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Neruda sobre Larrea

 Oda a Juan Tarrea


Sí, conoce la América,


Tarrea.


La conoce.


En el desamparado


Perú, saqueó las tumbas.


Al pequeño serrano,


al indio andino,


el protector Tarrea


dio la mano,


pero la retiró con sus anillos.


Arrasó las turquesas.


A Bilbao se fue con las vasijas.


Después


se colgó de Vallejo,


le ayudó a bien morir


y luego puso


un pequeño almacén


de prólogos y epílogos.


Ahora


ha hablado con Pineda.


Es importante.


Algo andará vendiendo.


Ha “descubierto”


el Nuevo Mundo.


Descubramos nosotros


a estos descubridores!


A Pineda, muchacho


de quien leí


en su libro


verdades


y velorios,


ríos ferruginosos,


gente clara,


panes y panaderos,


caminos con caballos,


a nuestro americano


Pineda,


o a otro


desde España con boina


de sotacura y uñas


de prestamista,


Tarrea

llega


a enseñar


lo que es él, lo que soy


y lo que somos.


No sabe nada


pero


enseña.


“Así es América.


Éste es Rubén Darío”,


dice


poniendo sobre el mapa


la larga uña de Euzkadi.


Y escribe el pobrecillo


largamente.


Nadie puede leer


lo que repite,


pero incansable


sube


a las revistas,


se descuelga


entre los capitolios,


resbala


desde las academias,


en todas partes


sale con su discurso,


con su berenjenal


de vaguedades,


con su oscilante


nube


de tontas teorías,


su baratillo viejo


de saldos metafísicos,


de seudo magia


negra


y de mesiánica


quincallería.


Es lo que ahora llevan


por nuestras inocentes

poblaciones,


suplementos,


revistas,


los últimos


o penúltimos


filibusteros,


y al pobre americano


le muestran


una inservible y necia


baratija


con


sueños


de gusano


o mentiras



de falso Apocalipsis,


y se llevan


el oro


de Pineda,


el vapor


verde


de nuestros ríos,

la piel

pura,


la sal


de nuestras soledades espaciosas.


Tarrea,


ándate pronto.


No me toques. No toques


a Darío, no vendas


a Vallejo, no rasques


la rodilla


de Neruda.


Al español, a la española amamos,


a la sencilla gente


que trabaja y discurre,


al hijo luminoso


de la guerra


terrible,


al capitán valiente


y al labrador


sincero


deseamos. Si quieren


roturar tierra o presidir los ríos,


vengan,


sí, vengan ellos,


pero


tú,


Tarrea, vuelve


a tu cambalache


de Bilbao,


a la huesa


del monasterio pútrido,


golpea


la puerta del Caudillo,


eres su emanación,


su nimbo negro,


su viudedad vacía.


Vuelve


a tus enterrados, al osario


con ociosos lagartos,


nosotros,


simples


picapedreros, pobres


comedores de manzanas,


constructores


de una casa sencilla,


no queremos


ser descubiertos,


no,


no deseamos


la cháchara perdida


del tonto de ultramar.


Vuélvete ahora


a tu epitafio


atlántico, a la ría


mercantil, marinera,


allí sal con tu cesta


de monólogos


y grita por las calles


a ver si alguien se apiada


y consume


tu melancólica mercadería.


Yo no puedo.


No acepto baratijas.


No puedo


preocuparme de ti, pobre Tarrea.


Tengo deberes de hombre.


Y tengo canto


para tanto tiempo


que te aconsejo


ahorres


uña y lengua.


Dura


fue mi madre,


la cordillera andina,


caudaloso


fue el trueno del océano


sobre mi nacimiento,


vivo en mi territorio,


me desangro


en la luz de mi batalla,


hago los muros


de mi propia casa,


contribuyo


a la piedra con mi canto,


y no te necesito,


vendedor


de muertos, capellán


de fantasmas,


pálido sacristán


espiritista,


chalán de mulas muertas,


yo no te doy


vasija


contra baratijo:


yo, para tu desgracia,


he andado, he visto,


canto.


PABLO NERUDA, Nuevas odas elementales, Obras completas II, RBA, Barcelona, 2005, págs. 375-381

Palma sobre César Vallejo

Señor César Abraham Vallejo. Trujillo: 

También es usted de los que viene con la tonada de que aquí estimulamos a todos los que tocan de afinación la gaita lírica, o sea a los jóvenes a quienes les da el naipe por escribir tonterías poéticas más o menos cursis. Y la tal tonada le da margen para no poner en duda que hemos de publicar su adefesio. Nos remite usted un soneto titulado «El poeta a su amada» que en verdad lo acredita a usted para el acordeón o para la ocarina antes que para la poesía. Sus versos son burradas más o menos infectas y que hasta el momento de largar al canasto su mamarracho no tenemos de usted otra idea sino la de deshonra de la colectividad trujillana, y que si descubrieran su nombre el vecindario haría lazo y lo amarraría en calidad de durmiente en la línea del ferrocarril de Malabrigo.

CLEMENTE PALMA, respuesta a César Vallejo en la sección "Correo franco" de la revista Variedades, nº 499, 22 de septiembre de 1917. El soneto "El poeta a su amada", publicado en los "Heraldos negros" luego de que Vallejo le hiciera algunos cambios tras recibir esta crítica, se puede leer AQUÍ

De Rokha sobre Parra

Cuando Mario Ferrero concluyó el manuscrito de su ensayo Claves del estilo de Pablo de Rokha, en 1956, que dio origen al libro Pablo de Rokha, guerrillero de la poesía, le pasó el original al poeta para que le hiciera sus comentarios. Sin embargo, el texto ya estaba en imprenta, y las acotaciones no fueron incluidas.

Con una caligrafía grande, de trazos irregulares, que encabezaba: "amigo Don Ferreiro" (sic), Pablo de Rokha fue anotando sus observaciones. Gracias a ello se pueden leer los siguientes párrafos inéditos:

...Vallejo, gran poeta frustrado, se frustró precisamente porque se quedó "fuera de texto"; en toda su obra no creó un estilo latino-americano; no creó, no inventó, no reformó el estilo latino-americano; no fue un revolucionario del estilo, fue un reformista del estilo, y un reformista genial y frustrado del estilo, no alcanzó a identificar estilo con estilo. Neruda, su discípulo o plagiario es, apenas, una gran mierda que se debate en un pantano formal sin sentido; Huidobro dio bastante en el clavo pero como fue un poeta cosmopolita y no un poeta internacional, perdió los estribos y más que un poeta cosmopolita fue un gran snob cosmopolita; la Gabriela no va a alcanzar diez años de inmortalidad: tuvo partida de caballo y parada de burro.

...Compruébelo, amigo don Ferreiro. El continente americano ha producido dos estilos en la literatura: el de Walt Whitmn y el mío. Pero Walt Whitman recuerda, no imita el versículo de la Biblia y el gran barroco monumental mío no recuerda a nadie.

Las anotaciones de Pablo de Rokha repletan el manuscrito de Ferrero. En otro de sus capítulos, relativo a los estilos de algunos poetas chilenos, incorpora a Nicanor Parra. Allí, Pablo de Rokha acota de su puño y letra: Amigo Ferrero: ¿Es posible referirse a Nicanor Parra, incluyéndolo entre los poetas? Yo estimo que no es posible. A mí me parece un mistificador idiota, absolutamente idiota y perverso.


FARIDE ZERÁN, La guerrilla literaria: Pablo de Rokha, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, Random House Mondadori, DeBolsillo, Barcelona, 2011.

César Vallejo sobre Marinetti


La vida es una cosa. El arte es otra cosa aunque se mueve dentro de la vida. Y la simulación del arte no es arte ni vida. Los seres ordinarios y normales viven en la vida. Los artistas viven en el arte. Los falsos artistas o seres artificiales no viven en la vida ni en el arte. ¿Pero puede haber acaso seres que caminen por la calle sin pasar por la vida? Sí que los hay y de carne y hueso. El señor Marinetti constituye un perfecto ejemplar de esta fauna de seres artificiales. El hecho de que coma y duerma, no significa que esté en la vida y viva en la vida, y el hecho de que piense y escriba, no prueba que esté en el arte y viva en el arte. Los fantoches consumen también aire y espacio y se producen por líneas y formas pintorescas.


CÉSAR VALLEJO, fragmento de De Rasputín a Ibsen, publicado en El Comercio, Lima, 17 de marzo de 1929 y recogido en Prosas, Linkgua Historia, Red Ediciones, 2013, pág. 101.

César Vallejo sobre Valéry, France, Pirandello y Gómez de la Serna


El literato a puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y direcciones encontradas de la realidad, nada de esto sacude personalmente al escritor de puerta cerrada. Producto típico de la sociedad burguesa, su existencia es una afloración histórica de intereses e injusticias sucesivas y heredadas hacia una célula estéril y neutra de museo. Es una momia que pesa pero no sostiene. Este infecto plumífero de gabinete es, en particular, hijo directo del error económico de la burguesía. Propietario, rentista, con prebendas o sinecuras de Estado o familia, el pan y el techo le están asegurados y puede escapar a la lucha económica, que es incompatible con el aislamiento individual. Tal es el más frecuente caso económico del literato de gabinete. Otras veces, el escriba se nutre el estómago de un tácito sentido económico, heredado de la psicología de clase de que procede. Carece entonces de renta, como vulgar parásito de la sociedad, pero disfruta de un temperamento que le permite practicar una literatura de gran cotización. ¿Cómo? "El artista —escribe Upton Sinclair— que triunfa en una época, es un hombre que simpatiza con las clases remantes de dicha época, cuyos intereses e ideales interpreta, identificándose con ellos". En una sociedad de aburridos regoldantes y de explotadores satisfechos, que, como decía Lenin, "enferman de obesidad", la literatura que más place es la que huele a polilla de bufete. Cuando la burguesía francesa fue más feliz y satisfecha de su imperio, la literatura de mayor prestancia fue la de puerta cerrada. A la víspera de la guerra, el rey de la pluma fue Anatole France. Hoy mismo, en los países donde la reacción burguesa se muestra más recalcitrante, como en la propia Francia, en Italia y en España, —para no citar sino países latinos— los escritores en boga son Paúl Valéry, Pirandello y Gómez de la Serna, cuyas obras contienen, en el fondo, una evidente sensibilidad de gabinete. Ese refinamiento mental, ese juego de ingenio, esa filosofía de salón, esa emoción libresca, trascienden a lo lejos al hombre que se masturba muellemente, a puerta cerrada.

Frente a esa literatura de pijama, que como el arte confinado de las piezas cerradas tiende actualmente hacia arriba pero para evaporarse, también con ese aire muy pronto se agolpa a los pulmones naturales del hombre, la libre inmensidad de la vida.


CÉSAR VALLEJO, Variedades, 1928, recogido por José Carlos González Boixo en César Vallejo y la vanguardia poética, incluido en La modernidad literaria en España e Hispanoamérica, de Carmen Ruiz Barrionuevo y César Real Ramos, Ediciones Universidad de Salamanca, 1995, Salamanca, pág. 220.

Dalton sobre Neruda


MARIO BENEDETTI: Está asimismo tu inserción en la poesía latinoamericana actual. Alguna vez escribí que había dos familias de poetas latinoamericanos, la familia Neruda y la familia Vallejo. ¿A cuál de ellas sientes que perteneces?

ROQUE DALTON: Mira, yo quisiera ser uno de los nietos de Vallejo. Con la familia Neruda no tengo nada que ver. Hemos roto nuestras relaciones hace tiempo. De todos aquellos que surgimos impulsados por el clima de Vallejo (aunque a esta altura no sé si quedará algún rastro en nuestra expresión formal), descarnado y humano, me siento cerca de poetas latinoamericanos como Juan Gelman, Enrique Lihn, Fernández Retamar, Ernesto Cardenal.


ROQUE DALTON, Una hora con Roque Dalton, entrevista de Mario Benedetti publicada en Marcha, 28 de febrero y 7 de marzo de 1969. Toda la entrevista AQUÍ

César Vallejo sobre Hugo


La obra de Victor Hugo, en su esencia, es la de un ideólogo político y no la de un poeta. Hugo utiliza la literatura solamente para adoctrinar por la tercera república. Su literatura es didáctica. De cada verso suyo se puede extraer una moraleja. Concebía una idea o tema político y lo vestía de literatura. Unas veces se propone “dar al pobre lo suyo” o “redimir al delincuente” o “libertar al aherrojado”. En todos sus poemas, novelas y dramas está patente alguna doctrina social, económica o religiosa. Y esto, por desgracia, todo puede ser menos arte.

Fácil y barata manera de llegar a “gran poeta”, la de Hugo. Qué le vamos a hacer. Cada cual tiene su rol en este mundo. Pero lo que no se puede tolerar es que se mixtifiquen las cosas. Menester es distinguir al poeta del político. El poeta es un hombre que opera en campos altísimos, sintetizantes. Posee también naturaleza política, pero la posee en grado supremo y no en actitudes de capitulero o de sectario. Las doctrinas políticas del poeta son nubes, soles, lunas, movimientos vagos y ecuménicos, encrucijadas insolubles, causas primeras y últimos fines. Y son los otros, los políticos, quienes han de exponer e interpretar este verbo universal y caótico, pleno de las más encontradas trayectorias, ante las multitudes. Tal es la diferencia entre el poeta y el político.

Tagore, Romain Rolland, Barbuse, son antes que poetas políticos. Su boga acabará al renovarse la sensibilidad política de la época, como ha sucedido con Hugo.

Mas lo que no acaba nunca son las nubes, los soles, las causas primeras y los últimos fines, todo aquello que no predica nada en concreto; es decir, la obra del poeta.


CÉSAR VALLEJO, El poeta y el político: el caso Victor Hugo, El Norte, Trujillo, 15 de agosto de 1926, recogido en el prólogo de Enrique Ballon Aguirre a César Vallejo: Obra poética completa, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1985, pág. XL.

Eguren sobre Vallejo


Vallejo es un hombre de gran sensibilidad, pero no traduce esa sensibilidad de manera poética. Cuando yo leo versos suyos en los que dice poto de chicha o algo por el estilo, me desconcierto. Eso no es poesía. Es difícil imaginar nada menos poético. ¡Poto de chicha!, ¡poto de chicha! Suena vulgar e inclusive es antipoético. Si no siempre dice cosas como poto de chicha, por ahí van las otras. La verdad es que no entiendo a Vallejo.


JOSÉ MARÍA EGUREN, palabras recordadas por Ciro Alegría y recogidas por Eduardo Chirinos en Epístola a los transeúntes, Fondo Editorial de la Pontifica Universidad Católica del Perú, Lima, 2001, pág. 24.


Vallejo sobre Bernanos


A este respecto he de citar un libro tremendo, Bajo el Sol de Satán, que acaba de publicar Georges Bernanos y que toda la crítica francesa reputa como una obra genial. En este libro hay párrafos espantosos. Se trata de lo que acabo de expresar: del tormento místico de nuestra época. Para una mentalidad clara, despreocupada y amiga del sport, esta novela ha de parecer una úlcera terrible. Yo mismo no he podido sustraerme a la repulsión de este libro. Me ha dado náuseas. No, precisamente, porque se trate allí de un gran motivo religioso a la manera medieval, sino tal vez porque el señor Bernanos no ha sabido tratarlo. ¡Qué magnífico flanco para una gran obra! ¡Dios!… ¡La dicha eterna!… ¡La manera de llegar a ella!… ¡Las fuerzas y direcciones del espíritu!… ¡Las fuerzas y direcciones del cuerpo!… ¡Las lóbregas encrucijadas y los sutiles y perlados crepúsculos del infinito!… Pero el señor Bernanos olvida que estamos en 1926 y no en el año en que murieron Abelardo y Eloísa, ni siquiera en los días de León Bloy. Su profundo anacronismo psicológico le ha perdido, y Bajo el Sol de Satán no podrá lograr abrir la brecha espiritual que necesita nuestra época. A estos muchachos que se han muerto de todos los dolores, de todas las miserias y de todas las tragedias humanas en 1914, no se les podrá tocar el corazón sino mostrándoles otros dados del destino, otras posibilidades de ascensión, más inmediatas, más humanas, más universales, que las posibilidades encuadradas dentro de una sola disciplina religiosa, ésta o aquélla. El rostro de Satán habría que buscarlo fuera de la iconografía católica; las llagas habría que buscarlas en una cintura que no fuese la del abate Donissants.

Estos mozos de ahora han visto ya a Satán en las trincheras y a los santos penitentes en la Cruz Roja.

Señor, León Daudet ¡Voto por el gran espíritu católico de usted! Pero permítame tomar mi sombrero y alejarme sin ruido del templo, antes de darme cuenta de que el nuevo cura de Ars, de M. Bernanos, ha fallecido de martirio, en la sombra propicia del confesionario.

¡Mi generación pide otra disciplina de la vida!…


CÉSAR VALLEJO, fragmento de París renuncia a ser centro del mundo, artículo publicado en Mundial, n.º 320, Lima, 28 de julio de 1926, y recogido en Prosas,  Linkgua Historia, Red Ediciones, 2013, págs. 25 y 26.