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Baroja sobre Mallarmé

Yo le oí varias veces a Gustavo Kahn ejercer de pontífice explicando lo que era y lo que debía ser la poesía del tiempo. Creo que las tesis contrarias a las suyas se podían defender con motivos parecidos. Todo lo que decía este pequeño judío engreído y soberbio tenía el mismo aire de petulancia. Mallarmé, defensor del simbolismo, era seguramente hombre para quien la poesía debía de ser complicada y hermética. Lo sencillo, sin duda, no le gustaba. Algunos dicen que hay que leer a este poeta simbolista buscando la sonoridad y el valor musical de las palabras. Entonces no puede ser estimado más que por los franceses. Tampoco yo he comprendido bien el valor literario de Paul Valéry, y supongo que para comprenderle habrá que saber muy bien el francés literario. A mí, los versos de Mallarmé no me han entretenido nada. Algunos me han dicho: "Hay que leerlos despacio. Hay que profundizar su sentido musical". Y ¿para qué? Yo comprendo que se profundice el estudio de algo que le puede ser útil o agradable a uno; pero profundizar el estudio de lo que no le sirve para nada me parece demasiado heroísmo. Comprendo que un filósofo estudie a Kant, que un físico estudie a Einstein; pero ¿estudiar a Mallarmé? ¿Con qué objeto? ¿Para hacer luego unos versos que nos los entienda nadie? Me parece demasiada abnegación para tan poca cosa. Yo conocí, como he dicho antes en estas Memorias, a un discípulo predilecto de Mallarmé, a Charles Morice. Hablé con él dos veces: en un banquete de una cervecería de los grandes bulevares, cerca de la puerta de Saint-Denis, y luego en casa de una señora francesa. Debió de morir poco tiempo después. En ninguna de las dos veces que le oí hablar le entendí. Me pareció complicado y nebuloso, como si no tuviera en la cabeza los mismos conceptos que los demás. . . PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Tusquets, Barcelona, 2006, págs. 465 y 466

Bloom sobre Poe (2)

Los grandes poetas líricos son escasos, y en donde más abundan es en la literatura inglesa y en la alemana. Hay muy pocos de verdadera calidad en la tradición americana y en cambio arrastramos una larga y atroz recua de malos poetas líricos, cuyo ancestro y deprimente ejemplar es Edgar Allan Poe, creador de una amalgama de Coleridge, Byron y Shelley que sigue teniendo consecuencias lamentables. Poe aún tiene seguidores, incluso en países en los que los críticos no saben leer inglés, pero sobre todo en Francia, donde no saben, como lo demostró la tríada de Baudelaire, Mallarmé y Valéry, responsable de haber leído en Poe cosas que no estaban allí. Ningún otro poeta o cuentista se ha beneficiado tanto con la traducción.

HAROLD BLOOM, Genios, Anagrama, Barcelona, 2005, pág. 477. Traducción de Margarita Valencia Vargas

Maurras sobre Mallarmé

No hay por qué quejarse de que Mallarmé nos trace páginas oscuras, pero debemos deplorar que tales oscuridades, una vez penetradas, no muestren nada que valga nuestro esfuerzo.


CHARLES MAURRAS, en 1897, recogido por A. Bruzzi en el Diccionario de Autores de González Porto-Bompiani, Tomo II, Montaner y Simón, Barcelona, 1973, pág. 751.

Rueda sobre Mallarmé

En España, que tiene sangre literaria propia, idioma amplísimo, prosodia polifónica y todas las músicas nuevas, dentro de su índole, que yo le he dado en los veinticinco años últimos en España, que yo he hecho más sinfónico que una orquesta y más pictórico que una paleta de pintor, y que están todas esas condiciones modernas que yo le he dado curadas al sol, rociadas con gotas sublimes de vinos Jerez para que sean sanas y estén embalsamadas; en España, repito, donde bajo mi pluma ha brotado una nueva prosodia española y un nuevo colorido español, y se ríe a grandes carcajadas la gente de gran afinación, de esas idioteces de «Monsieur Mallarmé» paseadas por América por sus imitadores (impersonales y automáticos) como se pasean por los viajantes de joyería falsa, los diamantes americanos, que aquí llamamos gráficamente diamantes de culo de vaso. Ni la matriz poética del clorótico Mallarmé era capaz de concebir hijos rítmicos con las piernas en su sitio, y los ojos en su sitio, y que fuesen armónicos, ni semejante titiritero de la lírica supo jamás, porque era un impotente, lo que era ser padre digno, ni artista grande y potente. Cuando se engendran hijos rítmicos (versos), que tengan una pierna más larga que otra, un ojo en su sitio y el otro en un carrillo, un brazo natural y otro de un kilómetro, esos hijos se llaman fenómenos y se ven en los barracones de las ferias a diez céntimos la entrada.

Los románticos transformaban la prosodia y el espíritu clásico engendrando creaciones como hombres, no como seres bisexuales; los naturalistas transformaron el romanticismo engendrando hijos poéticos como hombres armoniosos y fuertes; los que hemos hecho la última transformación de la prosa y de la poesía hemos engendrado estrofas y párrafos como hombres, con todo el fuego noble de nuestra alma y todo el respeto sagrado de nuestro corazón; pero Mallarmé, de quien vienen los espermatozoides tísicos, que los americanos a falta de bolsa espermática propia han tratado de difundir (a los muchos años de muerto el vate francés) por América (que no tiene literatura propia) y por España (que sí la tiene), Mallarmé, vuelvo a repetir, no engendró nada como hombre, sino como hermafrodita, y como los hermafroditas no sirven para la función de crear, de ahí sus versos cojos, su prosodia sin átomos de ozono, su color exangüe sin hierro, sus imágenes sin pinceladas de yodo, su sintaxis sin coyunturas, como la lombriz y su raquitismo sin fósforo, sin cales, sin oxígeno. Ni eso es nada alto, grande y digno de la Sagrada Poesía, ni tampoco en los idiomas europeos, con fisonomía propia, cabe esa prosodia extraña a la complexión Fisiológica de cada lengua; todo idioma que tenga que renovar su prosodia, necesariamente ha de hacerlo con elementos musicales propios, y no traídos del francés; y querer llevar a cada idioma prosodia y sintaxis de otro es tan estúpido como querer que un pez viva en el aire y un pájaro en el agua. Los extravagantes solo pueden masturbarse la fantasía, por no ser capaces de celebrar una amplia y honda y fecunda cópula con la Santa Poesía.

Ahora que estamos en pleno Mayo, saca a la vista la Naturaleza la variedad infinita de sus arquetipos, de todos sus moldes y troqueles, para enseñar una vez más, a los poetas, cómo se hacen los versos. Vea V. las rosas: todas tienen completos sus acentos; vea V. los claveles: todos tienen cabales sus versos; vea V. los jazmines: todos tienen los pétalos iguales; vea V. las hojas de cada planta, de árbol, de cada flor; todas son versos iguales, acentos iguales, rimas iguales. Y así hay que escribir los versos, como los escribe Dios y como los escribe la Naturaleza: aun dando una prosodia nueva a la poesía, como he hecho yo en España, y una savia y un misterio nuevo, los he escrito con un altísimo respeto a los acentos y a las rimas.

España no admite la prosodia francesa del extravagante Mallarmé, porque España tiene ya su prosodia moderna propia; lo demás son cosas de clowns de circo, volatines, títeres, propios de gente sin sustancia ni dignidad humana. En España hacen versos ridículos a lo Mallarmé sencillamente porque no pueden hacerlos tan altamente magistrales como los maestros, que han llegado a una perfección suprema.

Los poetas que no se ajustan para escribir versos a lo que impone rotundamente Dios y a lo que impone la sublime Madre Naturaleza no son, literariamente, hijos de la Gran Madre, sino solamente hijos de la Gran Puta.


SALVADOR RUEDA, carta a Marinetti contestando a la encuesta sobre el verso libre, Poesia.Rassegna Internazionale, II, núms. 3-5, apr.-giu. 1906, págs. 51-52, recogido por Marta Palenque en Salvador Rueda en el decurso de la lírica española, Biblioteca Virtual Cervantes. Todo el artículo AQUÍ

Gamoneda sobre Barral, Gil de Biedma, Ferrater, Costafreda y José Agustín Goytisolo

Carlos Barral, por ejemplo, no era un poeta... Barral estaba en el mundo editorial, era un hombre inteligente, pero quería ser precisamente lo que no podía; y no digamos Gil de Biedma: Gil de Biedma era inteligentísimo, hizo ensayos espléndidos sobre Eliot, y, sin embargo, dudo mucho que tenga un gran tamaño como poeta.

(...) Primero habrá que ver si existe la tal escuela de Barcelona, porque la tal Escuela no es ni más ni menos que unos muchachos que «chuparon rueda» de Ferrater. Unos muchachos, todo hay que decirlo, entre los cuales Gil de Biedma es un hombre que brilla, un personaje muy atractivo (más personaje que obra, claro) que ha hecho piezas muy inteligentes (que yo dudo que sean poemas de raza); y luego vienen otros, como Carlos Barral y José Agustín Goytisolo (el malogrado Costafreda quizá fuera el más poeta de todos ellos), que son flojos; lo cual no impide que sean hombres de familias importantes y tengan buena cabeza..., pero estamos hablando de una cosa muy específica: se tienen o no se tienen las cuerdas que dan ese sonido.


ANTONIO GAMONEDA, entrevistado por JOSÉ MANUEL LÓPEZ DE AVIADA, Analecta Malacitana, Nº 15, 30 de agosto de 1990.

Jiménez sobre T. S. Eliot


Yo me represento a T. S. Eliot (por su obra y por las fotografías de su persona) como un ente monstruoso humano (esas orejas de elefante, esos ojos de óptica, ese mentón de cartón piedra), que tiene una y sola mano, grande como un anuncio de guante de mano, en vez de cabeza, y dos cabezas inadvertidas en vez de manos.

La alta mano hipertrofiada es la que manda (artesanía virtuosa) y las cabezas, derecha e izquierda, las que escriben. Unas veces escribe la cabeza izquierda y otras la derecha; otras veces escriben las dos al mismo tiempo, y otras veces la alta mano confunde las cabezas, como que tiene seis dedos, y le dicta a la derecha lo que debiera escribir la izquierda o a la izquierda lo que debiera escribir la derecha. Otras veces me represento que la cabeza derecha de Eliot escribe la prosa y la izquierda el verso; y que las dos cabezas obedecen a la mano rectora en ambos dictados, pero que no se entienden entre sí.

Por eso la escritura jeneral de Eliot tiene siempre mucho de mano alta y de cabezas confundidas, ya en la forma o en la idea. Su falta de lójica poética parece fruto moldeable en mano rectora, directora siempre; y siempre su lójica crítica parece fruto de cabezas vivientes.

En jeneral me disgusta Eliot. Es poeta de truco permanente, quizás el más truquista de todos los poetas, porque es el de truco más virtuoso, un sumador de trucos ajenos, y el vicio superior no es más que un truco. Se ve claro que tal estrofa no quería decir lo que dice; que ha sido truqueada, hasta dejarla en el punto del efecto ambiguo, no como en Mallarmé en el punto de la oscuridad añadida por pudor, como un veto. Como poesía de truco, no da la impresión de que Eliot piense lo que dice. Es un poeta todo ripioso, al que a veces le falla el ripio y le sale sin querer algo natural que en él parece falso o enfermo. Sus «hombres huecos», su hipopótamo católico, su Virjen de la Devoración, son absolutamente falsos. Eliot es lo que es por la riqueza de su fraude, por el producto apretado que le permite conseguir efectos de falsedad muy bellos a veces por contraste de caricaturas que no se entienden entre sí. Pero nunca da la impresión de un poeta completo por sí mismo, como Blake o Yeats, sus compatriotas superiores en sus mejores poemas. Los poemas de Eliot siempre me parecen ruinas sumadas por equivocación en un museo.

La lójica, cuando sirve, jenial, a un espíritu hermoso, puede ser lo más hermoso del mundo. Eliot demuestra en su crítica una lójica perfecta que lleva como la maleta permanente del viaje de esta vida y en sus poemas da la impresión de que no ha querido servirse de la maleta. Como si fuese un crítico que no supiera ser poeta, o que su única preocupación es ocultar la verdad, por despiste, a la jente. Parece un carambolista supremo que se propone demostrar que la lójica no le impide hacer una carambola. Esta manía de lo ilójico razonado no tiene razón ninguna en un hombre sólo injenioso como es Eliot. Lo ilójico es propio del niño instintivo, del viejo loco, del idiota jenial o del poeta conjénito. Quizás sea Eliot un poeta frustrado por su crítico, al que pretende engañar a la vista de todos.

Mirad bien su cara ahora que se comprende que es ésta. Sus orejas de cabeza tienen algo que decir, que escuchar. Que lo escuchen: «Eliot, es usted un farsante o un impostor. Su libro sobre la cultura lo demuestra. Lo que usted dice en él sólo lo puede decir un oportunista. Por algo se cuelga usted el pañuelo de la nariz del bolsillo de pecho, como una camarera en su hombro el suyo, de su uniforme de hombre snob, adulador de la tradición convencional. No será usted tenido en cuenta por el futuro.»


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Eliot, monstruo político y social, recogido en Antología de textos juanramonianos / Juan Ramón Jiménez; compiladores Javier Blasco, Teresa Gómez Trueba, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2008 (AQUÍ