Rulfo sobre Vargas Llosa

Con su infatigable proclividad a ser juez, Mario Vargas Llosa ha dicho varias veces desdeñosamente que el Rulfo que conoció le había parecido poco brillante, escasamente comunicativo y asustadizo y frágil. Vargas Llosa ignoraba, o mejor, quiso ignorar, que Rulfo nunca lo apreció ni humana ni literariamente, y que cuando él no apreciaba a alguna persona, la rehuía o se encerraba en un temeroso o rencoroso mutismo. Una tarde de mediados de los años ochenta, en la cafetería de la ya desaparecida librería El Ágora, que él frecuentaba tanto, tocamos el tema de las novelas de Vargas Llosa. Comenté de mi entusiasmo juvenil por La ciudad y los perros, La casa verde y Los cachorros.

–¿Las ha releído? –me preguntó.

Debí confesar que no y que tampoco sentía en ese momento ningunas ganas de hacerlo. Lo contrario me pasa –repuse– con novelas de Cortázar, de García Márquez, de Martín Luis Guzmán, de usted.

–Están llenas de frases hechas. No resisten una relectura –añadió.

Vayamos unos lustros atrás. Por febrero de 1968, en el número 28 de la espléndida revista El cuento, que dirigía Edmundo Valadés, ese hombre cordial que no conoció la envidia, se publicó un breve cuestionario de Arturo Melgoza titulado “Algunos juicios de Rulfo”. Una de las preguntas era si a Rulfo le había parecido justo el reciente otorgamiento del premio Rómulo Gallegos a Mario Vargas Llosa. Rulfo contestó: “No, no lo merecía. Fue una imposición del grupo latinoamericano de París. La casa verde y La ciudad y los perros son novelas que, descubierto el desenlace, no tienen ningún interés”. Es decir, con otras palabras, lo que me dijo en la cafetería El Ágora: no resisten la relectura. ¿Leyó esto Vargas Llosa? ¿Lo supo? ¿De ahí nació el rencor?

MARCO ANTONIO CAMPOS, Los resplandores del relámpago, DR, Universidad Autónoma Nacional de México, México D. F. 2000, págs. 319-321.