En París unos amigos me presentaron al poeta Marinetti; estaba muy seguro de sí mismo y era muy ambicioso. Me regaló su poema Mi corazón es de azúcar rojo.
-Si lo traduce, hará usted que los rusos descubran al poeta de mañana -dijo.
Traduje un fragmento breve, que acompañé de un corto prefacio: "Es difícil que gusten los versos de Marinetti. Lo que a uno le aleja de ellos es su vaciedad interior y, sobre todo, el mal gusto y el énfasis".
Más adelante asistí a una velada literaria, en el curso de la cual Marinetti glorificó el futurismo, las maravillas de la técnica y la conquista del mundo. Cuando más tarde se unió al fascismo lo hizo como una cosa lógica: no le hizo falta adaptación alguna, pues siempre había soñado con la violencia. Después del azúcar de cande rojo seguía la sangre.
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ILIA EHRENBURG, Hombres, años, vida, Editorial Mateu, 1964, pág. 147