Gore Vidal sobre Truman Capote y viceversa

Estaba cantado que llegarían a chocar, y así sucedió, probablemente a comienzos de 1948, en el apartamento de Tennessee Williams. “Empezaron a criticarse mutuamente su trabajo”, diría Williams. “Gore dijo que Truman sacaba todos sus argumentos de Carson McCullers y de Eudora Welty. Y Truman repuso: “Pues puede que tú saques los tuyos del Daily News.” Y así empezó un enfrentamiento que nunca lograron superar. Truman no recordaba cómo iniciaron la discusión, pero sí que “fue muy, muy desagradable, fuese lo que fuera, y desde entonces Gore y yo no volvimos a ser amigos. Tennessee se limitó a sentarse de nuevo con una risa sofocada”.

Desde entonces, Truman y Gore mantuvieron un guerra declarada, y sus mutuos amigos no tardaron en entretenerse comentando los últimos partes de guerra. Cuando uno de ellos era elogiado por haber logrado tanto en tan poco tiempo, el otro (cuya identidad varía según quién cuente la historia) explotaba furioso: “Tendrá veintidós pero es como si tuviera un día” (un comentario que se hizo famoso por lo bobo). “La primera vez que vi a Gore le comenté el gran talento que tenía Truman”, contaba Glenwy Wescott, un escritor ya mayor que pretendía ser neutral. “¿Cómo puede decir que tiene talento alguien que a los veintitrés años sólo ha escrito un libro? Yo he escrito tres y sólo tengo veintidós.” E igualmente furioso se ponía Truman cuando oía citar el nombre de Gore. Pataleaba como Rumpelstilskin. “¡No tiene talento!”, exclamaba. “¡Nada, nada, nada!”.

Por más que la fomentase (“¿Has oído lo que ha hecho Gore ahora?”, le diría indignado a Phoebe Pierce), su enemistad tenía más de juego que de verdadera guerra para Truman, y para quienes conocían a ambos parecía claro que Truman se preocupaba menos de Gore que éste de él. Salvo para Gore, la razón era obvia para todo el mundo: Truman había vencido: el título de joven prodigio vigente en el mundo literario era suyo. Pese a su juventud era un escritor maduro con una voz peculiar y segura. Gore, a pesar de ser prolífico, aún estaba porfiando por lograr tanto un estilo como un tema y eran pocos los que se tomaban su obra realmente en serio. En privado, T. Williams lamentaba que la tercera novela de Gore The City and the Pillar, que alcanzó una cierta notoriedad por tratar el tema de la homosexualidad, no tuviera “ni una sola línea notable”, y Anaïs Nin, a quien Gore se sentía muy ligado, consideraba que su obra no tenía vida. “Hay acción, pero no hay sentimiento”, escribió ella en su diario. Los relatos de Truman, en cambio, la “hechizaron” y decía admirar “su capacidad de ensoñación, la sutileza de su estilo, su imaginación. Y, por encima de todo, su sensibilidad”.

Estas impresiones, que resonaban por dondequiera que fuese, conseguían que Gore se sintiera amargamente zaherido y no podía digerir la imagen de aquella menuda figura, puesta en un pedestal que consideraba suyo por propio derecho.

Durante su viaje a Europa con Tennessee en 1948 se pasó casi todo el tiempo hablando de Truman. “Está envenenado por ese horroroso espíritu competitivo y parece estar continuamente agobiado por los éxitos o los logros de otros escritores como Truman Capote”, le escribió Tennessee a un amigo. “Está sin duda obsesionado con el pobrecito Truman Capote. Es como si fuera desesperadamente en pos de un premio fabuloso.”


GERALD CLARKE, Truman Capote, Ediciones B, 2006, Barcelona, traducción de Víctor Pozanco, págs. 152 y 153.