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Jiménez sobre Ayala

La vena satírica de Juan Ramón es proverbial. Si las hebras de seda con que formaba sus líricos capullos estaban destinadas a honrar las artes de la tipografía, sus agudos, punzantes y empozoñados epigramas hallaban difusión por vía oral. Acaso pasaba horas y horas urdiendo una frase; pero una vez elaborada, el fruto de su buido ingenio era alfiler con el que podía dejar clavado a uno cruelmente. Sus frases mordaces corrían y eran celebradas por todos. No recogeré las muchas que circularon de boca en boca por aquel entonces para poner en la picota a diferentes personas, entre ellas, desde luego, sus indispensables y hospitalarios doctores. Sé que de mí mismo decía atrocidades que nadie me iba a repetir; pero sí llegó a mis oídos un dicho gracioso, del que por ser más bien inofensivo tuve noticia: “Ayala –afirmaba pretendiendo conocerme desde la infancia–, Ayala aprendió a leer en mi casa; a escribir no, porque nunca ha sabido”.

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FRANCISCO AYALA, Recuerdos y olvidos (1906-2006), Alianza Editorial, Madrid, 2006, pág. 424

Umbral sobre Ayala

Cuando vino Ayala vi que era una sombra de hombre, una sombra de voz, una sombra de escritor. Me contó que era el profesor mejor pagado de Estados Unidos, en Chicago, y lo conté en los periódicos, pero esto le pareció muy mal. Se conoce que tenía el rubor fiscal de su dinero. Las Historias de macacos y La cabeza del cordero son libros directamente ilegibles, las obras letárgicas de un sociólogo cuya sociología está ya muy pasada. Vivía en un piso espacioso y vacío de Marqués de Cubas, con una mujer oscura, quizá mulata, silenciosa y mucho más joven que él, aunque madura. Nunca le he visto lucirla en sociedad. Ayala es la mínima cantidad de escritor que puede darse en un escritor. Le han otorgado los premios y academias de rigor, pero sólo tiene algún seguidor de buena voluntad, como Andrés Amorós. Por sus artículos en la prensa madrileña veo que Ayala sigue sin tener nada que decir. Es un maestro de la obviedad y la prosa gris. Pienso que no es mala persona, pero, pese a haber vivido en Estados Unidos, lo que tiene es un acento de cronopio y de fama, una cosa orillera y borgiana en pobre, una cosa de estanciero de la literatura con los ojos rasgados y el bigote de ceniza. FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 327 y 328

Etxebarría sobre Salinger


Se muere Salinger. Los medios le dedican más páginas que a Francisco Ayala y Benedetti juntos. Cualquiera de los dos autores ha escrito más y mejor que Salinger. Esta afirmación puede ser discutible. Pero es que, además, han escrito en mi lengua.

Me sorprende mucho leer en un diario de difusión nacional que "Salinger, harto de editores, críticos y medios de comunicación decidió que quería seguir siendo un escritor al que la gente conoce por sus obras y punto". Y que por eso se retiró a un pueblecito. Si yo pudiera vivir sólo de mis libros, sin necesidad de promocionarlos, también me retiraría a una casita en Mundaka, pero eso sólo les sucede a los escritores yankis, que pueden no sólo vender en un país de 300 millones de habitantes, sino contar con una inmensa maquinaria promocional -imperialismo cultural se llama- que permite que se te traduzca de forma casi inmediata en medio mundo y que cuando te mueras tu necrológica supere en extensión a la de cualquier escritor local, pese a que en EE UU prácticamente no se publiquen ni se traduzcan las obras de autores extranjeros. Salinger podía permitirse tan retirada vida porque era millonario. Ayala no. Ya de paso, si nos atenemos a las memorias de su primera mujer, su amante y su hija-coinciden las tres en lo esencial- descubrimos que tenía un carácter neurótico, violento a veces, con muchos problemas de relación. Cierro con el título de mi novela, y de paso me hago promoción. Ha quedado demostrado una vez más: lo verdadero es un momento de lo falso.


LUCÍA ETXEBARRÍA, Verdades a medias, ADN.es Opinión, 15 de febrero de 2010.