No era Hemingway, sino Stein, la miserable arribista, según se dice en París era una fiesta. Durante los tres o cuatro años en que fueron buenos amigos, escribió Ernest, nunca escuchó a Gertrude hablar bien “de ningún escritor que no hubiera escrito favorablemente, en términos elogiosos, acerca de su obra, o que no la hubiese ayudado a promocionar su carrera, con la sola excepción de Ronald Firbank y, más tarde, de Scott Fitzgerald”. La obra de Fitzgerald siempre le gustó, como también le gustaba Alice Toklas.
Sin embargo, los mayores golpes de Heminway en París era una fiesta se reservan para el lesbianismo de Stein. Según cuenta, Gertrude –en calidad de abogada del movimiento– le explicó que las lesbianas no eran como los homosexuales varones. El acto al que se dedicaban los amantes varones era “feo y repelente; después ellos mismos se dan asco”. Terminaban por tomar drogas, cambiaban constantemente de pareja, nunca eran felices. Las mujeres que hacían el amor una con otra, por el contrario, no hacían nada que fuera desagradable o repulsivo; “después se sienten felices y pueden pasar juntas una vida feliz”. Nada convencido Hemingway, le preguntó por una lesbiana notoria. Stein le aseguró que ésa era una excepción a la regla, una “viciosa de verdad y, claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora”. ¿Lo había entendido? Ernest no estaba muy seguro. “Se presentaban tantas cosas por comprender en aquellos tiempos, que sentí alivio cuando cambiamos de conversación”.
SCOTT DONALSON, Hemingway contra Fitzgerald, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2002, págs. 196 y 197. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane.