Un obrero que recuerda los «Patria no» de los primeros mítines pregunta: «¿Pero los comunistas tenemos Patria?» Y el comisario político da, en su contestación, esta estupenda definición del más puro sabor materialista: «Ahora sí. Porque Patria es la tierra donde el hombre puede vivir feliz.» Que es como afirmar que se renuncia a la madre cuando su enfermedad nos llena de zozobra. En los libros marxistas se leen blasfemias y palabras impronunciables. Por primera vez, los juramentos y las frases soeces de los carreteros, hasta entonces sólo editadas por el aire de las carreteras, aparecen en letras de molde.
La poesía roja es químicamente pura, deshumanizada y tenía que concluir en el marxismo, concepto helado, simple esquema intelectual de la vida y el alma del hombre. Una poesía jugosa, intuitiva incluso con ripios y defectos, pero con piel y sangre y con misterio, debía, en cambio, surgir en nuestras trincheras.
Desarraigados de la Patria, teniendo que cantar el plan quinquenal o el movimiento stajanovista, sin ninguna norma moral, los poemas de Alberti, de Cernuda, de Miguel Hernández, son unos poemas de laboratorio, sin fuerza ni hermosura, equívocos, cobardes y llorones, donde sólo se habla de la sangre derramada de los niños, donde están ausentes la pasión de la mujer y la alegría de la victoria.
AGUSTÍN DE FOXÁ, Los homeros rojos, ABC, Madrid, 28 de mayo de 1939.