Vargas Llosa sobre Derrida

Cada vez que me he enfrentado a la prosa oscurantista y a los asfixiantes análisis literarios o filosóficos de Jacques Derrida he tenido la sensación de perder miserablemente el tiempo. No porque crea que todo ensayo de crítica deba ser útil –si es divertido o estimulante ya me basta– sino porque si la literatura es lo que él supone –una sucesión o archipiélago de “textos” autónomos, impermeabilizados, sin contacto posible con la realidad exterior y por lo tanto inmunes a toda valoración y a toda interrelación con el desenvolvimiento de la sociedad y el comportamiento individual–, ¿cuál es la razón de deconstruirlos? ¿Para qué esos laboriosos esfuerzos de erudición, de arqueología retórica, esas arduas genealogías lingüísticas, aproximando o alejando un texto de otro hasta constituir esas artificiosas deconstrucciones intelectuales que son como vacíos animados? Hay una incongruencia absoluta entre una tarea crítica que comienza por proclamar la ineptitud esencial de la literatura para influir sobre la vida (o para ser influida por ella) y para transmitir verdades de cualquier índole asociables a la problemática humana, que, luego, se vuelca tan afanosamente a desmenuzar, a menudo con alardes intelectuales de inaguantable pretensión, esos monumentos de palabras inútiles. Cuando los teólogos medievales discutían sobre el sexo de los ángeles no perdían el tiempo: por trivial que pareciera, esta cuestión se vinculaba de algún modo para ellos con asuntos tan graves como la salvación o la condena eternas. Pero, desmontar unos objetos verbales cuyo ensamblaje se considera, en el mejor de los casos, una intensa nadería formal, una gratuidad verbosa y narcisista que nada enseña sobre nada que no sea ella misma y que carece de moral, es hacer de la crítica literaria un quehacer gratuito y solipsista.

No es de extrañar que, luego de la influencia que ha ejercido la deconstrucción en tantas universidades occidentales (y, de manera especial, en los Estados Unidos), los departamentos de literatura se vayan quedando vacíos de alumnos, se filtren en ellos tantos embaucadores, y que haya cada vez menos lectores no especializados para los libros de crítica literaria (a los que hay que buscar con lupa en las librerías y donde no es raro encontrarlos, en rincones legañosos, entre manuales de judo y karate u horóscopos chinos).

MARIO VARGAS LLOSA, La civilización del espectáculo, Alfaguara, Madrid, 2012, págs. 92 y 93

Bloom sobre Poe

Edgar Allan Poe es un best-seller de todos los tiempos, aún más popular internacionalmente que en el mundo de habla inglesa. A mi juicio, Poe fue, casi siempre, un poeta muy malo, un crítico incompetente y un estilista en prosa tan espantoso que sus relatos se leen muchísimo mejor traducidos. Un juicio así es, qué duda cabe, impopular, porque Poe es una referencia ineludible. Siempre estará ahí, y siempre ejercerá una influencia enorme en escritores muy superiores a él, incluidos Dostoievski, Borges y todos los poetas franceses, de Baudelaire a Valéry. No deja de ser una ironía que Poe sea el autor americano más leído en el extranjero, donde supera incluso a Mark Twain, Walt Whitman y William Faulkner.

En 1984 publiqué, en The New York Review of Books, una reseña sobre la edición de la obra de Poe, en dos volúmenes, en The Library of America. Ese ensayo puede encontrarse como introducción a mi primer volumen en Chelsea House, Edgar Allan Poe: Modern Critical Views(1985). Si lo señalo es por la avalancha de reacciones airadas que provoqué, entre otras las denuncias de la Poe Society lanzadas por la emisora National Public Radio. Poe es, en cierto modo, una vaca sagrada, y tal vez debamos permitirle que muja en paz.

HAROLD BLOOM, El futuro de la imaginación, Anagrama, Barcelona, 2002, traducción de Daniel Najmías, págs. 63 y 64.

Primo Levi sobre Homero

Me resulta casi intolerable la lectura de La Ilíada, de esa orgía de batallas, llagas, muertes, de esa guerra estúpida y eterna, de la cólera infantil de Aquiles. La Odisea, por el contrario, está hecha a medida humana, su poesía nace de una esperanza razonable: el fin de la guerra y del exilio, el mundo reconstruido sobre una paz conquistada a través de la justicia.

PRIMO LEVI, La búsqueda de las raíces, El Aleph, Barcelona, 2004, pág. 57, traducción de Miguel Izquierdo Ramón, Arantxa Martínez Antonio y Elena Melchiorri
Publicado por Neorrabios@ en 23:57

Sánchez Dragó sobre Galeano, Sampedro y Hessel

Lo peor que le puede suceder a un escritor es que no tenga lectores, sino seguidores, como los equipos de fútbol. Vale decir: fans, horrendo anglicismo que ahora utilizan hasta las marujas que ni siquiera saben que sí, en inglés, se dice yes.

Seguidores, repito, y no lectores (pues mal pueden serlo los asnalfabetos que, como su nombre indica, creen que leer es comer alfalfa y escribir es rebuznar), tienen ciertos escritores de prosa plana y latiguillo izquierdista, como Sampedro y Galeano, a los que propiné sendos coscorrones –suavecitos… Nada grave– en la anterior entrega de este blog.

Basta meterse con ellos, como yo lo hice, para que se duelan en banderillas, coman pienso en sus pesebres y berreen, montaraces, entre las varas de sus carros los asnalfabetos, que en la Red abundan.

Lo mismo habría sucedido, y de hecho, en similares ocasiones, ya pasó, si hubiese yo puesto en solfa a otra deidad del asnalfabetismo (¡blasfemia, blasfemia!), como lo es, por ejemplo, ese tal Hessel, que tan indignado y engagé está.

Lo malo de esos tres escritores no es que digan bobadas, que las dicen, sino cómo las dicen. Tonterías las hemos dicho todos. Yo las dije a espuertas hasta que, a eso de los treinta años, más o menos, alcancé –ya iba siendo hora– la edad de la razón. Ésa que no tienen los discípulos de Hessel, por más que algunos de ellos sean talluditos.

Biografía del hombre contemporáneo: nacimiento, infancia, adolescencia, adolescencia, adolescencia, muerte.

No es mía esa frase. Alguna vez, creo recordar, ya la he citado.

Mala consejera es la juventud y peor la adolescencia. Hasta Rimbaud, metido en ambas, dijo (e hizo) idioteces, pero las dijo bien.

Llamaba Valéry “superstición a todo lo que sea olvidar la condición puramente verbal de la literatura”.

Lo malo –lo peor– de los tres escritores citados, y de otros muchos que tal bailan, no es que sean demagogos de baratillo e incendiarios de antorcha presta, sino que escriben fatal. John Reed, por poner un ejemplo, también lo era, pero escribía bien.

Sus seguidores –sus fans– no se dan cuenta de ello o, si se dan, no se lo toman en cuenta, porque todo fan, todo seguidor, es un forofo. O sea: alguien que quiere que su equipo gane aunque juegue mal, haga trampas y pisotee las reglas de la morfología, la sintaxis, la semántica, el diccionario, la preceptiva, el gusto y el estilo.

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ, Asnalfabetos, blog Dragolandia, El Mundo, 12 de diciembre de 2011. Todo el artículo AQUÍ

Barral sobre Cortázar

Llegué ayer tarde. El de hoy ha sido el primer día de mi cura de soledad de esta presunta reordenación de mi vida. No ha sido precisamente un día extraordinario: me he levantado entrada la mañana, he leído al sol, almorzado frugalmente, leído en el balcón, paseado con el perro (el polígono de los paseos dominicales del invierno). Leído de nuevo al atardecer hasta que vino Juan a empapelar el baño, lo que creó una pausa de casi una hora. Tras una cena fría y rápida he vuelto a la mesa, he leído de nuevo (siempre ese novelón de Cortázar) y hecho sin mucha convicción una lectura de correcciones de Metropolitano. Durante el día, como anoche, he garabateado algunas cuartillas, sin divertirme demasiado.

Tanto ese pelma de Cortázar (no debía haber traído ese libro) como el perro, cuyas necesidades no he acabado de ubicar en mi proyecto, en mi perezosa distribución del tiempo, me han impedido esfuerzos de concentración notables.

*En la nota a pie de página dice: "El libro que lee es Rayuela que no le interesa nada"

CARLOS BARRAL, Los diarios / 1957-1989, Anaya & Mario Muchnik, 1993, Madrid, pág. 119

Lobo Antunes sobre Joyce

Ayer estaba leyendo el Ulises de Joyce, y considero que la novela es fantástica desde el punto de vista de su riqueza verbal, pero, al mismo tiempo, me aburría un poco porque no percibía al servicio de qué está ese extraordinario alarde verbal. La pirueta por la pirueta, el muestrario fantástico de una inmensa capacidad de invención verbal, se me queda un poco en el vacío, porque no ayuda a la historia en el sentido de la eficacia narrativa.

Con Joyce estás sintiendo siempre su habilidad, se te impone su pericia como escritor y estás notando todo el rato que es él, el propio Joyce, el que está detrás de todo. Eso me recuerda cuando hablo con algunos franceses. Siempre tengo la impresión de que me están diciendo: “Mira qué inteligente soy”.

No eres tú el que tienes que ser inteligente; es el libro el que tiene que serlo.

Cuando estás leyendo y el lector siente que el autor le está diciendo: “Mira, mira lo que hago, mira lo difícil que es resolver esto y lo bien que lo resuelvo...”. No sólo el libro no funciona, sino que creo que se cae en un problema de mal gusto.

ANTONIO LOBO ANTUNES, en Conversaciones con Antonio Lobo Antunes, de María Luisa Blanco Lledo, Siruela, Madrid, 2001

Paz y Quevedo

Sigo leyendo y admirando al gran poeta y al gran retórico pero no siento ya la simpatía de antes por su figura. Los estudios de Raimundo Lida sobre sus manejos me hicieron ver los recovecos de un intrigante con frecuencia sin escrúpulos, un oportunista que cambió de bando varias veces, un escritor cuyos ataques y adulaciones estaban dictados por el interés. En sus escritos políticos su admirable retórica es humo para no dejar ver la realidad. Falla moral pero también intelectual: el conceptismo oculta a la realidad, siempre irregular, con la simetría de los conceptos. El Quevedo político y el Quevedo moralista me decepcionaron y esta decepción me limpió los ojos. Vi entonces el reverso de la medalla: su genio tétrico y verbalista, su crueldad, su carácter pendenciero y envidioso, su odio a las mujeres, su falta de naturalidad.

OCTAVIO PAZ, fragmento de Quevedo, Heráclito y algunos sonetos, incluido en Fundación y disidencia, recogido en Obras completas II, Galaxia Gutemberg/Círculo de lectores, Barcelona, 1999, pág. 803.

Schiller sobre Goethe

Sería desgraciado si hubiese de estar con frecuencia al lado de Goethe; ni aun con sus amigos más íntimos tiene éste un momento de abandono; a decir verdad, lo tengo por egoísta en grado extraordinario. Posee el talento de cautivar a los hombres, de retenerlos por sus atenciones; pero siempre se las arregla de modo que queda fuera de su alcance. Da fe de vida haciendo el bien; pero tan sólo como un dios, sin entregarse él mismo; me parece que en ello obra de un modo consecuente y premeditado, basado en el cálculo del mayor goce posible, en el amor a sí mismo. No debieran los hombres dejar crecer entre ellos un ser semejante. Por esta razón le he tomado ojeriza, aunque al mismo tiempo reconozco su talento y tengo de él la más alta opinión. Lo miro como a una de esas mojigatas altaneras, a las que hay que seducir para humillarlas ante el mundo. Es una curiosa amalgama de odio y amor la que me inspira, semejante quizá a la que Bruto y Casio debieron sentir por César.

FRIEDRICH SCHILLER, fragmento de una carta a Körner el 7 de septiembre de 1788, recogida en Goethe: una biografía, de Rafael Cansinos Assens, Valdemar, Madrid, 1999, págs. 284 y 285

Martínez Sarrión sobre Umbral

Tres flashes sobre Francisco Umbral:

1) De dandi hortera y bochornoso en una conferencia de Victoria Ocampo, Ateneo de Madrid, años sesenta.

2) Analfabeto como era, vociferante, desagradable y sentando doctrina, al regreso de un homenaje a Ramón y a Larra, en uno de los cementerios del Manzanares.

3) Ciego perdido, tropezando en cualquier rincón y todavía con intenciones manipuladoras, en la sobremesa de cierto almuerzo literario, en un frontón vasco, por la Castellana.

¡Vaya con Dios, semejante escracho humano, que dicen en Latinoamérica, tamaño "bluf" de las letras!

ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Escaramuzas, Alfaguara, Madrid, 2011, pág. 135

Pla sobre Cela

Barcelona, 19 de enero de 1977

Sr. Don Miguel Delibes
Paseo de Zorrilla, 7
Valladolid

Querido Miguel:

[...] En el programa de televisión A Fondo, Pla no dijo que tú fueras un escritor gris. Yo estaba presente cuando le hicieron la entrevista y al preguntarle cuál era el escritor que más admiraba dijo que Baroja. Inmediatamente le preguntaron cuál era de los novelistas españoles de ahora el que consideraba el mejor y dijo que Miguel Delibes. Hizo una pausa y añadió: "Pero en un tono grisáceo". No citó a ningún otro escritor actual. Conociendo a Plá, sé que esto es un gran elogio para ti a pesar de lo del tono grisáceo, que en definitiva no sé muy bien lo que quiere decir. Sólo te diré que la pregunta que le hicieron sobre Cela tuve que pedir que la cortaran, ya que contestó que Cela estaba haciendo grandes esfuerzos para llegar, sin conseguirlo, a la suela de los zapatos de Valle Inclán.

JOSEP VERGÉS, fragmento de una carta a Miguel Delibes recogida en MIGUEL DELIBES/JOSEP VERGÉS, Correspondencia, 1948-1986, Destino, Barcelona, 2002, pág. 425

Umbral sobre Fuentes y Paz

Hoy, por el contrario, el heredofranquismo está más vigente que nunca: utilización de las bases, reforzamiento de las relaciones con la OTAN, amistad/sumisión con Estados Unidos, sublimación de la Hispanidad como nunca la hubiera soñado Sánchez Bella, con halago continuo a intelectuales del V Centenario, como Octavio Paz o Carlos Fuentes, dos creadores acabados. Era mejor poeta Eduardo Carranza, amigo de Luis Rosales y los poetas falangistas, que el forzoso Paz, a quienes algunos llaman ya en Madrid "la Paz". "No faltes, que va a hablar la Paz".

FRANCISCO UMBRAL, La década roja, Planeta, Barcelona, 1993, pág. 25.

Julien Green sobre Flaubert

Relectura de Herodías, sin aburrimiento pero sin entusiasmo, sin admiración sincera por toda esa joyería de epítetos. Se me ocurre que esta continua perfección tiene algo de inhumano y mata cada frase al paso, sin fallar en una.

He releído la leyenda de Saint Julien l'Hospitalier y esta vez he quedado decepcionado. Desde luego, hay frases que por sí solas pueden resucitar toda la Edad Media, pero lo más a menudo el estilo, el famoso estilo de Flaubert, se interpone como una pantalla entre el asunto y la emoción que este asunto debe producir; una pantalla magnífica, convengo, una pantalla erizada de joyas... Se gustaría más, al precio de algunos defectos, un estilo que diese la impresión de respirar como un ser viviente, con esa libertad que tenía Flaubert cuando no se vigilaba, cuando olvidaba su corona de flores de naranjo.

JULIEN GREEN, fragmento de Journal, recogido por Ernesto Sábato en Heterodoxia, Alianza Editorial, Madrid, 1973, pág. 117

Klaus Mann sobre Breton

Por lo que se refiere al "maestro" mismo, a André Breton, admito que mi relación con él siempre fue fría y distante. Los "caudillos" más bien me repelen, y sin duda Breton es un personaje despótico, aunque se limite a mandar y a seducir en el terreno espiritual. Sus caprichos e intuiciones intelectuales son para el grupo de devotos suyos la revelación, la ley suprema. El que sólo admite a su alrededor a los incondicionales pronto apartará de sus amigos precisamente a las mejores mentes. Y realmente sólo uno de la antigua guardia surrealista, el pintor Max Ernst, sigue siendo fiel al tiránico y caprichoso Breton.

KLAUS MANN, Cambio de rumbo: crónica de una vida, Alba Editorial, Barcelona, 2007, págs. 284 y 285, traducción de Genoveva Dieterich y Anton Dieterich
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Primo Levi contra Borges, Isaac B. Singer, Proust, Dostoyevski y Balzac

AURELIO ANDREOLI: ¿Por qué ha omitido a J. L. Borges entre los contemporáneos?
PRIMO LEVI: Lo conozco poco, y diría que siento una vaga antipatía por él. Percibo en Borges algo que me es extraño y lejano. Por otra parte, sería audaz pretender justificar todas las propias simpatías y antipatías. Algunas son evidentes, otras lo son menos. Precisamente mi simpatía por Rabelais es en apariencia incomprensible. Y, sin embargo, entre todos es aquel a quien me siento más ligado, de forma casi filial. Si pudiera, lo escogería como padre.

AURELIO ANDREOLI: ¿Por qué usted, de tradición judía, ha descartado a un gran escritor como Isaac B. Singer?
PRIMO LEVI: Porque no estoy tan convencido de que sea un gran escritor. De entrada escribe demasiado, y además me parece un escritor diluido. Desde luego me es querido como persona, pero si lo hubiese puesto entre los escritores que leo y releo, y de esto se trataba, habría mentido. No creo que tenga "nervio" suficiente" como para ser incluido entre los escritores de serie A. Me temo que dentro de una generación sólo lo leerán los especialistas. Si se compara una página de Singer con una del menos conocido escritor yiddish Schalom Alechem, que yo cito, se comprende qué diferencia puede haber entre los dos a propósito del "vigor del estilo".

AURELIO ANDREOLI: ¿Y por qué ha omitido a autores de la tradición mitteleuropea: Proust, Musil, Kafka?
PRIMO LEVI: Proust me parece aburrido, a Musil no lo conozco suficientemente, Kafka también me inspira sentimientos ambivalentes: por un lado, la sensación de hallarme ante libros fundamentales, por otro, una repulsión de origen psicoanalítico.

AURELIO ANDREOLI: Hablemos un poco más de sus antipatías literarias...
PRIMO LEVI: Las antipatías no son siempre racionales, pueden obedecer a causas o circunstancias ocasionales, porque hemos ido a parar a una página inadecuada, porque la página era la adecuada pero el momento no. Entre las antipatías, Dostoievski, en quien he intentado entrar una vez más recientemente, y de quien me aleja su forma cansina de escribir. Encuentro ingrata esa mezcla suya de portentosa lucidez introspectiva y confusión en la escritura. Sería conveniente reducir sus libros a una tercera parte. Añádase a ello que se trata de traducciones. Sé perfectamente, porque también lo he hecho, lo difícil y peligroso que es el oficio de traducir. Y, por lo tanto, ante un autor cuya lengua no conozco, como en el caso de Dostoievski, y en general los rusos, recelo un poco. Balzac es otro al que he renunciado, sólo he leído dos libros suyos, y me di por vencido, porque nuestra vida es demasiado corta para leer a todo Balzac.

PRIMO LEVI, fragmento de la entrevista de Aurelio Andreoli, Paese Sera, 21 de agosto de 1981, recogido en Primo Levi: entrevistas y conversaciones, Ediciones Península, Barcelona, 1998, págs. 102 y 103, traducción de Francesc Miravitlles Salvador.

Carmen Baroja sobre Ortega y Gómez de la Serna

Yo no sé lo que era ser filósofo, tampoco sabría cómo eran. A unos me los figuro con toga y barbas, la cabeza de escayola. A otros, con levitones y chisteras peludas; a algunos, con casaca y peluconas blancas. Siempre serios, graves y sesudos. ¡Lo que nunca me figuré es que hubiera un filósofo con americanita de trabilla y el pelo queriendo disimular la calva! Ortega y Gasset, a pesar de su maravillosa manera de hablar y de su no menos maravillosa manera de escribir, me pareció siempre en su vida el colmo de la cursilería.

Y lo malo es que esa cursilería enfática la ha transmitido a sus discípulos, y así vemos en estos tiempos calamitosos a todos estos pollos que llaman jerarcas, todos discípulos del gran don José y naturalmente tan cursis como él, inflados y majaderos.

El esnobismo en las mujeres tiene otro matiz; éste me parece muy bien. A las mujeres, no siendo demasiado exagerado, las hace más divertidas y por lo menos dejan de hablar de las criadas y de los trajes para hacerlo de algo más agradable, aunque a veces dé risa. Pero las ideas y la cursilería que han heredado del gran don José sus adeptos han tenido consecuencias terribles para España. Todos estos pollos fascistas son sus legítimos herederos, amamantados con sus teorías, y siempre con la cara vuelta a la última moda, o sea, al sol que más calienta.

págs. 195 y 196

Ese Gómez de la Serna era un tipo un poco ridículo -creo que es, porque debe [de] vivir en América- y un amargado, aunque no le he hablado nunca. Parecía una señora de aquellas que se disfrazaban de hombre en Carnaval, de las que tienen un culito redondito y unas caderas salientes. Creo que en la época de sus éxitos en el Café de Pombo, en Madrid estaba todo algo desorbitado, empezando por la fama de Solana, que ha pintado algunos trozos de cuadro verdaderamente bien y a quien indudablemente se le ocurrían cosas absurdas y raras, algunas con esa gracia que tiene lo horrible; pero en general, y aparte de esa vena genial que tenía, era un pintor desagradable y que hacía una pintura negra y basta, aunque muy del gusto de lossnobs actuales.

Volviendo a Gómez de la Serna, que tenía la enorme originalidad de ser el único Ramón que había en el mundo, creo que todo lo que escribía era tan original como esto pero, a fuerza de querer serlo, algunas veces conseguía hacer comparaciones que resultaban extrañas, algo como los colmos que estuvieron hace años de moda: "¿En qué se parece un tragón a una pantera de Java? En que la pantera dejaba algo y el tragón no deja nada...".

Pero el gran don José, otra estrella que también ha quedado con poco rabo, dio en decir que era genial y alguna gente lo repitió después. Luego él se encargó de andar en los circos y de hacer algunas majaderías...

págs. 201 y 202

CARMEN BAROJA Y NESSI, Recuerdos de una mujer de la generación del 98, Tusquets, Barcelona, 1998

*Carmen Baroja fue hermana de Ricardo y Pío Baroja, y madre de Julio y Pío Caro Baroja

Maeztu sobre Baroja

¿Qué le falta a nuestro Pío Baroja para ser, de verdad, gran novelista? Lo tiene todo o casi todo: la fuerza lírica, el humor, la compasión, el sueño, la vocación a prueba, porque escribe volúmenes tras volúmenes, sin necesidad de ganarse la vida con la pluma, hasta cuando apenas tiene nada que decir. Dispone también de buen estilo, aunque no falte quien se lo haya discutido. ¿Qué le falta, entonces? Una sola cosa: tradición. Ni sus personajes ni sus temas están emplazados en la tradición española. Su siglo XIX no es una centuria que surja del XVIII y lleve al XX, sino un tiempo sin tiempo, en que los españoles habían perdido la memoria. Los principales personajes barojianos parecen haber caído de la luna. No tienen la menor idea de dónde vienen, ni a dónde van. Al propio Zalacaín lo que le falta precisamente, para ser grande, es conocer la tradición contra la cual combate. Porque es muy cierto que muchos españoles del siglo XIX fueron así, pero esta es, precisamente, la causa de su carencia de valor.

RAMIRO DE MAEZTU, fragmento de Los del 98, extraído de la página galeon.com (AQUÍ)

Rojas sobre Parra

GRACIAS Y DESGRACIAS DEL ANTIPOETA

[NOTA DE GONZALO ROJAS]: Versaina ya remota (1967) y escrita en una hora, publicada por Ángel Rama en la revista Marcha de Montevideo; respuesta a algún agravio pendenciero. Quiérase ver en ella lo que fue: ligereza y salud, un ejercicio punitivo y airoso, más riente que áspero, un juego a eso de mojarle al otro la oreja, de niño a niño. Que lo digan Góngora o Quevedo.

Antiparriendo, remolineando,
que Kafka sí, que Kafka no,
buena cosa, roba-robando,
se va Cervantes y entro Yo.

Me llamo Nick, me llamo Nack,
me pudro y pudro lo que toco.
Díganme loca, díganme loco,
pero más grande me gusta más.

Publiquen grande lo que escribo,
que se oiga en USA y en Moscú.
Sabes que más, Rimbaud: ni tú.
Me arrastro, claro, pero arribo.

Me arrastro y subo y tengo precio.
Yo sí que soy la gloria. A ver
que vale más: ser o tener.
Me abanico con tu desprecio.

Me pregunto de dónde vengo
con tanta gracia, violín, violán,
si de New York o de Chillán,
o si apenas vengo de Rengo.

Pero lo cierto es que no hay quién,
no hay quién, no hay quién, no hay quién, no hay quién
no hay en ninguna parte quien,
absolutamente no hay quién.

Pues antiyendo y antiviniendo
antitumadre y antimateria
aquí me tienen en la feria
antiescribiendo y antisiendo.

Me dieron orden de envenenar
de envenenar la poesía,
Maldita tu tía y la mía
y me la tengo de viciar.

Venid lesbianas y maricos,
lisérgicos todos, venid.
Sacad del quod, meted el quid:
qué gusto ser gusto de ricos.

Bailemos la antipoesía
La antipoé con la antipó
Mi tío se mea en tu tía
Y Baudelaire se te acabó.

Dicen que dicen soy el único
con mi artefacto original,
que soy el sol, que soy la sal,
patán, patudo, patatúnico.

Yo soy, yo soy el Individuo
y el dólar me dio la razón:
arreglín, qué más, arreglón,
individuo color residuo.

Las cosas pasan porque pasan
y pasa este mundo al revés,
cuando escribo pienso en inglés,
todas mis gringas se me casan.

Antiparriendo, remolineando,
que Kafka sí, que Kafka no,
buena cosa, roba-robando,
se va Cervantes y entro Yo.

Y que me acusen al Che Guevara
que escribo versos de salón:
nadie me dice maricón;
que tanto Ché, prefiero mi cara.

Si pudiera poder y pudiera
Cuba sí con yanquis también
pero lo cierto es que no hay quién
aunque diera la vuelta entera.

Ahora mismo no sé qué hacer
con tanta pinta pero me agacho:
aprende a morir como macho
me dijo un día mi mujer.

Que estoy afónico, que Neruda:
que de una vez termine la farra:
que quién me pasó la guitarra:
que Dios le ayuda al que la suda.

Que no haga el loco ni la loca,
que uno más no es ningún portento
que a partir de cierto momento,
que el peje muere por la boca.

Y qué tanta bulla de inglés
si aquí termina el zafarrancho,
y la chancha le dijo al chancho
antiacabemos de una vez.

Por último déjenme suelto,
total ni Whitman ni Picasso
y al mismo Dante por si acaso
¡juntos sí pero no revueltos!

Digan que sí, digan que no,
digan que soy un comemierda:
que aquí se me acaba la cuerda:
que si Cervantes, que si Yo.

Pero lo cierto es que no hay quién,
no hay quién, no hay quién, no hay quién, no hay quién
no hay en ninguna parte quien,
absolutamente no hay quién.

Rima pobre, métete el miedo:
rima rica con disimulo:
¡gracias y desgracias del culo
como ya lo dijo Quevedo!

GONZALO ROJAS, Metamorfosis de lo mismo. Poesía completa, Visor, Madrid, 2003, págs. 540-543.

Baquero sobre Neruda

[...] Hay, de entrada, tres Nerudas. El primero, romántico, dulce, trovador de anécdotas sentimentales, con intenso influjo sobre los jóvenes sensibles y los galanes enamoradores. Es el Neruda recitable, salonier, miembro de una legión de llantos, manos convulsas, corazones trémulos bajo la luna, etc., que no iba a pasar de uno más en la poesía de esta erotizada y emotiva América Hispana.

De ahí salió Neruda en busca de una mayor verdad. Los tiempos, la experiencia chilena en poesía -que es de las más vastas de América-, los ejemplos de contemporáneos suyos, iguales o superiores, pero con menos suerte en lo de la publicidad y el reclamo -Pablo de Rokha, Rosamel del Valle, Humberto Díaz-Casanueva... ¡y el maestro Huidobro!-, lo condujeron a trabajar una poesía más o menos profunda, pero rica, variada, ambiciosa de expresar visiones, conceptos, invenciones pertenecientes al nuevo modo de entender el papel demiúrgico, mágico, milagrizador del poeta. Y ese Pablo Neruda escribió Residencia en la tierra. Quien dio una obra como esa a la poesía hispanoamericana, ya tiene derecho a figurar en la ringlera de los grandes poetas. La influencia alcanzada por Neruda con este libro en América y en España fue tan considerable, que sólo por capricho puede ser olvidada. Parecía a muchos que se había repetido el caso de Darío, llevando allá un renacimiento. El libro tenía una fisonomía tan recia -esto no tiene nada que ver con influencias, precedencias y maneras-, unos aciertos tan indiscutibles, un grupo de poemas mayores en la lírica de cualquier tiempo y país, que se impuso con la fuerza de las cosas que quedan. Residencia en la tierra es un peldaño, una estación, una fecha miliar en la poesía hispanoamericana.

Pero hay el tercer Neruda. El político, el repetidor de sí mismo, el agotado hasta el vacío. Será tema para una sutil discusión el establecer si se agotó porque fue a la política comunista, o si fue a la política comunista porque ya no tenía nada que decir. En una dirección o en otra, el hecho cierto, a la vista de todos, es que después de Residencia en la tierra, Neruda se convirtió en un fabricante de poemas "a la manera de Neruda". Ha dado panfletitos políticos de cuarta clase, como ese Canto general, que fue realmente un "Desencanto general". Y el único título que tiene hoy para seguir figurando entre los poetas principales de América por lo que hace, es el de editor pulcro. A medida que escribe peor, edita más bellamente. La sonsera de las Odas está encerrada en un libro espléndido, desde el punto de vista tipográfico.

Y así el tercer Neruda, el deshecho por la cárcel mental del comunismo, el uncido de las consignas y de los tediosos vaivenes de la estrategia rusa, no cuenta para nada en la poesía. ¡Pero atención a los prejuicios a las generalizaciones! No estamos ante un caso de unidad, sino de tricefalia. Que el Neruda de hoy no funcione, y que el primer Neruda funcionara dentro de un marco trivial, no quita que haya existido el Neruda del medio, el de la plenitud. Ese hombre ha pasado por tres etapas: dos de ellas repudiables, la primera y la actual, y una intocable, poderosa, llena de vigor y de mágico asombro ante el mundo profundizado. Del Neruda romántico podemos prescindir; del Neruda comunista, mejor no hablar, ya que es un títere y un sin voluntad propia como otro comunista cualquiera; pero del Neruda autor de Residencia en la tierra, digamos las alabanzas mayores y guardemos la más reverenciadora memoria.

GASTÓN BAQUERO, fragmento de Polémica inútil por Neruda, publicado en Diario de la Marina, 6 de febrero de 1958, y recogido en Geografía literaria (1945-1996), Huerga y Fierro Editores, Madrid, 2007, págs. 165-167
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Góngora sobre Quevedo

¿Quién se podrá poner contigo en quintas,

después que de pintar, Quevedo, tratas?

Tú escribiendo ni atas ni desatas;

y así, haces lo mismo cuando pintas.

Poesía y pintura son distintas,

y ambas cosas en ti son poco gratas,

pidiendo tuertos ojos, cojas patas,

sátiras varias y diversas tintas.

Imita el mesmo Ovidio al mesmo Apeles;

tu pintura será cual tu poesía,

bajo los versos, tristes los colores.

Veremos en tus tablas y papeles

ser igual el poder y la osadía

de los malos poetas y pintores.

LUIS DE GÓNGORA, recogido por Ramón Gómez de la Serna en Quevedo, Espasa-Calpe, Madrid, 1962, pág. 178.

Jiménez sobre Lorca

Lorca tiene valor y orijinalidad, pero no está hecho. Sus romances tienen trozos buenos, pero son abiertos, deshechos, inconsecuentes. Creo que los amigos de Lorca hacen mal en exaltarlo de ese modo, porque con ello no hacen sino contribuir a su desmoralización y abandono.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Estética y ética estética, Obras selectas I, RBA - Instituto Cervantes, Barcelona, 2005, pág. 703