El señor Peymann, como usted sabe, sufre de la incurable enfermedad de los clásicos, que, como también sabe usted, en los últimos meses se ha vuelto maligna y galopante; y ya veo que este señor no dejará de llevar a la escena hasta que se muera todos esos insoportables, primitivos y ordinarios autores clásicos ingleses, franceses y españoles conocidos y temidos bajo los nombres de Shakespeare, Molière, Lope de Vega, etcétera, y que desgraciadamente son indestructibles en su primitivismo, vulgaridad e inconsistencia.
En mi opinión, estos escritores de dramones han envenenado los teatros de toda Europa e incluso del mundo entero hasta los cimientos y por tiempo indefinido, y por desgracia no se podrán sanear nunca más de la plaga clásica. Chernobil, ese esperpento soviético-ortodoxo, no es nada comparado con una de esas piezas de Shakespeare que explotan cada día, al menos una vez, en cualquier parte del mundo; una Tempestad shakespeariana causa más daño a Europa que 10 catástrofes del tipo de la de Chernobil o incluso de Basilea, créame. Shakespeare, él solo, ha contaminado y destruido el mundo teatral por siglos, por no decir eternidades, ¡créame! Y el señor Peymann nos cuenta que en marzo pone en escena Tartufo, por cierto una de las obras de teatro más tontas que jamás se han escrito y sacado a un escenario, créame, yo sé lo maravilloso que resulta cuando se saca un vaso de cerveza al escenario, créame, pero jamás una obra dramática.
THOMAS BERNHARD, Mi "Feliz Austria", El País, 19 de febrero de 1989, traducción de Genoveva Dieterich. Todo el artículo AQUÍ