–Sí, algo he leído. Primeramente, creo que leí algo en la Revista de Occidente: una novela en que un hombre cree que se convierte en una araña.
–¿Y qué le parece a usted?
–Me parece un Dostoiewski muy en pequeño. Es un representante de la histeria judía. No va, como Dostoiewski, a las grandes locuras humanas, por atracción espontánea, sino por el psicoanálisis dirigido por mixtificaciones de Freud y de los surrealistas.
Kafka debía de ser un judío enfermo, tubercoloso, exaltado: un visionario. Tuvo al parecer el entusiasmo místico de pensar en la sinagoga, y después creyó como artículo de fe en el psicoanálisis, invención de otro judío, Freud, y mezcló esto con el surrealismo, superrealismo o como se llame.
Se ve que los judíos, con un sentido comercial, lo mismo explotan la voluntad que la neurastenia. La sinagoga sirve para todo: para la salvación y para hacer buenos negocios; es la Bolsa de la histeria del judío.
Kafka parece que acepta con entusiasmo dos teorías modernas; una, completamente judía: el psicoanálisis de Freud, y la otra, a medias: el surrealismo.
Llevado por estas corrientes, en parte falsas, y por su carácter de hombre débil y neurótico, se trastorna por completo y sus obras son interesantes como fruto patológico del tiempo.
Europa tiene la culpa, en parte, de haber producido el judío exaltado; le ha perseguido y ha hecho de él un tipo intransigente.
El judío en Europa lo único que puede ser en buenas condiciones es un científico: el hombre como Einstein, la gran figura del semitismo actual y de la ciencia moderna. En la política, en la literatura, en las artes, el judío fallará porque se siente perseguido y tiene que dar una nota estridente y colérica. Spinoza necesita vivir en los pueblos de Holanda, de pulidor de lentes, en una guardilla. Enrique Heine vive también en sitios pobres, desconocido de todos.
Solamente los banqueros judíos llevan una vida lujosa en París. Después viene ya la intransigencia y los judíos figuran en la Banca, en la Universidad, en la política y en el teatro.
Últimamente parecía que ser judío era una ventaja, no sólo para tipos de gran talento, como Bergson y demás, sino para escritores medianos, como Stefan Zweig y otros fabricantes de biografías mediocres.
PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino (Memorias): Bagatelas de otoño, Editorial Caro Raggio, Madrid, 1983, págs. 227 y 228.