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Ortega y Gasset sobre Unamuno


Unamuno y Europa, fábula

Prisionero de otras ocupaciones, no he podido hasta ahora poner un exiguo comentario a la carta de Don Miguel de Unamuno (AQUÍ), publicada días hace en ABC. Una carta privada como esta en que el Sr. Unamuno sanciona las opiniones del Sr. Azorín, no merece grande atención: el correo privado apenas si sirve de otra cosa que de manso cauce al río turbulento de las impertinencias individuales. Sólo me interesan las acciones y los problemas públicos: hartas dificultades hay en éstos para que nos distraigamos en meditar sobre las incongruencias íntimas, privadas de nuestros contemporáneos. Había pensado desde luego no oponer nada a la filosofía soez de aquella carta: como en mi artículo anterior, me preguntaba de nuevo: ¿qué decir a quien no se preocupa de la verdad? Cierto que el Sr. Unamuno me alude en esa carta: habla de «los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos». Ahora bien, yo soy plenamente, íntegramente, uno de estos papanatas: apenas si he escrito, desde que escribo para el público, una sola cuartilla en que no aparezca con agresividad simbólica la palabra: Europa. En esta palabra comienzan y acaban para mí todos los dolores de España. Y es costumbre en esta tierra mía, en esta tierra que Dios ha puesto de un empellón fuera del alcance benéfico de su vieja mano rugosa, contestar a la guapeza con algún gesto de jaque. El Sr. Unamuno ha elevado a la dignidad universitaria los usos jaquescos que el Sr. La Cierva tan ingenuamente se obstina en perseguir por las tabernas. ¿Dónde iremos ahora a buscar la «bonne compagnie»? Yo debía contestar con algún vocablo tosco o, como decían los griegos, rural, a D. Miguel de Unamuno, energúmeno español. Pero… esto sería muy poco divertido. Quienes rompen las reglas artificiales de la buena educación se quedan sin gozar la fruición delicadísima de ejercitar íntegramente sus energías dentro de ellas. Pues qué, ¿no estriba todo el placer del juego en el sometimiento a ciertas reglas convencionales y hasta ridículas? ¡Divino juego civil de la buena educación! ¡Deleite noble y señor el de vivir dentro de reglas quebrantables sin quebrantarlas! ¡Suprema voluptuosidad para quienes son capaces de sentir la voluptuosidad de la ley!

¿A qué, pues, contestar la carta del rector de Salamanca? ¿Qué dice en ella, al fin y al cabo? «Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste.»

En los bailes de los pueblos castizos no suele faltar un mozo que cerca de la media noche se siente impulsado sin remedio a dar un trancazo sobre el candil que ilumina la danza: entonces comienzan los golpes a ciegas y una bárbara baraúnda. El Sr. Unamuno acostumbra representar este papel en nuestra república intelectual. ¿Qué otra cosa es sino preferir a Descartes, el lindo frailecito de corazón incandescente que urde en su celda encajes de retórica estática? Lo único triste del caso es que a D. Miguel, el energúmeno, le consta que sin Descartes nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos, y menos que nada el pardo sayal de Juan de Yepes.

Yo pensaba no hablar de esta lamentable epístola; pero ¡he recibido tantas hostigándome a la protesta! Cuando comenzaban las escenas a que ha dado motivo esta guerra imperfecta del África, pedía yo desde estas columnas, ante todo, pudor nacional. Preveía la curiosidad justiciera de Europa asomándose tras los Pirineos y recorriendo con sus ojos severos la desnudez de nuestras carnes señaladas por todos los vicios. Desgraciadamente, he acertado. Y yo no sé quién pueda censurar honradamente a Europa si la oímos que dice: Hermanos de Aria nuestra España sigue igual.

Pero el Sr. Unamuno no es hombre que se ande con medias tintas: como Juan de Yepes es superior a Descartes, es en no pocas otras cosas España superior a Europa; por ejemplo, en ciencia lingüística, ejercicio oficial y obligado del Sr. Unamuno. Léase lo que dice a Azorín para mostrar en qué consiste la superioridad de los celtíberos:
«Hay que proclamar nuestras superioridades actuales. Indigna ver tanto hispanista (??) que se cree que España acabó en el siglo XVII.  Un chileno que allá en su tierra había estudiado filología castellana con dos alemanes (!!!) vino de paso para… París, a perfeccionarse en ella. Oyó a Menéndez Pidal y se quedó. Y es que éste ha escrito un manual mucho mejor en su género que cuantos análogos conozco del extranjero. Y así hay muchas. Cajal no está solo. Nos falta –y no lo deploro– el sentido de la reclame, y, además, no solemos dignarnos defendernos. A su desdén teatral oponemos nuestra altivez».
¿Qué contestar a esto? El nombre de Menéndez Pidal es tan noble, tan ejemplar, tan severo, que vale por cien argumentos. Por otro lado, el Sr. Unamuno se ha dedicado, en cumplimiento de un deber ineludible, capital, al mismo género de trabajos que el autor de «El cantar de Myo Cid». ¿Quién podrá dudar, pues, de que sabe muy bien lo que se dice cuando nos combate a los europeizantes con el claro nombre de D. Ramón Menéndez Pidal?

Más ¡ay! he recibido estos días unas cuartillas de un español, joven e inteligentísimo, cuyo nombre no ignora Unamuno: D. Américo Castro, discípulo predilecto y familiar del señor Menéndez Pidal. Y estas cuartillas dicen así:
«Torpes andan quienes barajando a su sabor hechos de difícil comprobación para los más, pretenden –con palabras de fanfarria mal adobadas de pretendido amor a la tierra,– cubrir con la prez de un nombre ilustre el nefando pecado de felonía intelectual.

No otra cosa significa el colocar el nombre del Sr. D. Ramón Menéndez Pidal entre el elogio de un chileno que «le prefiere» a los alemanes y una deslavazada censura para los que fuera de España se han preocupado, mucho antes de que el Sr. Unamuno pudiera soñarlo, de hacer una ciencia del estudio de nuestra lengua. No ignora el rector de Salamanca que antes de que el Sr. M. Pidal comenzase sus trabajos de filología –su gramática se publicó en 1904,– si se exceptúan los Sres. Bello y Cuervo, americanos, sólo nombres extranjeros figuraban en las bibliografías de filología románica cuando de castellano se ocupaban. Lo que el Sr. Unamuno sepa de filología castellana tuvo que aprenderlo en las gramáticas de Díez, Meyer Lübke, Foerster y Baist, alemanes, y en la de Gorra, italiano. Si se enteró de que el habla salmantina era algo más que palabras deformadas por la rusticidad aldeana, tuvo que leer a Gessner, Das Leonesische, Berlín, 1867; a Morel Fatio, Recherches sur les sources du libre de Alexandre, Rumanía, de 1875; a Munthe, Anteckningar om folkmalet i en trakt af vestra Asturien, Upsala, 1887, y su reseña del libro de Gessner en la Zeitschrift für romanische Philologie, de 1904, y hoy día a E. Staaff, L'ancien dialecte leonais, Upsala, 1907.

En cuanto a esos dos alemanes que despectivamente aparecen seguidos de admiración, son los Sres. R. Lenz y F. Haussen. Al primero se debe, según Meyer Lübke (Einführung, pág. 171), el único trabajo completo sobre uno de los problemas más difíciles de la filología románica: «el determinar en qué medida han influido los pueblos prerromanos, que después se romanizaron, en la formación de las lenguas romances». (V. sus Chilenische studien, Phon. Stud. V y Die chilenische Lautlehre, verglischen mit der araukanischen. Zeit. XVII.) El segundo es autor de numerosas monografías sobre la conjugación española antigua y los dialectales leonesa y aragonesa; hoy día representa en Chile el factor más importante para la formación científica de la juventud chilena «que estudia español». No hablemos de la infinidad de artículos en revistas –ninguna española– debidos a Cornu, Ford, Poberowicz, Staaf, Tallgren, Marden, Pietsch, Salvioni, M. Fatio, &c., &c. sin contar con que casi todas las ediciones de autores españoles, si el Sr. Unamuno ha querido estudiarlos «filológicamente», tuvo que recurrir a Fitz-Gerald (Berceo), Baist y Gräfenberg (D. Juan Manuel), Foulché-Delbosc (Celestina, Lazarillo, etcétera), Marden (F. González), M. Fatio (Alexandre), Buchanan y Rennert (comedias), Böhmer (Juan de Valdés), Mérimée (Guillén de Castro), H. Mérimée (G. de Castro y Mercader), Ducamin (Juan Ruiz), Lang (Cancioneros), &c., &c. A este inmenso trabajo, labor de treinta años, y a tanto nombre benemérito, podemos incorporar para honra nuestra al preclarísimo del Sr. M. Pidal, más conocido en el extranjero que aquí –dudo que hayan leído el Cantar de Myo Cid más de veinte españoles,– y cuya iniciación en la ciencia de la filología española la debió a haber aplicado en sus investigaciones el riguroso método que fuera de aquí se seguía en esta clase de estudios. Hoy día, es cierto, pueden venir extranjeros a escuchar su palabra autorizada. Ya lo han demostrado las Universidades de los Estados Unidos solicitando su presencia para que difundiese entre ellos sus tesoros de erudición medioeval.

Cierto es también que sería ingrato desconocer que a la incorporación de un pequeño núcleo de españoles a la cultura europea debemos el poder enorgullecemos con sus triunfos.

Ahora bien, si el Sr. Unamuno sabe todo esto en su calidad de profesor de filología, ¿por qué escribe la carta, del ABC?»
Poco a poco va aumentando el número de los que quisiéramos que las querellas personalistas cedieran en España la liza a las discusiones más honestas y virtuosas sobre la verdad verdadera. En el naufragio de la vida nacional, naufragio en el agua turbia de las pasiones, clamamos serenamente un grito nuevo: ¡Salvémonos en las cosas! La moral, la ciencia, el arte, la religión, la política han dejado de ser para nosotros cuestiones personales; nuestro campo del honor es ahora el conocido campo de Montiel de la lógica, de la responsabilidad intelectual. Pensando en esto, he preferido las observaciones técnicas de mi grande amigo Américo Castro a toda mi prosa indignada. Merced a ellas puedo afirmar que en esta ocasión D. Miguel de Unamuno, energúmeno español, ha faltado a la verdad. Y no es la primera vez que hemos pensado si el matiz rojo y encendido de las torres salmantinas les vendrá de que las piedras aquellas venerables se ruborizan oyendo lo que Unamuno dice cuando a la tarde pasea entre ellas.

Y sin embargo, un gran dolor nos sobrecoge ante los yerros de tan fuerte máquina espiritual, una melancolía honda…

«¡Dios, qué buen vassallo si oviese buen Señor!»


JOSÉ ORTEGA Y GASSET, Unamuno y Europa, fábula, publicado en el diario El Imparcial el 27 de septiembre de 1909, recogido por Paul Aubert en Les espagnols et l’Europe (1890-1939), Presses Universitaires du Mirail, Toulouse, 1992, págs. 64-66.

Baroja sobre los hispanoamericanos


Paralelamente sucede que, a veces, en un pueblo nuevo se reúne toda la torpeza provinciana, con la estupidez mundial, la sequedad y la incomprensión del terruño, con los detritus de la moda y de las majaderías de las cinco partes del mundo. Entonces brota un tipo petulante, huero, sin una virtud, sin una condición fuerte. Este es el tipo del americano. América es por excelencia el continente estúpido.

El americano no ha pasado de ser un mono que imita.

Yo no tengo motivo particular de odio conta los americanos; la hostilidad que siento contra ellos es por no haber conocido a uno que tuviera un aire de persona, un aire de hombre.

Muchas veces, en el interior de España, en un pueblacho cualquiera, se encuentra un señor que habla de tal modo que le da a uno la impresión de que es un hombre fundido con la esencia más humana y más noble. En un momento de éstos se reconcilia uno con su país, con sus charlatanes y con sus chanchulleros.

Esta impresión de hombre sereno, tranquilo, es la que no dan los americanos nunca; uno se nos aparece como un impulsivo atacado de furia sanguinaria; el otro, con una vanidad de bailarina; el tercero, con una soberbia ridícula.

La misma falta de simpatía que siento por los hispanoamericanos, experimento por sus obras literarias. Todo lo que he leído de los americanos, a pesar de las adulaciones interesadas de Unamuno, lo he encontrado mísero y sin consistencia.

Comenzando por ese libro de Sarmiento, Facundo, que a mí me ha parecido pesado, vulgar y sin interés, hasta los últimos libros de Ingenieros, de Manuel Ugarte, de Ricardo Rojas, de Contreras. ¡Qué oleada de vulgaridad, de esnobismo, de chabacanería, nos ha venido de América!

Muchos afirman que nosotros, los españoles, por política debemos elogiar a los americanos. Es una de tantas recomendaciones que salen de esos antros de hombres de sombrero de copa y con un discurso dentro que llaman sociedades iberoamericanas.

No creo que esa política tenga eficacia alguna.

Todavía las gentes de los pueblos viejos y civilizados son sensibles al halago y al cumplimiento; pero, ¿qué se le va a decir a un argentino, que, porque allí hay mucho trigo y muchos vacunos, cree que la Argentina es un país más importante que Inglaterra o Alemania?

Unamuno, que paralelamente desprecia en sus escritos a Kant, a Schopenhauer y a Nietzsche, y elogia al gran Aníbal Pérez y al gran poeta Diocleciano Sánchez, de las Pampas, no les parecerá bastante. El mismo Rueda se les figurará poco efusivo a estos rastacueros.


PÍO BAROJA, Juventud, egolatría, Taifa literaria, Barcelona, 1987, págs. 147-149.


Baroja sobre Unamuno


Realmente yo no creo que las condiciones intelectuales de don Miguel de Unamuno, aunque fueran grandes, justificaran un concepto tan extraordinario de sí mismo como él tenía. Unamuno se creía todo. Era sin proponérselo filósofo, matemático, geógrafo, filólogo, naturalista, arquitecto, además de vidente y de profeta.

Creía que las cosas eran de una simplicidad extraordinaria y que de esta simplicidad nadie se había dado cuenta hasta que él la advirtió. Un amigo suyo me contaba hace años los consejos que había dado Unamuno a un hijo suyo que por entonces era estudiante de medicina, como una muestra de genialidad. 

Don Miguel le decía a su hijo: “Toda la práctica de la medicina está en aprender bien el casillero”.

—¿Qué quería decir con eso? —pregunté yo.
—Con esto indicaba el arte del diagnóstico.
—Tú ves, por ejemplo —añadía dirigiéndose a su chico—, una persona que tiene fiebre, dolor de costado, esputo rojizo, se marca en el casillero los tres síntomas y sale pulmonía y se busca el remedio.
—Sí, si la medicina fuera eso, evidentemente no habría nadie que no fuera un médico regular, pero la medicina no es eso —dije yo.
—¿Usted cree que no? —preguntó el amigo de Unamuno.
—Naturalmente que no; si la medicina fuera así, claro que bastaría el casillero o un librito con los síntomas de las enfermedades y luego el tratamiento. Pero la medicina no es así. Se está en un hospital de interno, es decir, de aprendiz, se sabe ya algo de patología médica que se ha estudiado en el libro y viene un enfermo viejo; tiene poca fiebre, algo de dolor de cabeza y dice que le duele en la región del hígado. Piensa uno si se tratará de algo intestinal o de algo hepático, pero no de cosa muy grave. Al día siguiente viene el médico de la sala, hombre experimentado, reconoce al enfermo bien, con calma, lo examina, lo ausculta y señala como diagnóstico: pulmonía y como pronóstico, muy grave, y el enfermo tiene una pulmonía y se muere. Otras veces ocurre todo lo contrario: es un hombre joven que siente un dolor de costado fuerte, le duele la cabeza, tose y dice que ha pasado mucho frío, parece que tiene pulmonía y no tiene pulmonía, sino un dolor artrítico que a los dos días le ha desaparecido. En la práctica y al principio de ejercer el oficio, no son los matices de las enfermedades los que no se advierten, sino las cosas en bloque; no es la variedad ni el matiz el que se escapa, sino es el género.
—Pero hay enfermedades claras.
—Efectivamente, hay enfermedades claras que se presentan con su cuadro clásico, de síntomas y entonces las conoce el médico y la cocinera, pero hay otras, la mayoría, que se muestran obscuras y larvadas. En estos casos se puede decir que no hay enfermedades sino enfermos. Aquí no hay casillero que valga y el buen médico acierta por intuición, casi por adivinación. De cuatro o cinco síntomas se advierte claramente uno y éste a veces confuso. Si lo del casillero fuera verdad, en quince días se haría uno un buen médico y se puede decir que hay médicos que ni en quince ni en veinte años saben su oficio, porque no tienen condiciones para él.

Al ver que yo no celebraba esta idea del casillero tan simplista y tan trivial, el amigo de Unamuno se quedó un poco decepcionado. Yo le dije que estas originalidades, poco originales, me recordaban las de un profesor Letamendi que yo padecí cuando fuí estudiante de San Carlos. Letamendi, como Unamuno, tenía la misma omnisciencia y la misma seguridad en sus ideas y en lo que creía que eran sus descubrimientos. Muchas veces pensaba que una frase retórica era un hallazgo o una revelación.

Unamuno, como Letamendi, no oía a nadie, fuera quien fuese con quien hablase.

Hace unos años, un día por la mañana, me telefoneó Jiménez Caballero y me dijo si quería ir a su casa a comer en compañía de Keyserling. Yo le contesté:

—Prefiero no ir. Me figuro que será un tipo de estos soberbios, que se sienten superhombres y se creen por encima de todo.
—No, no lo crea usted, es persona amable y muy accesible. Ya verá usted, voy a buscarle a su casa.

Efectivamente, vino y fui con él. Me persuadí de que Keyserling es hombre amable y ameno, que habla, pero también escucha. Yo no le debí causar mala impresión, porque le dijo a mi hermana después, que yo era un hombre charmant, juicio un poco en contra de los que han afirmado que soy un tipo seco y antipático.

Se habló en la comida de autores y de políticos y Keyserling se refirió a una conversación que tuvo en Hendaya con Unamuno cuando éste se hallaba desterrado durante la dictadura.

—¿Y ya le dejó a usted hablar? —le pregunté yo.
—No. Habló sólo él.

Yo creo que Unamuno no hubiera dejado hablar por su gusto a nadie. No escuchaba. Le hubiera explicado a Kant lo que debía de ser la filosofía; a Riemann o a Poincaré, lo que era la matemática; a Planck y a Einstein, el porvenir de la física; a Frobenius, la etnografía de Africa, y a Frazer, los problemas del folklore. No le hubiera indicado a Mozart o a Beethoven lo que tenía que ser la música porque había decidido que la música no era nada y no valía la pena de ocuparse de ella, porque a él no le gustaba.

Unas chicas vascas, recién llegadas a Madrid, me dijeron en casa, hace unos años, por la tarde, que querían ir de noche al Ateneo a oír unas poesías que iba a recitar Unamuno. Yo les di una carta para el secretario de la sociedad de la docta casa, como se la llamaba, y las dejaron entrar. A los dos o tres días vi que se mostraban muy incómodas:

—¡Qué hombre, dijeron, ese Unamuno!
—¿Pués qué pasó?
—Que estuvo muy antipático con el público. Dijo que no tenía ganas de leer nada, que tenía sueño, que no sabía por qué le habían invitado a una cosa que le fastidiaba y amabilidades por el estilo.

En la redacción del periódico “España”, donde yo colaboré al principio, comenzó a presentarse Unamuno. Se sentía dictador. Si había cinco o seis personas en la redacción, se sentaba en medio de todos y hablaba. No aceptaba la menor réplica ni la más pequeña de las colaboraciones. Decía, por ejemplo, de alguno:

—Es un hombre negado.

Si alguien intentaba reforzar su opinión y añadía:

—Ciertamente, es algo torpe.

Unamuno replicaba con un tono imperativo:

—No, es un hombre negado.

Si contaba una anécdota o una frase ingeniosa a tres personas y venía otro de la calle, la volvía a contar. A alguna gente la trataba muy ásperamente.

Yo, cuando oía un calificativo duro sobre cualquier pobre hombre amigo, me levanta y decía:

—Bueno, señores, hasta mañana —y me iba.

Por estas fugas mías Unamuno debía creer que yo tenía algún motivo de hostilidad contra él, pero no tenía ninguno.

Yo pienso que en países como España, los escritores debían tomar una actitud discreta y esfumada, primero porque es la lógica en un país donde no se les quiere, segundo porque sino las gentes les toman mucho odio. A algunos no les importa ese peligro y adquieren un aire tan suficiente y tan ridículo que atraen todas las cóleras. Verdad es que, por el otro camino del aislarse y no destacarse, tampoco se consigue simpatías.

Yo, al menos, no he aceptado nunca que delante de mí se trate sin motivo, de una manera agria o descortés, a una persona conocida o amiga. No se lo aceptaría no ya a Unamuno, ni a Cervantes, ni a Shakespeare, si viviera. Por una cuestión por el estilo casi reñí una vez con Ramiro de Maeztu. Estábamos en la redacción periódico de San Sebastián titulado “El Pueblo Vasco”, el año 1903 ó 1904, varias personas, entre ellas, Maeztu, el director del periódico, Juan de la Cruz; el escritor Grandmontagne, americano de adopción, y un joven del pueblo llamado Vignau. Se habló de un artículo de Grandmontagne que había asegurado que en España no se fabrica apenas papel. Vignau le dijo:

—Creo que está usted un poco engañado en esa cuestión. Si usted quiere yo le acompañaré con mucho gusto a visitar algunas fábricas de papel de Guipúzcoa y verá usted que no son tan desdeñables.

—¿Para qué voy a ir a verlas, yo que he estado en las fábricas de papel de los Estados Unidos?

—Perdone usted —le dijo Vignau—. Esto me parece lo mismo que si yo le invitara a comer a mi casa y usted me contestase que había comido en los mejores hoteles del mundo.

—La opinión de usted me tiene sin cuidado —dijo Grandmontagne.

Entonces yo me levanté de la silla y dije:

—¡Bueno, adiós!

Por la noche, Maeztu me preguntó por qué había tomado aquella actitud y yo le contesté:

—Porque me pareció impertinente y grosera la contestación de Grandmontagne.

Maeztu, que entonces era todavía nietszcheano, dijo con empaque que se tenía derecho a ser grosero cuando se era un hombre superior, dando a entender que Grandmontagne y él lo eran, y yo le contesté que no veía en nada la superioridad de Grandmontagne ni la suya.

Unamuno era de una intransigencia extraordinaria, no oía a la gente; así que todo lo que decía no tenía más que la propia comprobación.

Algunas cosas de orgullo dijo bastantes absurdas y antipáticas como esa frase refiriéndose a los extranjeros: ¡Que inventen ellos! El inventar es el gran prestigio y el gran honor de los pueblos. Los españoles inventaron en su tiempo héroes literarios: El Cid, Don Juan, Don Quijote, la Celestina. Si no han inventado después en materia científica ha sido porque no les han dado enseñanza y medios para realizar descubrimientos. En algunas cosas, Unamuno tenía salidas de cura. Al artículo de un joven que hablaba con entusiasmo de Kant contestó que habría que ver si el filósofo serviría para tener hijos. Naturalmente nadie elegiría en su tiempo a Kant para padrear.

Poco después de conocer a Unamuno le encontré yo en un tranvía que iba de la estación del Norte a la Puerta del Sol. Era un sábado, venía él de Salamanca. Me preguntó qué hacía yo los domingos por la tarde. Yo contesté con vaguedad y me dijo que fuera al día siguiente a un café de la calle de Alcalá, cerca de la iglesia de las Calatravas, café que ya no existe. Fui y me preguntó:

—¿Tiene usted que hacer algo esta tarde?
—No.
—Entonces le voy a leer un capítulo de una novela mía: “Amor y pedagogía”.
—Bueno —dije yo.

El capítulo se convirtió en dos, en tres, en cuatro y me leyó todo el libro. Esto me pareció verdaderamente abusivo y ofensivo.

Unamuno era en todo intransigente. A mí me decía que un pequeño cuento mío titulado “Mari Belcha”, que aparece en “Vidas Sombrías”, primer volumen que yo publiqué, debía ponerlo en verso. A mí me parecía la idea absurda porque yo tengo poco sentido verbal y una falta absoluta de curiosidad por la métrica. Una vez insistió tanto en la recomendación que yo le dije:

—Yo, de escribir algo efusivo, tierno, lírico, del campo vasco, cosa que siento con verdadero fervor, escribiría versos en vascuence con la rima más pobre y con el menor sentido latino posible.

Esta idea le pareció una verdadera insensatez, una aberración, y refutó con mil argumentos de todas clases que a mí no me convencieron; pero, en fin, me callé sin replicar.

Otra muestra de la intransigencia de Unamuno la dió por esta época hacia el mismo tiempo. Iba yo una tarde por la Carrera de San Jerónimo con él cuando apareció Valle Inclán en sentido contrario. Eran por entonces hostiles en teorías literarias y no se reconocían ningún mérito el uno al otro. Yo estaba más de acuerdo con las ideas de Unamuno que con las de Valle Inclán, pero como hombre poco dogmático no creía que estas cuestiones estéticas fueran suficientemente graves para reñir por ellas.

Al encontrarse conmigo se pararon los dos; yo pensé por su aspecto que querían conocerse y hablarse, y los presenté, pero de pronto se desarrolló una hostilidad tan violenta y tan rápida entre ellos que, a una distancia de ochenta a cien metros, se insultaron, gritaron, se separaron, y yo me quedé solo. Luego, veinte o treinta años más tarde, se hicieron amigos y me dijeron que se veían en el Ateneo.

—¿Y ya se entienden? —pregunté a alguno de los que iban a la docta casa.
—No, cada uno tiene su tertulia, pero el que lleva siempre la voz cantante es don Miguel.

Unamuno tenía algunos rasgos físicos e intelectuales comunes con Valle Inclán.

El vasco tenía el cráneo pequeño y la frente huída; la cabeza de Valle Inclán era muy chica y alta como una casa estrecha de muchos pisos. En Galicia, entre la gente del pueblo, ví que era abundante este tipo de cabeza. En parte, a los dos les pasaba algo parecido; tenían cierto sentido efectista, teatral. En las fotografías daban más impresión que en la realidad. Unamuno tenía una voz como de flauta y Valle Inclán una voz de falsete bastante desagradable. Un profesor español de América dijo que Valle Inclán hablaba con una voz de bajo profundo y otro escritor afirmó que era hombre de belleza nazarena. ¡Hasta dónde puede llegar el absurdo de los admiradores!

La audacia del vasco y del gallego eran parecidas, mayor aún la del vasco.

Se contó que cuando el Rey de España le otorgó la Cruz de Alfonso XII, don Miguel se presentó en Palacio con su indumentaria habitual y dijo al monarca:

—Vengo a presentarse ante su Majestad porque me ha dado la Cruz de Alfonso XII, cruz que me la merezco.
—Es extraño —dicen que replico el Rey, más o menos asombrado—; los demás a quienes he dado la Cruz, me han asegurado que no la merecían.
—Y tenían razón —contestó don Miguel.

Unamuno era de un egoísmo absoluto. El era español, no había nada como España; era vasco, nada como ser vasco; era de Bilbao, lo mejor del mundo era ser de Bilbao. Vivía en Salamanca, Salamanca era la ciudad mejor de Europa.

Se ha dicho siempre que Unamuno era un tipo muy vasco, yo no lo digo porque sea bueno ni malo, pero no he visto ningún tipo en el país parecido a él en sentido espiritual. Realmente es muy difícil el poder comparar el hombre del campo o el tipo corriente de la ciudad con el hombre de cultura. En su intransigencia, don Miguel aseguraba que no le gustaba París ni los alrededores del Sena. Yo comprendo que a una persona cualquiera de España, de Italia, de Portugal o de la Cochinchina, le guste más vivir en su pueblo que en una ciudad de un país extranjero, por muy hermosa que sea; pero para no ver que París como urbe es lo mejor de Europa, hay que ser ciego o sistemático. Para mí, como digo, es mucho más agradable estar entre los suyos, con gente amiga, de idéntica manera de ser y de pensar, que pasearse por entre todos los Partenones, catedrales y museos de las ciudades famosas; pero esto no me impide comprender que París es una ciudad privilegiada por la naturaleza y por la historia.

Al año o a los dos años, en la República, Unamuno se encuentra con la hostilidad de los comunistas, que le consideran como un reaccionario. A muchos otros nos sucedió lo mismo.

En un ensayo de crítica de masas, sin duda imitado de Rusia, que se hizo en el Ateneo de Madrid, me invitaron para inaugurar la serie, explicando y defendiendo una novela mía. Esta novela se llamaba “Los Visionarios”. La impugnaría un joven Fernández Arnesto desde un punto de vista marxista y yo la defendería a mi modo. Al ir al Ateneo me encontré con que aquello parecía una encerrona, que el público era sólo de comunistas y muy hostil. A la primera ocasión, aquella gente se lanzó sobre mí con violencia diciendo que era un burgués y que escribía para burgueses. Yo repliqué con la misma violencia y con acritud mezclada con soma, y entonces uno de los capitanes de la tropa marxista, entonces corrector de pruebas, Pumarega, dijo que había que reconocer que yo vivía de mi trabajo como un pobre cualquiera, pero que había otros que estaban en el salón que gozaban del favor oficial. “¡Unamuno!”, gritó uno, y todos le miraron de una manera hostil, desvergonzada sañuda, y él quedó rojo de cólera. Seguramente ello contribuyó a su antipatía por los comunistas, que se mostraron brutales y estúpidos con él y con los demás escritores.

Yo, como digo, no tenía ninguna antipatía por don Miguel, pero me parecía muy excesivo todo lo suyo. Un año antes de la revolución del 36, lo vi la última vez en la estación del Norte, de Madrid. El iba a París y yo a Vitoria: hablamos un momento afectuosamente, y por lo que me ha dicho después don Blas Cabrera, le aseguró en el tren que estaba contento porque se había reconciliado conmigo. Al despedirse de mí, me dijo:

—Escriba usted siempre hasta el final, porque usted es un hombre de estilo.

Me dejó bastante asombrado. Yo, como digo, no tenía nada contra D. Miguel, únicamente que no era partidario del sistema suyo de agarrarlo a uno por su cuenta, de acogotarlo, de atarle de pies y mano y de convertirle en un oyente sordomudo.

Los últimos días de su vida, en Salamanca, debieron de ser muy duros y muy amargos para Unamuno. A sus palabras en una reunión fascista de la ciudad se contestó a gritos y tirando una mesa al suelo. Después de esto la gente, antigua amiga suya, le huía por miedo, y los chicos le tiraban piedras en la calle, según me dijeron.

Debió de ver que la época que comenzaba en España no era para que un hombre, por mucha energía que tuviera, pudiera resistir a masas fanáticas y enfurecidas. Los tiempos habían cambiado. Ya no se podía dar el caso de Castelar, que al salir del Congreso de Diputados, en Madrid, en tiempos de Amadeo de Saboya, se encontró en la calle en medio de una turba amenazadora y furiosa de gente armada y comenzó a hablar, y lo hizo tan bien y con tanta elocuencia que la multitud acabó aplaudiéndolo con locura. Unamuno debió de pasar sus días finales con un gran sufrimiento moral, luchando con su desesperación y su impotencia.

Yo no sé si la obra de Unamuno con el tiempo tomará mayores proporciones o se achicará. Yo me alegraría más de que se agrandara, sin embargo no lo creo mucho. Su obra sin él, creo que va a bajar. Sus novelas no me parecen de las que pueden quedar, los ensayos quizás estén mejor, pero no dan impresión de ser tan originales como parecen y los versos leídos en frío, aunque tengan conceptos elevados, parecen ásperos y pedregosos.


PÍO BAROJA, Siluetas de escritores y de políticos. Unamuno, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999

Unamuno sobre Hugo


Puede uno fiarse de Taine; de Hugo, no. Taine deformaba por sistema; Hugo, por ignorancia. Precisamente estoy leyendo la Leyenda de los siglos y regocijándome con la acumulación de despropósitos históricos del padre Hugo. Tenía una radical impotencia para comprender la historia. Sentía predilección por los asuntos españoles y, en efecto, no puede hablar de España sin soltar algún disparate. Su geografía, su historia, su toponimia española son divertidísimas de puro desatinadas. Baraja nombres, sucesos y lugares con la mayor desaprensión. Y en el fondo, Hugo es tan frío y tan sistemático como Taine, aunque aquél sea un ignorante y éste no. Porque Taine se enteraba bien antes de hablar de algo, y Hugo no se tomaba la molestia de enterarse.


MIGUEL DE UNAMUNO, fragmento de Taine, caricaturista, incluido en Contra esto y aquello, Obras completas III, Nuevos ensayos, Escelicer, Madrid, 1968