Baroja sobre Valle-Inclán

Yo no le noté que tuviera tipo noble ni ascético; ahora, peregrino, no lo sé, porque es palabra de poca precisión.

(...) A lo último, era un hombre que tenía salvoconducto para hacer lo que le diera la gana.

En la época republicana se decía que era un comunista y se le hizo un homenaje como revolucionario, y el Gobierno rojo le daba una pensión a la viuda. En la época actual sería un tradicionalista. (...)

Tenía una serie de ambiciones completamente corrientes y burguesas: el entusiasmo aristocrático y el de la gloria que en él a la gente le parecía muy bien. (...)

Lo único que encontraba extraordinario en este escritor era el anhelo que tenía de perfección en su obra. (...)

Además de la antipatía física había entre nosotros una antipatía intelectual.

PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, págs. 254 y 255

Arguedas sobre Cortázar

Luego de unos días de vacilación me he decidido a comentar algunas de las expresiones e ideas de Julio Cortázar que aparecen en la entrevista que concedió a Life del 7 de abril. He vacilado mucho porque he de referirme únicamente al tema de los escritores "exilados" y al desprecio que Cortázar me dedica por la confesión que hice de mi "provincialismo" en el primer y muy sui generis capítulo de la novela que intento escribir, y que se publicó en el número 6 de la revistaAmaru, de Lima. En esas páginas manifesté, también de manera muysui generis, pero respetuosa, mi discrepancia con el señor Cortázar respecto de la excesiva rotundidad con que afirma que más profunda y sustancialmente entienden e interpretan a Latinoamérica los escritores que viven fuera de ella, especialmente en Europa. El respeto con que lo traté en esas páginas se ha convertido ahora en un mutuo menosprecio entre Cortázar y el que escribe estas líneas.

Afirma Cortázar que “en los últimos años el prestigio de estos escritores –de los absurdamente denominados “exilados”; cita a Fuentes, Vargas Llosa, Sarduy y García Márquez– ha agudizado, como era inevitable, una especie de resentimiento consciente o inconsciente de parte de los sedentarios...”, es decir, de quienes trabajamos en Latinoamércia. Por el contrario, creo que podemos asegurar que la obra de estos escritores ha despertado admiración y orgullo, salvo el caso de quienes andan siempre resentidos contra éstos y aquéllos. ¿Cómo podría probar Cortázar que hay resentimiento y hasta agudizado contra García Márquez, Vargas Llosa y él mismo en América Latina? La única “prueba” que ofrece es no sólo insensata sino algo repudiable. Causa verdadero disgusto tener que expresarse así de un escritor tan importante a quien la gloria le hace comportarse, a veces, a la manera de un Júpiter mortificado, no por explicable menos lejano de su frecuente papel de sapiente y hábil agitador.

He aquí la insensata “prueba” a que me he referido: “Prefiriendo visiblemente el resentimiento a la inteligencia –dice Cortázar–, ni Arguedas ni nadie va a ir demasiado lejos con esos complejos regionales, de la misma manera que ninguno de los “exilados” valdría gran cosa si renunciara a su condición de latinoamericano para sumarse más o menos parasitariamente a cualquier literatura europea.” Admiro con todas mis fuerzas, lo he dicho, a García Márquez; admiro con la intensidad de un “provinciano” a Vargas Llosa, admiraba realmente a Cortázar. He sentido y siento odios y ternuras; el resentimiento aparece sólo en los desventurados e impotentes. Yo soy un hombre feliz y continuaré siéndolo mientras pueda seguir trabajando, aquí o allá. La “prueba” de Cortázar resulta, pues, contraria. En el mismo párrafo citado Cortázar afirma también que se puede renunciar a la condición de latinoamericano. No; no es posible si realmente se ha llegado a tener la condición de tal. Porque si lo intentara, en el propio curso del intento se le descubriría, ya fuera este latinoamericano, artista, lavaplatos o comerciante. No voy a comentar las otras expresiones de desprecio que desde esa fortaleza deLife, tan juiciosamente tomada, me dedica Cortázar, porque son personales y no importan: bastará con que conteste a una pregunta que me hace, un tanto a la manera como ciertos gamonales interrogan a sus indios siervos: “¿Se imagina que vivir en Londres o en París da las llaves de la sapiencia?” No, señor Cortázar, no me imagino eso.

Y ahora la segunda cuestión. Me dice Cortázar: “A usted no le gusta exilarse...”, y a continuación me interroga: “¿por qué, entonces, dudar y sospechar de los que andan por ahí, porque eso es lo que les gusta? Los “exilados” no somos...”

Con respecto a usted y los escritores que usted cita como exilados yo nunca he manifestado duda ni sospecha; al contrario, he sentido un verdadero regocijo por haber creado ustedes –Fuentes es cosa aparte– precisamente en Europa obras que han convivido e interesado casi en todo el mundo. ¿En qué se funda usted para asegurar que dudo y sospecho? Mario Vargas Llosa ha fundamentado muy claramente la razón de su preferencia, de su necesidad de vivir en Europa. Lo ha hecho con energía, aunque ha exagerado un poco –y digo esto teniendo en cuenta mi ya largo trabajo con residencia en el Perú–, ha exagerado un poco los terribles obstáculos que un escritor tiene que vencer en casi todos los países latinoamericanos para poder crear.

Ni Cortázar, ni Vargas Llosa, ni García Márquez son exilados. No sé de dónde ni de parte de quién surgió este inexacto calificativo con el que, aparentemente, Cortázar se engolosina. Ni siquiera Vallejo fue un verdadero exilado. A usted, don Julio, en esas fotos de Life se le ve muy en su sitio, muy "macanudo", como diría un porteño. No es exilado quien busca y encuentra –hasta donde es posible hacerlo en nuestro tiempo– el sitio mejor para trabajar. A pesar de su pasión y muerte Vallejo escribió lo mejor de su obra en París, y quién sabe si no habría llegado a tanto si no se hubiera ido a Europa. Empiezo a sospechar, ahora sí, que el único de alguna manera "exilado" es usted, Cortázar, y por eso están tan engreído por la glorificación, tan folkloreador de los que trabajamos in situ y nos gusta llamarnos, a disgusto suyo, provincianos de nuestros pueblos de este mundo, donde, como usted dice, ya se inventaron y funcionan muy eficientemente los jets, maravilloso aparato al que dediqué un jayllay quechua, un himno bilingüe de más de cinco notas como felizmente las tienen nuestras quenas modernas.

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, Inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar, El Comercio, Lima, 1 de junio de 1969, recogido en El zorro de arriba y el zorro de abajo, José María Arguedas, ALLCA XX, 1997, edición crítica Éve-Marie Fell, págs. 411-413

NOTA: Las declaraciones que hizo Cortázar a Life se pueden leer en la Troya 346 (AQUÍ)

Pla sobre D'Ors

Hace cuatro o cinco años que leo, cada día, el "Glosario" de Xénius. En este momento no parece haber, para la sección de Eugeni d'Ors, tanto enternecimiento como en otras épocas. Personalmente encuentro el "Glosario" muy afectado y a veces un poco demasiado "violinista". Tengo una tendencia invencible a desconfiar de los que son demasiado artistas.

JOSEP PLA, Dietarios (I): El cuaderno gris / Notas dispersas, Espasa, Madrid, 2001, pág. 14, traducción de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros

Baroja sobre Trigo

 Trigo es lo contrario que Azorín pero en malo; quiere encontrar misterios en la peinadora, en el comisionista, en el estudiante, en el café de una ciudad de provincia, y se arma unos conflictos sentimentales y sensuales absurdos. Es como un Pérez Escrich de lo erótico, con un estilo confuso, revuelto y turbio. A mí me dijo una vez que cuando en una de sus novelas necesitaba un intermedio, un relleno entre dos hechos importantes, ponía uno o varios párrafos confusos que no querían decir nada. Es como si un cocinero, en los postres, entre la poire et le fromage, pusiera unos dulces hechos con serrín.


PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, págs. 247

Abreu sobre Benedetti

Ha muerto Mario Benedetti, un poeta del montón. Benedetti fue un hueleculo de los Castro y por lo tanto cómplice de tantos crímenes y tantos abusos y tantas celdas tapiadas y tantas torturas y tantos ahogados en el mar y tantos tiroteados tratando de huir de la dictadura de la que Benedetti fue servil empleado.

Benedetti, cómplice del martirio de escritores cubanos mucho mejores que él. Benedetti funcionario de la dictadura mientras pateaban a Reinaldo Arenas, humillaban a Padilla y la policía recetaba electroshocks a René Ariza. Benedetti que nos llamaba delincuentes en 1980 mientras nos lanzábamos al mar.

En El País ya van por cuatro páginas enteras que incluyen apologías de la Caguama Nobel, el ex sandinista Ramírez que dice que “la leyenda se hace carne entre nosotros” y otras sandeces, y una crónica corintellanesca de Juan Cruz. Un desexiliado, dice Cruz qué cruz. Vaya con estos izquierdistas que siempre pueden regresar de sus exilios y terminan ¡en el Panteón Nacional!

El poeta del compromiso, puaf, y la conciencia, puaf. Su alma estaba herida, la voz de su pueblo, puaf, puaf, puaf.

En El Mundo titulan: ¡Un poeta preocupado por el prójimo! Ja, ja, puaf. Siempre y cuando no fueran prójimos cubanos machacados por su amado Fidel. ¿Alguien hablará del daño que tanta poesía vendida, que tanto ripio populachero hizo apuntalando asesinatos y atropellos siempre y cuando se cometieran en nombre del amado Fidel?

La progresía española, tan burra, tan canalla, está de luto.

Hoy es uno de esos días en que me encantaría que existiera el Infierno para que al desembarcar allí Benedetti lo estuviera esperando Arenas y le propinara una merecida patada en el culo.

JUAN ABREU, Emanaciones, 254 (AQUÍ)

Escritores argentinos sobre Vargas Llosa

Los abajo firmantes, escritoras y escritores argentinos, mujeres y hombres de la cultura, manifestamos nuestro profundo desagrado y malestar ante la designación del escritor Mario Vargas Llosa, por parte de la Fundación El Libro, para inaugurar la 37ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Convertido desde hace años en vocero de los grupos multinacionales editoriales y mediáticos, de un supuesto “liberalismo” de sometimiento y depredación, y de la oposición a lo que ellos denominan “gobiernos populistas” en América latina, Mario Vargas Llosa se ha ensañado de modo muy particular con nuestro país y nuestra sociedad, en declaraciones vastamente difundidas por esos mismos medios.

En consecuencia, nos parece que dicha designación es no sólo inoportuna sino también agraviante para la cultura nacional y para con las preferencias democráticas y mayoritarias de nuestro pueblo.

VICENTE BATTISTA, JOSÉ PABLO FEINMANN, RICARDO FORSTER, MARIO GOLOBOFF, HORACIO GONZÁLEZ, JUANO VILLAFANE, Tv Lecturas, 1 de marzo de 2011 (AQUÍ)

Umbral sobre Azorín (2)

Azorín, teóricamente, también es un escritor apasionante. El escritor dandy, hermético y silencioso que escribe de sí y desde sí. Perfecto. Pero luego en sus obras hay una falta de aliento que ahoga. Inventó el párrafo corto porque tenía las ideas cortas. Me comunica constantemente una disnea literaria que me hace físicamente imposible leerlo. Cómo lucha porque se le ocurran cosas. No se le ocurre nunca nada. Tiene que apelar al arcaísmo o al dato preciso de agrimensor. Fantasía para el idioma no tiene ninguna. No es cierto que trajese la naturalidad, porque nada menos natural que lo suyo. Ni que crease la nueva prosa española. La nueva prosa española -y el verso- nace de Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna y Valle-Inclán, los tres grandes Ramones que de alguna manera han empreñado a todo escritor subsiguiente. Nadie ha vuelto a escribir como Azorín. Ni siquiera Pedro de Lorenzo, contra lo que decían los maledicentes del café a última hora de la tarde, cuando ya no había de qué hablar.

Azorín es un escritor muy imitable, pero muy poco aprovechable.

FRANCISCO UMBRAL, La noche que llegué al Café Gijón, Destino, 1977, pág. 55.

Cabrera Infante sobre García Márquez

Jünger y su pasado nazi tan esgrimido en su contra siempre, pasado común alemán que no se reprocha ya más a Günter Grass, por ejemplo, desde que hace genuflexiones de izquierdas tan abyectas como venir a Nueva York, dar una charla para llamar a su vez nazis al público (curiosamente atestado de judíos de Manhattan) y declarar ejemplo de escritor humanista pero comprometido a ¡García Márquez! Por cierto, la diferencia entre Jünger y García Márquez no está en que Jünger fue cómplice del Führer y García Márquez es cómplice del Führer actual (ésa es su semejanza) sino en que Jünger sí es un buen escritor. 

GUILLERMO CABRERA INFANTE, Mea Cuba, Alfaguara, 1999, Madrid, pág. 283.

Varios autores sobre García Márquez

"¡Juvilemos la hortografía!", ¡"Henterremos las achez rupestrez!". Cuando el escritor colombiano Gabriel García Márquez lanzó este llamamiento frente a los lingüistas y académicos que poblaban el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en la ciudad de Zacatecas, sabía que su alergia por la ortografía iba a provocar un rechazo capaz de atravesar corporaciones varias. Lo que no calculó es que las reacciones lo obligarían a dar marcha atrás en su propuesta.

"La lengua española debe prepararse para un porvenir global y sin fronteras, en un derecho histórico surgido de su vitalidad", dijo Gabo al semanario Hoy. En cambio, y no ya frente a la academia, sino con la mirada clavada en la cámara de televisión, reflexiona: "Yo sólo pretendí humanizar la ortografía, es decir, hacerla más humana, afable, familiar. ¿Dónde está el pecado? No faltan los cursis que pronuncian distinto la be de la ve; no pido la supresión de una u otra, sí que se busque fin a ese tormento que padecen los hispanoparlantes desde la escuela".

Entre quienes encabezaron la revuelta contra el colombiano se destacan el escritor español Juan Goytisolo y el filólogo Francisco Rodríguez Adrados. Mientras el primero recordó que ser un gran escritor no significa ser un buen lingüista, el segundo recurrió al argumento de la unidad cultural: "preservar la ortografía significa garantizar esa unidad".

Buscando esquivar la oleada de críticas, que involucró también a Antonio Gala y Arturo Uslar Pietri, García Márquez aclaró -más vale tarde que nunca- "sólo pedí la simplificación de la gramática, no su supresión". Claro que en una entrevista publicada el domingo por el diario español El País no retrocedió. "El deber de los escritores -planteó- no es conservar el lenguaje, sino abrirle camino en la historia. Somos los hombres de letras quienes sufrimos las camisas de fuerza y cinturones de castidad. Como están hoy las reglas, no tienen ninguna lógica".

Los sudamericanos Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa se tomaron la cuestión como una broma. "Es una irreverencia, un desplante", señaló el peruano. "Si se acabara con la ortografía, el español se desintegraría en tal multitud de dialectos que llegaríamos a la incomunicación. Obviamente, semejantes ideas sólo podían provenir de quien es un gran creado de imágenes, pero que nunca ha sido un pensador, ni un teórico, ni un ensayista".

El uruguayo, tras evocar el espíritu lúdico de García Márquez y calificar la propuesta de "frívola", adjudicó esa suerte de exabrupto al oficio. "Él es un prosista, y como tal incapaz de ver que la palabra para un poeta es palabra escrita, es allí donde está su cuerpo. Creo que los escritores latinoamericanos deberíamos dedicarnos a analizar otras cuestiones más importantes que afectan nuestra lengua, entre ellos, la alta tasa de analfabetismo que soporta la región", dijo el autor uruguayo.

Por su parte, la psicoanalista y lingüista argentina Eva Tabakián recordó que la ortografía tiene dos aspectos: uno vinculado a lo autorizado, lo legitimado por la Academia, y otro con la comunicación". "Este último no puede hacerse a un lado", observó. "Cada palabra evoca una imagen por el modo en que está escrita. Muchas veces, cuando se violan esas reglas se torna irreconocible y se llega a la imposibilidad de su lectura. No porque esté bien o mal escrita en términos de una cierta autoridad, sino porque la escritura implica la existencia de un código. Sin código se cae en una anarquía que hace imposible la comunicación".

Para el escritor argentino Charlie Feiling, la actitud de García Márquez surge de una confusión: "Se supone que el inglés es una lengua no reglamentada, cuando en realidad, aunque sumamente plástica, es un idioma donde las reglas cuentan". "La queja de García Márquez es excesiva -opinó- porque en el castellano hay una correspondencia casi exacta entre lo que se dice y lo que se escribe."

"Lo que está por detrás es una confusión entre la actitud de la Real Academia y su diccionario prescriptivo y la de la Universidad de Oxford, que se encarga de armar un diccionario meramente descriptivo. En todo caso, lo que habría que criticar es la actitud de la Academia y no proponer la abolición de la ortografía", concluyó Feiling.

Después de todo, havolir las rreglas nos pribaría del plaser de biolarlas.

CECILIA MACON, Todos contra García Márquez, Página/12, 11 de abril de 1997, vía Elcastellano.org (AQUÍ)

NOTA: El discurso de García Márquez que dio lugar a la polémica se titula "Botella al mar para el dios de las palabras" y se puede leer AQUÍ

La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) contra Heberto Padilla

Como dijimos, en dos de los seis géneros literarios concursantes, Poesía y Teatro, la Dirección de la Unión encontró que los premios habían recaído en obras construidas sobre elementos ideológicos francamente opuestos al pensamiento de la Revolución.

En el caso del libro de poesía, desde su título: «Fuera del Juego», juzgado dentro del contexto general de la obra, deja explícita la auto-exclusión de su autor de la vida cubana.

Padilla mantiene en sus páginas una ambigüedad mediante la cual pretende situar, en ocasiones, su discurso en otra latitud. A veces es una dedicatoria a un poeta griego, a veces una alusión a otro país. Gracias a este expediente demasiado burdo cualquier descripción que siga no es aplicable a Cuba, y las comparaciones sólo podrán establecerse en la «conciencia sucia» del que haga los paralelos. Es un recurso utilizado en la lucha revolucionaria que el autor quiere aplicar ahora precisamente, contra las fuerzas revolucionarias. Exonerado de sospechas, Padilla puede lanzarse a atacar la revolución cubana amparado en una referencia geográfica.

Aparte de la ambigüedad ya mencionada, el autor mantiene dos actitudes básicas: una criticista y otra antihistórica. Su criticismo se ejerce desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios. Este criticismo se ejerce además prescindiendo de todo juicio de valor sobre los objetivos finales de la Revolución y efectuando transposiciones de problemas que no encajan dentro de nuestra realidad. Su antihistoricismo se expresa por medio de la exaltación del individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico y manifestando su idea del tiempo como un círculo que se repite y no como una línea ascendente. Ambas actitudes han sido siempre típicas del pensamiento de derecha, y han servido tradicionalmente de instrumento de la contrarrevolución.

En estos textos se realiza una defensa del individualismo frente a las necesidades de una sociedad que construye el futuro y significan una resistencia del hombre a convertirse en combustible social. Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente. En la realidad cubana de hoy, el despegue económico que nos extraerá del subdesarrollo exige sacrificios personales y una contribución cotidiana de tareas para la sociedad. Esta defensa del aislamiento equivale a una resistencia a entregarse en los objetivos comunes, además de ser una defensa de superadas concepciones de la ideología liberal burguesa.

Sin embargo para el que permanece al margen de la sociedad, fuera de juego, Padilla reserva sus homenajes. Dentro de la concepción general de este libro el que acepta la sociedad revolucionaria es el conformista, el obediente. El desobediente, el que se abstiene, es el visionario que asume una actitud digna. En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan, es el acomodado, el conformista que habla de los milagros que ocurren. Padilla, por otra parte, resulta el viejo temor orteguiano de las «minorías selectas» a ser sobrepasadas por una masividad en creciente desarrollo. Esto tiene, llevado a sus naturales consecuencias, un nombre en la nomenclatura política: fariseísmo.

El autor realiza un trasplante mecánico de la actitud típica del intelectual liberal dentro del capitalismo, sea ésta de escepticismo o de rechazo crítico. Pero si al efectuar la transposición, aquel intelectual honesto y rebelde que se opone a la inhumanidad de la llamada cultura de masas y a la cosificación de la sociedad de consumo, mantiene su misma actitud dentro de un impetuoso desarrollo revolucionario, se convierte objetivamente en un reaccionario. Y esto es difícil de entender para el escritor contemporáneo que se abraza desesperadamente a su papel anticonformista y de conciencia colectiva, pues es ése el que le otorga su función social y cree -erróneamente-, que al desaparecer ese papel también será barrido como intelectual. No es el caso del autor que por haber vivido en ambas sociedades conoce el valor de una y otra actitud y selecciona deliberadamente.

La revolución cubana no propone eliminar la crítica ni exige que se le hagan loas ni cantos apologéticos. No pretende que los intelectuales sean corifeos sin criterio. La obra de la Revolución es su mejor defensora ante la historia, pero el intelectual que se sitúa críticamente frente a la sociedad, debe saber que, moralmente, está obligado a contribuir también a la edificación revolucionaria.

Al enfocar analíticamente la sociedad contemporánea, hay que tener en cuenta que los problemas de nuestra época no son abstractos, tienen apellido y están localizados muy concretamente. Debe definirse contra qué se lucha y en nombre de qué se combate. No es lo mismo el colonialismo que las luchas de liberación nacional; no es lo mismo el imperialismo que los países subyugados económicamente; no es lo mismo Cuba que Estados Unidos; no es lo mismo el fascismo que el comunismo, ni la dictadura del proletariado es similar en lo absoluto a las dictaduras castrenses latinoamericanas.

Al hablar de la historia «como el golpe que debes aprender a resistir», al afirmar que «ya tengo el horror / y hasta el remordimiento de pasado mañana» y en otro texto: «sabemos que en el día de hoy está el error / que alguien habrá de condenar mañana» ve la historia como un enemigo, como un juez que va a castigar. Un revolucionario no teme a la historia, la ve, por el contrario, como la confirmación de su confianza en la transformación de la vida.

Pero Padilla apuesta sobre el error presente —sin contribuir a su enmienda—, y su escepticismo se abre paso ya sin límites, cerrando todos los caminos: el individuo se disuelve en un presente sin objetivos y no tiene absolución posible en la historia. Sólo queda para el que vive en la revolución abjurar de su personalidad y de sus opiniones para convertirse en una cifra dentro de la muchedumbre para disolverse en la masa despersonalizada. Es la vieja concepción burguesa de la sociedad comunista.

En otros textos Padilla trata de justificar, en un ejercicio de ficción y de enmascaramiento, su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que ésta se ha enfrentado al imperialismo; y su inexistente militancia personal; convierte la dialéctica de la lucha de clases en la lucha de sexos; sugiere persecuciones y climas represivos en una revolución como la nuestra que se ha caracterizado por su generosidad y su apertura, identifica lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza; se conmueve con los contrarrevolucionarios que se marchan del país y con los que son fusilados por sus crímenes contra el pueblo y sugiere complejas emboscadas contra sí que no pueden ser índice más que de un arrogante delirio de grandeza o de un profundo resentimiento. Resulta igualmente hiriente para nuestra sensibilidad que la Revolución de Octubre sea encasillada en acusaciones como «el puñetazo en plena cara y el empujón a medianoche», el terror que no puede ocultarse en el viento de la torre Spaskaya, las fronteras llenas de cárceles, el poeta «culto en los más oscuros crímenes de Stalin», los cincuenta años que constituyen un «círculo vicioso de lucha y de terror», el millón de cabezas cada noche, el verdugo con tareas de poeta, los viejos maestros duchos en el terror de nuestra época, etcétera.

Si en definitiva en el proceso de la revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros —no mencionados en «El abedul de hierro»—, son más numerosos, y que resulta francamente chocante que a los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poetas de la transformación social, se les sitúe con falta de objetividad histórica, irrespetuosidad hacia sus actos y desconsideración de sus sacrificios.

Sobre los demás poemas y sobre estos mencionados, dejemos el juicio definitivo a la conciencia revolucionaria del lector que sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas sugerencias, alusiones, rodeos, ambigüedades e insinuaciones.

Igualmente entendemos nuestro deber señalar que estimamos una falta ética matizada de oportunismo que el autor en un texto publicado hace algunos meses, acusara a la UNEAC con calificativos denigrantes, y que en un breve lapso y sin que mediara una rectificación se sometiera al fallo de un concurso que esta institución convoca.

También entendemos como una adhesión al enemigo, la defensa pública que el autor hizo del tránsfuga Guillermo Cabrera Infante, quien se declaró públicamente traidor a la Revolución.

En última instancia concurren en el autor de este libro todo un conjunto de actitudes, opiniones, comentarios y provocaciones que lo caracterizan y sitúan políticamente en términos acordes a los criterios aquí expresados por la UNEAC, hechos que no eran del conocimiento de todos los jurados y que alargarían innecesariamente este prólogo de ser expuestos aquí.

COMITÉ DIRECTOR DE LA UNIÓN DE ESCRITORES Y ARTISTAS DE CUBA, La Habana, 15 de noviembre de 1968, Declaración de la UNEAC en el prólogo a "Fuera del Juego", de Heberto Padilla Documentos de Heberto Padilla. Literatura.us. Toda la declaración AQUÍ

Cabrera Infante sobre Barral

Puedo asegurar a los lectores que la libertad tiene más riesgos que la servidumbre. Uno de sus peligros es saber que libertad de palabra puede significar esclavitud de imprenta. No lo digo por los gajes de oficio de hombre libre, que alejan del destino literario como la velocidad acerca el punto de llegada: en razón inversa. Digo la ausencia de una imprenta libre. Eso que Alejo Carpentier expresó con esprit (y acento) francés: “¿Asilarme en Francia? ¡Idiota! ¡Como si yo no supiera que el escritor que se pelea con la izquierda está perdido!”.

El Teorema de Alejo fue resuelto días atrás por mi editor catalán. Carlos Barral leyó mi entrevista para escribirme una carta que quiere ser insultante y es solamente torpe. Más que torpe, ebria de celo revolucionario. Este jefe (de empresa) que ha decidido defender el comunismo en la Muy Fiel Isla de Cuba hasta la última peseta ajena y hasta el último cubano, descubría que mi inglés es “de inmigrante” (no lo será así que pasen cinco años: será entonces inglés “de naturalizado”) en el mismo párrafo que escribía Topica en vez de Topeka! Ésta es la última carta que me escribirá Barral, como Tres tristes tigres fue mi primer y último libro para (Seix-) Barral, el sentimiento de asco es mutuo. Pero quiero tocar esa viscosidad ahora para citar el final que es una coda: “Comunico esta carta... a la Casa de las Américas, a los que seguramente extrañaría mi silencio”. Una vez más tiene razón Orwell: “No hay que vivir en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo”.

GUILLERMO CABRERA INFANTE, Mea Cuba, Alfaguara, 1999, Madrid, págs. 44 y 45.

Marías sobre Houellebecq

Difícil es que yo lea a quien se pasa media vida yendo de Sarajevo a Chiapas y de Jerusalen a Tel Aviv para “llamar la atención” sobre lo que todo el mundo ya sabe y así ponerse bajo los focos y quedar de fábula, por solidario y comprometido, oenegé individual con gran provecho. Y más difícil aún a quienes se fabrican “escándalos”. Acabo de quitarme entre los deberes, por ejemplo, a ese francés llamado Houellebecq, según los críticos muy provocador y muy bueno. Y no tanto por haberlo visto complacidísimo con su ridículo proceso por injurias al Islam, cuanto porque leí hace poco que había presentado una novela en Barcelona: encapuchado y con gafas negras, leyó un fragmento erótico, eso decían, mientras se veía a una mujer en un vídeo sacar moldes de un clítoris. Luego, “la artista Nifasta” realizó la misma operación en persona, con una acompañante con medias negras. Después ambas se quitaron sus sendas y muy rojas bragas, mientras el autor leía muy serio un pasaje felatario. Al final, el clitórico molde obtenido se colocó en una vitrina. Por caridad, cómo quieren que lea a semejante plasta. Claro que lo más penoso de todo venía al final de la noticia: “El Instituto Francés se llenó a rebosar. El publicó siguió toda la representación en respetuoso silencio”. Si al menos se hubieran reído, empezando por el provocador solemne...

JAVIER MARÍAS, Harán de mí un criminal, Alfaguara, Madrid, 2003, pág. 305.

Evaristo Ribera Chevremont contra el soneto en particular y la poesía métrica en general

 Estamos asistiendo a una revolución lírica que destruirá todo lo que hasta aquí se ha hecho. Hay que nacer de nuevo. La consigna es anteponer el verso rítmico al verso métrico. Es sustituir la imagen indirecta por la imagen directa. La verdad está en la esencia y la potencia del poema, no en la metrificación, que puede llegar a ser un ejemplo de mecánica exterior, pero nunca una revelación de los fluidos psíquicos superiores del poeta. Porque debemos darnos cuenta –y es el momento de salir de nuestra ignorancia– de que no es amontonamiento de palabras lo que constituye la poesía, sino una sutil y cuidadosa enunciación de palabras que obedezcan a un estado del alma para dar aquellas imágenes que perfilan con exactitud el espíritu de las cosas, y que, al dejar el mundo de la nada para entrar en el mundo de las formas, resultan en todos los momentos de realización de la belleza, un pálido reflejo de lo visto o imaginado. Yo rompo la métrica y la rima, y agujereo el porvenir con mi grito, con mi más colérico grito, con mi grito de hondero que lanzó la piedra: ¡Abajo el soneto, esa pieza que fue flor de orfebrería y pensamiento en Darío, sol de imágenes y rarezas en Herrera y Reissig, copia de magia de Lugones, y modelo de plasticidad en Guillermo Valencia; pero que, deformado por el pobre Francisco Villaespesa, ha quedado convertido luego en receptáculo de cuanto poetastro pare el Mundo...!


A la poesía no le viene bien el verso métrico.


Me hieden ya los cadáveres de Campoamor y Núñez de Arce. Me aburre el cacareo monótono de las diuturnas taravillas de corral. Me fastidia el perfume soso y frío de la rosa, el vuelo igual y barato de los pajaritos en las enramadas. Fuera la rosa, el clavel y la luna. Rompamos la vara de medir versos. Desmetriquemos y desrimemos. Fuera el sonsonete que nos hizo idiotas desde los días del colegio. Demos un puntapié al pasado, a la tradición y a la muerte. Seamos niños... Empecemos otra vez a ver las cosas con ojos infantiles, para que descubramos nuevos matices y ritmos. Sobre todo, descubramos nuevos ritmos. El ritmo es todo: la armonía, la correspondencia de las palabras y las ideas, la correspondencia del espíritu con el cuerpo menudo e inmenso del Cosmos.


EVARISTO RIBERA CHEVREMONT, El hondero que lanzó la piedra, publicado en Puerto Rico Ilustrado el 12 de abril de 1924 y recogido por Jorge Schwartz en Las vanguardias latinoamericanas, Cátedra, Madrid, 1991, págs. 191-192.


Lamartine sobre Hugo

Según Lamartine, lo más débil de Los Miserables es lo novelesco: “Toda aquella parte novelesca que sale de acontecimientos arbitrariamente inventados por las necesidades del drama, es la parte débil de la novela. Cada vez que el autor necesita un personaje, lo llama del fondo de la nada, como en los cuentos de hadas o como en los cuentos de Voltaire, y el personaje obedece, contra toda verosimilitud, a la llamada del escritor”.

Acusa a Victor Hugo de palabrería, de hacer una “exhibición de ciencia sobre naderías”. Reconoce en Marius, joven, un autorretrato del autor y considera la descripción de los amores de Cosette y Marius “el más delicioso cuadro de amores” que Victor Hugo haya escrito. En cambio, le parece ridículo que se titule “Epopeya de la rue Saint-Denis” a “una fantasía heroica de estudiantes ociosos... que no tienen una idea definida, ni medios practicables, ni un objetivo confeso y confesable”.

Sobre esta “epopeya” añade que los rebeldes se baten por algo que nadie sabe lo que es, un enigma “que no es ni la monarquía legítima, ni la realeza de ocasión de 1830, ni la república propiamente dicha, ninguna forma definida de gobierno, sino yo no sé qué, algo que se llama a veces la democracia, a veces el ideal, en realidad la bandera roja”.

En resumen, para Lamartine Los Miserables es una historia dramática, exagerada, truculenta, llena de “quimeras” sociales y políticas, una novela que no sobreviviría si no fuera por el enorme talento verbal y la fuerza lírica de Hugo, capaces de dar un semblante verosímil a esas “irrealidades”.

De estas premisas, Lamartine concluye que esta novela es “peligrosa” para el pueblo por su “exceso de ideal”: “El libro es peligroso, porque el peligro supremo en lo relativo a la sociabilidad consiste en que si el exceso seduce al ideal, lo pervierte. Apasiona al hombre poco inteligente por lo imposible: la más terrible y la más homicida de las pasiones que se puede infundir a las masas, es la pasión de lo imposible. Porque todo es imposible en las aspiraciones de Los Miserables, y la primera de esas imposibilidades es la desaparición de todas nuestras miserias”. “Si engañáis al hombre lo enloqueceréis; y cuando, desde la locura sagrada de vuestro ideal, lo dejéis caer de nuevo en la aridez y desnudez de sus miserias, lo convertiréis en un loco furioso”.

MARIO VARGAS LLOSA, La tentación de lo imposible, Alfaguara, 2004, Madrid, págs. 213-215

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Cioran sobre Rilke

Las cartas de Rilke, que tanto aprecié hace tiempo, qué exangües e insulsas me parecen hoy. No se hace la menor alusión en ellas al lado mezquino de la pobreza. Escritas para la posteridad, su “nobleza” me exaspera. Ángeles y pobres son en ellas vecinos. ¿No hay acaso cierto descaro o una ingenuidad calculada en hablar largamente de ello en las dirigidas a duquesas? Jugar al espíritu puro raya en la indecencia. Yo, que no creo en los ángeles de Rilke, creo menos aún en sus pobres. Demasiado “distinguidos”, carecen de cinismo, la sal de la miseria. Por el contrario, las cartas de un Baudelaire o de un Dostoievski –cartas de pedigüeños– me conmueven por su tono suplicante, desesperado, anhelante. Se siente que si hablan de dinero es porque no pueden ganarlo, porque han nacido pobres y lo serán siempre, suceda lo que suceda. La pobreza les es consustancial. Apenas aspiran al éxito, pues saben que no podrían obtenerlo.

EMILE CIORAN, Ensayo sobre el pensamiento reaccionario y otros textos, Montesinos, Barcelona, 1985, pág. 151, traducción de Rafael Panizo.

Saer sobre Amado, Allende, Coelho y Vargas Llosa

PREGUNTA: Para admirar a un escritor hay que merecerlo, no se puede admirar a Shakespeare y escribir como Paulo Coelho, lo dijo usted. También hizo referencia a una declaración de Coelho donde el escritor brasilero decía que admiraba a Borges y a Jorge Amado...
JUAN JOSÉ SAER: Claro! Y dije que uno de los dos tenía que protestar. Si a Coelho le gustan los dos hay algo que falla en su juicio estético, es una manera de involucrarlos a ambos en una estética que es totalmente inexistente, es imposible. A mi me gusta Borges, pero no me gusta Jorge Amado aunque es una persona estimable y generosa, pero su literatura evidentemente es un poco folklórica. Al principio era una literatura de protesta social y después dejó de serlo, perdió ese dramatismo social y se transformó en una especie de cultor del color local de Bahía, del cual yo desconfío, nunca estuve en Bahía pero yo desconfío de todo el color local. Aquí en Buenos Aires el color local es el tango, me tiene harto, me dan ganas de vomitar cuando veo bailarines de tango, y eso que me gusta mucho el tango, pero se ha transformado en una especie de cosa estilizada para turistas. A mí me gusta Borges y no me gusta Amado.

Otro caso similar es el de Mario Vargas Llosa, él dice que su autor preferido es Flaubert, yo no veo absolutamente nada ni en la obra, ni en la vida, ni en las opiniones que pueda provenir de Flaubert. En los métodos de escritura de uno y de otro, es ahí donde hay que juzgar a un escritor, en la concepción de la novela es totalmente diferente. Uno hace novelas enormes, mamotretos comerciales que son cada vez peores, y el otro tenía la religión del "Buen Gusto" la palabra justa, decía que en una novela una palabra no puede ser cambiada porque cambia todo el sentido de la novela. Escribió muy pocos libros y cada uno de esos libros era una aventura nueva que empezaba y abría un camino nuevo para la narrativa. Son todos libros muy diferentes que lo único que tienen en común es el estilo inimitable de Flaubert cuya música basta con cerrar los ojos para escucharla inmediatamente. Él probaba sus prosas en voz alta, a la noche, solo, para ver si funcionaba. No podemos decir lo mismo de (Mario) Vargas Llosa cuya prosa siempre está hecha con gran rapidez para poder llegar a las mejores ventas lo antes posible, para no retrasarse. Parece que ahora ha hecho declaraciones contra Kirchner, es ese tipo de lacayos que se anticipan siempre a los deseos del amo.

PREGUNTA: Ya había existido un entredicho cuando Vargas Llosa declaró que había que perdonar a los militares en nombre de la democracia...
JUAN JOSÉ SAER: Si, él dijo eso y que todo el pueblo argentino estaba comprometido con lo que pasó. Jamás perdería ni cinco minutos en contestarle. Nunca leo sus artículos, ni las posiciones estéticas de Paulo Coelho, ni de Isabel Allende, no me interesan ese tipo de personajes, a los que les deseo la mayor cantidad posible de ventas y de años de vida naturalmente, además son lo bastante astutos como para no meterse en cosas en las que no se tienen que meter, en cambio Vargas Llosa, tal vez sea un mérito de su parte ese empecinamiento en opinar sobre todo, es un opinador profesional, y siempre opina mal.

JUAN JOSÉ SAER, entrevistado por Andrea Stefanoni y Damián Lapunzina para Radio Montaje, octubre de 2010. Toda la entrevista AQUÍ

Sánchez Dragó sobre Hessel

Y por cierto… ¡Anda que no teníais mobiliario, enseres, víveres y parafernalia de bazar de todo a mil en el rastrillo de la Puerta del Sol! ¡Ni que fuese Ikea! ¿Quién pagaba todo eso? ¿Hessel? ¿Sampedro? ¿Sus editores? ¿Izquierda Unida? ¿Los bancos? ¿Los obispos? ¿Las oenegés?

Bueno, bueno… Rectifico lo que dije al comienzo de este desahogo. Indignado, pese a mi filosofía, sí que lo estoy, pero menos con vosotros que con los citados Hessel y Sampedro, los clérigos buenistas del parque jurásico de la autoayuda, los economistas aterrados y los sedicentes pensadores -¡pensadores!- que parecen terroncillos de azúcar cande a punto de disolverse en las naderías que escriben.

¿Se disolverán también los indignantes, a fuer de indignados, y será todo esto, a la postre, un mal sueño?

No sé, no sé… Puede que sí y puede que no. ¿Unhappy end?

Las tormentas desencadenadas en pocillos de café descafeinado terminan a veces en calma chicha y posos inútiles para predecir el futuro, pero también existe el efecto mariposa. Estornuda un octogenario ávido de royalties en París y zas: pandemia de E.colis habemus.

En 1788 el abate Sieyés -un curilla parecido a Hessel- publicó un panfleto al que puso por título¿Qué es el Tercer Estado? y su éxito entre los berzotas sin culotes fue fulminante. Pocos meses después estallaba la Revolución Francesa y medio país subía al cadalso.

En 1848 apareció otro libelo ramplón -el Manifiesto comunista de Marx y Engels- y el fantasma del totalitarismo empezó a recorrer el mundo.

En 1905 se fundó en Rusia el primer sóviet, que pedía una democracia participativa, y 12 años después asaltaba la horda del leninismo el Palacio de Invierno y convertía el país en un infierno.

En 1925 apareció el primer tomo de Mein Kampf (cuyo título iba a ser Cuatro años y medio de lucha contra las mentiras, la estupidez y la cobardía… ¿Les suena?) y el 30 de enero de 1933 su autor, un indignado que se llamaba Hitler y se autodenominaba Führer (palabra que significa «encarnación del Espíritu Santo»), se convertía en canciller de Alemania.

Luego llegaron el Libro Rojo de Mao Tse Tung y el Libro verde de Ghedaffi, entre otros de menor repercusión.

No bajemos la guardia. Líbrenos el sentido común de los culatazos de la filantropía y de la vanagloria y narcisismo de quienes quieren salvar el mundo. Los panfletos los carga el diablo. Son bombas de relojería activada por terroristas morales disfrazados de Francisco de Asís.

Hessel ya ha publicado otro libelo -Engagez-vous! (¡Comprometeos!)-, igual de inane que el anterior, y anuncia para después del verano el tercero. Lo firmará a medias con su compinche Edgar Morin, y así serán dos quienes se forren a costa del analfabetismo imperante. Tendrá 60 páginas en vez de 30. No se desloman, no. Su título pone los pelos de punta. Se llamará Aux actes, citoyens! (¡Al toro, ciudadanos!, que es una mona afeitada, y también, con la demagogia de costumbre, Le chemin de l’espérance).

Yo también quiero forrarme. Escribiré en francés un panfletillo de 30 folios con estilo de hoja de almanaque y lo titularé Aux larmes, citoyens! Aclaro, para los ninis, que los asesinos de María Antonieta gritaban Aux armes, citoyens! y que larmes significa lágrimas: las que quizá no tarden en correr por nuestras mejillas. Malos tiempos son éstos en los que hay que explicar los juegos de palabras.

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ, El Circo de Sol, El Mundo, 17 de junio de 2011.

Borges sobre Gracián

Gracián me parece una caricatura de Quevedo. Gracián es muy frío, prácticamente glacial. Llamar a las estrellas “gallinas de los prados celestiales”, por ejemplo, es imperdonable, ¿no le parece a usted? Creo que Gracián es una superstición alemana en cierto modo, y que Schopenhauer lo admiraba mucho porque lo entendía poco. Gracián pensaba bien, era un hombre muy, muy agudo, pero que al escribir se creía obligado a decirlo todo de un modo ingenioso y con juegos de palabras. Por ejemplo, cuando dice: “La vida es milicia contra la malicia”. Eso puede ser cierto. Uno puede pasarse la vida militando contra la malicia, pero al mismo tiempo, cuando uno lo lee en español (no cuando lee una traducción al alemán de Schopenhauer) lo que llama la atención es el juego de palabras: “milicia-malicia”, y entonces el pensamiento ya está perdido, aprisionado por el retruécano. Y el retruécano ahí “milita” contra el autor, porque nos impide ver la idea de que la vida es milicia contra malicia... Y en general eso es lo que ocurre con Gracián: que él ha pensado admirablemente, pero luego, al escribir, se cree obligado a esos dibujos, a esas simetrías que son la madre del estilo barroco, en el cual fue un maestro, pero un maestro de un género desdichado.

JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en Borges, el palabrista, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1995

Góngora sobre Lope de Vega (5)

A LOPE DE VEGA

Después que Apolo tus coplones vido,

salidos por la boca de un pipote, 

insolente poeta tagarote, 

en su délfico trono lo ha sentido. 

La satírica Clío se ha corrido

en ver que la frecuente un necio zote, 

y de que tantas leguas en un trote 

la hayas hecho correr. Crueldad ha sido. 

Deja las damas, deja a Apolo, y tente; 

pido perdón al pueblo que enojaste,

que, aunque corrido el cortesano bando, 

no corras tanto, corredor valiente,

que si un sombrero por correr ganaste, 

mira no ganes un jubón trotando. 

LUIS DE GÓNGORA, Antología poética, RBA, Barcelona, 1994, pág. 67

Luzán sobre Góngora

Faltaría en esta ocasión a la verdad que profeso y con que debo hablar al público cuando se trata de su enseñanza y desengaño, si callase que don Luis de Góngora, sea dicho sin ofensa de sus apasionados, fue uno de los que más contribuyeron a la propagación y crédito del mal estilo. Este poeta, que fue dotado de grande ingenio, de fantasía muy viva y de numen poético, pretendió señalarse por este camino raro y extraordinario, usando sin medida un estilo sumamente pomposo y hueco, lleno de metáforas extravagantes, de equívocos, de antítesis, de retruécanos y de unas transposiciones del todo nuevas y extrañas en nuestro idioma; aunque en las letrillas, romances, y poesías satíricas y burlescas en versos cortos, apartándose de aquella sublimidad afectada y acercándose más a la naturalidad, escribió mejor con particular gracia y viveza. El vulgo, que de ordinario cree excelente y sublime lo que no entiende, se acostumbró a la novedad y aplaudió sin discernimiento lo irregular y extravagante de aquel estilo, y se dio a imitarle.

IGNACIO DE LUZÁN, La poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies, Biblioteca Virtual Universal (AQUÍ)
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