Updike había dicho: Miren, esto no es literatura, ni siquiera "una modesta aspiración a la literatura", sino simple "entretenimiento". Irving había dicho, entre puajs y piiips: Miren, esto no es ni siquiera una novela, y mucho menos literatura, es una "hipérbole periodística". Mailer había dicho: Miren, ésta no es una criatura ilegítima, sino un bastardo, un "mega best-séller" cuyo disoluto creador "ya no está entre nosotros (¡si es que alguna vez lo estuvo!)". "Nosotros." ¿Quiénes eran "nosotros"? Pues estaba muy claro, "nosotros", aquellos que según los criterios de Mailer, pertenecemos al "mundo literario". Todo un hombre y su autor vivían en un lugar completamente distinto, "el reino de King Kong, de los mega best-séllers". En otras palabras, Wolfe y su maldito libro se hallaban al otro lado de la línea, una línea que separa el bien definido territorio de la conducta permisible.
TOM WOLFE, fragmento de Mis tres comparsas, recogido en El periodismo canalla y otros artículos, Ediciones B, 2001, Barcelona, traducción de Mª Eugenia Ciocchini, pág. 214.