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Martel sobre Julien Green


La obra de Julien Green no necesariamente resiste la prueba del tiempo. Comparada con la empresa literaria de André Gide, la de Green me parece insignificante; comparada con la de Jean Cocteau, es estática y aburrida; comparada con la de François Mauriac, es descuidada o monótona; comparada con las novelas de Raymond Radiguet o René Crevel, es charlatana y polvorienta. Básicamente, Green es un sub-Mauriac, que a su vez es un sub-Gide. Es decir su lugar en la historia literaria...


FRÉDÉRIC MARTEL, El siglo del infierno del escritor católico y homosexual Julien Green, Radio France, 12 de septiembre de 2019, traducción de Google Translate + Mary Crónica, toda la reseña AQUÍ

Gide sobre Shakespeare


¿Voy a atreverme a escribir aquí lo que pienso del Rey Lear? La representación de ayer me confirma en mi opinión: poco falta para que encuentre esa obra execrable; de todas las grandes tragedias de Shakespeare, la menos buena y con mucho. Sin cesar pensaba: ¡cuánto debía gustarle a Hugo! Todos los defectos enormes de éste se despliegan en ella: antítesis constantes, procedimientos, recursos arbitrarios; apenas, muy de vez en cuando, alguna chispa de emoción humana sincera. Llego al punto de no comprender demasiado lo que se considera como dificultad de interpretación de la primera escena: dificultad de hacer admitir al público la ingenua necedad del rey; pues todo lo demás es por el estilo: la obra entera y de cabo a rabo es absurda. Sólo por piedad se interesa uno por las tribulaciones de ese viejo chocho, víctima de su fatuidad, de su suficiencia senil, de su estupidez. No nos conmueve más que en los escasos instantes de piedad que él mismo manifiesta hacia Edgar y hacia su amable bufón. Paralelismo de la acción en la familia Gloucester y en la suya: las malas hijas y el hijo malvado; el buen Edgar y la amable Cordelia. El pelo blanco bajo la tormenta; la brutalidad desenfrenada contra la débil inocencia... nada que no sea querido, arbitrario, forzado, y los medios más de brocha gorda son empleados para sacudirnos. No es ya humano, es enorme, ni el mismo Hugo llegó a imaginar nada más gigantescamente artificial, más falso. El último acto termina en una sombría hecatombe en la que buenos y malos se confunden en la muerte. La compañía de Olivier sale del apuro por una especie de apoteosis final al estilo de Mantegna: cuadro viviente, sabia composición; todo está ahí, hasta la arquitectura con los arcos que encuadran el conjunto admirablemente ordenado. El arte triunfa. No queda más que aplaudir.


ANDRÉ GIDE, Diario, ABC, SL, 2004, traducción de Laura Freixas, págs. 336 y 337.

Gide sobre France


Releo algunas páginas de Anatole France... Es elocuente, fino, elegante. Es el triunfo del eufemismo. Pero no hay inquietud en él; lo agota uno de una vez. No creo demasiado en la supervivencia de aquellos sobre los cuales todo el mundo está de acuerdo en el primer momento. Dudo mucho que nuestros nietos, cuando a su vez abran los libros de France, lean en ellos más y mejor de lo que hemos leído nosotros. Sé que en lo que a mí respecta, nunca he sentido que precediera a mi pensamiento. Por lo menos lo explica. Es eso lo que sus lectores le agradecen. France los halaga. Cada uno de ellos puede pensar: "¡Qué bonito! A fin de cuentas, no debo ser tan tonto: esto es lo que yo también pensaba".


ANDRÉ GIDE, Diario, ABC SL, 2004, traducción de Laura Freixas, pág. 102.