Mann sobre Nietzsche

Todo el mundo admitirá que es una extralimitación de la soberbia, una extralimitación héctica, que da testimonio de una razón escapada de las manos; el hecho de que Nietzsche diga que Así habló Zaratustra es una hazaña tal que, comparada con ella, todo el resto de las acciones humanas aparece como algo pobre y condicionado; el hecho de que afirme que un Goethe, un Shakespeare, un Dante no habrían sido capaces de respirar ni un solo instante en las alturas de ese libro, y que el espíritu y la bondad, sumados, de todas las almas no serían capaces de producir un discurso de Zaratustra. Desde luego debe ser un gran placer escribir cosas como ésas. Pero a mí no me parece lícito hacerlo. Por lo demás, acaso lo que yo haga sea tan sólo dar testimonio de mis propias limitaciones si voy más allá y confieso que a mí, en general, la relación de Nietzsche con el Así habló Zaratustra me parece una relación de sobreestimación ciega. Merced a su gesticulación bíblica Así habló Zaratustra se ha convertido en el más «popular» de los libros de Nietzsche; pero no es, ni de lejos, el mejor de ellos.

Nietzsche era ante todo un gran crítico y un gran filósofo de la cultura, un prosista y ensayista de talla europea, procedente de la escuela de Schopenhauer, un prosista y ensayista de alto rango, cuyo genio llegó a su vértice en la época en que escribió Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral. Es posible que un poeta sea algo menor que un crítico de esa categoría.

Pero Nietzsche no logró ser ese algo menor. O lo logró sólo en instantes líricos aislados, pero no en una obra extensa originaria y creativa. Ese trasgo, ese hombre volador, carente de rostro y de figura, que es Zaratustra, con la corona de rosas de la risa encima de su cabeza irreconocible, con su frase «¡Haceos duros!» y sus piernas de bailarín, no es una auténtica creación; es retórica, es excitado juego de palabras, es una voz atormentada y una profecía dudosa, es un fantasma de impotente grandezza, a menudo conmovedor, pero casi siempre penoso; es una figura sin figura, en el límite mismo de lo ridículo.

THOMAS MANN, Shopenhauer, Nietzsche, Freud, Alianza Editorial, Madrid, 2010, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 98 y 99.

Plutarco sobre Isócrates

Isócrates, aunque dijo que los que arriesgaban sus vidas en Maratón lucharon como con almas ajenas y a pesar de cantar su audacia y su desdén por la vida, él mismo, según cuentan, cuando era ya anciano y alguien le preguntó cómo estaba, respondió: “Como un hombre que ha sobrepasado los noventa años y considera la muerte como el mayor de sus males”, pues él no envejeció afilando su espada ni aguzando la punta de la lanza ni sacando brillo al yelmo ni tomando parte en expediciones militares ni remando sino componiendo y uniendo antítesis, cláusulas de igual número de sílabas y con similar inflexión, únicamente puliendo y armonizando los períodos con escoplos y limas. ¿Cómo no iba a temer este hombre el ruido de las armas y la colisión de las falanges, él, que temía que una vocal chocara con otra vocal y que por la falta de una sílaba se desequilibrara una cláusula de una frase, cuyos miembros debían ser iguales? Milcíades, en efecto, salió para Maratón, al día siguiente libró la batalla y regresó a la ciudad con su ejército tras haber ganado el combate. Pericles, después de haber subyugado a los samios en nueve meses, estaba más orgulloso de ello que Agamenón por su conquista de Troya en el año décimo. Pero Isócrates consumió casi doce años en escribir su Panegírico y en este tiempo no tomó parte en ninguna expedición ni actuó de embajador ni fundó ciudad alguna ni fue enviado como comandante de una flota a pesar de haber tenido lugar en este tiempo numerosas guerras. Y mientras Timoteo liberaba Eubea, Cabrias libraba una batalla naval en Naxos, Ifícrates destrozaba la división espartana en las proximidades de Lequeo y el pueblo ateniense, tras liberar a cada ciudad, establecía en la Hélade igual derecho de voto entre ellos, Isócrates estaba sentado en casa remodelando un libro con meras palabras durante tanto tiempo como Pericles empleó en erigir los Propileos y el Hecatompedon.

PLUTARCO, Obras morales y de costumbres V, Gredos, Madrid, 1989, traducción de Mercedes López Salvá, págs. 307-309

Nietzsche sobre el Nuevo Testamento

A mí no me gusta el Nuevo Testamento, ya se adivina; casi me desasosiega el encontrarme tan solo con mi gusto respecto a esa obra literaria estimadísima, sobreestimadísima (el gusto de dos milenios está contra mí): ¡pero qué remedio queda! «Aquí estoy yo, no puedo hacer otra cosa», –tengo el coraje de mi mal gusto. El Antiguo Testamento –sí, éste es algo completamente distinto: ¡todo mi respeto por el Antiguo Testamento! En él encuentro grandes hombres, un paisaje heroico y algo rarísimo en la tierra, la incomparable ingenuidad del corazón fuerte; más aún, encuentro un pueblo. En cambio, en el Nuevo, nada más que pequeños asuntos de sectas, nada más que rococó del alma, nada más que cosas adornadas con arabescos, angulosas, extrañas, mero aire de conventículo, sin olvidar un ocasional soplo de bucólica dulzura, que pertenece a la época (y a la provincia romana) y que no es tanto judío como helenístico. La humildad y la ampulosidad, estrechamente juntas; una locuacidad del sentimiento que casi ensordece; apasionamiento, pero no pasión; penosa mímica; aquí ha faltado evidentemente toda buena educación. ¡Cómo se puede dar, a los pequeños defectos propios, la importancia que les dan esos piadosos hombrecillos! Nadie se ocupa de aquéllos; y mucho menos Dios. Para terminar, todas estas pequeñas gentes de la provincia quieren tener incluso «la corona de la vida eterna»: ¿para qué?, ¿por qué?, no es posible llevar más lejos la inmodestia. Un Pedro «inmortal», ¡quién lo soportaría! Poseen una ambición que hace reír: esas gentes nos dan mascados sus asuntos más personales, sus necedades, tristezas y preocupaciones de ociosos, como si el en-sí-de-las-cosas estuviera obligado a preocuparse de ello, esas gentes no se cansan de mezclar a Dios incluso en los más pequeños pesares en que ellos están metidos. ¡Y ese permanente tutearse con Dios, de pésimo gusto! ¡Esa judía, y no sólo judía, familiaridad de hocico y de pata con Dios!... Hay en el este de Asia pequeños y despreciados «pueblos paganos» de los que estos primeros cristianos podrían haber aprendido algo esencial, un poco de tacto del respeto; según atestiguan misioneros cristianos, aquellos pueblos no se permiten siquiera pronunciar el nombre de su Dios. 

FRIEDRICH NIETZSCHE, La genealogía de la moral, Alianza Editorial, Madrid, 1980, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 167 y 168

Algren sobre Beauvoir

Ningún cronista de nuestras vidas, desde Theodore Dreiser, ha combinado de manera tan constante la pasión por la justicia humana con una sosería tan asfixiante como madame De Beauvoir. Mientras otros escritores regañan de manera amable al lector, ella le aplasta la nariz contra la pizarra, le pincha con su regla de treinta centímetros y le advierte que, si no empieza a comportarse como un adulto, va a contener la respiración mientras lo hace…

Cuando madame tiene razón, tiene toda la razón. Y cuando se equivoca es ridícula…

El mundo de madame De Beauvoir, que describe con infinita exactitud, es una imagen reflejada; nadie ha vivido nunca tras ese espejo. Razón por la cual todos los personajes de sus novelas, aunque están sacados de la vida real, no están vivos en las páginas impresas…

NELSON ALGREN, recogido por Hazel Rowley en Sartre y Beauvoir, Lumen, Barcelona, 2006, traducción de Montse Roca, págs. 445 y 446

Sabato sobre Quevedo

Grandes manejadores de la lengua, aun manejadores geniales, incurren muchas veces en la tentación de dejarse llevar por su pasión verbal. Podríamos poner muchos ejemplos, pero bastaría el de Quevedo. Su ingenio, su dominio portentoso del idioma, lo llevó más de una vez a esos juegos verbales que son todo lo contrario de una gran literatura, y que poco tienen que ver con sus dos o tres grandes poemas sobre la muerte. ¿Podríamos imaginar a Cervantes, a Kafka, a Tolstoi, a Dostoievski, a San Juan de la Cruz, a Rimbaud, a Holderlin, a Rilke, haciendo esas acrobacias y fuegos de artificio?

ERNESTO SABATO, entrevista de Angela Dellepiane en Revista Iberoamericana, Nº 158, Enero-Marzo 1992, pág. 34

Sontag sobre Hesse

17/5/49

He terminado Demian [de Hermann Hesse] hoy y me ha producido, en general, una gran decepción. El libro tiene algunos pasajes muy sobresalientes, y los primeros capítulos que describen la incipiente adolescencia de Sinclair son muy buenos… Pero el impasible supernaturalismo de la última parte del libro supone una conmoción, considerando las pautas realistas implícitas en la primera parte. No me opongo al tono romántico (pues me encantó [Las cuitas del joven] Werther [de Goethe], por ejemplo), pero la puerilidad (no puedo expresarlo de otro modo) de la concepción de Hesse…

SUSAN SONTAG, Renacida. Diarios tempranos 1947-1964, Mondadori, Barcelona, 2011, traducción de Aurelio Major, pág. 22

Stendhal sobre Goethe


Los alemanes no tienen más que un hombre, Schiller, y dos volúmenes que escoger entre los veinte tomos de Goethe. Se leerá la vida de este último por lo extremadamente ridículo que resulta un hombre que se cree lo bastante importante como para contarnos, en cuatro volúmenes en octavo, de qué manera se hacía arreglar el cabello a los veinte años y que tenía una tía abuela llamada Anichen.

Pero esto demuestra que en Alemania no se tiene sentido del ridículo; y cuando se carece de ese sentido y se pretende a toda costa hacer gala de ingenio, se está muy cerca de caer en aquello que uno no conoce. Y cuando a uno se le ocurre juzgar el ingenio de los demás y decidir, desde lo alto de su tribunal germánico, que Molière no hizo más que sátiras triviales, se está muy cerca de hacer reír a Europa a su costa.

En literatura, los alemanes no tienen más que pretensiones. Tampoco ellos llegarán a ser algo hasta después de alcanzar la libertad; pero sucede lo contrario que con los italianos: quieren llegar a ello con tanta ciencia que serán los últimos en conseguirlo.


STENDHAL, fragmento de Rome, Naples et Florence en 1817, incluido en Voyages en Italie, Editions Gallimard, 1973, traducción de ChatGPT + Maricrónica, págs. 117 y 118.

NOTA DE LA ADMINISTRACIÓN: El segundo párrafo no creo que se refiera a Goethe, que siempre consideró a Moliére uno de los mayores maestros, sino a August Wilhelm von Schlegel, que en "Lecciones sobre la poesía dramática", que impartió en Viena entre 1808 y 1811, tacha a Moliére de vulgar y de "robar" lo mejor de su obra a otros. 

Onfray sobre los estructuralistas

La fascinación que dominaba a la generación estructuralista, cegada por su ridículo rechazo del individuo, su repugnancia por el autor, su culto religioso del texto por sí mismo, su negación de la historia, y por tanto del contexto, la ha llevado a confluir en una religión del lenguaje, perjudicial para la inteligencia.

MICHEL ONFRAY, Los ultras de las Luces, Anagrama, Barcelona, 2010, traducción de Marco Aurelio Galmarini, pág. 277

Baroja sobre Azorín

En el vestir, Pío Baroja fue el hombre más desaliñado de su generación y lo era por desidia, no por carecer de recursos. Madrid no pudo quitarle el empaque aldeano que le infundieron los montes de Vasconia. Usaba corbata, pero debía anudársela mientras pensaba en otra cosa y la llevaba de cualquier modo, lo mismo que el sombrero o la boina. Detalles que unidos a su escasa inclinación a cepillarse, a la ninguna importancia que dedicaba a las rodilleras de sus pantalones, y a su caminar con los pies un tanto vueltos hacia dentro, acaso explican aquel cierto dejo de ancianidad que hubo en su juventud.

Ninguna figura más opuesta a la suya que la de Azorín: gentleman perfecto, alto, tieso, mudo, enigmático, recién planchado todo él de pies a cabeza. A esto y a su terminante desemejanza espiritual, atribuyo su estrecha amistad. Para los dos, juntarse era completarse. Porque si Azorín, hermético como Arpócrates –el dios egipcio del silencio– gustaba de que alguien le hablase, a don Pío, que no sabía estarse callado, le era indispensable que alguien le oyese. Una vez, sin embargo, Baroja me preguntó con la ansiedad de quien necesita desvanecer una duda:

–¿Cree usted que Azorín tiene talento?...

Interrogación inconcebible en boca de don Pío.

–Yo creo que sí –repuse.

Se haló de la barba, se encogió de hombros, y con ademán desganado:

–Pues, yo creo que no, porque quien tiene algo en la cabeza lo echa fuera, lo dice, y Azorín nunca dice nada.

Incidente que descubre una de las características de don Pío, que en la afición a discutir el pro y el contra de las cosas se parecía a Unamuno.

EDUARDO ZAMACOIS, Un hombre que se va..., Editorial AHR, Barcelona, 1964, pág. 165

Parra sobre Neruda

I

ANTES DE COMENZAR

Una pregunta:

Qué sería de Chile sin Huidobro

Qué sería de la chilena poesía sin este duende?

Fácil imaginárselo
Desde luego no habría libertad de expresión
Todos estaríamos escribiendo Sonetos

Odas elementales

                         O gemidos

Alabado sea el Santísimo!

XVII

¿TANGO DE VIUDO?

Para tangos me quedo con Gardel

XX

NERUDIANA

Huidobro está a la cabeza
De una maniobra internacional anti Neruda

Pero yo voy a dejar caer todo mi poder

Que es muy grande

En la cabeza del señor Huidobro!
Dicho y hecho 

XXI

LÁSTIMA QUE NERUDA
Haya terminado pisando el palito

No tenía perno para esa tuerca

Era poeta lírico
                         no dramático

No sabía pelear a puño limpio

No manejaba bien la margarita 

Se veía mejor en la penumbra 

NICANOR PARRA, Also sprach Altazor / Así habló Altazor, recogido en After-dinner declarations / Discursos de sobremesa, Host Publications, Texas, 2009, edición de Dave Oliphant, págs. 170, 202, 208 y 210.

Lawrence Durrell sobre TS Eliot

Oiga, Hamlet debe ser una gran obra. T. S. Eliot dice que es un “fracaso artístico”. Eso me hace estar totalmente seguro. El esfuerzo de Eliot es tan débil que no puede tener idea de lo que se trata. Waste land me recuerda esas tarjetitas impresas exhortando a los estudiantes de educación física a no masturbarse.

LAWRENCE DURRELL, carta a Henry Miller enviada desde Corfú a principios de noviembre de 1936, incluida en DURRELL - MILLER, Cartas 1935-1980, compiladas por Ian S. Macniven, Siglo XXI Editores, México DF, 1993, traducción de Victoria Schussheim, pág. 34

Unamuno sobre Quevedo

 A mí no me carga Cervantes, ni mucho menos, sino que le venero más y mejor que sus ridículos idólatras; pero me carga Quevedo, pongo por caso de clásico cargante, y no puedo soportar sus chistes corticales y sus insoportables juegos de palabras.


MIGUEL DE UNAMUNO, Paisajes y ensayos, Obras Completas I, Escelicer, Madrid, 1968, pág. 1265

Céline sobre Sartre

Mi camarada, muchas gracias por el Temps Modernes que acabo de recibir, voy directo sobre Sartre. Verdaderamente el individuo es demasiado idiota. Desanima. No comprende nada. Es innoble. Es horrible. Juega a La Bruyére... ¡Qué desastre! ¡Qué impotencia! Es un chacal, un soplón perdido. Pero es un "chacal que no sabe reírse", que no puede reírse. Es atroz. El chacal es abyecto pero es inteligente, él no. El chacal tiene su risa innoble – él no. De ahí esta furia, estos ademanes absurdos, esta imperfección epileptoide... ¡Basura! ¡Y mi aborto por lo demás!... Un sonajero de mierda... Me enferma. ¿Hablas de una terminología rica? Pero esto es incomprensible… un balbuceo tedioso y confuso.

LOUIS-FERDINAND CÉLINE, carta a Albert Paraz enviada el 13 de noviembre de 1947, incluida por Albert Paraz en Le gala des vaches. Valsez saucisses. Le menuet du haricot: pamphlets, Editions L’Age d’Homme, Paris, 2003, traducción de Batania, pág. 108.

Onfray sobre autores del siglo de las luces

Las Luces pálidas. He aquí, pues, algo del siglo XVIII muy distante de la postal ideológica de siempre: tinas para histéricas, compases para medir el cráneo, angeólogos satánicos, salas esotéricas, pensadores que detestan el ejercicio de la razón pura, místicos ocultistas y charlatanes de todo pelaje, todo lo cual ceba la espoleta de Voltaire contra el clero, pero no contra Dios, y su odio a los ateos, pero no a las religiones útiles para llevar de las narices al pueblo. Este siglo oscuro es contemporáneo de Diderot, muy sagaz acerca de los pueblos del confín de la tierra en el Suplementoal viaje de Bougainville, pero un poco menos elocuente cuando se refiere a los beneficios de su capital invertido en la trata de negros... La misma observación cabe con respecto a un Condorcet que condena la esclavitud en Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, pero solicita una moratoria de ochenta años (!) para no perjudicar a los propietarios... ¡Luces, Luces! Lo mismo ocurre con un Kant que, ejemplo máximo de las Luces –calvario de los estudiantes de instituto con su ya famosa Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?– invita sin duda a la audacia filosófica, al valor intelectual para pensar por cuenta propia, describe el irresistible progreso de la Razón en la historia, llama a una emancipación cada vez mayor de la humanidad, se alegra de las promesas de la Revolución Francesa al extremo de faltar a su habitual paseo por las murallas de Königsberg y aspira al uso de la razón pura, pero al mismo tiempo coloca a las mujeres –sustancial, esencialmente– en la casilla de los menores de edad. ¿Qué decir de un Kant que, en su Definición del conceptode raza humana o en De las diferentes razas humanas, se queja del mal olor de los negros? (que «apestan a puerro», precisa en Del hombre Buffon, otro autor famoso de las Luces...). El mismo ilustrado Kant piensa que el sufragio universal es una buena idea, pero únicamente para los ciudadanos activos, pues los ciudadanos pasivos, los empleados, los obreros, los asalariados, no tienen más derecho que los negros o las mujeres de estar en el mundo a la manera en que lo está un Blanco propietario y bien lavado... ¡Ah, Luces, cuando nos poseéis...! ¿Y qué pensar de Jean-Jacques Rousseau, quien, en el Discurso sobre la ciencia y Las artes, defiende tantas posiciones tan poco ilustradas? Veamos: desprestigio de la invención de la imprenta, culpable de haber hecho posible la edición de tantos libros peligrosos; odio al teatro, que reblandece la conciencia y el cuerpo; genealogía viciosa de la ciencia y de todas las artes; elogio de la ignorancia; interés en mantener al pueblo en la obediencia; alerta contra todo deseo revolucionario; elogio de Esparta; defensa de la pena de muerte; celebración de la rusticidad, el trabajo manual, la ignorancia, la fe, la religión y la disciplina militar; y todo eso acompañado de una crítica a los trabajos intelectuales, la filosofía y la metafísica. Un auténtico breviario de oscurantismo... He aquí, pues, algunos ejemplos emblemáticos de las Luces, y no los menores, codo a codo con los defensores de la esclavitud y la trata de negros, pregoneros de ideas sexistas y racistas, reaccionarios o conservadores. Un número importante de estos filósofos defiende la pena de muerte: Kant, Rousseau, Montesquieu, Diderot, Voltaire... Por último, la mayor parte de ellos combate activamente el ateísmo y defiende el deísmo, lo que les permite entrar en componendas con el poder oficial, encantado de que se le permita seguir disfrutando del apoyo metafísico de siempre a sus exacciones... MICHEL ONFRAY, Los ultras de las luces. Contrahistoria de la filosofía, IV, Anagrama, Barcelona, traducción de Marco Aurelio Galmarini, págs. 22-24

Borges sobre Joyce

Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: "No hago nada sin alegría". Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad. Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo. Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón. JORGE LUIS BORGES, conferencia sobre el libro dada en la universidad de Belgrano recogida en Borges, oral. Miscelánea, Random House Mondadori, Barcelona, 2011, pág. 204 y 205

Wells sobre Joyce

Es usted un poderoso genio para la expresión, pero es incapaz de disciplinarla… Y me pregunto: ¿Quién demonios es este Joyce que me exige tantas horas de los pocos miles que aún me quedan por vivir, para que penetre y entienda sus caprichos y excentricidades? H.G. WELLS, recogido por Carlos G. Santa Cecilia en La recepción de James Joyce en la prensa española (1921-1976), Universidad de Sevilla. Secretariado de Publicaciones, 1997, pág. 187

Borges sobre el movimiento estridentista

Yo trato de evitar lo que se llama «el feísmo», que me parece horrible, ¿no? Pero ha habido tantos movimientos literarios con nombres horribles. Por ejemplo, en México hubo un movimiento literario apodado de un modo terrorífico: el estridentismo. Pero finalmente se calló la boca, que era lo mejor que podía hacer. Aspirar a ser estridente, qué incómodo ¿no? Era un amigo mío: Manuel Maples Arce, él dirigió ese movimiento contra un gran poeta: Ramón López Velarde. Él dirigió ese movimiento estridentista, y yo recuerdo el primer libro de él, que, desde luego, sin ningún asomo de belleza, se llamaba Andamios interiores, lo cual es muy incómodo, ¿no? (ríe), tener andamios interiores. Yo recuerdo un solo verso, que no estoy seguro de que sea un verso, y era éste: “Y en todos los periódicos se ha suicidado un tísico”, el único verso que recuerdo, y, quizá, ese olvido sea piadoso, ya que si ése era el mejor verso del libro, quizá no convenga esperar mucho de él. Y lo he visto muchos años después en el Japón –creo que fue embajador de México en el Japón– y eso lo hizo olvidar no la literatura, pero sí su literatura. Pero, ha quedado en las historias de la literatura –que recogen todo– como fundador del estridentismo (ríen ambos), una de las formas más incómodas de la literatura, querer ser estridente. JORGE LUIS BORGES / OSVALDO FERRARI, En diálogo I, SIGLO XXI Editores, México D. F., 2005, págs. 72 y 73

Tolstói sobre Chéjov

Chéjov contó a su amigo Bounine la visita que una vez realizó a Tolstoi. Estaba asustado. “Francamente, me daba miedo”. Tardó una hora en elegir un pantalón adecuado. Al final del encuentro, “en el momento en el que me levanté para despedirme, me tomó de la mano y me dijo: “Abráceme”. Lo hice y, mientras lo hacía, me susurró al oído con una voz de viejo jadeante: “No soporto sus obras. Shakespeare escribía como un cerdo, pero lo suyo es peor”. Chéjov lo contaba riéndose, pero basta haber leído los diarios de Tolstoi para saber que sus palabras no iban en broma. Fue una bestia parda. Insoportable, sin duda. IÑAKI URIARTE, Diarios 1999-2003, Pepitas de calabaza, Logroño, 2015, edición digital en Bajaepub, págs. 102 y 103

Cioran sobre Nietzsche y Voltaire

Lo que se puede reprochar al Nietzsche del final es el exceso jadeante de su escritura, la ausencia de tiempos muertos. (pág. 52) Orgulloso de su "instinto", de su "olfato", Nietzsche sintió la importancia de un Dostoievski, pero cuántos errores cometió en contrapartida, qué admiración por cantidad de autores de segunda y tercera fila. Lo más desconcertante es que también él creyera que detrás de Shakespeare estaba Bacon, el menos poeta de los filósofos. Si hiciésemos una relación de todos sus desatinos advertiríamos que igualan en número y gravedad a los de Voltaire, con un atenuante a su favor: Nietzsche erró con frecuencia por su voluntad de ser o parecer frívolo, mientras que el otro no tuvo ninguna necesidad de hacer el esfuerzo. (pág. 88) EMILE CIORAN, Desgarradura, Tusquets, Barcelona, 2004, traducción de Amelia Gamoneda, 98 pags.

Onfray sobre Sade

De la misma manera en que existe un fascismo que desborda las categorías de la historia, hay un feudalismo que trasciende los momentos y las épocas en que se encarna. Sade es el filósofo de la feudalidad, de todas las feudalidades: la que le precedió, la de su época y la que se dio después de él. Por tanto, también de las de hoy, sin duda. De ahí el interés de su lectura: para conocer los mecanismos del enemigo no se debe ignorar nada de su funcionamiento. Además, léanse o reléanse ciertas atalayas antifascistas: en 1944, en su Dialéctica de la razón, Horkheimer y Adorno transforman al autor de Los infortunios de la virtud en pensador emblemático de la burguesía, en precursor del «fascismo» y del «ser totalitario»; en febrero de 1951, en Los orígenes del totalitarismo, Hannah Arendt señala la fascinación de los intelectuales de preguerra por las obras del marqués y muestra la importancia de este dato en la formación intelectual de los fascismos europeos; el mismo año, en El hombre rebelde, Camus compara la «república entre alambradas de espinos» del marqués con los campos de la muerte; y después, en 1975, el último Foucault, recuperado de su período estructuralista, el autor de Vigilary castigar por fin desengañado, afirma en una entrevista titulada Sade, sargento del sexo, que Sade «es un encargado de imponer disciplina». En fin... ¿La única originalidad del marqués? Manifestar brutalmente la irrupción del sexo en la filosofía. En eso pertenece al continente de los ultras de las Luces, pero sólo en eso. Sin embargo, víctima de su tiempo, producto de su época y, además, de más de un milenio de judeocristianismo, la obra del marqués de Sade manifiesta en toda su soberbia el retorno de lo reprimido cristiano. En realidad, este erotismo nocturno, esta libido mala, esta carne envilecida, este placer de las secreciones ulcerosas, estos esponsales del sexo y la muerte, este odio perpetuo a la mujer, esta incapacidad de un placer solar, lúdico, alegre, compartido, son puro producto del cristianismo paulino, ejemplo de un cerebro formateado por la neurosis de Pablo de Tarso. Franceses, un esfuerzo más si queréis de verdad la descristianización y la posibilidad de un hedonismo que apueste por la vida y dé la espalda a las gnosis cristianas. La Revolución Francesa da un paso en esta dirección socavando la feudalidad prerrevolucionaria. El triunfo de la burguesía después de Termidor crea nuevas feudalidades, las nuestras. De ahí la actualidad de nuevas Luces, ultras si es posible... MICHEL ONFRAY, Los ultras de las Luces: Contrahistoria de la filosofía, IV, Anagrama, Barcelona, 2010, traducción de Marco Aurelio Galmarini, págs. 291-293