SAMUEL JOHNSON, Vidas de los poetas ingleses, Cátedra, Madrid, 1988, traducción de Bernd Dietz, pág. 211.
Troya literaria
Escritores criticándose. Blog globetrotter recopilado por MARICRÓNICA.
Johnson sobre Milton
Pero las deficiencias originales no pueden ser solucionadas. La carencia de interés humano se percibe siempre. El Paraíso Perdido es uno de esos libros que el lector admira y deja de lado, olvidándose de volver a cogerlo. Nadie ha habido que quisiera que el libro hubiese sido más largo. Su lectura es un deber antes que un placer. Leemos a Milton a fin de instruirnos, nos retiramos preocupados y sobrecargados, y miramos hacia otro lado en busca de recreación; desertamos de nuestro maestro, y buscamos compañeros.
Villaurrutia sobre Baroja
Pío Baroja es primero un novelista, después sigue siendo un novelista, luego no es nada. Cuando se ha propuesto hacer libros de teorías, de ideas, no ha acertado. Sorprende que Eugenio d’Ors confíe en las ideas generales de Baroja, que a nosotros se nos escapan porque a Baroja se le han escapado primero.
Nada menos vertebrado que la ideología de este novelista; nada menos ágil que su pensamiento y nada más directo que su expresión. De Baroja sospechamos que escribe un concepto sin repensarlo y que aunque lo encuentre flojo y contradictorio con el que va a escribir en seguida o con aquel que ya escribió, no se toma la molestia de borrarlo. Piensa en el momento de escribir, pocas veces antes y nunca después. Con tales desventajas es fácil advertir que Baroja no es ni el anverso ni el reverso en la medalla del autor teórico, apenas podría considerársele como el canto.
Sus libros de esta especie son tan personales como sus novelas, lo cual equivale a decir que son tan diluidos, tan llenos de contingencias, de huecos, de penumbras, tan desgarrados como ellas. Cuando algo llega a interesar en tales obras son las confesiones espontáneas o caprichosas, malhumoradas o contradictorias. Las ideas, las ideas se le fugan en seguida.
Baroja, autor teórico, da una impresión melancólica, cuando no la impresión lastimosa que inspira aquel que se ha vestido de alpinista para escalar una colina.
Baroja, tan dueño de su estilo en las novelas, no podría ser un buen ensayista sin antes cambiar su modo de escribir, sin suicidarse antes. Para el movimiento de las ideas, le estorba su estilo, que es un estilo de necio: a cada momento encuentra uno que Baroja emplea tres frases seguidas e iguales para decir la misma cosa.
XAVIER VILLAURRUTIA, Textos y pretextos, 1940, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Hugo sobre Ovidio
No me gusta Ovidio, este proscrito cobarde, éste que besa las manos ensangrentadas, este perro yaciente en el exilio, este adulador lejano y desdeñado por el tirano, y odio el bello ingenio de que hace gala Ovidio, pero no confundo este bello ingenio con la poderosa antítesis de Shakespeare.
VICTOR HUGO, Manifiesto romántico: Escritos de batalla, Ediciones Península, Barcelona, 2002, traducción de Jaume Melendres, pág. 116
Umbral sobre Baroja
Don Pío Baroja cae muy bien a los españoles porque se mete con todo el mundo, porque habla mal de cualquiera. Esta crítica universal del tiempo y el espacio, en las novelas o en las tertulias, sólo puede nacer de un radical descontento consigo mismo. La humanidad puede ser tan mala como la pintan algunos, pero el decirlo a todas horas y en todas partes manifiesta un resentimiento inmotivado y un odio monográfico que quizá le incluye a uno mismo.
Baroja no se gusta a sí mismo ni le gusta cómo escribe, y esto se aprecia en el descuido y la desgana de sus procedimientos literarios, desde la falta de sintaxis a la falta de organización. Lo que no acaba de decirse nunca es que Baroja no creía en lo que estaba haciendo. Pero don Pío era ese antipático gracioso que tanto gusta a nuestro pueblo. Un complicado cruce de italiano, vasco, anarquista, burgués, artista, cientifista, pensador y mal gramático.
Siempre había dicho que Valle-Inclán tenía ridículos sueños de grandeza. Un día encontró a Valle en Alcalá —a esta gente todo le pasaba en la calle de Alcalá— y le detuvo:
—Mire usted, Valle, vengo de recoger el dibujo de mi árbol genealógico.
Y Valle, que conocía el desprecio de Baroja por las genealogías:
—Vaya usted a la mierda, hombre, váyase usted a la mierda.
La obsesión de Baroja contra Valle (el hombre que sí sabía escribir) llega a veces a la avilantez. «Todo el estilo de Valle consiste en llamar a los dedos dátiles», escribe. En Valle-Inclán, en cambio, jamás encontramos nada contra Baroja ni a favor. Se ve que el vasco torpón no existía para el estilista galaico. Pérez de Ayala, un dandy de la generación siguiente, lo dijo un día:
—Las novelas de Baroja son como un tranvía. Los personajes entran y salen, se suben y se bajan sin que sepamos adónde van ni quiénes son.
Durante el cuarentañismo se mimó mucho a Baroja porque era el único 98 que teníamos, con Azorín. Pero Azorín era un estilista sin peligro y Baroja posaba de león jamás domesticado. Extraño león en zapatillas cuya única jungla fue el parque del Retiro. «Hombre humilde y errante», escribió de sí mismo. Se opinaba de tal, pero está en una familia de ricos, amateurs —Ricardo—, panaderos y editores. ¿Por qué humilde?
En cuanto a lo de errante, es quizá el más sedentario del 98. Baroja es escritor contra sí mismo. No hace nada para serlo, pero la literatura es él, va con él, y es más literato hablando que escribiendo. Odiaba a Villaespesa porque le pidió cinco pesetas y se murió sin devolvérselas:
—No he leído sus versos, pero siempre digo que es muy mal poeta.
FRANCISCO UMBRAL, Los alucinados, La Esfera de los Libros, Madrid, 2001, págs. 27 y 28
Foster Wallace sobre Ellis
LARRY McCAFFERY: En tu propio caso, ¿cómo se manifiesta esa hostilidad?
DAVID FOSTER WALLACE: Oh, no siempre, pero a veces mediante frases que sintácticamente no son incorrectas pero aun así resulta un coñazo leerlas. O paporreando al lector con datos. O dedicando un montón de energía a crear expectativas para acabar disfrutando decepcionándolos. Puede verse claramente en algo como el American Psycho de Ellis: satisface desvergonzadamente el sadismo del público durante un rato, pero al final queda claro que el verdadero objeto de ese sadismo es el lector en sí.
LARRY McCAFFERY: Pero por lo menos en el caso de American Psycho percibí que había algo más que simplemente ese deseo de infligir dolor, o que Ellis era cruel del modo en que has dicho que los artistas serios han de estar dispuestos a serlo.
DAVID FOSTER WALLACE: Ahora estás demostrando la clase de cinismo que permite que los lectores sean manipulados por la mala literatura. Pienso que hay una especie de negra ironía en el hecho de que Ellis y otros en concreto dependan de esto para conseguir lectores. Mira, si la condición contemporánea es irremediablemente cutre, insípida, materialista, emocionalmente retrasada, sadomasoquista y estúpida, entonces yo (o cualquier escritor) podemos zafarnos tonteando con historias cuyos personajes sean estúpidos, insulsos y emocionalmente retrasados, lo cual es fácil, porque esta clase de personajes no requieren desarrollo. Con descripciones que sean simples listas de nombres de marcas de productos de consumo. En las que personas estúpidas se dicen cosas insípidas entre ellas. Si lo que siempre ha distinguido a la mala literatura —personajes planos, un mundo narrativo estereotipado y para nada humano, etc.— es también una descripción del mundo actual, entonces la mala literatura se convierte en una mimesis ingeniosa de un mundo infame. Si resulta que los lectores creen que el mundo es estúpido y superficial y mezquino, entonces Ellis puede escribir una novela estúpida, superficial y mezquina que se convierta en un comentario mordaz e inexpresivo sobre el mal estado de todas las cosas. Mira, tío, probablemente la mayoría de nosotros estamos de acuerdo en que vivimos tiempos oscuros, y además estúpidos, pero ¿necesitamos ficción que no haga sino dramatizar lo oscuro y lo estúpido que es todo? En épocas oscuras, el arte aceptable sería aquel que localiza y efectúa una reanimación cardiopulmonar sobre aquellos elementos mágicos y humanos todavía vivos y resplandecientes a pesar de la oscuridad de los tiempos. La ficción realmente buena podría tener una cosmovisión tan oscura como quisiera, aunque encontraría el modo de representar ese mundo oscuro y de iluminar las posibilidades de estar vivo y ser humano en él. Puede defenderse Psycho como si fuera una especie de asimilación performativa de los problemas sociales de finales de los ochenta, pero no es más que eso.
LARRY McCAFFERY: ¿Estás diciendo que los escritores de tu generación están obligados no solo a asimilar nuestra condición sino también a proporcionar soluciones a estas cosas?
DAVID FOSTER WALLACE: Creo que no estoy hablando de soluciones políticas o acciones de carácter social convencionales. Eso no es de lo que trata la ficción. La ficción trata de en qué consiste ser un jodido ser humano. Si funcionas, como la mayoría de nosotros, bajo la premisa de que hay cosas en los Estados Unidos de hoy que hacen que sea particularmente difícil ser un verdadero ser humano, entonces puede que la mitad del cometido de la ficción sea dramatizar lo que hace que sea tan duro. La otra mitad sería dramatizar el hecho de que todavía somos seres humanos. O que podemos serlo. Esto no quiere decir que la ficción deba enseñar o ser edificante, o hacer que seamos unos buenos cristianos o republicanos; no trato de ponerme en cola tras Tolstoi o Gardner. Simplemente pienso que la ficción que no explore lo que significa ser humano hoy día no es buena literatura. Ya tenemos toda esa «literatura» que sencillamente expresa de manera monótona que cada vez somos menos y menos humanos, que presenta personajes sin alma o sin amor, personajes que pueden describirse exhaustivamente en términos de las marcas de las cosas que usan, y todos compramos esos libros y decimos «¡Vaya, qué comentario más mordazmente efectivo sobre el materialismo contemporáneo!». Sin embargo todos sabemos ya que la cultura estadounidense es materialista. Ese diagnóstico puede hacerse en dos líneas. Eso no atrae a nadie. Lo que resulta atrayente y artísticamente auténtico es, considerando como axioma que el presente es grotescamente materialista, ¿cómo es que en tanto que seres humanos aún tenemos la capacidad de alegrarnos por cosas que no tienen precio, de ser caritativos, de relacionarnos genuinamente? ¿Se puede hacer prosperar estas capacidades? Y si es así, ¿cómo?, y si no, ¿por qué no?
DAVID FOSTER WALLACE, entrevista de Larry McCaffery en Review of Contemporary Fiction, verano de 1993, recogida en Conversaciones con David Foster Wallace, Editorial Pálido Fuego, Málaga, 2012, traducción de José Luis Amores Baena, edición digital en Lectulandia, págs. 36 y 37.
Brecht sobre Mann, Hesse y Rilke
Con su habitual cinismo, Brecht comenzó a hablar del padre de Klaus:
–Siempre fue morboso. Die vertauschten Köpfe, ¡qué mentalidad! Y Muerte en Venecia, ¡busca la inspiración en la podredumbre! Simboliza todo lo malo que hubo en la República de Weimar, aquel agónico simbolismo, aquel raffinementburgués… No olvidéis que, a fin de cuentas, Thomas Mann era un místico burgués. La montaña mágica es una orgía de abandono al misticismo.
–¿Y qué es el misticismo? –pregunté.
–Es el olvido de las realidades sociales. Es olvidar la carne y la sangre, es ignorar el hambre y la codicia, y todo ello se sacrifica en aras de un intelectualizado potaje.
De una forma instintiva siempre me había sentido repelido por los apóstoles, tanto los de derecha como los de izquierda, e incluso los de centro. Ya en Cambridge me desagradó la actitud de ciertos amigos que, a pesar de ser ponderados en otros aspectos, alzaban ostentosamente la antorcha de un marxismo que solo servía para ensalzarlos a ellos. Pero Brecht era un caso diferente. Parecía que, en parte, bromeara. Su actitud revolucionaria daba la impresión de ser un truco que proporcionaba a su talento nuevas y sorprendentes reacciones. Antes que teólogo era un vocinglero y burlón nihilista, y me causó la impresión de representar muy claramente las tradiciones de Weimar.
–Mi padre era amigo de Hesse –dijo Klaus en tono triste.
–¡Otro místico burgués! Perdonadme, ¿es acaso amigo vuestro? El lobo estepario no es más que un vómito de misticismo a medio digerir. Me recuerda el Jugendstil. Carece de contexto social. No hay en esta obra sentido del impetuoso avance histórico, no hay conciencia de lo inevitable.
Los ojos de Brecht lanzaron maliciosos destellos, como si en su habla hubiera claves implícitas que nosotros conociéramos.
–Y en cuanto a Rilke, sólo diré que le aborrezco –dijo–. Halagaba a opulentas baronesas, y exhibía sus aristocráticos gustos y exigencias. Rilke es peor que Thomas Mann. Éste, por lo menos, apesta a podredumbre. Pero Rilke es todo él panteras y hortensias de art nouveau.
FREDERIC PROKOSCH, Voces. Memorias, Planeta, Barcelona, 1984, traducción de A. B. V., págs. 112 y 113.
Jiménez sobre Valle-Inclán
Mi querido Valle:
Perdone que no le haya dado ya gracias por su Tirano Banderas que, con tan amable dedicatoria, me mandó usted en diciembre. He estado enfermo todo enero y, mientras, levantándome y echándome, de mudanza.
Usted sabe cuánto admiro yo su prosa en ciertos libros trájicos o trajicómicos. Desde La Celestina nadie en España ha alcanzado en ese orden mayor plenitud de sintaxis, dicción y de acento.
Tirano Banderas es del otro tipo de libros de usted que me gustan menos, del preciosista y amanerado. Demasiado mosaico y demasiado esmalte. Galicia es la tierra de sus raíces, Valle, no hay duda.
Perdóneme que llevándome usted diez años me atreva a hablarle así, pero yo no sé decir más que lo que siento, o callarme. En todo caso, siempre habrá otras opiniones que la mía.
Siempre suyo,
Juan Ramón Jiménez.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Cartas: Antología, Espasa-Calpe, Madrid, 1992, págs. 81 y 82
Hemingway sobre Mansfield
Me leí Turgueniev entero, todo lo que había salido en inglés de Gogol, las traducciones de Tolstoy por Constance Garnett, y las traducciones inglesas de Chejov. En Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine Mansfield había escrito grandes cuentos, pero cuando quise leerla después de conocer a Chejov me parecía oír relatos cuidadosamente artificiales de una solterona joven, comparados con lo que puede contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un escritor bueno y sencillo.
ERNEST HEMINGWAY, fragmento de París era un fiesta recogido por Josep Mª Castellet en el prólogo a Hemingway, biografía de Anthony Burgess, Salvat Editores, Barcelona, 1984, págs. 11 y 12
Claudel sobre Renan (2)
PAUL CLAUDEL, fragmento del 13-14 de agosto de 1913 incluido en Journal I (1904-1932), Cahier III, Éditions Gallimard, 1968, traducción de ChatGPT + Maricrónica, p. 269.
Prokosch sobre Woolf
En el fondo de mi mente tenía ideas contradictorias con respecto a la señora Woolf. Las olas era una novela muy bella (quizá demasiado), pero en ella echaba en falta el calor animal, el humor terrenal, la humana codicia, todo lo que tanto me gustaba en mi adorado Cervantes. Las novelas de Virginia Woolf me recordaban la música de Debussy. Las leía en estado de trance, pero se me escapaban de las manos cuando intentaba recordarlas. Sólo veía un dorado esplendor, como el de aquel polvillo nadando en la luz del sol.
FREDERIC PROKOSCH, Voces. Memorias, Planeta, Barcelona, 1984, traducción de A. B. V., pág. 75
Baroja sobre Malraux
Hay escritores de éstos que se suicidan para su público.
La verdad es que los escritores franceses de esta última época de la guerra han quedado bastante mal. Ya, por lo menos, podían haber sostenido el lugar común; pero no han llegado ni a eso.
PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Planeta, Barcelona, 1970, pág. 717.
Pérez-Reverte sobre Bolaño (2)
BellGuillermo: Objetivamente, ¿qué piensa de "Los detectives salvajes"?
ARTURO PÉREZ- REVERTE: Objetivamente, me aburrí como una cigala hervida.
ARTURO PÉREZ-REVERTE, 50 tuiteos sobre literatura, página web de Zenda Libros (AQUÍ), 3 de julio de 2016
Savater sobre Sartre
Sartre es un hombre excesivamente de su tiempo y, por tanto, no logra entender casi nada de lo que ocurre a su alrededor: de mayo 68 sacó como lección que los jóvenes se habían cansado del partido comunista francés; años antes, había despachado a Bataille como a "un nuevo místico". Los místicos tienen larga vida y engendran monstruos insospechados; a Sartre se le escapó la lección de mayo, tenía que escapársele porque, diez años antes, tampoco entendió la de Georges Bataille.
FERNANDO SAVATER, Apología del sofista, Taurus, Madrid, 1997, pág. 127
Irving sobre Hemingway
Siempre odié a Hemingway. Incluso de adolescente me daba vergüenza ajena. Por su forma de ser hombre y por su forma de ser escritor. Su prosa simplona. Si uno sólo consigue escribir esas frases tan cortas, ¿por qué no dejar la narrativa y dedicarse como modus vivendi a la publicidad? No creo, en su caso concreto, que su formación como periodista lo haya ayudado. Creía que tenía que seguir con esas frases breves y simples, que no le habrían servido jamás a escritores como Melville, Flaubert, Hardy o Dickens. Gracias a Dios que ellos no tenían inclinación por la prosa simplona y la brevedad. Y la manera que tenía Hemingway de representar la masculinidad siempre me pareció una broma de mal gusto. Al menos para mí, que competí como luchador deportivo durante veinte años y trabajé como entrenador durante otros muchos. Hemingway no era un boxeador, era un amateur. Era un gordinflón y, como escritor, estaba igualmente inflado. Fue el responsable de una tendencia en la literatura estadounidense. Sus imitadores creen que el minimalismo los hace parecer más inteligentes. Como modo de escribir prefiero, obviamente, las frases complicadas o al menos complejas, por la misma razón por la que me gustan los personajes complejos y complicados. Incluso en su mejor novela, que escribió a los veintisiete años, Fiesta, la mayor complejidad de su personaje principal es que no consigue una erección. ¡Ésa es la historia central, y por eso existe la novela! Supongo que para alguien como Hemingway lo que le pasa a un personaje era su mayor pesadilla. Como escritor y como hombre, era un fraude.
JOHN IRVING, entrevistado por Valerie Miles y recogido en John Irving, el outsider, La Nación, 19 de abril de 2013. Toda la entrevista AQUÍ
Salinas sobre los escritores franceses
Hoy Monsieur Salinas ha pasado un día terriblemente literario, en contacto (¡forzoso!) con escritores franceses, que es una especie humana que detesto. He tomado el té en casa de Paul Valéry y esto que es un honor tan codiciado por tantos esnobs de ambos mundos me ha aburrido bastante. No por Valéry mismo, que es un hombre encantador y muy superior a sus admiradores, sino por el ambiente literario. Las gentes tratan a Valéry como a un dios y yo no trato como a un dios a nadie… más que a una diosa, que tú conoces. Valéry ha sido encargado por su Gobierno de dirigir una universidad de Niza, que los franceses han inventado un poco sobre el modelo de Santander, así que he hablado con él de cosas universitarias y nada de poesía. Eso ha hecho más fácil y grata la conversación. Luego he ido a cenar a casa de un matrimonio literario: ella Marcelle Auclair, chica fina, agradable y bien parecida. Él, Jean Prévost, insoportable, con no sé cuánta pedantería encima, entre otra la de la antipatía cultivada. Estaba también el novelista André Chamson, con su mujer, gente grata. Pero te aseguro, mi Katherine, que no me encuentro bien con esta clase de personas. El literato francés se cree sieme un ser elegido, centro de la admiración del mundo y tanto se lo cree que esta convicción se apodera de mí y no los veo como personas, sino como a animales raros en un Zoo; es decir, no me encuentro a nivel humano con ellos. Lo humano en ellos, que existe, claro es, se disimula, se esconde detrás de una serie de convencionalismos, de falsedades mecánicas, de desdoblamientos de vanidad.
PEDRO SALINAS, carta enviada a Katherine Whitmore desde París el 28 de abril de 1933, incluida en Cartas a Katherine Whitmore, Tusquets, Barcelona, 2002, pág. 214
Jiménez sobre D'Ors
Hay algo peor que la cursilería del sentimiento: la de la inteligencia; pues la sensiblería –¡espantosa!– puede, por otra parte; ir con los sentimientos nobles; pero la intelectualería es siempre manifestación de pensamientos bajos.
En España tenemos un vago maestro de intelectualería; es una falsificación catalana más… o menos.
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Ideolojía (1897-1957), Anthropos, Barcelona, 1990, pág. 223
Breton sobre Dali
El propio Dalí me dijo en febrero de 1939 –y yo le escuché con la atención suficiente para estar seguro de que hablaba completamente en serio– que el problema fundamental con que se encontraba el mundo actual era racial y que la única solución era que todas las razas blancas se unieran y redujeran a la esclavitud a los pueblos de color. No sé qué puertas abrirá esta declaración a su autor en Italia y los Estados Unidos, los dos países entre los que se mueve, pero sí sé qué puertas le va a cerrar…
ANDRÉ BRETON, recogido por Dawn Ades en Salvador Dalí, ABC, Ediciones Folio, Barcelona, 2004, pág. 129
Unamuno sobre Góngora
[Y ahora, en el número de La Gaceta Literaria, en que los jóvenes culteranos de España rinden un homenaje a Góngora y que acabo de recibir y leer, uno de estos jóvenes, Benjamín Jarnés, en un articulito que se titula culteranamente "Oro trillado y néctar exprimido", nos dice que "Góngora no apela al fuego fatuo de la fantasía, ni a la llama oscilante de la pasión, sino a la perenne luz de la tranquila inteligencia". ¿Y a esto le llaman poesía esos intelectuales? ¿Poesía sin fuego de fantasía ni llama de pasión? ¡Pues que se alimente de pan hecho con ese oro trillado! Y luego añade que Góngora, no tanto se propuso repetir un cuento bello cuanto inventar un bello idioma. Pero ¿es que hay un idioma sin cuento ni belleza de idioma sin belleza de cuento?
Todo este homenaje a Góngora, por las circunstancias en que se ha rendido, por el estado actual de mi pobre patria, me parece un tácito homenaje de servidumbre a la tiranía, un acto servil y en algunos, no en todos, ¡claro!, un acto de pordiosería. Y toda esa poesía que celebran, no es más que mentira. ¡Mentira, mentira, mentira...! El mismo Góngora era un mentiroso. Oíd como empieza sus Soledades el que dijo que "la erudición engaña." Así:
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa...
¡El mentido! ¿El mentido? ¿Por qué se creía obligado a decirnos que el robo de Europa por Júpiter convertido en toro es una mentira? ¿Por qué el erudito culterano se creía obligado a darnos a entender que eran mentiras sus ficciones? Mentiras y no ficciones. Y es que él, el artista culterano, que era clérigo, sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana, ¿creía en el Cristo a quien rendía culto público? ¿Es que al consagrar en la sagrada misa no ejercía de culterano también? Me quedo con la fantasía y la pasión del Dante.]
MIGUEL DE UNAMUNO, San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, Alianza Editorial, Madrid, 1978, págs. 164-166
Papini sobre Leopardi
Nada hay tan ridículo como los improperios y los denuestos que Leopardi lanza en verso y en prosa, contra la naturaleza. La naturaleza, ante todo, es un nombre abstracto para designar un conjunto de cosas visibles y vivientes y, emprenderla con un concepto o un verbo es más de tontos que de pensadores. Pretender que la naturaleza piense en nosotros, nos tenga que proteger en nuestras ilusiones, y procurar nuestra felicidad, es señal evidente de un residuo de mentalidad teológica, y teleológica. Emprenderla con Dios, si se es creyente, es una blasfemia; emprenderla con la naturaleza, es imbecilidad, ingenuidad, locura.
GIOVANNI PAPINI, Diario, Obras, Tomo V, traducción de Ana María Miniaty, Aguilar, Madrid, 1971, págs. 1101 y 1102
Umbral sobre Lope de Vega
Lope no me interesa mucho porque el teatro de Lope, salvo dos o tres obras (escribió muchísimas, como sabes), son obras de compromiso, de ésas que, como él decía, «en horas veinticuatro pasaban de las musas al teatro». Son obras que no interesan nada, enredos, vodeviles, bobadas para poner en las corralas, en los patios. Salvo Fuenteovejuna y alguna más tiene poco teatro que se salve. Luego, como poeta, en el momento barroco de Quevedo y Góngora, a mí su poesía ágil, ligera, no me interesa mucho, los hallazgos de Lope no me emocionan, y he encontrado pocos que me gusten. Tiene una gran facilidad de versificación, es ligero, es fácil, alegre, vivo, pero es el momento de Quevedo y de Góngora, de una poesía que se estaba renovando y que es la madre de la actual. Esta gente llega en lo metafórico, Quevedo por un lado y Góngora por otro, en el trabajo de la metáfora, a verdaderos hallazgos de los que estamos viviendo todavía, o de los que han vivido hasta el Surrealismo. Junto a eso, lo de Lope, aunque versifique muy bien, sea muy rápido y tenga mucho oído, no le encuentro versos que me paren, que me maravillen.
FRANCISCO UMBRAL, entrevistado por Eduardo Martínez Rico para Umbral: vida, obra y pecados. Conversaciones, Ediciones Foca, Madrid, 2001, edición digital en Lectulandia, págs. 136 y 137
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