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Marsé sobre Cela

Trato con muy pocos intelectuales: Félix de Azúa, Fernando Savater, Eugenio Trías..., señores que opinan sobre moral, política, educación... Tienen ideas claras, yo más bien tengo dudas. Distingo entre narradores e intelectuales, y otros que ni son narradores ni intelectuales, que sólo escriben pura cháchara y retórica, como Cela, que es un plúmbeo.

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JUAN MARSÉ, entrevistado por ELENA PITA para El Magazine de EL MUNDO, 20 de agosto de 2000

Marsé sobre la "generación Kronen"

Estos jóvenes que se identifican con esa “generación Kronen” son cabezas huecas, representativos de un comportamiento determinado, que desde el punto de vista vital carece de interés. La juventud siempre es rebelde, caprichosa, superficial, pero ahora no acabo de ver cuáles son sus ideales. Me parece, por ejemplo, que hoy están por los suelos conceptos como el de solidaridad, muy importante en la posguerra. Como materia literaria, esto de la “generación Kronen” me parece irrelevante, y no he leído ninguna novela que penetre en su mentalidad de manera brillante. . . JUAN MARSÉ, entrevistado por César Coca y recogido en Entrevista con la cultura, Bassarai, Vitoria-Gasteiz, 2005, pág. 309

Martínez Sarrión sobre Cela

Un curioso efecto de simetría, causado por la muerte de Cela: el 95 por ciento de lo publicado en diarios nacionales sobre el finado, como el mismo porcentaje de su obra, es pura inanidad, pura pérdida de tiempo. De la obra, lo único que de verdad me gustó fue su primera época: el Pascual Duarte y los primeros viajes; menos, La colmena; algo los carpetovinismos, San Camilo 36 no es más que la visita a una colección de burdeles madrileños, al filo de la tragedia. Cuando trató de hacer lo que él entendía por “vanguardia” se vio que resultaba forzado, ilegible, trivial en su pretenciosidad. Madera de boj, el tan anunciado texto que haría justicia a la Galicia marítima, al bravo mar de los Ártabros, no es más que una prolija colección de chistes y ocurrencias de gusto dudoso. Sobre el muerto, han estado bien Ignacio Echeverría, Haro Tecglen y sobre todo Gimferrer, meditado y justo. Lo mejor, que escuché a ráfagas, se debió a Carlos Casares: “Era un hábil imitador de Dalí para promocionarse” y lo opinado por un estudiante de doce o trece años: “Era un tipo duro, un tipo algo borde”. Su hijo, que lo conoció de sobra, le afeaba su absoluta falta de piedad, como rasgo central de su persona. Anécdotas por él contadas: asustar a las pobres mujeres que volvían a sus casas cargadas con la compra; en casa de su patrona durante la guerra, limpiarse el culo con un canario, tras defecar en el teclado del piano, ¡qué hombrada! ¡Qué tipo ocurrente y original! Otro gesto nobilísimo fue ofrecerse a Franco, a su entrada en Madrid, para delatar a “rojos”, ejercer como censor de libros y publicaciones, escribir por una montonera de dólares una novela venezolana, llena de indigenismos, a la mayor gloria del sanguinario dictador Pérez Jiménez. Su manipulación y prepotencia a la hora de cubrir vacantes en la Academia o de discernir el ganador del Premio Cervantes, el cual se hizo otorgar obscenamente, tras el injusto Premio Nobel, como su creciente y ya no disimulado reaccionarismo ideológico, fueron notorios. Un gacetillero de periódico a pie de capilla ardiente se quejaba o fingía quejarse del escaso, casi nulo, número de escritores que fueron a rendirle el último homenaje. Un gesto a su favor que pocos conocen: en un almuerzo, cuando su miserable lacayo Umbral –que le escupió nada más morir en un libro– se desató contra Juan Benet, le dijo: “¡Cállate, Paco, que Benet fue un gran escritor!”. Muere, en fin, un autor enormemente sobrevalorado en vida –Italo Calvino o Juan Marsé, grandes de verdad, así lo escribieron– y un ser humano despreciable. La historia de la literatura lo pondrá, sin duda, en su lugar.

ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Escaramuzas, Alfaguara, Madrid, 2011, págs. 52 y 53.

Marsé sobre Juan Goytisolo


La edición de EL PAÍS del 27 de julio publicó un artículo firmado por Juan Goytisolo con el título Manuel Puig. Dicho artículo contiene  una ofensa a la memoria de Carlos Barral como editor y también a "un autor, por otra parte, muy estimable", y que no es otro que el que esto suscribe. Como es sabido —el propio Carlos lo cuenta en sus memorias, sin ocultar sus preferencias literarias—, mi novela Últimas tardes con Teresa compitió con La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, en la recta final de las deliberaciones del premio Biblioteca Breve 1965, resultando ganadora últimas tardes... En su artículo, Juan Goytisolo se lamenta de este resultado y afirma que Carlos Barral manipuló al jurado del premio, formado por Marlo Vargas Losa, Salvador Clotas, Josep María Castellet, Luis Goytisolo y el propio Carlos. Dice Juan Goytisolo: "Por el testimonio escrito u oral de tres miembros del jurado, supe que la novela de Manuel Puig había resultado victoriosa en las votaciones, pero la oposición encarnizada de Barral y su amenaza de liquidar el preinio lograron imponer a la fuerza a su candidato —un autor, por otra parte, muy estimable—, a quien por lo visto había otorgado el galardón previamente". ¿Previamente a qué?, ¿al fallo del jurado? Aun cuando ya éramos muy amigos, Carlos Barral jamás me garantizó el premio, y por supuesto tampoco lo hicieron los demás miembros del jurado. Ahora bien, Carlos tenía perfecto derecho a preferir mi novela a la de Puig y a esgrimir esa preferencia frente al criterio de los demás —secundado en todo momento, según me contó después, por Mario Vargas Llosa y, al final, por Salvador Clotas—. 

Juan Goytisolo afirma en su artículo que Barral logró "imponer a la fuerza a su candidato" y califica su gestión de "alcaldada", lo cual es una acusación grave y ofensiva para los demás miembros del jurado, cuya independencia de criterio y honestidad me consta. Carlos Barral no impuso mi novela por la fuerza, y no creo que Mario Vargas ni Castellet ni Clotas o cualquier otro jurado se lo hubiera permitido. No hubo ninguna "alcaldada" contra el "afeminado, vulnerable y frágil" —así de patético lo describe Goytisolo, y ya son ganas de describir— escritor argentino recientemente fallecido. Ciertamente, Carlos no fue nunca un entusiasta de la novelística de Puig, y, equivocado o no, estaba en su derecho —la literatura es una cuestión de gustos, es decir, de limitaciones—. Por cierto, el gran editor y lector Carlos Barral tampoco fue nunca un entusiasta de las novelas de Juan Goytisolo, llegando incluso, gracias a su buen olfato (ese mismo olfato que Goytisolo irónicamente le niega) a rechazar alguna obra suya. También ahí, equivocado o no, estaba en su derecho.

Ésta es la historia de una malquerencia incubada años ha, y Manuel Puig ha sido esgrimido como lanza. Y me parece tristísimo y lamentable esta última lanzada a Carlos, cuando ya no puede defenderse. ¿Por qué Goytisolo, azote del machismo y heroico paladín de la morería y de almas delicadas e indefensas, no denunció esa supuesta "alcaldada" en su día? ¿Por qué ha esperado a la muerte de Barral y de Puig?

Juan Goytisolo es el único escritor que conozco al que le gusta sacarse en procesión a sí mismo; incluso cuando habla de otros escritores, no hace otra cosa que hablar de sí mismo. Su enfermiza manía de que en España no se le reconocen suficientemente sus méritos literarios, que se le desdeña y se le ningunea, constituía no hace mucho tiempo una verdadera lata. Veo que sigue con el mismo rollo, y después de cabalgar a Blanco White, a Luis Cernuda y a otras sombras prestigiosas, ahora le toca al bueno de Manuel Puig. Pero los motivos del lance son bien claros: no se trata tanto de desfacer entuertos como de ajustar una vieja cuenta pendiente con Carlos. Qué triste.


JUAN MARSÉ, Respuesta a Juan Goytisolo, El País, 29 de julio de 1990. Todo el artículo AQUÍ

NOTA DE LA ADMINISTRACIÓN: El artículo que escribió Juan Goytisolo se puede leer AQUÍ