ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Esquirlas, Alfaguara, Madrid, 2000, págs. 15 y 16
Martínez Sarrión sobre Hemingway
Tras muchos años sin frecuentarlo, abro al azar París era un fiesta de Hemingway. Parece imposible que hace más de treinta años pudiera interesarnos algo tan amanerado, delicuescente y falso. Incluso me asalta la sospecha, seguramente paranoica, de que Gabriel Ferrater, el traductor al castellano de la edición que manejo, con su malignidad e inteligencia peculiares, un punto satánicas, cargara las tintas al trasvasar esa melaza intragable. Sería preciso comprobar, de todos modos, y si uno tuviera más tiempo y paciencia, si el texto inglés es así de cargante. Y convendría volver a los secos, vigorosos y exactos cuentos del primer Hemingway, a fin de comprobar si ahí se sostiene todavía su escritura, porque de las novelas grandes tiendo a desconfiar aún más que de los recuerdos parisinos. Salvo Faulkner, cada día que pasa más grande, algún Fitzgerald, Thomas Wolfe, Nathanael West, qué mal ha envejecido aquella generación, hoy, más que "perdida", evaporada.