Quevedo sobre Góngora (14)

Poeta de ¡Oh, qué lindicos!,

verdugo de los vocablos,

que a puras vueltas de cuerda

los haces que digan algo;

perseguidor de los ríos,

como si fueras borracho,

sin perdonar a las fuentes

ni, por lo sucio, a los charcos;

tú, que de tajo le diste

en un romancito a Tajo,

porque en las sierras de Cuenca

le dan los pinos de palos,

acordársete debiera

de aquel buen tiempo pasado

que fuiste poeta Encina

por lo que te varearon.

Poeta de bujarrones

y sirena de los rabos,

pues son de ojos de culo

todas tus obras o rasgos;

caballero, porque nunca

has caído de tu asno;

escoba de la basura

de las ninfas del Parnaso;

poeta de lo comido,

musa de desatacados,

ingenio de melecina

que siempre apunta a lo bajo,

no es posible que seas hijo

de ciudad a cuyos partos

debe Roma, y todo el mundo,

los Sénecas y Lucanos.

Córdoba no te parió,

si no es que se hizo preñado

algún arrabal de ti,

y que naciste en el campo.

Racionero dicen que eres,

mas yo irracional te hallo,

aunque en la cola y lo sucio,

canónigo eres del Rastro.

Góngora te llaman todos,

ilustre apellido y claro,

mas viénete como al potro

el Manrique por su amo.

¿Quién te mete con los griegos

aun no siendo tú troyano?

¿Por qué de lo que no has visto

hablas como papagayo?

¿Qué te hizo Anacreonte

en los versos castellanos,

que le alabas cuando más

pretendes vituperallo?

Sus «suavidades» (llamaste)

de arrope, y has acertado,

que es mosto dulce, y él hizo

dulce el mosto con su canto.

Y al pobre Lope de Vega

te lo llevaste de paso

sólo por llamarse Lope,

de tu consonante esclavo.

¿Qué te movió a poner lengua

en dos ingenios tan raros,

sin ser bacines ni pullas,

que son vínculo a tus labios?

Como Eróstrato quisiste,

hallándote despreciado,

quemar lo mejor del mundo,

abrasar dos templos altos;

que es tanta la infamia tuya,

que buscas nombre, afrentado

por medio de un gran castigo,

a costa de mil agravios.

Hiciéraste tus coplitas

una Bueno y otra Malo,

y cuando van por aceite

cantáranlas los muchachos.

De la brida a la jineta,

estribos cortos y largos

remataran de tus chistes

los conceptillos de asco,

y dejaras de pedir

antojos, de vista falto,

pues los que tú has menester

son los que traen los caballos.

Para sacar versos flojos,

o sea para soltarlos,

basta la vena que tienes:

hartos arrojas cada año.

No entendemos los greguescos

por acá, aunque los usamos;

dánoslos a entender tú,

que andas siempre en esos barrios.

Y advierte que ni Quevedo

ni Lope harán de ti caso,

para honrarte con Respuesta:

que fuera grande pecado.

Yo, que soy un poetilla

hijo de todos los diablos,

humildemente nacido

entre hongos y entre esparto;

como el barbero aprendiz,

que para probar la mano

se ejercita en zanahorias

antes que en venas de brazos,

así yo poeticomienzo

para ver cómo lo hago;

atreveréme después

a satirizar cristianos:

Gongorilla, Gongorilla,

de parte de Dios te mando

que, en penitencia de haber

hecho soneto tan malo,

andes como Juan Guarín,

doce años como gato,

y con tu soneto al cuello,

por escarmiento y espanto.

Y advierte que al responder

a estos versos, mentecato,

que te aguarda por respuesta

otro romance más largo.

Y que desde aqueste punto

toda mi vida consagro

a decir mal de tus cosas,

aun entre sueños hablando.

Contra Galicia escribiste,

tierra de tocino y nabos,

que, como toda es limpieza,

toda junta te dio enfado.

Muy dificultoso eres,

no te entenderá un letrado,

pues, aborreciendo puercos,

lo puerco celebras tanto.

cristiano viejo no eres,

porque aún no te vemos cano;

hi de algo, eso sin duda,

pero con duda hidalgo.

Llámate quien te conoce

Mondonguedo del Parnaso,

pues vaciar y llenar vientres

tienes solamente a cargo.

Almorrana eres de Apolo,

por donde el dios, soberano

gracioso, purga inmundicias

y sangre, si está enojado.

Dícenme tienes por lengua

una tripa entre los labios,

viendo que hablas con ella

ventosedad todo el año.

Y para adelante digo

que te enmiendes de tus cargos,

y pues eres manicorto,

no seas tan lengüilargo.

FRANCISCO DE QUEVEDO, Obra poética III, Parte I, Sátiras personales, Castalia, Madrid, 2001, págs. 234-237, edición de José Manuel Blecua.