviso insinuarse de lo sobrehumano dentro de lo humano lo que nos ofende en el drama. Este truncamiento inexorable de todo indicio de desarrollo en el carácter del protagonista, la injuria de la Naturaleza, el poder del espíritu al servicio más absoluto de una tesis, de una sentencia. El poeta construye, edifica, sin una necesidad impulsiva del alma. Y, como no tortura el pensamiento cristalizado en su fijeza, el drama no sangra. La palabra brota de lo más seco del corazón, nunca inmediata, nunca impetuosa, precipitada; y siempre se presta a la sabia disposición y a la intención del artífice. La simplicidad ha huido, se ha impuesto la elección. Se suprime lo común; se mata el instinto; se adorna, se decora, se ribetea; el poeta abandona la viva plasmación del primer chorro. El rebuscamiento se convierte en naturaleza. En este drama faltan las palabras eternas sobre la eternidad de los destinos humanos... El énfasis de los discursos se entona con la sutileza dialéctica; un pertinaz trabajo de lógica enfría cualquier ardor de la fantasía; todo pasa por el tamiz de la reflexión; y no importa que la rígida disciplina del pensamiento humille y ofenda al pobre espíritu humano, que no consigue darse a conocer; el poeta calcula, mide, ordena, divide, dispone...
ARTURO FARINELLI, recogido por Giovanni Papini en Retratos, Caralt, Barcelona, 1976, pág. 51