–¿Las ha releído? –me preguntó.
Debí confesar que no y que tampoco sentía en ese momento ningunas ganas de hacerlo. Lo contrario me pasa –repuse– con novelas de Cortázar, de García Márquez, de Martín Luis Guzmán, de usted.
–Están llenas de frases hechas. No resisten una relectura –añadió.
Vayamos unos lustros atrás. Por febrero de 1968, en el número 28 de la espléndida revista El cuento, que dirigía Edmundo Valadés, ese hombre cordial que no conoció la envidia, se publicó un breve cuestionario de Arturo Melgoza titulado “Algunos juicios de Rulfo”. Una de las preguntas era si a Rulfo le había parecido justo el reciente otorgamiento del premio Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa. Rulfo contestó: “No, no lo merecía. Fue una imposición del grupo latinoamericano de París. La casa verde y La ciudad y los perros son novelas que, descubierto el desenlace, no tienen ningún interés”. Es decir, con otras palabras, lo que me dijo en la cafetería El Ágora: no resisten la relectura. ¿Leyó esto Vargas Llosa? ¿Lo supo? ¿De ahí nació el rencor?
MARCO ANTONIO CAMPOS, Los resplandores del relámpago, DR, Universidad Autónoma Nacional de México, México D. F. 2000, págs. 319-321.