Cernuda sobre Jiménez

Cuando Paul Valéry visitó Madrid en el año 1924, hubo de escribir ciertos versos de circunstancias, para corresponder con ellos a una atención de J. R. Jiménez; éste, enviándole un ramo de rosas, se había disculpado de no asistir a ninguno de los actos en que intervino el poeta francés, por su desagrado de las ceremonias públicas. Valéry, que negó siempre el juego de la inspiración en su trabajo de poeta, no sabía al escribir dicho poemita cómo la inspiración le llevaba a decir algo importante respecto de su colega español, acerca del cual él nada conocía.

“Otra vez la puerta cerrada”, primer verso del poema en cuestión, parece, en efecto, símbolo de la actitud de Jiménez frente a la vida: “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía, como a una mujer hermosa; y nuestra relación es la de los apasionados”, escribió Jiménez en cierta ocasión. Claro que a quien ha podido esconder en su casa a la poesía, o cree haberla escondido, ¿qué le importa la vida? Sobre todo cuando ese quien estuvo siempre predispuesto a menospreciarla. Ya en una nota autobiográfica, publicada por la revista Renacimiento (1907), escribe Jiménez: “La indiferencia más absoluta por la vida”.

Aunque algo retrasada entonces, ésa había sido actitud frecuente entre algunos escritores durante el fin de siglo (actitud de la cual se burló sutilmente André Gide en su librito Paludes); desdén por la vida que dictó a Villiers aquella frase de: “¿Vivir? Nuestros criados se encargarán de eso”. Para Jiménez, a quien alguien más allegado a él que un criado se encargó siempre de “vivirle”, dicha actitud responde a un rasgo principal de su carácter y por eso perdura en él aunque pasara de moda.

Toda su vida ha sido una vida de enclaustrado: encierro en Moguer durante sus años juveniles; encierro luego en la Residencia de Estudiantes, Madrid; encierro en su casa después de casarse; para no aludir al encierro en el Sanatorio del Rosario, del doctor Simarro. Desde su torre de marfil (me molesta la frase, pero justamente debo emplearla aquí) pudo otear allá abajo a los hombres que se afanaban miserablemente y cuyos afanes nunca compartió ni le interesaron. Recuérdense cuántas cosas han acaecido en España y en el mundo durante el gran lapso de tiempo que Jiménez lleva de vida; pues ninguna de ellas pudo hacerle sentir remordimiento de su actitud inhumana. El individuo Juan Ramón Jiménez es para él la medida de todo y todo debe subordinársele.

Otro rasgo dominante hallamos pronto en él; pero éste se refiere a su actitud estética así como el anterior a su actitud vital. En una “Carta” publicada en el número 6 de la revista El Hijo Pródigo, escribe Jiménez estas palabras que traduce de Santayana y suscribe: “Mi verdadero poeta es el que coge el encanto de cualquier cosa, cualquier algo, y deja caer la cosa misma”; anteponiendo a ellas otras suyas: “Lo que siempre me tienta es la sensación que el fenómeno produce” (Me parece difícil que Jiménez ignorase cómo esas palabras de Santayana, así como las otras suyas, no son sino una traducción de una de Mallarmé: "No pintar la cosa, sino el efecto que produce". El verso no debe, ahí, componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación). Impresionismo es la denominación histórica de dicha actitud; mas aunque tengamos en cuenta las modas literarias y artísticas de fin de siglo, en lo que respecta al origen de la misma, no basta para explicar su persistencia en Jiménez una vez pasado el momento de boga. Subsiste en él porque, lo mismo que la actitud vital ya mencionada, responde a otro rasgo principal de su carácter: el subjetivismo egotista.

¿Puede un poeta después de unos quince años de labor rechazar ésta enteramente como si no la hubiera escrito? O mejor dicho: ¿es lícito hacer eso? Porque hacia 1915 decide Jiménez considerar todas las cosas que ha escrito y publicado, a lo más, como “borradores silvestres” de la obra que se propone realizar a partir de dicha fecha. Téngase en cuenta que la labor repudiada la escribió en un período de su vida que llega hasta los treinta y cinco años más o menos; es decir, que no se trata de un libro primerizo en el que su autor no se reconoce más tarde, sino de la labor de bastantes años, entre los cuales se encuentran algunos que corresponden a los de plenitud en la vida de cualquier poeta. Esos numerosos libros (son unos quince), que Jiménez habría ido publicando anualmente desde 1900 hasta 1913, adolecen ciertamente de muchos defectos que trata de rectificar más tarde, aunque sólo para que reaparezcan (Chassez le naturel, il revient au galop) de otra forma. Las gentes de mi generación pudieron conocer aún dichos libros; hoy supongo difícil hallar ejemplares de ellos y los jóvenes sólo encontrarán, si tienen necesidad de leerlos, la selección corregida que Jiménez ha dado en diversas antologías. Había en ellos una poesía semimodernista, sentimental en exceso, con afectado aire de inocencia

A las pobres novias muertas
dale, Jesús, un jardín
lleno de rosas abiertas
y de besos grandes. Fin.

monótona por la frecuencia de su reaparición en libro a intervalos regulares y el enclaustramiento en que vivía su autor, replegado sobre sí mismo como un Buda sobre su ombligo, y además una complacencia del poeta para consigo que subsistirá a lo largo de toda su vida.

Si el amor, o más bien la nostalgia del amor, ocupa algún lugar entre los temas de sus versos en esos años, el campo ocupa lugar más importante. En una de las composiciones de aquel tiempo alude Jiménez a su voz poética como a la de un “humilde ruiseñor del paisaje”, lo cual, si exceptuamos la humildad, es exacto. Pero son paisajes de un impresionismo sentimental, paisajes, “estado de alma”, como se decía entonces conforme a la frase de aquel insoportable Amiel a quien Jiménez menciona en 1931 como lectura juvenil (esta vez no podemos dudar de que sea cierto) y cuyo espíritu me parece asemejarse al suyo. El amor, dada la esterilidad afectiva de Jiménez, había de resultar en él sólo literatura; y si habla de amor, las criaturas a quienes parece aplicarse, las Rocío, Estrella, Francina, Marthe o Dénise, son sombras incorpóreas, fantasmas a los que el poeta da un nombre. Cuando al fin, una mujer de carne y hueso aparece en su vida, pronto escribe en el Diario de un Poeta recién casado, a los pocos días de su boda, estos versos reveladores:

Qué trabajo me cuesta
llegar, contigo, a mí,

como si la relación amorosa fuera un obstáculo al acostumbrado estar consigo del poeta. En amor, como en todo, Jiménez tuvo bastante consigo mismo.

Los versos primeros de Jiménez eran a veces demasiado fáciles; los segundos son a veces demasiado oscuros, acaso innecesariamente oscuros, con oscuridad “querida”, remedo de la de algunos poetas herméticos en boga por aquellos años entre las dos guerras del 14 y 39. Pero la oscuridad en Jiménez es externa, más bien de dicción que de concepto; el número de incisos y paréntesis dentro de la frase, la acumulación de adjetivos para un solo substantivo, la rebusca de lo que quiere decir después de haber comenzado ya a decirlo, son trabas a la nitidez de contorno en el poema; por otra parte la fragmentación del mismo subraya dichos defectos, así que a la falta de contorno se une la falta de composición. Que Jiménez acaso sea consciente de dicha falla en su obra lo prueba el intento de corregir versos escritos bastantes años antes, ya que no es posible corregir un poema antiguo sin romper su contorno, ni tampoco yuxtaponerle otro.

Hace ya algún tiempo que Jiménez, bajo la influencia de poetas más jóvenes, abandonó los incisos y paréntesis a que tan dado era, usando en el verso expresión menos hermética: al mismo tiempo desaparecieron ciertos amaneramientos tipográficos, aunque subsista la ortografía fantasista. De ahí que acaso sea posible hablar de una tercera y última manera; aunque lo más justo sería hablar de una subdivisión de la segunda etapa, ya que el cambio es simplemente una modificación externa de la manera segunda. Como ocurre al ver sin maquillaje una cara que sólo bajo él conocíamos, nos sorprende ahora en el verso de este poeta cierto decaimiento; hay en los poemas nuevos que hace algún tiempo publica Jiménez, ya sea en revista, ya sea en libro, falta de intensidad y vigor poéticos: la fatiga del tiempo es ya visible.

[...] Durante bastantes años, cuando precisamente publica Jiménez sus mejores libros, el Diario de un Poeta, la Segunda AntolojíaEternidadesPiedra y CieloPoesíaBelleza, es decir, entre 1917 y 1930, ejerce este poeta una verdadera dictadura en el reducido ambiente literario español. Entonces aparecían los versos primeros de una generación poética nueva, que fue responsable principalmente del endiosamiento de Jiménez. Otros dos poetas contemporáneos, Unamuno y Machado, superiores a Jiménez, apenas si merecieron alguna atención por parte de los jóvenes. Y como ocurre siempre, el exceso de valoración trajo luego la desestima: es verdad que el ambiente y la sociedad española han cambiado, y Jiménez parece sobrevivirse a sí mismo y a su época. La opinión no le es ya favorable.

No he conocido caso más evidente de split personality, de un ser humano, albergando dentro de sí dos personas distintas, que el de Juan Ramón Jiménez. Había en él, de un lado, la persona que pudiéramos llamar Jiménez-Jekyll, es decir, el poeta conocido de todos, digno de admiración y de respeto; de otro lado, el Jiménez-Hyde, bastante menos conocido, la criatura ruin que arrojaba procacidades a la cabeza de unos y otros. Lo triste es que Jiménez-Hyde fue dominando poco a poco a Jiménez-Jekyll, hasta llegar casi a destruirlo, y no parece azar que el escrito último que Jiménez publicara en vida fuese un ataque virulento contra Pablo Neruda.

Vano sería preguntarse ahora la causa para tal división de su personalidad: en gran parte dicha dicotomía parece posible atribuirla a una crisis, un choque de una monstruosa vanidad ultrajada. Jiménez creía en verdad que la poesía española había llegado con él a una cima de perfección antes nunca alcanzada por los poetas anteriores; por tanto le resultaba grotesco e imperdonable que otros poetas más jóvenes pretendieran seguir escribiendo y (lo que agravaba todavía más su crimen) gustaran a los lectores.

De ahí la campaña de difamación que desde hacía unos veinte años emprendiera contra los poetas más importantes de la generación que yo mismo he llamado de 1925. Cierto que con anterioridad a esa fecha solían circular por Madrid anécdotas más o menos divertidas acerca de alguna pulla de Jiménez contra Fulano o Mengano. Mas los que entonces le admirábamos, ciegos ante la maledicencia diabólica ahí aparente, preferiríamos considerarla más bien como justicia rara en medio de los compromisos y transigencias de la vida literaria española.

La gracia además no faltaba a sus críticas de aquellos años. Recuerdo cómo, en ocasión que alguno pronunciara ante él el nombre de Guillermo de Torre, Jiménez, elevando al cielo los ojos y moviendo la cabeza con aire de conmiseración profunda, dio: “¡Pobre padre!”. Pero otras veces la saña, y hasta la calumnia, envenenaban ya sus palabras. Y juzgando que los ataques personales en privado no bastaban ya para luchar contra aquellos poetas del 25 cuya reputación crecía, adoptó a un poetastro con léxico de mamotreto, colaborador de un diario nocturno madrileño, para que, bajo la égida de Jiménez-Hyde, ventilase contra tales poetas no sólo los rencores personales de aquél, sino los otros personales del poetastro mismo, que no escaseaban. Algo semejante, en suma, a lo que hace cierto personaje femenino de Galdós (si no recuerdo mal es una bordadora y aparece en La Fontana de Oro), confiando a su gato ciertos encargos sucios, a ejecutar en la casa de aquellos vecinos con los que se había malquistado.

La guerra civil, alejando a Jiménez de España, puso término a aquella secreta y fea alianza: pero no al odio de Jiménez-Hyde hacia los poetas citados, sus amigos antiguos, ahora viviendo (los que no habían muerto), esparcidos por el mundo y en circunstancias difíciles. Ahora tiene que conducir el ataque en su nombre propio, lo cual, lejos de arredrarle, le estimula; porque su arremetida contra Aleixandre (AQUÍ), por ejemplo, fue una de las más miserables y calumniosas que jamás llevara a cabo. Precisamente por las fechas en que dicho ataque se hizo público (en la revista cubana Orígenes) debía yo escribir el capítulo correspondiente a Jiménez para mi libro Estudios sobre poesía española contemporánea. Mi admiración juvenil hacia su obra se había ido extinguiendo, y de ella no quedaba rescoldo alguno; mi indiferencia era tal que ni siquiera tuve curiosidad de hojear Animal de Fondo, uno de sus libros últimos. De no haberme repugnado tanto el ataque a Aleixandre tal vez hubiera tratado de disimular mi indiferencia hacia el poeta del que debía ocuparme; pero su conducta me parecía volverse sobre todo contra la misma persona de Jiménez, su dignidad, contra aquella antigua actitud irreprochable que fue quizá el motivo principal de la admiración y el respeto que le dedicaron los jóvenes. Y avergonzado de él, decidí entonces exponer sin paliativos mi opinión sobre su obra.


LUIS CERNUDA, fragmento de Los dos Juan Ramón Jiménez (1958), recogido en Prosa I. Volumen II, Siruela, Madrid, 1994, págs. 141-151.