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Gracq sobre Goethe


Una de las particularidades que me repele en las novelas de Goethe (exceptuando Werther, que he releído siete u ocho veces) es la cualidad abstracta del tejido del relato, que trata casi siempre el mundo exterior como un esbozo (se puede leer casi de principio a fin Las afinidades electivas, que transcurren en el campo, sin encontrar una sola nota de color). No hay apenas grandes escritores que sean más pobres que él, respecto a la ficción, en pequeños detalles verdaderos. Todo lo concreto de las ocupaciones, de los gestos, de las actitudes, se funde, apenas planteado, en un sfumato generalizador y decorativo.


JULIEN GRACQ, fragmento de Leyendo escribiendo, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Madrid, 2005, traducción de Cecilia Yepes, pág. 225.

Wharton sobre Emily Brontë


Sinclair Lewis no es el único creador de seres vivos que tenemos entre los novelistas modernos, pero yo le he escogido como símbolo porque la línea que sigue —aunque corre el peligro de convertirse en rodada— me parece genuina. En su búsqueda de materiales ha seguido el consejo de Goethe y ha hundido su mano en las profundidades de la naturaleza humana y creo que el mayor error de los jóvenes novelistas, de cualquier escuela, ha sido imaginar que los personajes anormales o excesivamente dotados ofrecen un campo más rico que las variedades normales y corrientes. Emily Brontë era una mujer de genio, pero si hubiera vivido más y hubiera tenido más contacto con la realidad habría conseguido sacar de la vida cotidiana en la parroquia de Haworth un libro más profundo y conmovedor de lo que lo hizo retratando una casa de locos. Dostoievski, en El idiota, también abordó el estudio de personajes anormales, pero los mezcló con otros normales, como suele hacer la vida. Y precisamente así fue como demostró que su principal interés para el lector radicaba no tanto en su caso particular sino en sus reacciones trágicas y destructivas hacia lo normal. Y los lectores que, a pesar de la admiración que sienten por Cumbres borrascosas a veces encuentran dificultad en separar a Heathcliff de Earnshaw y a una Catherine de la otra, no olvidarán fácilmente la presencia viva del príncipe Mishkin y su extraña vigilia con el asesino junto al cadáver de Nastasia.


EDITH WHARTON, Criticar ficción, Páginas de espuma, 2012, Madrid, traducción de Amelia Pérez de Villar, págs. 75 y 76.

Cioran sobre Goethe


He intentado releer el Fausto, treinta años después. Sigue resultándome igualmente imposible: no consigo entrar en el mundo de Goethe. Sólo me gustan los escritores enfermos, heridos de una forma o de otra. Goethe sigue siendo para mí frío y envarado, alguien a quien no se nos ocurriría recurrir en un momento de angustia. No de él, sino de Kleist, es de quien nos sentimos próximos. Una vida sin fracasos importantes, misteriosos o sospechosos no nos seduce.


EMILE CIORAN, Cuadernos 1957-1972, Tusquets, Barcelona, 2000, traducción de Carlos Manzano, pág. 55.

Stein sobre Thomas Wolfe


GERTRUDE STEIN: A menudo, los escritores que realmente poseen pasión no son capaces de reconocerla en sí mismos, porque no saben lo que es sentir de un modo diferente o no sentir en absoluto. Y ella no responde cuando se la llama. Probablemente, Goethe pensara que El joven Werther era un libro más apasionado que Wilhelm Meister, pero en Werther se limitaba a describir la pasión y en Wilhem Meister la transfería. No creo que supiese que lo había hecho. No tenía por qué. Emerson se habría sorprendido si le hubiesen dicho que era apasionado. Pero Emerson tenía auténtica pasión. Escribía con pasión, pero jamás habría podido escribir sobre la pasión, porque no sabía nada acerca de ella. Hemingway lo sabe todo sobre la pasión y en ocasiones puede escribir con seguridad acerca de la misma, pero carece de ella. Tan sólo tiene pasiones. Y Faulkner y Caldwell y todos los que he leído aquí y antes de llegar a América son buenos y honrados artesanos, pero carecen de pasión.

JOHN HYDE PRESTON: Bueno, yo opino que Thomas Wolfe la posee. Acabo de leer Of Time and the River, que me ha emocionado. Creo que en verdad la tiene. Más que ningún otro hombre que conozca en América.
GERTRUDE STEIN: Leí su primer libro. Y lo he buscado, pero no he podido encontrarlo. Wolfe es como un diluvio y a usted le ha anegado, pero si quiere leer metódicamente, Preston, debe aprender a distinguir cómo le arrastran. En el tren leí un artículo sobre Wolfe. En él decían que es muchas cosas, entre otras las cataratas del Niágara. No es la tontería que parece. Las cataratas del Niágara son poderosas, tienen forma y belleza durante treinta segundos, pero el agua del fondo, la que ha sido la catarata durante unos instantes, no es ni mejor ni distinta de la de arriba. Le ha sucedido algo hermoso y terrible, pero se trata de la misma agua y nada le habría ocurrido de no ser por una aberración en una de las formas de la naturaleza. El río es la auténtica forma del agua, una forma que le conviene, y la catarata es un error. Los libros de Wolfe son el agua depositada en el fondo, que lanza espuma en un espectáculo magnífico porque ha seguido el camino equivocado, pero no es mejor de lo que era al emprenderlo. Las cataratas del Niágara existen porque la forma auténtica se ha agotado y el agua no encuentra otra salida. Pero el artista creativo debería ser más hábil.

JOHN HYDE PRESTON: Quiere decir con eso que en su opinión la forma novela ha desaparecido? 
GERTRUDE STEIN: Así es, en efecto. Cuando una forma se agota ocurre siempre que todo lo que se escribe ateniéndose a sus normas carece en realidad de forma. Y sabemos que ha muerto cuando ha cristalizado y todo lo que se acoja a ella tiene que ser hecho de una determinada manera. Lo que hay de malo en Wolfe está hecho de esa forma y lo bueno de otra muy diferente. Así pues, si toma lo bueno, resulta que lo que ha escrito no es una novela en absoluto.

JOHN HYDE PRESTON: Sí, pero ¿qué más da? Para mí fue algo muy auténtico, y quizá no me importe si se trata o no de una novela.
GERTRUDE STEIN: Intente entenderme, Preston. Lo que me impacienta no es que no sea una novela sino que Wolfe no viese lo que podría haber sido. Y si posee realmente la pasión que usted le atribuye, lo habría visto, porque la habría sentido de verdad, ella habría adoptado su propia forma y, dada la prodigiosa energía de Wolfe, no le habría vencido.

JOHN HYDE PRESTON: ¿Qué tiene que ver la pasión con la elección de una forma artística? 
GERTRUDE STEIN: Todo. No existe ninguna otra cosa que determine la forma. Lo que Wolfe está escribiendo es su autobiografía, pero ha decidido narrarla como una historia, y una autobiografía no es nunca una historia porque la vida no se desarrolla en forma de acontecimientos. Lo que realmente ha hecho es soltar amarras, por lo que sólo ha contado la verdad de su liberación, y no la verdad del descubrimiento. Y es por eso por lo que él significa tanto para ustedes los jóvenes, porque es también su liberación. Y tal vez por ser tan larga y poco selectiva resulte mejor así, ya que, si permanece en ustedes, le darán su propia forma y, si tienen pasión, la añadirán también; y quizá sean capaces de llegar al descubrimiento que él no alcanzó. Pero no volverá a leer ese libro porque no tendrá necesidad de hacerlo. Y cuando un libro ha sido verdaderamente importante para nosotros, siempre se lo necesita. 


GERTRUDE STEIN, entrevistada por John Hyde Preston en "The Atlantic Monthly", agosto de 1935, incluida en Las grandes entrevistas de la historia 1859-1992, El País Aguilar, 1997, traducción de Herminia Bevia y Antonio Resines. Toda la entrevista AQUÍ

Goethe sobre Hugo


Estos días he leído Nuestra Señora de París y he necesitado no poca paciencia para soportar los tormentos a los que me ha sometido su lectura. ¡Es el libro más abominable que se ha escrito nunca! Además, las torturas que uno tiene que soportar ni siquiera se ven compensadas por el disfrute que, por ejemplo, se podría obtener con la plasmación veraz de la naturaleza o de los caracteres humanos. Todo lo contrario, ¡su libro carece de toda naturaleza y de toda verdad! Los personajes que representa no son criaturas de carne y hueso, sino marionetas de madera a las que hace saltar a su antojo y a las que insta a hacer toda clase de distorsiones y muecas en función de lo que le venga bien a cada momento para obtener los efectos que persigue. ¡En qué tiempos vivimos, que no sólo promueven y hacen posible un libro así, sino que incluso lo encuentran tolerable y divertido!


GOETHE en Conversaciones con Goethe, de J. P. Eckermann, Acantilado, Barcelona, 2005, traducción de Rosa Sala Rose, pág. 853.

Bioy Casares y Borges sobre Goethe


Jueves, 8 de junio de 1967. Come en casa Borges. Afirma que la literatura alemana es rica en lo que llaman los franceses chefs-d'oeuvre manques. Dos ilustres ejemplos: Fausto, Zarathustra. Las Conversaciones de Goethe con Eckermann sería otro. Sobre Goethe observa: "Debió de ser inteligente, pero no conocía los límites de su inteligencia. Se creía capaz de inventar personajes. Nada más estúpido que el final del Fausto. La idea del Wilhelm Meister, de una república pedagógica, prueba que algo había podrido: something rotten in Denmark". BIOY: "Qué diferente Stevenson. ¿Te acordás del episodio de Weir of Hermiston en que el Lord Justice abruma al condenado a muerte? Lo que más conmueve al hijo del terrible juez (que asiste al juicio) es que el pobre condenado a muerte lleva una bufanda, para protegerse la garganta, que le duele. Que raro es todo, cómo se establecen las escalas de valores en la literatura del mundo. Pensar que para nadie Stevenson es superior a Goethe. No es que no sea superior: son incomparables. Para todo interlocutor, Goethe es uno de los grandes genios y el otro...". BORGES: "Tal vez escribir un libro para chicos lo perjudicó". BIOY: "¿Pero no creés que La isla del tesoro es superior al Fausto?". BORGES: "¡Bueno, desde luego! ¿Cómo no voy a creer?". BIOY: "Cuantas delicadezas hay en Stevenson".


ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, págs. 232 y 234.