Mostrando entradas con la etiqueta Blanco White Joseph. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Blanco White Joseph. Mostrar todas las entradas

Menéndez Pelayo sobre Blanco White

El personaje de quien voy a escribir ahora es el único español del siglo XIX que, habiendo salido de las vías católicas, ha alcanzado notoriedad y fama fuera de su tierra; el único que ha influido, si bien desastrosamente, en el movimiento religioso de Europa; el único que logra en las sectas disidentes renombre de teólogo y exegeta; el único que, escribiendo en una lengua extraña, ha demostrado cualidades de prosista original y nervioso. Toda creencia, todo capricho de la mente o del deseo se convirtió en él en pasión; y como su fantasía era tan móvil como arrebatado y violento su carácter, fue espejo lastimosísimo de la desorganización moral a que arrastra el predominio de las facultades imaginativas sueltas a todo galope en medio de una época turbulenta. Católico primero, enciclopedista después, luego partidario de la iglesia anglicana y a la postre unitario y apenas cristiano..., tal fue la vida teológica de Blanco, nunca regida sino por el ídolo del momento y el amor desenfrenado del propio pensar, que, con ser adverso a toda solución dogmática, tampoco en el escepticismo se aquietaba nunca, sino que cabalgaba afanosamente y por sendas torcidas en busca de la unidad. De igual manera, su vida política fue agitada por los más contrapuestos vientos y deshechas tempestades, ya partidario de la independencia española, ya filibustero y abogado oficioso de los insurrectos caraqueños y mejicanos, ya tory y enemigo jurado de la emancipación de los católicos, ya whig radicalísimo y defensor de la más íntegra libertad religiosa, ya amigo, ya enemigo de la causa de los irlandeses, ya servidor de la iglesia anglicana, ya autor de las más vehementes diatribas contra ella; ora al servicio de Channing, ora protegido por lord Holland, ora aliado con el arzobispo Whatel y ora en intimidad con Newmann y los puseístas, ora ayudando al Dr. Channing en la reorganización deunitarismo o protestantismo liberal moderno.

Así pasó sus trabajos e infelices días, como nave sin piloto en ruda tempestad, entre continuas apostasías y cambios de frente, dudando cada día de lo que el anterior afirmaba, renegando hasta de su propio entendimiento, levantándose cada mañana con nuevos apasionamientos, que él tomaba por convicciones, y que venían a tierra con la misma facilidad que sus hermanas de la víspera; sincero quizá en el momento de exponerlas, dado que a ellas sacrificaba hasta su propio interés; alma débil en suma, que vanamente pedía a la ciencia lo que la ciencia no podía darle, la serenidad y templanza de espíritu, que perdió definitivamente desde que el orgullo y la lujuria le hicieron abandonar la benéfica sombra de santuario.

MARCELINO MENÉNDEZ PELAYO, Historia de los heterodoxos españoles, Libro VII, Capítulo IV, Biblioteca Virtual Cervantes (AQUÍ)

Marsé sobre Juan Goytisolo


La edición de EL PAÍS del 27 de julio publicó un artículo firmado por Juan Goytisolo con el título Manuel Puig. Dicho artículo contiene  una ofensa a la memoria de Carlos Barral como editor y también a "un autor, por otra parte, muy estimable", y que no es otro que el que esto suscribe. Como es sabido —el propio Carlos lo cuenta en sus memorias, sin ocultar sus preferencias literarias—, mi novela Últimas tardes con Teresa compitió con La traición de Rita Hayworth, de Manuel Puig, en la recta final de las deliberaciones del premio Biblioteca Breve 1965, resultando ganadora últimas tardes... En su artículo, Juan Goytisolo se lamenta de este resultado y afirma que Carlos Barral manipuló al jurado del premio, formado por Marlo Vargas Losa, Salvador Clotas, Josep María Castellet, Luis Goytisolo y el propio Carlos. Dice Juan Goytisolo: "Por el testimonio escrito u oral de tres miembros del jurado, supe que la novela de Manuel Puig había resultado victoriosa en las votaciones, pero la oposición encarnizada de Barral y su amenaza de liquidar el preinio lograron imponer a la fuerza a su candidato —un autor, por otra parte, muy estimable—, a quien por lo visto había otorgado el galardón previamente". ¿Previamente a qué?, ¿al fallo del jurado? Aun cuando ya éramos muy amigos, Carlos Barral jamás me garantizó el premio, y por supuesto tampoco lo hicieron los demás miembros del jurado. Ahora bien, Carlos tenía perfecto derecho a preferir mi novela a la de Puig y a esgrimir esa preferencia frente al criterio de los demás —secundado en todo momento, según me contó después, por Mario Vargas Llosa y, al final, por Salvador Clotas—. 

Juan Goytisolo afirma en su artículo que Barral logró "imponer a la fuerza a su candidato" y califica su gestión de "alcaldada", lo cual es una acusación grave y ofensiva para los demás miembros del jurado, cuya independencia de criterio y honestidad me consta. Carlos Barral no impuso mi novela por la fuerza, y no creo que Mario Vargas ni Castellet ni Clotas o cualquier otro jurado se lo hubiera permitido. No hubo ninguna "alcaldada" contra el "afeminado, vulnerable y frágil" —así de patético lo describe Goytisolo, y ya son ganas de describir— escritor argentino recientemente fallecido. Ciertamente, Carlos no fue nunca un entusiasta de la novelística de Puig, y, equivocado o no, estaba en su derecho —la literatura es una cuestión de gustos, es decir, de limitaciones—. Por cierto, el gran editor y lector Carlos Barral tampoco fue nunca un entusiasta de las novelas de Juan Goytisolo, llegando incluso, gracias a su buen olfato (ese mismo olfato que Goytisolo irónicamente le niega) a rechazar alguna obra suya. También ahí, equivocado o no, estaba en su derecho.

Ésta es la historia de una malquerencia incubada años ha, y Manuel Puig ha sido esgrimido como lanza. Y me parece tristísimo y lamentable esta última lanzada a Carlos, cuando ya no puede defenderse. ¿Por qué Goytisolo, azote del machismo y heroico paladín de la morería y de almas delicadas e indefensas, no denunció esa supuesta "alcaldada" en su día? ¿Por qué ha esperado a la muerte de Barral y de Puig?

Juan Goytisolo es el único escritor que conozco al que le gusta sacarse en procesión a sí mismo; incluso cuando habla de otros escritores, no hace otra cosa que hablar de sí mismo. Su enfermiza manía de que en España no se le reconocen suficientemente sus méritos literarios, que se le desdeña y se le ningunea, constituía no hace mucho tiempo una verdadera lata. Veo que sigue con el mismo rollo, y después de cabalgar a Blanco White, a Luis Cernuda y a otras sombras prestigiosas, ahora le toca al bueno de Manuel Puig. Pero los motivos del lance son bien claros: no se trata tanto de desfacer entuertos como de ajustar una vieja cuenta pendiente con Carlos. Qué triste.


JUAN MARSÉ, Respuesta a Juan Goytisolo, El País, 29 de julio de 1990. Todo el artículo AQUÍ

NOTA DE LA ADMINISTRACIÓN: El artículo que escribió Juan Goytisolo se puede leer AQUÍ