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Borges sobre Baroja


Pío Baroja es un viejo y tenaz enemigo de América. Dispersos en su vasta obra hay más de cuatro conceptos hirientes, injustos y agresivos contra los americanos, y esto, aunque parezca o pueda parecer paradójico, es un motivo bastante serio para que la crítica de cualquiera de los países de América arroje de cuando en cuando una mirada sobre los libros de Baroja.

Amigos y enemigos, son en realidad, nuestro pro y nuestro contra, pero ambos nuestros. El indiferente está más lejos de nosotros que el enemigo. A este pequeño condimento que puede atraer nuestra atención hacia Baroja, se une en su última novela Los visionarios, el interés de un tema de actualidad palpitante en todo el mundo-, la cuestión agraria y campesina. Baroja la observa y analiza, adelantemos que muy mal, y hasta grotescamente, en los campos de Andalucía. ¿Está capacitado Pío Baroja para interpretar y comprender semejante hecho en el terreno de la realidad española o en el de cualquier otro país? Después de haber leído Los visionarios no es necesario vacilar mucho para responder con una negación rotunda. Pero en rigor, tratándose de un novelista y no de un economista, podría pasarse por alto su incomprensión de la realidad y las proyecciones del fenómeno social, siempre que al menos nos diera de él una visión viviente, rica de sugerencias, animada. Por el contrario, la visión que nos da Baroja del movimiento social en Andalucía es, o boba o siniestra. Los dirigentes obreros que desfilan por las páginas de Los visionarios (que desfilan en toda la acepción de la palabra, pues no hacen más que pasar por allí), cuando no son bandidos reales y verdaderos lo parecen de un modo enteramente sospechoso. Dado el terreno sobre el que se desliza la novela, pudo tener una vitalidad intensísima. Pero Baroja está ya, por lo visto, demasiado viejo. Todos sus defectos se han centuplicado con los años. Su estilo es de tal manera seco, árido y desagradable, que se creería estar leyendo, no una novela, sino un informe comercial. Los tres protagonistas, si se puede hablar de protagonistas, en algo que carece totalmente de trama, se trasladan monótonamente de un punto a otro de Andalucía, y en cada uno de los pueblos de tránsito, solicitan y reciben, acerca de la localidad, escrupulosos informes, pedidos y satisfechos con una minuciosidad de notario. En los momentos (escasos) en que no requieren o reciben informes, Fermín, Anita y Michel, conversan de cosas desprovistas de interés. Y como al fin Baroja sospecha que todos deben estar ya muy aburridos de tan simpáticos amigos, nos obsequia con un cuento final, acerca de unas pobres señoritas pueblerinas arruinadas por la revolución, y que para colmo de males se ven víctimas de los ataques desatados contra ellas por un pícaro salido de su propia familia. (Este pícaro, naturalmente, es comunista.) Se nos olvidaba agregar que al comienzo, en el libro I, asistimos a una conversación en la antesala de un enfermo, entre varios aristócratas y su médico, en la que se habla de los ex reyes de España, así como también de algunos otros pequeños episodios semejantes. Ninguno de los personajes vuelve a figurar ni desempeña el más mínimo papel en los seis libros restantes de la obra. Y ¿a qué seguir? Con lo poco que llevamos dicho basta para comprender que no solamente entre nosotros se escriben libros a base exclusiva de palabras, aunque no haya nada que decir con ellas. 

Revista Multicolor de los Sábados, N° 10, 11 De Octubre De 1933


JORGE LUIS BORGES, Obras, Reseñas y Traducciones Inéditas, Atlántida, Buenos Aires, 1999, edición de Irma Zangara, págs. 126 y 127.

NOTA: Uno de esos "más de cuatro conceptos hirientes, injustos y agresivos contra los americanos"  de que habla Borges se puede leer en el siguiente fragmento barojiano de Juventud, egolatría (AQUÍ)

Salinas sobre Jiménez

[Baltimore,] 24 de abril de 1951

Mi querido Jorge: De vuelta de mi expedición por Massachusetts me encuentro tu carta, con el inevitable texto de J. ¡NAUSEABUNDO! y perdona que acuda a la letra gorda. No tiene otro calificativo. Si en su poesía no logra esa grandeza que otros logran con los años, en insidia, bajeza y grosería, se supera por momentos. Había leído lo dirigido a Valverde. (Mucho me ha agradado por cierto que Correo Literario no publicaran los ataques a ti y a mí). Si en mí estuviera, yo haría una tirada para repartirla entre sus admiradores y ver si les queda ya alguna duda sobre la miseria moral de su ídolo. Es cosa sobre la que habría que hacer algo; yo por lo pronto, voy a sacar copias (si no te parece mal) y mandárselas a Amado, a Dámaso, a Clavería, a Del Río, para que conste. Debe constar. ¡Y qué momento tan bueno para publicar la carta famosa que le dirigiste! Muchas veces pienso en esas páginas maestras y veraces, documento valiosísimo en la historia literaria de hoy. Es el Juan Tartufo más grande de las letras. Porque otros asquerosos, como Baroja, no han presumido de ser más que Barojas. Pero este miserable anda siempre pavoneándose con las plumas de la ética estética, a ver si caen algunos incautos. ¿Cómo desenmascararle? La enfermedad que tiene bien clara está: todo él es pus, y su persona purulencia, o escrita u orgánica. No, no me inspira compasión. No hay por dónde cogerle literalmente; todo él está gangrenado, de envidia, de rencor, de maldad. Se ha alzado el título de la peor persona de nuestras letras de hoy, indiscutible. Además ¡qué galimatías! ¡Qué alelamiento de ideas, qué necedades de narcisista, en eso de la crítica! En eso ha acabado el alma de violeta y las arias, en muladar y memez. No se puede llegar a menos, desde su altura. ¿Y de quién, esa revistita? Por lo visto carecen de la más elemental norma de decencia y pulcritud.


PEDRO SALINAS, carta enviada desde Baltimore a Jorge Guillén el 24 de abril de 1951, incluida en Pedro Salinas / Jorge Guillén: Correspondencia (1923-1951), Tusquets Editores, Barcelona, 1992, pág. 570.

Baroja sobre Galdós


Galdós tenía condiciones para hacer algo importante, pero pensaba sobre todo en el éxito y en el dinero. 

Yo no soy entusiasta de Flaubert, pero no se puede dudar que tiene una gran fama como escritor en el mundo.

Si Flaubert, que a mí no me parece hombre de grandes facultades, hubiera tenido la moral literaria de Galdós, no habría sido nada. No hubiera pasado de ser uno de tantos novelistas franceses de la época; pero Flaubert creyó que el éxito en la novela estaba en la prosa exacta y trabajada, y la trabajó con furia hasta lo último, con todas sus fuerzas. Otro podía tener un ideal de claridad, de precisión, de exactitud, de lo que fuera; pero Galdós no tenía, como digo, más ideal que el éxito y el dinero, y así, con las mayores condiciones, no se podía llegar a lo alto.


PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Tusquets, Barcelona, 2006, págs. 63 y 64.

Baroja sobre los hispanoamericanos


Paralelamente sucede que, a veces, en un pueblo nuevo se reúne toda la torpeza provinciana, con la estupidez mundial, la sequedad y la incomprensión del terruño, con los detritus de la moda y de las majaderías de las cinco partes del mundo. Entonces brota un tipo petulante, huero, sin una virtud, sin una condición fuerte. Este es el tipo del americano. América es por excelencia el continente estúpido.

El americano no ha pasado de ser un mono que imita.

Yo no tengo motivo particular de odio conta los americanos; la hostilidad que siento contra ellos es por no haber conocido a uno que tuviera un aire de persona, un aire de hombre.

Muchas veces, en el interior de España, en un pueblacho cualquiera, se encuentra un señor que habla de tal modo que le da a uno la impresión de que es un hombre fundido con la esencia más humana y más noble. En un momento de éstos se reconcilia uno con su país, con sus charlatanes y con sus chanchulleros.

Esta impresión de hombre sereno, tranquilo, es la que no dan los americanos nunca; uno se nos aparece como un impulsivo atacado de furia sanguinaria; el otro, con una vanidad de bailarina; el tercero, con una soberbia ridícula.

La misma falta de simpatía que siento por los hispanoamericanos, experimento por sus obras literarias. Todo lo que he leído de los americanos, a pesar de las adulaciones interesadas de Unamuno, lo he encontrado mísero y sin consistencia.

Comenzando por ese libro de Sarmiento, Facundo, que a mí me ha parecido pesado, vulgar y sin interés, hasta los últimos libros de Ingenieros, de Manuel Ugarte, de Ricardo Rojas, de Contreras. ¡Qué oleada de vulgaridad, de esnobismo, de chabacanería, nos ha venido de América!

Muchos afirman que nosotros, los españoles, por política debemos elogiar a los americanos. Es una de tantas recomendaciones que salen de esos antros de hombres de sombrero de copa y con un discurso dentro que llaman sociedades iberoamericanas.

No creo que esa política tenga eficacia alguna.

Todavía las gentes de los pueblos viejos y civilizados son sensibles al halago y al cumplimiento; pero, ¿qué se le va a decir a un argentino, que, porque allí hay mucho trigo y muchos vacunos, cree que la Argentina es un país más importante que Inglaterra o Alemania?

Unamuno, que paralelamente desprecia en sus escritos a Kant, a Schopenhauer y a Nietzsche, y elogia al gran Aníbal Pérez y al gran poeta Diocleciano Sánchez, de las Pampas, no les parecerá bastante. El mismo Rueda se les figurará poco efusivo a estos rastacueros.


PÍO BAROJA, Juventud, egolatría, Taifa literaria, Barcelona, 1987, págs. 147-149.


Baroja sobre Hugo


En “Los miserables”, ¡qué cantidad de necios hay, comenzando por Mario, que es un perfecto mentecato! No hay una persona en esa novela que tenga sentido común. Todos son comiquillos que quieren probar que son genios, pero que no hacen más que estupideces.

Lo mismo pasa en “El hombre que ríe” y en “El noventa y tres”. Aquí, el Marqués de Lautenac, que manda fusilar mujeres y niños, se deja luego prender para salvar a tres niños de un incendio; Cimourdain, su antiguo capellán, jefe de los revolucionarios, lo detiene y lo condena a muerte. El sobrino de Lautenac, el comandante Gauvain, que desdeña a su tío, le abre la cárcel y lo deja libre. Cimourdain, que quiere a Gauvain como a un hijo, lo condena a la guillotina, y aunque los soldados piden su indulto y parece concederlo, él no lo concede, y cuando cortan la cabeza al comandante, Cimourdain se pega un tiro. No pueden darse mayores absurdos.


PÍO BAROJA, fragmento de Elogio y vejamen de Balzac, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999, vía edición digital en Lectulandia, pág. 22.


Carpentier sobre Baroja


Pío Baroja entierra sus últimas preocupaciones de autor verdadero con los pequeños poemas en prosa que abren los capítulos de El gran torbellino del mundo, donde sitúa la acción de modo indirecto, a la manera de John dos Passos… Y allí termina el escritor –hacia el año 1927– aunque siga escribiendo, después, cosas que se presentan como libros importantes, pero que no llegan a serlo.

Si nos ponemos a desmenuzar sus párrafos: habla en Aurora roja de un personaje que llevaba “un sombrero puntiagudo en la cabeza”… ¿Y dónde iba a llevarlo? Pío Baroja escribía con un descuido escandaloso, pero una cosa es descuidar el estilo en favor de una expresión directa, brutal, espontánea y otra usar lugares comunes inadmisibles bajo la pluma de un verdadero escritor. En su Aviraneta, al hablarnos del célebre encuentro del Portillo de Hontoria nos dice que el “brigante gritaba como loco”, que “parecía un tigre”, que los combatientes “parecían demonios”, que luchaban “como fieras rabiosas”, que “caían nubes de balas”, que la caballería “retumbaba como un trueno”. ¡Gritar como un loco! ¡Parecer un tigre! ¡Nubes de balas!... ¿Qué diferencia hay entre esto y el poeta cursi para quien la mujer amada tiene labios de coral, ojos de azabache, cuello de cisne y talle de palmera…? Y no hablemos de aquel campo de batalla anochecido adonde llegan “animales necrófagos”, enumerados de la siguiente manera: “cuervos, cornejas, buitres” (los buitres no trabajan de noche), “gusanos, perros hambrientos y demás comensales de la muerte” (creo que los gusanos tardaron un poco más que los perros hambrientos en llegar al campo de batalla, a menos de que estuviesen motorizados)… 


ALEJO CARPENTIER, entrevistado por Ramón Chao para Conversaciones con Alejo Carpentier, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pág. 18.


Baroja sobre France


Si yo tuviera la humorada fantástica de querer comparar mi vida con la de Anatole France; ¡qué abismo! “¿Por qué con Anatole France?” —me preguntará alguno—. Porque era un escritor a quien vi varias veces hace años, aunque no hablé con él, y que representaba el máximo de la fama en su tiempo. Para explicar la diferencia de una manera satisfactoria si fuera algo comprobable como un análisis químico, tendría que ser porque los libros de France sometidos a éste fueran como objetos compuestos de oro, de platino y de pedrerías y los míos hechos de plomo, de estaño y de pedazos de cristal turbio.

Yo no tenía por este escritor la más mínima simpatía. Toda la cursilería y toda la pedantería de Europa y de América reunidas habían decidido que Anatole France era la síntesis de la espiritualidad del mundo. En él estaban reunidos y condensados Luciano y Shakespeare, Cervantes y Swift, Rabelais y Voltaire. Bernad Shaw le llamaba genio en el prólogo de Santa Juana de Arco. Esta opinión me hizo desconfiar del viejo dramaturgo inglés.

Desde aquella época yo con cierta malevolencia, siempre que tuve que hablar en periódicos o en libros de Anatole France, hablé mal de él, sobre todo de sus obras filosóficas como “El jardín de Epicuro”, que me parecían de un sanchopancismo, de una vulgaridad aterradora.

Únicamente encontraba a la altura de su mediocridad el libro de Maeterlink, titulado “El tesoro de los humildes”, que se podría llamar “El tesoro de las vulgaridades”.

El repetir que la literatura de France era hueca, petulante y amanerada, hizo que algunos conocidos míos llegaran a considerarla no como una maravilla como la creía el público.

La gente que le seguía, que tenía la tendencia a creerse en todo al cabo de la calle y la seguridad en su cursilería, vaciló un poco con el tiempo y comenzó a pensar que no eran grandes descubrimientos los de Anatole France y que podía suceder que no hubiese dicho más que vulgaridades.

A mí el hombre me era bastante antipático por su literatura erudita y amanerada y por su aire de gendarme. Tenía una cabeza de pepino, cara como de zuavo de pipa, un cuerpo de gigante, manos enormes, pies enormes y con todo ello un endiosamiento terrible.

Yo lo vi dos o tres veces en una estampería de la calle del Sena, próxima al instituto y una de estas veces con dos señoras jóvenes y elegantes que lo mimaban y lo halagaban llamándolo a cada paso “querido maestro”.

Yo no me creo envidioso. Si lo fuera lo diría sin molestia. No tengo constitución hepática. No tiendo en la vejez a ponerme verde sino incoloro. Si France hubiera sido un tipo a lo Byron o a lo Shelley elegante y bonito, me hubiera gustado verlo entre damas que lo miraran y lo contemplaran, primero porque esos poetas eran de más altura intelectual que el prosista, luego porque aquel hombre pavoneándose con su facha de sargento me molestaba.

Es lógico que los escritores que no hemos tenido éxito ni hemos ganado dinero ni hemos tenido el halago de las grandes damas, veamos con antipatía al hombre que llega al Olimpo con méritos que no nos parecen muy auténticos y se pavonea en él.

Se dirá que no es una cosa bonita, pero es muy humana y no es un sentimiento innoble ni vil.


PÍO BAROJA, fragmento de Los llamados y los elegidos, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999

Baroja sobre Unamuno


Realmente yo no creo que las condiciones intelectuales de don Miguel de Unamuno, aunque fueran grandes, justificaran un concepto tan extraordinario de sí mismo como él tenía. Unamuno se creía todo. Era sin proponérselo filósofo, matemático, geógrafo, filólogo, naturalista, arquitecto, además de vidente y de profeta.

Creía que las cosas eran de una simplicidad extraordinaria y que de esta simplicidad nadie se había dado cuenta hasta que él la advirtió. Un amigo suyo me contaba hace años los consejos que había dado Unamuno a un hijo suyo que por entonces era estudiante de medicina, como una muestra de genialidad. 

Don Miguel le decía a su hijo: “Toda la práctica de la medicina está en aprender bien el casillero”.

—¿Qué quería decir con eso? —pregunté yo.
—Con esto indicaba el arte del diagnóstico.
—Tú ves, por ejemplo —añadía dirigiéndose a su chico—, una persona que tiene fiebre, dolor de costado, esputo rojizo, se marca en el casillero los tres síntomas y sale pulmonía y se busca el remedio.
—Sí, si la medicina fuera eso, evidentemente no habría nadie que no fuera un médico regular, pero la medicina no es eso —dije yo.
—¿Usted cree que no? —preguntó el amigo de Unamuno.
—Naturalmente que no; si la medicina fuera así, claro que bastaría el casillero o un librito con los síntomas de las enfermedades y luego el tratamiento. Pero la medicina no es así. Se está en un hospital de interno, es decir, de aprendiz, se sabe ya algo de patología médica que se ha estudiado en el libro y viene un enfermo viejo; tiene poca fiebre, algo de dolor de cabeza y dice que le duele en la región del hígado. Piensa uno si se tratará de algo intestinal o de algo hepático, pero no de cosa muy grave. Al día siguiente viene el médico de la sala, hombre experimentado, reconoce al enfermo bien, con calma, lo examina, lo ausculta y señala como diagnóstico: pulmonía y como pronóstico, muy grave, y el enfermo tiene una pulmonía y se muere. Otras veces ocurre todo lo contrario: es un hombre joven que siente un dolor de costado fuerte, le duele la cabeza, tose y dice que ha pasado mucho frío, parece que tiene pulmonía y no tiene pulmonía, sino un dolor artrítico que a los dos días le ha desaparecido. En la práctica y al principio de ejercer el oficio, no son los matices de las enfermedades los que no se advierten, sino las cosas en bloque; no es la variedad ni el matiz el que se escapa, sino es el género.
—Pero hay enfermedades claras.
—Efectivamente, hay enfermedades claras que se presentan con su cuadro clásico, de síntomas y entonces las conoce el médico y la cocinera, pero hay otras, la mayoría, que se muestran obscuras y larvadas. En estos casos se puede decir que no hay enfermedades sino enfermos. Aquí no hay casillero que valga y el buen médico acierta por intuición, casi por adivinación. De cuatro o cinco síntomas se advierte claramente uno y éste a veces confuso. Si lo del casillero fuera verdad, en quince días se haría uno un buen médico y se puede decir que hay médicos que ni en quince ni en veinte años saben su oficio, porque no tienen condiciones para él.

Al ver que yo no celebraba esta idea del casillero tan simplista y tan trivial, el amigo de Unamuno se quedó un poco decepcionado. Yo le dije que estas originalidades, poco originales, me recordaban las de un profesor Letamendi que yo padecí cuando fuí estudiante de San Carlos. Letamendi, como Unamuno, tenía la misma omnisciencia y la misma seguridad en sus ideas y en lo que creía que eran sus descubrimientos. Muchas veces pensaba que una frase retórica era un hallazgo o una revelación.

Unamuno, como Letamendi, no oía a nadie, fuera quien fuese con quien hablase.

Hace unos años, un día por la mañana, me telefoneó Jiménez Caballero y me dijo si quería ir a su casa a comer en compañía de Keyserling. Yo le contesté:

—Prefiero no ir. Me figuro que será un tipo de estos soberbios, que se sienten superhombres y se creen por encima de todo.
—No, no lo crea usted, es persona amable y muy accesible. Ya verá usted, voy a buscarle a su casa.

Efectivamente, vino y fui con él. Me persuadí de que Keyserling es hombre amable y ameno, que habla, pero también escucha. Yo no le debí causar mala impresión, porque le dijo a mi hermana después, que yo era un hombre charmant, juicio un poco en contra de los que han afirmado que soy un tipo seco y antipático.

Se habló en la comida de autores y de políticos y Keyserling se refirió a una conversación que tuvo en Hendaya con Unamuno cuando éste se hallaba desterrado durante la dictadura.

—¿Y ya le dejó a usted hablar? —le pregunté yo.
—No. Habló sólo él.

Yo creo que Unamuno no hubiera dejado hablar por su gusto a nadie. No escuchaba. Le hubiera explicado a Kant lo que debía de ser la filosofía; a Riemann o a Poincaré, lo que era la matemática; a Planck y a Einstein, el porvenir de la física; a Frobenius, la etnografía de Africa, y a Frazer, los problemas del folklore. No le hubiera indicado a Mozart o a Beethoven lo que tenía que ser la música porque había decidido que la música no era nada y no valía la pena de ocuparse de ella, porque a él no le gustaba.

Unas chicas vascas, recién llegadas a Madrid, me dijeron en casa, hace unos años, por la tarde, que querían ir de noche al Ateneo a oír unas poesías que iba a recitar Unamuno. Yo les di una carta para el secretario de la sociedad de la docta casa, como se la llamaba, y las dejaron entrar. A los dos o tres días vi que se mostraban muy incómodas:

—¡Qué hombre, dijeron, ese Unamuno!
—¿Pués qué pasó?
—Que estuvo muy antipático con el público. Dijo que no tenía ganas de leer nada, que tenía sueño, que no sabía por qué le habían invitado a una cosa que le fastidiaba y amabilidades por el estilo.

En la redacción del periódico “España”, donde yo colaboré al principio, comenzó a presentarse Unamuno. Se sentía dictador. Si había cinco o seis personas en la redacción, se sentaba en medio de todos y hablaba. No aceptaba la menor réplica ni la más pequeña de las colaboraciones. Decía, por ejemplo, de alguno:

—Es un hombre negado.

Si alguien intentaba reforzar su opinión y añadía:

—Ciertamente, es algo torpe.

Unamuno replicaba con un tono imperativo:

—No, es un hombre negado.

Si contaba una anécdota o una frase ingeniosa a tres personas y venía otro de la calle, la volvía a contar. A alguna gente la trataba muy ásperamente.

Yo, cuando oía un calificativo duro sobre cualquier pobre hombre amigo, me levanta y decía:

—Bueno, señores, hasta mañana —y me iba.

Por estas fugas mías Unamuno debía creer que yo tenía algún motivo de hostilidad contra él, pero no tenía ninguno.

Yo pienso que en países como España, los escritores debían tomar una actitud discreta y esfumada, primero porque es la lógica en un país donde no se les quiere, segundo porque sino las gentes les toman mucho odio. A algunos no les importa ese peligro y adquieren un aire tan suficiente y tan ridículo que atraen todas las cóleras. Verdad es que, por el otro camino del aislarse y no destacarse, tampoco se consigue simpatías.

Yo, al menos, no he aceptado nunca que delante de mí se trate sin motivo, de una manera agria o descortés, a una persona conocida o amiga. No se lo aceptaría no ya a Unamuno, ni a Cervantes, ni a Shakespeare, si viviera. Por una cuestión por el estilo casi reñí una vez con Ramiro de Maeztu. Estábamos en la redacción periódico de San Sebastián titulado “El Pueblo Vasco”, el año 1903 ó 1904, varias personas, entre ellas, Maeztu, el director del periódico, Juan de la Cruz; el escritor Grandmontagne, americano de adopción, y un joven del pueblo llamado Vignau. Se habló de un artículo de Grandmontagne que había asegurado que en España no se fabrica apenas papel. Vignau le dijo:

—Creo que está usted un poco engañado en esa cuestión. Si usted quiere yo le acompañaré con mucho gusto a visitar algunas fábricas de papel de Guipúzcoa y verá usted que no son tan desdeñables.

—¿Para qué voy a ir a verlas, yo que he estado en las fábricas de papel de los Estados Unidos?

—Perdone usted —le dijo Vignau—. Esto me parece lo mismo que si yo le invitara a comer a mi casa y usted me contestase que había comido en los mejores hoteles del mundo.

—La opinión de usted me tiene sin cuidado —dijo Grandmontagne.

Entonces yo me levanté de la silla y dije:

—¡Bueno, adiós!

Por la noche, Maeztu me preguntó por qué había tomado aquella actitud y yo le contesté:

—Porque me pareció impertinente y grosera la contestación de Grandmontagne.

Maeztu, que entonces era todavía nietszcheano, dijo con empaque que se tenía derecho a ser grosero cuando se era un hombre superior, dando a entender que Grandmontagne y él lo eran, y yo le contesté que no veía en nada la superioridad de Grandmontagne ni la suya.

Unamuno era de una intransigencia extraordinaria, no oía a la gente; así que todo lo que decía no tenía más que la propia comprobación.

Algunas cosas de orgullo dijo bastantes absurdas y antipáticas como esa frase refiriéndose a los extranjeros: ¡Que inventen ellos! El inventar es el gran prestigio y el gran honor de los pueblos. Los españoles inventaron en su tiempo héroes literarios: El Cid, Don Juan, Don Quijote, la Celestina. Si no han inventado después en materia científica ha sido porque no les han dado enseñanza y medios para realizar descubrimientos. En algunas cosas, Unamuno tenía salidas de cura. Al artículo de un joven que hablaba con entusiasmo de Kant contestó que habría que ver si el filósofo serviría para tener hijos. Naturalmente nadie elegiría en su tiempo a Kant para padrear.

Poco después de conocer a Unamuno le encontré yo en un tranvía que iba de la estación del Norte a la Puerta del Sol. Era un sábado, venía él de Salamanca. Me preguntó qué hacía yo los domingos por la tarde. Yo contesté con vaguedad y me dijo que fuera al día siguiente a un café de la calle de Alcalá, cerca de la iglesia de las Calatravas, café que ya no existe. Fui y me preguntó:

—¿Tiene usted que hacer algo esta tarde?
—No.
—Entonces le voy a leer un capítulo de una novela mía: “Amor y pedagogía”.
—Bueno —dije yo.

El capítulo se convirtió en dos, en tres, en cuatro y me leyó todo el libro. Esto me pareció verdaderamente abusivo y ofensivo.

Unamuno era en todo intransigente. A mí me decía que un pequeño cuento mío titulado “Mari Belcha”, que aparece en “Vidas Sombrías”, primer volumen que yo publiqué, debía ponerlo en verso. A mí me parecía la idea absurda porque yo tengo poco sentido verbal y una falta absoluta de curiosidad por la métrica. Una vez insistió tanto en la recomendación que yo le dije:

—Yo, de escribir algo efusivo, tierno, lírico, del campo vasco, cosa que siento con verdadero fervor, escribiría versos en vascuence con la rima más pobre y con el menor sentido latino posible.

Esta idea le pareció una verdadera insensatez, una aberración, y refutó con mil argumentos de todas clases que a mí no me convencieron; pero, en fin, me callé sin replicar.

Otra muestra de la intransigencia de Unamuno la dió por esta época hacia el mismo tiempo. Iba yo una tarde por la Carrera de San Jerónimo con él cuando apareció Valle Inclán en sentido contrario. Eran por entonces hostiles en teorías literarias y no se reconocían ningún mérito el uno al otro. Yo estaba más de acuerdo con las ideas de Unamuno que con las de Valle Inclán, pero como hombre poco dogmático no creía que estas cuestiones estéticas fueran suficientemente graves para reñir por ellas.

Al encontrarse conmigo se pararon los dos; yo pensé por su aspecto que querían conocerse y hablarse, y los presenté, pero de pronto se desarrolló una hostilidad tan violenta y tan rápida entre ellos que, a una distancia de ochenta a cien metros, se insultaron, gritaron, se separaron, y yo me quedé solo. Luego, veinte o treinta años más tarde, se hicieron amigos y me dijeron que se veían en el Ateneo.

—¿Y ya se entienden? —pregunté a alguno de los que iban a la docta casa.
—No, cada uno tiene su tertulia, pero el que lleva siempre la voz cantante es don Miguel.

Unamuno tenía algunos rasgos físicos e intelectuales comunes con Valle Inclán.

El vasco tenía el cráneo pequeño y la frente huída; la cabeza de Valle Inclán era muy chica y alta como una casa estrecha de muchos pisos. En Galicia, entre la gente del pueblo, ví que era abundante este tipo de cabeza. En parte, a los dos les pasaba algo parecido; tenían cierto sentido efectista, teatral. En las fotografías daban más impresión que en la realidad. Unamuno tenía una voz como de flauta y Valle Inclán una voz de falsete bastante desagradable. Un profesor español de América dijo que Valle Inclán hablaba con una voz de bajo profundo y otro escritor afirmó que era hombre de belleza nazarena. ¡Hasta dónde puede llegar el absurdo de los admiradores!

La audacia del vasco y del gallego eran parecidas, mayor aún la del vasco.

Se contó que cuando el Rey de España le otorgó la Cruz de Alfonso XII, don Miguel se presentó en Palacio con su indumentaria habitual y dijo al monarca:

—Vengo a presentarse ante su Majestad porque me ha dado la Cruz de Alfonso XII, cruz que me la merezco.
—Es extraño —dicen que replico el Rey, más o menos asombrado—; los demás a quienes he dado la Cruz, me han asegurado que no la merecían.
—Y tenían razón —contestó don Miguel.

Unamuno era de un egoísmo absoluto. El era español, no había nada como España; era vasco, nada como ser vasco; era de Bilbao, lo mejor del mundo era ser de Bilbao. Vivía en Salamanca, Salamanca era la ciudad mejor de Europa.

Se ha dicho siempre que Unamuno era un tipo muy vasco, yo no lo digo porque sea bueno ni malo, pero no he visto ningún tipo en el país parecido a él en sentido espiritual. Realmente es muy difícil el poder comparar el hombre del campo o el tipo corriente de la ciudad con el hombre de cultura. En su intransigencia, don Miguel aseguraba que no le gustaba París ni los alrededores del Sena. Yo comprendo que a una persona cualquiera de España, de Italia, de Portugal o de la Cochinchina, le guste más vivir en su pueblo que en una ciudad de un país extranjero, por muy hermosa que sea; pero para no ver que París como urbe es lo mejor de Europa, hay que ser ciego o sistemático. Para mí, como digo, es mucho más agradable estar entre los suyos, con gente amiga, de idéntica manera de ser y de pensar, que pasearse por entre todos los Partenones, catedrales y museos de las ciudades famosas; pero esto no me impide comprender que París es una ciudad privilegiada por la naturaleza y por la historia.

Al año o a los dos años, en la República, Unamuno se encuentra con la hostilidad de los comunistas, que le consideran como un reaccionario. A muchos otros nos sucedió lo mismo.

En un ensayo de crítica de masas, sin duda imitado de Rusia, que se hizo en el Ateneo de Madrid, me invitaron para inaugurar la serie, explicando y defendiendo una novela mía. Esta novela se llamaba “Los Visionarios”. La impugnaría un joven Fernández Arnesto desde un punto de vista marxista y yo la defendería a mi modo. Al ir al Ateneo me encontré con que aquello parecía una encerrona, que el público era sólo de comunistas y muy hostil. A la primera ocasión, aquella gente se lanzó sobre mí con violencia diciendo que era un burgués y que escribía para burgueses. Yo repliqué con la misma violencia y con acritud mezclada con soma, y entonces uno de los capitanes de la tropa marxista, entonces corrector de pruebas, Pumarega, dijo que había que reconocer que yo vivía de mi trabajo como un pobre cualquiera, pero que había otros que estaban en el salón que gozaban del favor oficial. “¡Unamuno!”, gritó uno, y todos le miraron de una manera hostil, desvergonzada sañuda, y él quedó rojo de cólera. Seguramente ello contribuyó a su antipatía por los comunistas, que se mostraron brutales y estúpidos con él y con los demás escritores.

Yo, como digo, no tenía ninguna antipatía por don Miguel, pero me parecía muy excesivo todo lo suyo. Un año antes de la revolución del 36, lo vi la última vez en la estación del Norte, de Madrid. El iba a París y yo a Vitoria: hablamos un momento afectuosamente, y por lo que me ha dicho después don Blas Cabrera, le aseguró en el tren que estaba contento porque se había reconciliado conmigo. Al despedirse de mí, me dijo:

—Escriba usted siempre hasta el final, porque usted es un hombre de estilo.

Me dejó bastante asombrado. Yo, como digo, no tenía nada contra D. Miguel, únicamente que no era partidario del sistema suyo de agarrarlo a uno por su cuenta, de acogotarlo, de atarle de pies y mano y de convertirle en un oyente sordomudo.

Los últimos días de su vida, en Salamanca, debieron de ser muy duros y muy amargos para Unamuno. A sus palabras en una reunión fascista de la ciudad se contestó a gritos y tirando una mesa al suelo. Después de esto la gente, antigua amiga suya, le huía por miedo, y los chicos le tiraban piedras en la calle, según me dijeron.

Debió de ver que la época que comenzaba en España no era para que un hombre, por mucha energía que tuviera, pudiera resistir a masas fanáticas y enfurecidas. Los tiempos habían cambiado. Ya no se podía dar el caso de Castelar, que al salir del Congreso de Diputados, en Madrid, en tiempos de Amadeo de Saboya, se encontró en la calle en medio de una turba amenazadora y furiosa de gente armada y comenzó a hablar, y lo hizo tan bien y con tanta elocuencia que la multitud acabó aplaudiéndolo con locura. Unamuno debió de pasar sus días finales con un gran sufrimiento moral, luchando con su desesperación y su impotencia.

Yo no sé si la obra de Unamuno con el tiempo tomará mayores proporciones o se achicará. Yo me alegraría más de que se agrandara, sin embargo no lo creo mucho. Su obra sin él, creo que va a bajar. Sus novelas no me parecen de las que pueden quedar, los ensayos quizás estén mejor, pero no dan impresión de ser tan originales como parecen y los versos leídos en frío, aunque tengan conceptos elevados, parecen ásperos y pedregosos.


PÍO BAROJA, Siluetas de escritores y de políticos. Unamuno, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999