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Umbral sobre Baroja

Don Pío Baroja cae muy bien a los españoles porque se mete con todo el mundo, porque habla mal de cualquiera. Esta crítica universal del tiempo y el espacio, en las novelas o en las tertulias, sólo puede nacer de un radical descontento consigo mismo. La humanidad puede ser tan mala como la pintan algunos, pero el decirlo a todas horas y en todas partes manifiesta un resentimiento inmotivado y un odio monográfico que quizá le incluye a uno mismo.

Baroja no se gusta a sí mismo ni le gusta cómo escribe, y esto se aprecia en el descuido y la desgana de sus procedimientos literarios, desde la falta de sintaxis a la falta de organización. Lo que no acaba de decirse nunca es que Baroja no creía en lo que estaba haciendo. Pero don Pío era ese antipático gracioso que tanto gusta a nuestro pueblo. Un complicado cruce de italiano, vasco, anarquista, burgués, artista, cientifista, pensador y mal gramático.

Siempre había dicho que Valle-Inclán tenía ridículos sueños de grandeza. Un día encontró a Valle en Alcalá —a esta gente todo le pasaba en la calle de Alcalá— y le detuvo:

—Mire usted, Valle, vengo de recoger el dibujo de mi árbol genealógico.

Y Valle, que conocía el desprecio de Baroja por las genealogías:

—Vaya usted a la mierda, hombre, váyase usted a la mierda.

La obsesión de Baroja contra Valle (el hombre que sí sabía escribir) llega a veces a la avilantez. «Todo el estilo de Valle consiste en llamar a los dedos dátiles», escribe. En Valle-Inclán, en cambio, jamás encontramos nada contra Baroja ni a favor. Se ve que el vasco torpón no existía para el estilista galaico. Pérez de Ayala, un dandy de la generación siguiente, lo dijo un día:

—Las novelas de Baroja son como un tranvía. Los personajes entran y salen, se suben y se bajan sin que sepamos adónde van ni quiénes son.

Durante el cuarentañismo se mimó mucho a Baroja porque era el único 98 que teníamos, con Azorín. Pero Azorín era un estilista sin peligro y Baroja posaba de león jamás domesticado. Extraño león en zapatillas cuya única jungla fue el parque del Retiro. «Hombre humilde y errante», escribió de sí mismo. Se opinaba de tal, pero está en una familia de ricos, amateurs —Ricardo—, panaderos y editores. ¿Por qué humilde?

En cuanto a lo de errante, es quizá el más sedentario del 98. Baroja es escritor contra sí mismo. No hace nada para serlo, pero la literatura es él, va con él, y es más literato hablando que escribiendo. Odiaba a Villaespesa porque le pidió cinco pesetas y se murió sin devolvérselas:

—No he leído sus versos, pero siempre digo que es muy mal poeta.

FRANCISCO UMBRAL, Los alucinados, La Esfera de los Libros, Madrid, 2001, págs. 27 y 28


Umbral sobre Lope de Vega

Lope no me interesa mucho porque el teatro de Lope, salvo dos o tres obras (escribió muchísimas, como sabes), son obras de compromiso, de ésas que, como él decía, «en horas veinticuatro pasaban de las musas al teatro». Son obras que no interesan nada, enredos, vodeviles, bobadas para poner en las corralas, en los patios. Salvo Fuenteovejuna y alguna más tiene poco teatro que se salve. Luego, como poeta, en el momento barroco de Quevedo y Góngora, a mí su poesía ágil, ligera, no me interesa mucho, los hallazgos de Lope no me emocionan, y he encontrado pocos que me gusten. Tiene una gran facilidad de versificación, es ligero, es fácil, alegre, vivo, pero es el momento de Quevedo y de Góngora, de una poesía que se estaba renovando y que es la madre de la actual. Esta gente llega en lo metafórico, Quevedo por un lado y Góngora por otro, en el trabajo de la metáfora, a verdaderos hallazgos de los que estamos viviendo todavía, o de los que han vivido hasta el Surrealismo. Junto a eso, lo de Lope, aunque versifique muy bien, sea muy rápido y tenga mucho oído, no le encuentro versos que me paren, que me maravillen.

FRANCISCO UMBRAL, entrevistado por Eduardo Martínez Rico para Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones, Ediciones Foca, Madrid, 2001, edición digital en Lectulandia, págs. 136 y 137

Umbral sobre Cardenal

Ernesto Cardenal posa de Ché apócrifo y bajito para la foto. Demasiado para un hombre que habla de la vocación trapense por la soledad y el silencio. Esperamos que el Comandante Cero sea una proa militar más efectiva contra la dormilona dictadura de Somoza.

—En Santiago han habido muchas personas a escucharme.

Han habido, mis queridos académicos. Un impersonal en plural. Un defecto del castellano catalán y de otras gentes, algo imperdonable en un poeta forjado en la lengua arcaica de España. ¿Los versos de Cardenal? No son buenos. Ni siquiera son los malos versos políticos de los grandes poetas que han hecho política: Neruda, León Felipe, Nicolás Guillén, cualquiera.

FRANCISCO UMBRAL, Ernesto Cardenal, El País, 1 de diciembre de 1978 (AQUÍ)

Umbral sobre Chacel

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Rosa Chacel fue, como se ha dicho, una creación artificial de Ortega y suRevista de Occidente. ¿La Virginia Woolf española? Le falta el lirismo y la magia de la inglesa. ¿Escritora proustiana? También le falta el encanto continuo e interior de Proust. Se divulgó mucho su Teresa, biografía novelada de la amante de Espronceda.

La novela lírica fracasa en España, no por falta de público (Proust tuvo el suyo), sino por falta de autores. Aún estábamos en el realismo galdosiano. Hasta Baroja resulta un moderno con respecto a Galdós. A la Chacel la trajeron y la glorificaron tres ilustres paisanos suyos de Valladolid: Delibes, Marías y Tovar. Estuve a oírla en una conferencia de la March y dijo que a su vuelta no había encontrado un solo valor español que le interesase. En primera fila tenía, escuchándola, a los tres escritores citados, cada uno grande en lo suyo.

Es una bruja cruzada de Mary Poppins.

En aquella conferencia, o en otra, dijo que a su barrio le habían puesto "Malasaña", nombre feo y franquista. Ignoraba quién era Manolita Malasaña, heroína del Dos de Mayo contra la francesada, que vivió su épica femenina en ese barrio.

En las última novelas madrileñas de la Chacel hay mucho amor, demasiado, por las hijas de las porteras, a las que se lleva a explicarles el Museo del Prado, en vista de lo sensibles que son. Una amiga mía, Marisa Ciriza, periodista donostiarra, fina y guapa, casada, entrevistó a la Chacel y me contaría luego que era encantadora:

-Ten cuidado con las viejas encantadoras -le dije.

Se iban las dos solas a Bocaccio a beber hasta el alba. Al cabo de unos meses, Marisa vino a contármelo:

-Cuanta razón tenías, Paco. La vieja se me ha insinuado.

Sabe uno más por diablo que por viejo, aunque también lo soy.

En un homenaje a Gómez de la Serna dijo que le había tratado poco, que le había leído poco, y acto seguido se fue, porque era su santo.

Está resentida porque quería muchos premios y muchas academias. Estos exiliados, en general (mayormente los segundones, claro), se habían imaginado que iban a alfombrarles de claveles la Gran Vía y a nombrarles emperatrices de Lavapiés. Como eso no ha ocurrido, andan como un poco cabreados y nos llaman fascistas a todos los que no pudimos irnos a tiempo, porque éramos unos bebés y no podíamos tirar hasta América del pecho de nuestra madre.

Por lo demás, Rosa Chacel es una vieja muy pulcra y anda con vagas poetisas evanescentes como Clara Janés.

FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 328 y 329.

Giménez-Arnau sobre Umbral

Me fui a ver a Umbral. Localicé su tumba. Llamé al timbre.

Abrió España, la mujer de Umbral. Yo podía destrozarla, describirla en los mismos términos asquerosos en los que Umbral nos metió a mi mujer y a mí: braguetazo. Lo del oro es lo de menos, está destinado a suavizar la cobardía. ¿Cómo puede equivocarse tanto un escritor?

España vio mi cara y se heló la suya. Tengo fama de expresivo.

–Soy Joaquín Giménez-Arnau. ¿Está Francisco Umbral?

España no llegó a articular más que indecisiones. Le besé la mano y ya sí que no entendía nada. Umbral apareció al fondo, atándose el foulard, ajustándose sus dioptrías a mi aparición.

–¿Puedo pasar? –le pregunté a España, quien miró a su marido, a mí, otra vez a su marido, y con tantos titubeos se creó una corriente que me situó dentro de la casa.

Al momento la voz sonora de Umbral tembló:

–Ah, sí, sí, Jimmy, pasa, pasa. España, este es Jimmy Giménez-Arnau…

–¿A cuenta de qué dices que yo he dado un braguetazo con mi mujer?

–Hombre, ya sabes, no hay mala intención por mi parte, el empleo de las palabras, el humor, yo no pensé que te lo tomarías así…

–¿Por qué no haces humor con tu madre?

–También lo he hecho.

–Ya me lo has contado todo. Si eres capaz de cachondearte de tu propia madre, me desarmas. No entiendo por qué has escrito eso de mí, no lo entiendo.

–Hombre, es que tú te has fabricado una imagen…

–La imagen la fabrica gente como tú soltando bellaquerías de ese tamaño. Antes de hablar de mi mujer, ¡límpiate la boca!

–España, ¿no te he hablado yo de Jimmy, no te he contado la simpatía que le tengo, incluso lo bien que escribe?

–Sí, sí.

–¿Lo ves, Jimmy? No es para que te pongas así, creo que estás influenciado por el ambiente en que te mueves. Yo te considero un amigo.

Cogió el gato y lo empezó a acariciar. No tenía nada más que ese gato. Ese día comprendí por qué es tan despiadado como escritor. Le da igual que le cuelguen lo que sea. Es peligroso porque no es vulnerable. Padece cáncer de alma.

El sainete acabó ante un vaso de agua del grifo. El matrimonio Umbral me ofreció de beber y como no había nada sin alcohol pedí:

–Agua, un vaso de agua, por favor. Y siento, España, el numero que has tenido que presenciar.

–Ya estoy acostumbrada. Paco sale a paliza por artículo.

–Ya será algo menos.

El escritor dejó ir al gato. Empezó a tocarse el cuello entre la oreja y el foulard con gesto de que aquello le dolía, y dijo:

–No creas, Jimmy, hace una semana me atizaron los guerrilleros de Cristo Rey en California 47, llevo unos días malos. A ti te he dejado pasar porque eras tú.

JOAQUÍN GIMÉNEZ-ARNAU, Yo, Jimmy. Mi vida entre los Franco, Planeta, Barcelona, 1981, págs. 205-208, recogido por Anna Caballé en Umbral, el frío de una vida, Espasa, Madrid, 2004, págs. 312-313
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De Prada sobre Umbral

La tragedia de Umbral es que quiso ser Cela pero él íntimamente sabe que sólo es un epígono degradado de los prosistas de la Falange. Cela se batió el cobre para darle a Umbral un premio Cervantes, amañado, y lo hizo por amistad, por esa fuerza de obcecada ceguera que es la amistad. Umbral es el resentimiento del niño pobre advenedizo que no soporta que hagan obras de misericordia con él.

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JUAN MANUEL DE PRADA, recogido por Antonio Astorga en Juan Manuel de Prada rinde homenaje a Cela en Iria Flavia, ABC, 11 de mayo de 2002, pág. 54.

Umbral sobre Baroja

Sobre la natural torpidez de su sintaxis, Baroja acumula un descuido que quizá sea desesperación, dejar el idioma "por imposible".

Baroja lo que tiene es mucha pinta de escritor. Baroja es un personaje de Baroja, y a partir de aquí podríamos decir que, a la inversa, todos los personajes de sus novelas son él mismo, o al menos hablan y visten como él. No se comprende bien la difusión y respeto de un escritor tan poco dotado. (Aunque ese respeto va decreciendo mucho últimamente y es ya una laguna de olvido).

Como lo de los Baroja y el idioma es una cosa de familia, el sobrino Julio Caro, al conocer mis críticas literarias a don Pío, no me respondía con razonamientos o con el elegante silencio, sino con insultos. El insulto no es malo por insulto, sino porque está al final del idioma, es el cascote que se utiliza cuando uno se ha quedado sin palabras o nunca las tuvo.

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FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, 1994, Barcelona, págs. 47 y 48.

Bolaño sobre Cela y Umbral

(...) 4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y Umbral. 5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura. (...)

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ROBERTO BOLAÑO, Entre paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004, págs. 324-325

Pérez-Reverte sobre Umbral (2)

Uno se hace cargo. Comprendo que debe de ser muy duro ganarse la vida haciendo magníficos artículos de folio y medio cuando lo que a uno le gustaría es ser novelista, y vender muchos libros, y aparecer en las listas de más vendidos. Uno comprende que debe criar muy mala sangre encontrarse en posesión de una prosa excelente, a veces perfecta, y sin embargo no ser reconocido como novelista de pata negra; que por alguna extraña razón, es lo que a la larga da prestigio y da pasta. Es lógico que cuando Francisco Umbral califica de "angloaburridos" a novelistas "de asunto" y luego va a firmar a la Feria del Libro y se encuentra que Javier Marías está firmando con una cola de cincuenta señoras encantadas y otros tantos caballeros -lo de las señoras es lo que más mortifica-, y el propio Umbral sólo tiene seis que pasaban por allí, eso genera muy mala leche. Como que su antiguo protegido Juan Manuel de Prada, que sí tiene buen estilo y además cosas que contar, haya escrito Las máscaras del héroe, que es tal vez la mejor novela española de los últimos veinte años, y también la novela exacta que Francisco Umbral siempre quiso escribir, y nunca pudo, o supo. O que a su edad uno tenga que hacerse fotos en pelotas para promocionar un libro sobre el viagra, y encima no se coma una rosca. O que esa reciente novela suya medio social y medio policíaca, descomunal, inmensa, extraordinaria, imperecedera según el coro de palmeros finos patroneado por Miguel García-Posada y sus cacheteros, cuyo título -lo juro por mi madre- no consigo recordar en este momento, y que iba a acabar con todas las novelas publicadas y por publicar, haya pasado, como puede atestiguar cualquier librero español -fuera de España nadie sabe quién es Francisco Umbral- por las librerías, incluidas las más selectas, sin pena ni gloria. Como todas las demás.

Uno comprende todo eso, porque tal y como están las cosas, los botines blancos de Valle Inclán, y la sombra de Ramón, y el bastón de Borges no bastan para saciar a quienes, además de maestros de periodistas, ambicionan ser considerados, también, maestros de novelistas. Ahí es donde duele, y lo siento; porque la verdad es que aquí cabemos todos, y es el lector -que está lejos de ser el imbécil que Francisco Umbral supone- quien al final decide. Pero ocurre que una novela es algo muy serio y complejo, que exige largo trabajo, estructura, esfuerzo y humildad profesional, y no se solventa con un bello estilo, dos frivolidades y cuatro asuntos expoliados a otros entre dos columnas en la prensa, una fiesta social y la presentación de un libro escrito y jaleado por los amiguetes de la Sociedad de Bombos Mutuos. Y por cierto, ya que tocamos lo del expolio, Francisco Umbral confiesa que mis novelas, como las de muchos otros, le parecen aburridas. A mí, sin embargo, las novelas de Francisco Umbral me parecen divertidísimas, pues paso muy buenos ratos subrayando en ellas párrafos y asuntos ajenos, de los que tal vez, si me anima, y en este estilo tosco que me caracteriza, podríamos hablar despacio otro día. Maestro.

ARTURO PÉREZ-REVERTE, Sobre Borges y gilipollas, El Cultural, 9 de mayo de 1999. Todo el artículo AQUÍ.

Pérez-Reverte sobre Umbral

Francisco Umbral tiene –y nos lo recuerda a cada instante– la mejor prosa de España. También cultiva una imagen, más social que literaria, inspirada en el malditismo narcisista y la soledad del escritor incomprendido y genial. Pero eso es cuanto tiene. Nunca pisó una universidad como alumno, ni leyó un clásico, ni tuvo una formación que trascendiera la cita, el plagio entreverado y el picoteo de lo ajeno. La lectura tranquila de sus libros y columnas sólo revela frivolidad superficial, incultura camuflada bajo la brillante escaramuza del estilo. En realidad, Umbral nunca tuvo nada que decir. La idea, el comentario o el libro citados en abundancia aquí y allá –a menudo de forma incorrecta, como ocurre con Borges y la Biblia, entre otros– casi nunca provienen de lecturas directas, sino que delatan la tercería de la revista, suplemento cultural, antología o texto ajeno donde fueron espigados. Sospecho, además, que Umbral anda muy flojo de lenguas, lo mismo vivas que muertas, aunque para el estilo le baste con la que tan bien maneja. Y en cuanto a la gran novela básica, la que forma los cimientos de todo novelista sólido, su ignorancia resulta asombrosa en un escritor de tales pretensiones. Por eso resulta esclarecedor que, en sus innumerables intentos frustrados de novelar, mencione siempre con desprecio a Cervantes, Galdós, Dickens, Tolstoi, Dostoievski o Baroja, y entre los contemporáneos, a Marsé, Mújica Lainez o Vargas Llosa; o que cometa la bajeza de situar al honrado José Luis Sampedro o al dignísimo e impecable Luis Mateo Díez a la misma altura que a Mañas, el chico del Kronen. En esa línea, las universidades sólo valen para algo cuando invitan a Umbral, y le pagan. Igual que los premios literarios, el Cervantes o la Real Academia: sólo tienen prestigio si él los consigue.

Y es que Umbral no escribe literatura: él es la literatura –«Borges y yo», afirmaba sin complejos hace unos años–. Y si la gente no lo lee, es porque a la gente no le interesa la literatura; no porque no le interese Umbral, ni porque repugne, por ejemplo, el sexo turbio que impregna sus novelas; más turbio aún cuando imaginamos al propio Umbral practicándolo. Un personaje de quien Jimmy Gimenez Arnau –que no se diría, en rigor, espejo de virtudes– ha escrito: «Padece cáncer de alma».

La cita no es casual, porque, además de ser un periodista que nunca dio una noticia, de que en sus novelas y columnas no haya una sola idea, y de alardear de una cultura que no tiene, lo que trufa toda la obra de Umbral, desde el principio, es su bajeza moral. La «infame avilantez» que, ya metidos en citas, le atribuyó la poetisa Blanca Andreu. Siempre estuvo dispuesto a despreciar a novelistas ancianos o fallecidos como Gironella, Aldecoa, o el Cela a cuya sombra en vida tanto medró –y a quien dedicó, caliente el cadáver, un librito oportunista e infame, escrito, eso sí, con estilo sublime–, o a insultar y señalar con el dedo a antiguas amantes y a mujeres que le negaron sus favores; aunque esto lo hace sólo cuando no pueden defenderse y sus maridos están muertos o en la cárcel. Tan miserable hábito no lo mencionaría aquí de limitarse a lo privado; pero es que Umbral tiene la bajunería de salpicar con él su literatura. Su bello estilo. A todo eso añade una proverbial cobardía física, que siempre le impidió sostener con hechos lo que desliza desde el cobijo de la tecla. Pero al detalle iremos otro día. Cuando me responda, si tiene huevos. A ver si esta vez no tarda otros cinco años. El maestro.

ARTURO PÉREZ-REVERTE, El muelle flojo de Umbral, El Semanal, Nº 944, Del 27 de noviembre al 3 de diciembre de 2005

Umbral sobre Galdós

A Galdós le traiciona la prosa. Su intención parece que es de cronista crítico, pero su prosa, pedestre, vulgar, carente de inspiración sintáctica, pobre, es exactamente el alimento espiritual, el lenguaje que puede entender ese público que él pretende denunciar. Con la prosa está corroborándoles. Una prosa de almacén, que diría Borges de Américo Castro, no es sólo un delito literario, sino ante todo una traición a lo que se quiere comunicar, en el caso de Galdós y de tantos otros. Es la prosa/argamasa del maestro de obras que viera el memorialista.

(...) Galdós es el burguesazo solitario, solterón, ilustrado de putas y admiradores, que se edita a sí mismo y calcula que cada Episodio Nacional le va a dejar una perrona por ejemplar.

(...) Galdós, pues, es el gran estorbo del 98 y el Modernismo, el hombre que asume en sí toda la realidad convencional, pequeñoburguesa y sin imaginación, y criticándola la consagra, cerrando el paso a esos creadores de realidades nuevas que son siempre los artistas venideros.

(...) Galdós, cuando se pone estilista, dice que Tristana tenía "una boquirrita"... Y es cuando arrojamos el libro. O dice que los garbanzos son pequeños proyectiles vegetales. Es el que compara siempre a los chicos saliendo del colegio con una bandada de gorriones, y a la bandada de gorriones con chicos saliendo del colegio. Y ahí se acaban sus recursos estilísticos.

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UMBRAL, FRANCISCO, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 27 y 28

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Umbral sobre Barral

BARRAL (Carlos). Editor catalán cuando Barcelona era la ciudad sagrada del antifranquismo. Poeta malo que lo sabía y bebía para olvidarlo. Prosista infame, en sus Memorias, que, entre el catalán, el francés y el castellano, no acierta un solo adjetivo. Cuando su gloria de editor, hace una antología de la poesía moderna española ignorando a Juan Ramón. Esnobismo de señorito de Bocaccio, el otro, el bueno. Sus amigos en Madrid eran un señor llamado Goitia, ingeniero, y otros así. Promociona mediocres como García Hortelano, sabiendo que son mediocres, que es lo más grave. Jamás se interesó por Aldecoa, el gran escritor madrileño de izquierdas que había en la generación segunda de posguerra. Manda traducir algunos franceses de moda, segundones, como André-Pierre de Mandiarges, que hace porno fino. El bueno de Seix-Barral era Víctor Seix, pero lo mató un tranvía en la Feria del Libro de Frankfurt. Barral tiene en su poder el manuscrito de Cien Años de Soledad y se lo devuelve a García Márquez por malo. Iba de marinero sin yate y de bebedor sin oficio. Un día me dijo: –Me han puesto una cosa en la espalda para que no beba. Si bebo un trago me muero. Pero estoy deseando que me lo quiten para beber. Se lo quitaron, bebió y se murió. Son una generación quemada por el alcohol, que ni siquiera llegó a generación, pero que hicieron un antifranquismo gótico, clásico, mercantil, industrial, entre un Gaudí y un Miró traicionados. Barral, en realidad, no murió de whisky, sino de Franco. Su razón de ser, de estar, de existir, de funcionar, era Franco. Con Franco muerto se quedaron sin musa y hasta sin editorial. Barral llegó a mezclar a Cortázar con latinochés tercerones, en los carteles, por venderlo todo. Y cuarterones. Era tan guapo que hasta iba de guapo, lo cual resulta entre conmovedor y Muerte en Venecia, a sus años, sus últimos años. Sus lloranderas macho también se murieron en seguida. Gorra marinera, chaqueta marinera, un yate ideal anclado en el asfalto de Pedralbes. Un Visconti malo. Despreciaba por franquistas los valores madrileños de izquierdas, salvo los que se le vendían, como Hortelano. Saltó del compromiso social a la novela mágica y lírica sin transición ni culpa. No era un editor que crease modas, sino que las seguía. Crucial para nuestra pobre literatura de entonces. Pero le devolvió a García Márquez el manuscrito de Cien años de soledad. FRANCISCO UMBRAL, Diccionario de literatura, Planeta, Barcelona, 1997, págs. 42 y 43

Umbral sobre Paz

PAZ (Octavio). México. Gran ensayista orteguiano y mal poeta que cuando se pone telúrico le sale Neruda. Presume de juventud surrealista e intimidad con André Breton, que jamás lo cita en sus libros. Le va el ensayismo corto, como a Ortega, y por eso su libro más importante es la biografía de sor Juana Inés de la Cruz. La vida de la monja le permite hacer un libro largo y coherente. Un maestro literario, premio Nobel, y un político vendido que hoy es "la chochona del PRI" (Raúl del Pozo), busto parlante de la televisión estatal mexicana y testigo vergonzante de Chiapas y el zapatismo, conflicto que suele desviar hacia la antropología. Buenos amigos en Estados Unidos. . . FRANCISCO UMBRAL, Diccionario de literatura, Planeta, Barcelona, 1997, pág. 200 .

Umbral sobre Baroja

A mitad de la novela, cuando se cansa de hacer novela, se limita a poner el nombre del personaje en versales, y la frase que dice, como en las obras de teatro. O sea que a Baroja todo le daba igual, y, en algunas novelas, una novela comienza con la descripción de un personaje, y a media página volvemos a encontrarnos la misma descripción, porque el autor no relee y ya se le ha olvidado lo que lleva escrito, lo que acaba de escribir. No entro en la escombrera literaria que es el estilo de Baroja. Basta con señalar estos descuidos laborales (los hay a cientos en su obra) para comprender que no sentía ningún entusiasmo por lo que estaba haciendo, o en todo caso, sentía el entusiasmo de la acción, que le arrastraba hacia un imposible clímax, como arrastra siempre, en la literatura y la vida, llevándoselo todo por delante. Ilegible. FRANCISCO UMBRAL, Trilogía de Madrid, Seix Barral, Barcelona, 1985, pág.111

Umbral sobre Ayala

Cuando vino Ayala vi que era una sombra de hombre, una sombra de voz, una sombra de escritor. Me contó que era el profesor mejor pagado de Estados Unidos, en Chicago, y lo conté en los periódicos, pero esto le pareció muy mal. Se conoce que tenía el rubor fiscal de su dinero. Las Historias de macacos y La cabeza del cordero son libros directamente ilegibles, las obras letárgicas de un sociólogo cuya sociología está ya muy pasada. Vivía en un piso espacioso y vacío de Marqués de Cubas, con una mujer oscura, quizá mulata, silenciosa y mucho más joven que él, aunque madura. Nunca le he visto lucirla en sociedad. Ayala es la mínima cantidad de escritor que puede darse en un escritor. Le han otorgado los premios y academias de rigor, pero sólo tiene algún seguidor de buena voluntad, como Andrés Amorós. Por sus artículos en la prensa madrileña veo que Ayala sigue sin tener nada que decir. Es un maestro de la obviedad y la prosa gris. Pienso que no es mala persona, pero, pese a haber vivido en Estados Unidos, lo que tiene es un acento de cronopio y de fama, una cosa orillera y borgiana en pobre, una cosa de estanciero de la literatura con los ojos rasgados y el bigote de ceniza. FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 327 y 328

Umbral sobre Vargas Llosa

VARGAS LLOSA (Mario). Perú. Entra en este diccionario porque hoy es español. Faulkneriano en su primera novela, incomprensible en la segunda, realista aburrido y numeroso en las siguientes, lo que tiene Mario Vargas Llosa es una gran pluma de ensayista: ver sus trabajos sobre García Márquez, Flaubert, Joanot Martorell, etc. Gran glosador de la literatura, inteligencia urgente y lúcida. Un ensayista perdido en la novela, en fin, como tantos. No paga los impuestos a su rival y vencedor político, Fujimori, es académico de la Española, llega tarde a los almuerzos y gusta mucho a las mujeres. FRANCISCO UMBRAL, Diccionario de literatura, Planeta, 1997, Barcelona, pág. 246.

Umbral sobre Bergamín

Bergamín es como un Unamuno que se hubiera vuelto loco. Sigue la técnica unamuniana de darle la vuelta a todas las frases, a ver qué sale. A Unamuno siempre le salía algo, pero Bergamín lo hace de una manera mecánica y eso le quita todo interés a su ensayismo, donde se busca más la sorpresa que la verdad. "Paradojas y no silogismos", había dicho Unamuno. Pero tenían que ser las suyas. Las de Bergamín ya suenan a juguete roto.

FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, pág. 76

Umbral sobre Baroja (3)

Yo leí “Las Noches del Buen Retiro”. Lo único que me gusta es el título. Ahí, como en todos los libros de Baroja, están reunidos los materiales para una novela, pero sólo reunidos, amontonados. La novela habría que hacerla, escribirla. Baroja se limitaba a acumular materiales de construcción, pero nunca construía nada. En este libro hay personajes, historias, chismes, caracteres, peripecias, crónica madrileña, muchas cosas. Todo aquello con que se puede hacer una novela. Pero luego Baroja no la hace. Lo amontona todo de cualquier manera y lo deja ahí, en bruto.

Qué diferencia entre el fin de siglo madrileño que nos presenta Baroja y el fin de siglo parisino que nos presenta Proust. El clima de “Las noches del Buen Retiro” es casi proustiano. Qué más da una marquesa madrileña que una marquesa parisina. La diferencia está en el escritor, claro.

Baroja es una portera. Cuenta muchos chismes y los cuenta como una portera. Claro que una novela puede y quizá debe hacerse con chismes. Proust está lleno de chismes. Luego todo consiste en la hilatura que el escritor le dé al chisme. La hilatura de Baroja, ya digo, es de portera. Y la mala escritura de Baroja llega a ser intolerable. Una señorita elegante le dice a su cortejador, en esta novela: “Saldrían ustedes ganando dejando dirigirse por nosotras”. Esos dos gerundios seguidos y toda la estructura de la frase son como anteriores a la creación del castellano. Baroja no había accedido aún a la sintaxis, cuando se murió. Quiere decir la joven (supongo que se entiende a pesar de todo) que los hombres saldrían ganando si se dejasen dirigir por las mujeres. Ni siquiera la coartada del coloquialismo sirve aquí para disculpar a Baroja. En primer lugar, porque cuando habla él y no habla un personaje, redacta con igual brutalidad. Y luego porque ni siquiera en la conversación (y menos una señorita culta, como la que habla) se construyen así las frases, al menos en Madrid. Yo me exasperaba en silencio contra los entusiastas barojianos de la tertulia, o discutía con ellos, tratando de explicarles que escribir bien no es ponerle adornos a la prosa, sino sencillamente escribir. Lo de Baroja no era escribir.

Pero faltaban muchos años para que saliéramos de la autarquía cultural franquista (de la que indirecta e irónicamente se habían beneficiado Baroja y otros) y la gente supiese, por los estructuralistas y por cualquier otra lectura, que un libro consta sólo de palabras y que no hay distinciones entre escribir bien o escribir mal: sencillamente, hay que escribir, o sea crear el mundo mediante la escritura. Baroja no escribía sus novelas. Simplemente las apelotonaba.

FRANCISCO UMBRAL, La noche que llegué al Café Gijón, Destino, 1977, págs. 209 y 210

Umbral sobre Azorín (2)

Azorín, teóricamente, también es un escritor apasionante. El escritor dandy, hermético y silencioso que escribe de sí y desde sí. Perfecto. Pero luego en sus obras hay una falta de aliento que ahoga. Inventó el párrafo corto porque tenía las ideas cortas. Me comunica constantemente una disnea literaria que me hace físicamente imposible leerlo. Cómo lucha porque se le ocurran cosas. No se le ocurre nunca nada. Tiene que apelar al arcaísmo o al dato preciso de agrimensor. Fantasía para el idioma no tiene ninguna. No es cierto que trajese la naturalidad, porque nada menos natural que lo suyo. Ni que crease la nueva prosa española. La nueva prosa española -y el verso- nace de Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna y Valle-Inclán, los tres grandes Ramones que de alguna manera han empreñado a todo escritor subsiguiente. Nadie ha vuelto a escribir como Azorín. Ni siquiera Pedro de Lorenzo, contra lo que decían los maledicentes del café a última hora de la tarde, cuando ya no había de qué hablar.

Azorín es un escritor muy imitable, pero muy poco aprovechable.

FRANCISCO UMBRAL, La noche que llegué al Café Gijón, Destino, 1977, pág. 55.

Umbral sobre Baroja (3)

 Baroja ignoraba que la idea de romanticismo -la idea o la emoción-, de dramatismo o de lirismo, ha de obtenerla el lector misteriosamente, porque poesía es lo tácito, literatura es lo tácito; la emoción estética, literaria, es la emoción no nombrada. Baroja es un novelista remendón que no sabía nada de esto, claro. Noviembre en un gran parque siempre nos da, seamos poetas, pavos reales o guardas del parque, la impresión de que el mundo desfallece. En Baroja, pues, hay tópico conceptual y tópico expresivo. Aquel anciano era una cancioncilla ripiosa y con abrigo y boina, horrible boinilla.


Ruano, que tanto quería a Baroja, me lo dijo una vez:


-Desengáñese usted, Umbral: todo el que lleva boina es un hijo de puta.


Estaría pensando en algún lumpen lamerón y sisón. No en el proletariado de boina ni en su querido Baroja. Pero yo, con la ingenuidad insolente de la provincia, se lo dije:


-Baroja.


Me miró de golpe, con sus ojos saltantes, como pensando, joder con el muchachito, pero no dijo nada y siguió escribiendo.


En el Baroja que yo veía pasar por el Retiro había un panadero que panificaba libros de Caro Raggio, un anarquista de derechas y un señoruco que quedaba como de pueblo, paleto, no sólo en París, sino en Madrid. Todo sobrepuesto y mal encajado, como un paquete humano y literario mal hecho. Su último admirador fue Hemingway, que no sabía castellano y no se enteraba de lo mal que escribía el maestro. Leía sus novelas como si viera una película. Hemingway, que se había pasado la guerra en el Madrid rojo, en Chicote (un Chicote emparedado de sacos terreros que cerraban las ventanas a la Gran Vía), bebiendo ginebra y escribiendo crónicas del frente, volvió a la España de Franco y Antonio Ordóñez, como gran amigo de lo español. Luego se ha sabido que tanta amistad no era sino espionaje doble, escorado más bien a favor de la CIA. Al Régimen le interesaban aquellos últimos 98, Azorín y Baroja. Azorín era el orden y Baroja el aparente desorden. Dos pequeñoburgueses que redimían un poco con su individualismo, la regimentación de la vida española. Esas tardes del Retiro, en pleno mes de noviembre. Hay que joderse. Aquí es que se queda por cualquier cosa.


Hasta daban ganas de no quedar.


FRANCISCO UMBRAL, Trilogía de Madrid, Seix Barral, Barcelona, 1985, págs. 111 y 112