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Umbral sobre Baroja

Don Pío Baroja cae muy bien a los españoles porque se mete con todo el mundo, porque habla mal de cualquiera. Esta crítica universal del tiempo y el espacio, en las novelas o en las tertulias, sólo puede nacer de un radical descontento consigo mismo. La humanidad puede ser tan mala como la pintan algunos, pero el decirlo a todas horas y en todas partes manifiesta un resentimiento inmotivado y un odio monográfico que quizá le incluye a uno mismo.

Baroja no se gusta a sí mismo ni le gusta cómo escribe, y esto se aprecia en el descuido y la desgana de sus procedimientos literarios, desde la falta de sintaxis a la falta de organización. Lo que no acaba de decirse nunca es que Baroja no creía en lo que estaba haciendo. Pero don Pío era ese antipático gracioso que tanto gusta a nuestro pueblo. Un complicado cruce de italiano, vasco, anarquista, burgués, artista, cientifista, pensador y mal gramático.

Siempre había dicho que Valle-Inclán tenía ridículos sueños de grandeza. Un día encontró a Valle en Alcalá —a esta gente todo le pasaba en la calle de Alcalá— y le detuvo:

—Mire usted, Valle, vengo de recoger el dibujo de mi árbol genealógico.

Y Valle, que conocía el desprecio de Baroja por las genealogías:

—Vaya usted a la mierda, hombre, váyase usted a la mierda.

La obsesión de Baroja contra Valle (el hombre que sí sabía escribir) llega a veces a la avilantez. «Todo el estilo de Valle consiste en llamar a los dedos dátiles», escribe. En Valle-Inclán, en cambio, jamás encontramos nada contra Baroja ni a favor. Se ve que el vasco torpón no existía para el estilista galaico. Pérez de Ayala, un dandy de la generación siguiente, lo dijo un día:

—Las novelas de Baroja son como un tranvía. Los personajes entran y salen, se suben y se bajan sin que sepamos adónde van ni quiénes son.

Durante el cuarentañismo se mimó mucho a Baroja porque era el único 98 que teníamos, con Azorín. Pero Azorín era un estilista sin peligro y Baroja posaba de león jamás domesticado. Extraño león en zapatillas cuya única jungla fue el parque del Retiro. «Hombre humilde y errante», escribió de sí mismo. Se opinaba de tal, pero está en una familia de ricos, amateurs —Ricardo—, panaderos y editores. ¿Por qué humilde?

En cuanto a lo de errante, es quizá el más sedentario del 98. Baroja es escritor contra sí mismo. No hace nada para serlo, pero la literatura es él, va con él, y es más literato hablando que escribiendo. Odiaba a Villaespesa porque le pidió cinco pesetas y se murió sin devolvérselas:

—No he leído sus versos, pero siempre digo que es muy mal poeta.

FRANCISCO UMBRAL, Los alucinados, La Esfera de los Libros, Madrid, 2001, págs. 27 y 28


Baroja sobre Azorín

En el vestir, Pío Baroja fue el hombre más desaliñado de su generación y lo era por desidia, no por carecer de recursos. Madrid no pudo quitarle el empaque aldeano que le infundieron los montes de Vasconia. Usaba corbata, pero debía anudársela mientras pensaba en otra cosa y la llevaba de cualquier modo, lo mismo que el sombrero o la boina. Detalles que unidos a su escasa inclinación a cepillarse, a la ninguna importancia que dedicaba a las rodilleras de sus pantalones, y a su caminar con los pies un tanto vueltos hacia dentro, acaso explican aquel cierto dejo de ancianidad que hubo en su juventud.

Ninguna figura más opuesta a la suya que la de Azorín: gentleman perfecto, alto, tieso, mudo, enigmático, recién planchado todo él de pies a cabeza. A esto y a su terminante desemejanza espiritual, atribuyo su estrecha amistad. Para los dos, juntarse era completarse. Porque si Azorín, hermético como Arpócrates –el dios egipcio del silencio– gustaba de que alguien le hablase, a don Pío, que no sabía estarse callado, le era indispensable que alguien le oyese. Una vez, sin embargo, Baroja me preguntó con la ansiedad de quien necesita desvanecer una duda:

–¿Cree usted que Azorín tiene talento?...

Interrogación inconcebible en boca de don Pío.

–Yo creo que sí –repuse.

Se haló de la barba, se encogió de hombros, y con ademán desganado:

–Pues, yo creo que no, porque quien tiene algo en la cabeza lo echa fuera, lo dice, y Azorín nunca dice nada.

Incidente que descubre una de las características de don Pío, que en la afición a discutir el pro y el contra de las cosas se parecía a Unamuno.

EDUARDO ZAMACOIS, Un hombre que se va..., Editorial AHR, Barcelona, 1964, pág. 165

Alberti sobre Baroja, Marañón, Pérez de Ayala, Ortega y Gasset, Benavente, Gerardo Diego, Azorín...

Juan Panadero canta algunas verdades

1

Preparo mi cartuchera.

Voy a disparar las tristes

verdades que no quisiera.

2

Voy a disparar verdades,

las claras, pues las oscuras

son un mar de oscuridades.

3

Las verdades que disparo

hoy, son tan claras que tienen

todas un nombre muy claro.

4

Me duele en el corazón

decirlo, pero ese nombre

es uno sólo: Traición.

5

¿Quiénes son esos traidores?

Me callo a los generales

porque no son escritores.

6

Hay tinta que se sonroja

cuando la moja una pluma

que ya ni es pluma: Baroja.

7

Don Pío era panadero.

Hoy su mal pan lo reparte

cara al sol, a los luceros.

8

Toda la antigua dureza

de su pan, hoy lleva el yugo

de Falange en la corteza.

9

Y sus amigos de ayer

saben que el pan que hoy amasa

ya no se puede comer.

10

Si es triste siendo anarquista

dar a Falange la mano,

¿qué no será ser franquista

después de republicano?

11

¡Virgen de Consolación!

Dios te coja confesado

pronto, Doctor Marañón.

12

Existe una yerba mala,

agria, dura, corrosiva.

Su nombre es Pérez de Ayala.

(No es buena ni en lavativa.)

13

Da una flor que es como el mismo

Pérez de Ayala de fea:

la flor del oportunismo.

(Hoy todo el mundo la mea.)

14

¡Quién lo ha visto y quién lo ve!

Era en España una torre

de luz Ortega y Gasset.

15

¡Ay, señor Kant, qué tristeza!

Ver por el suelo a una torre

tan alta, ya sin cabeza!

16

Ahora canto a una sandía,

digo, a un melón del que cuelga

toda la filosofía.

17

Melón del más ciego brillo,

al requetebién plantado.

Canto a Xenius, al dorado

en la España del Caudillo.

18

No canto ahora a un traidor,

pues nació, puesta la argolla:

Gerardo Diego, el mejor

poeta de misa y olla.

19

Canto a un desagradecido,

hipócrita, maldiciente,

siempre en busca de marido:

Don Jacinto Benavente.

20

Un tiro a Juan Panadero

se le escapa, y sin querer

da en Giménez Caballero.

21

¡Tontón! ¡Retontón! ¡Tontín!

Despierte de su letargo

largo el maestro Azorín.

22

¡Tontín! ¡Retontón! ¡Tontán!

Duerma, un candado en la boca,

José María Pemán.

23

¡Tontón! ¡Retontón! ¡Tontón!

Doblen, doblen las campanas,

llorando -¡ay!- por Ramón.

24

Casi casi en la nariz,

sin frente, me nace el pelo.

Yo soy García Sanchiz.

(El gran charlista camelo.)

25

Al final, de un empujón,

amontono a Eugenio Montes

con otros en el montón.

26

Y en tal montón de basura

tiro, en medio de la Plaza

Mayor, también la negrura

curesca de Sánchez Mazas.

27

Otras verdades diría,

si ya por hoy no tuviera

la cartuchera vacía.

28

Juan Panadero enmudece,

oprimido el corazón.

...Pero en España amanece.

RAFAEL ALBERTI, Coplas de Juan Panadero, Obras completas, Vol. II, Aguilar, 1986, págs. 546-630

Umbral sobre Azorín (2)

Azorín, teóricamente, también es un escritor apasionante. El escritor dandy, hermético y silencioso que escribe de sí y desde sí. Perfecto. Pero luego en sus obras hay una falta de aliento que ahoga. Inventó el párrafo corto porque tenía las ideas cortas. Me comunica constantemente una disnea literaria que me hace físicamente imposible leerlo. Cómo lucha porque se le ocurran cosas. No se le ocurre nunca nada. Tiene que apelar al arcaísmo o al dato preciso de agrimensor. Fantasía para el idioma no tiene ninguna. No es cierto que trajese la naturalidad, porque nada menos natural que lo suyo. Ni que crease la nueva prosa española. La nueva prosa española -y el verso- nace de Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna y Valle-Inclán, los tres grandes Ramones que de alguna manera han empreñado a todo escritor subsiguiente. Nadie ha vuelto a escribir como Azorín. Ni siquiera Pedro de Lorenzo, contra lo que decían los maledicentes del café a última hora de la tarde, cuando ya no había de qué hablar.

Azorín es un escritor muy imitable, pero muy poco aprovechable.

FRANCISCO UMBRAL, La noche que llegué al Café Gijón, Destino, 1977, pág. 55.

Sender sobre Azorín, D'Ors y Leon

Trato de ir directamente a las cosas. Cada cosa, cada hecho, tiene su expresión, no otra. Cada hecho pasional, o sensual, o sentimental, o intelectual, tiene una manera directa y exclusiva y propia de ser dicho. Y el escritor sabe cuál es esa manera. No olvides que el mayor novelista del siglo pasado, que era Stendhal, cuando le hablaban del estilo soltaba a reír y decía: “¡Oh!, yo antes de escribir para ponerme a tono leo tres páginas del código civil”. Eso del estilo es sólo una preocupación de escritores menores. Se puede imitar el estilo de Azorín. Si quieres te puedo escribir una página de Azorín y te ibas a reír mucho, o de Eugenio d’Ors. O de Ricardo León. Pero ¿cómo imitas tú el estilo de Tolstoi o de Dostoyevski? En ellos y en Stendhal la memoria selectiva actúa mejor gracias a la gris neutralidad del medio.

RAMÓN J. SENDER, entrevistado por MARCELINO C. PEÑUELAS para Conversaciones con Ramón J. Sender , Magisterio Español, Madrid, 1969, pág. 226

Jiménez sobre Azorín, Unamuno y Antonio Machado

[Juan Ramón Jiménez] ya no dicta clases, lo que es un alivio para la Universidad. Empezó con mucho empuje, queriendo dar dos cursos, uno de poética y otro de Historia literaria. En ambos dio siempre la misma clase, en que atacaba a la misma gente: "¿Azorín? Buen sinvergüenza es Azorín. Un vendido. ¿Y Unamuno? Un genuflexo. ¿Y el delicado poeta Antonio Machado? Un hombre que vivía en medio de la mugre. Como nunca en la vida se había descalzado, la suela y las plantas de los pies se le habían unido. Estaba herrado y caminaba como un ánade".


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, palabras que Francisco Ayala refirió a Bioy Casares, Borges y Lisi Justo el 16 de agosto de 1956, cuando cenaba en casa de Bioy. Recogido en ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, pág. 189.

Borges y Bioy Casares sobre Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral

Jueves, 25 de octubre [de 1956]. Borges me dice: "Le dieron el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez". BIOY: "Qué vergüenza...". BORGES: "...para Estocolmo. Primero a Gabriela, ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita, que para dar premios". BIOY: "De cualquier modo, Juan Ramón es mucho mejor que Gabriela Mistral. Los malos poemas de Juan Ramón son malos; pero los mejores son bastante buenos. Gabriela Mistral no ha escrito ningún poema bastante bueno. ¿Te acordás del artículo que íbamos a escribir sobre Juan Ramón? Tendría unas erratas: en una línea el nombre aparecería como Juan Jabón, en otra como Juan Jamón, en otra como Juan Ratón. Al final se desenmascaraba la conspiración y, en la última línea, de desagravio, se lo llamaba Juan Jarrón".

Sábado, 27 de octubre. [...] Hablamos del Premio Nobel. Borges está hoy mejor inclinado hacia Juan Ramón Jiménez: "Qué bien lo que dijo: "El Premio Nobel me llena de tristeza. Mi mujer está muy enferma". Qué bien que dijera una frase llana: "me llena de tristeza". Todo se hubiera ido al diablo si hubiera procedido como escritor y si hubiera dicho "me puebla de tristezas" o algo así". Borges recuerda que hablaba mal de casi todos sus compatriotas: "Decía: "No se podía visitar a Pérez de Ayala. Tenía la casa adornada con jamones y chorizos", o: "No se podía visitar a Azorín. Tenía en la mesa de luz un cenicero con un Quijote de metal, de cincuenta centímetros de alto", o: "En casa de Antonio Machado no pude sentarme en la silla que éste me ofrecía porque en ella había quedado olvidado, de varios días probablemente, un huevo frito". Hoy murió Zenobia, la mujer de Jiménez.


ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, págs. 232 y 234.

Fernando Vallejo sobre García Márquez, Mujica Lainez, Cortázar y Borges


ALBERTO GONZÁLEZ TORO: ¿Cuál es su opinión sobre su compatriota Gabriel García Márquez? 
FERNANDO VALLEJO: El personaje me interesa muy poco; me parece más bien un cortesano del tirano de Cuba. Es una vileza alcahuetear semejante monstruosidad. Esta es mi opinión sobre García Márquez persona.

AGT: ¿Y como escritor?
FV: Es un escritor que escribe novelas en tercera persona, con las que ya me peleé. Yo no he escrito ninguna novela en tercera persona, todas son en primera persona. La tercera persona me parece un camino trillado en la literatura, no va para ningún lado. Por lo demás, García Márquez es un escritor correcto que conoce en cierta forma el oficio. No tanto, por supuesto, como tu paisano Manuel Mujica Lainez, o como el español Azorín. De Mujica Lainez te puedo decir que es el prosista más grande del idioma español, con lo cual no te estoy diciendo que es el más grande escritor. Porque una cosa es ser un gran prosista y otra ser un gran escritor. Pero nadie, en los mil años de la lengua española, ha escrito un español con tal riqueza sintáctica y lexicográfica como él, con su ritmo y sonoridad. Es el gran prosista del idioma.

AGT: Lástima que esté un poco olvidado.
FV: Sí, es cierto, porque el que han endiosado los jóvenes argentinos es Julio Cortázar.

AGT: ¿No le gusta Cortázar?
FV: No lo conozco. Lo he ojeado y me da la impresión de que no sabía escribir. No sabía justamente el idioma literario, escribía pobremente. Y los jóvenes hacen este cálculo: si este escritor tan malo es nuestro gran escritor, entonces por qué yo no puedo ser igual a él.

AGT: ¿Y Borges?
FV: El Aleph es un relato muy hermoso, logrado, espléndido. Ya sólo con eso bastaría para que su nombre quede en la literatura. Pero no pienso que sea tan grande como se dice. Lo han hecho tan grande porque desde el mundo anglosajón y francés lo pueden entender muy fácil: no es un escritor muy propio de la lengua española. El español no era tan importante en su literatura. Por lo demás, usa las palabras impropiamente, y además es afectado. Tiene afectaciones feas.


FERNANDO VALLEJO, Fernando Vallejo contra el mundo, entrevista de Alberto González Toro para la Revista Ñ, 5 de julio de 2008. 

Carpentier sobre Azorín


Yo había leído a Azorín. Confieso que el tal escritor me fue antipático desde el comienzo, no por el contenido de sus escritos, sino porque me parecía que ofrecía una imagen convencional de Castilla, una imagen convencional de España, tan falsa, tan fuera de verdad, tan despojada de toda realidad social como podía serlo en cierto sentido la pintura de un Zuloaga, de los hermanos Zubiaurre, de Romero de Torres, las esculturas de Benlliure, o para decir peor, las cajas de pasas, las etiquetas de marcas de anís o de vino de Málaga o las panderetas españolas para uso del turismo. No me gustaba la Castilla de Azorín porque no creía en ella, porque falsas me parecían sus imágenes del zagalillo que bebe agua cristalina de la fuente, guardando sus ovejas, y después entona melodías agrestes en el caramillo. Eso, cuando en los latifundios del duque de Alba, en los predios de Peñaranda el campesino castellano penaba de sol a sol sobre un suelo misérrimo y uno pensaba en ciertas películas que lo mostraban, me resultaba falso.


ALEJO CARPENTIER, entrevistado por Ramón Chao para Conversaciones con Alejo Carpentier, Alianza Editorial, Madrid, 1998, pág. 29.