verdugo de los vocablos,
que a puras vueltas de cuerda
los haces que digan algo;
perseguidor de los ríos,
como si fueras borracho,
sin perdonar a las fuentes
ni, por lo sucio, a los charcos;
tú, que de tajo le diste
en un romancito a Tajo,
porque en las sierras de Cuenca
le dan los pinos de palos,
acordársete debiera
de aquel buen tiempo pasado
que fuiste poeta Encina
por lo que te varearon.
Poeta de bujarrones
y sirena de los rabos,
pues son de ojos de culo
todas tus obras o rasgos;
caballero, porque nunca
has caído de tu asno;
escoba de la basura
de las ninfas del Parnaso;
poeta de lo comido,
musa de desatacados,
ingenio de melecina
que siempre apunta a lo bajo,
no es posible que seas hijo
de ciudad a cuyos partos
debe Roma, y todo el mundo,
los Sénecas y Lucanos.
Córdoba no te parió,
si no es que se hizo preñado
algún arrabal de ti,
y que naciste en el campo.
Racionero dicen que eres,
mas yo irracional te hallo,
aunque en la cola y lo sucio,
canónigo eres del Rastro.
Góngora te llaman todos,
ilustre apellido y claro,
mas viénete como al potro
el Manrique por su amo.
¿Quién te mete con los griegos
aun no siendo tú troyano?
¿Por qué de lo que no has visto
hablas como papagayo?
¿Qué te hizo Anacreonte
en los versos castellanos,
que le alabas cuando más
pretendes vituperallo?
Sus «suavidades» (llamaste)
de arrope, y has acertado,
que es mosto dulce, y él hizo
dulce el mosto con su canto.
Y al pobre Lope de Vega
te lo llevaste de paso
sólo por llamarse Lope,
de tu consonante esclavo.
¿Qué te movió a poner lengua
en dos ingenios tan raros,
sin ser bacines ni pullas,
que son vínculo a tus labios?
Como Eróstrato quisiste,
hallándote despreciado,
quemar lo mejor del mundo,
abrasar dos templos altos;
que es tanta la infamia tuya,
que buscas nombre, afrentado
por medio de un gran castigo,
a costa de mil agravios.
Hiciéraste tus coplitas
una Bueno y otra Malo,
y cuando van por aceite
cantáranlas los muchachos.
De la brida a la jineta,
estribos cortos y largos
remataran de tus chistes
los conceptillos de asco,
y dejaras de pedir
antojos, de vista falto,
pues los que tú has menester
son los que traen los caballos.
Para sacar versos flojos,
o sea para soltarlos,
basta la vena que tienes:
hartos arrojas cada año.
No entendemos los greguescos
por acá, aunque los usamos;
dánoslos a entender tú,
que andas siempre en esos barrios.
Y advierte que ni Quevedo
ni Lope harán de ti caso,
para honrarte con Respuesta:
que fuera grande pecado.
Yo, que soy un poetilla
hijo de todos los diablos,
humildemente nacido
entre hongos y entre esparto;
como el barbero aprendiz,
que para probar la mano
se ejercita en zanahorias
antes que en venas de brazos,
así yo poeticomienzo
para ver cómo lo hago;
atreveréme después
a satirizar cristianos:
Gongorilla, Gongorilla,
de parte de Dios te mando
que, en penitencia de haber
hecho soneto tan malo,
andes como Juan Guarín,
doce años como gato,
y con tu soneto al cuello,
por escarmiento y espanto.
Y advierte que al responder
a estos versos, mentecato,
que te aguarda por respuesta
otro romance más largo.
Y que desde aqueste punto
toda mi vida consagro
a decir mal de tus cosas,
aun entre sueños hablando.
Contra Galicia escribiste,
tierra de tocino y nabos,
que, como toda es limpieza,
toda junta te dio enfado.
Muy dificultoso eres,
no te entenderá un letrado,
pues, aborreciendo puercos,
lo puerco celebras tanto.
cristiano viejo no eres,
porque aún no te vemos cano;
hi de algo, eso sin duda,
pero con duda hidalgo.
Llámate quien te conoce
Mondonguedo del Parnaso,
pues vaciar y llenar vientres
tienes solamente a cargo.
Almorrana eres de Apolo,
por donde el dios, soberano
gracioso, purga inmundicias
y sangre, si está enojado.
Dícenme tienes por lengua
una tripa entre los labios,
viendo que hablas con ella
ventosedad todo el año.
Y para adelante digo
que te enmiendes de tus cargos,
y pues eres manicorto,
no seas tan lengüilargo.
FRANCISCO DE QUEVEDO, Obra poética III, Parte I, Sátiras personales, Castalia, Madrid, 2001, págs. 234-237, edición de José Manuel Blecua.