Lisandro Otero sobre Cela

Camilo José Cela cultivó una especie de relaciones públicas al revés. Presuntuoso, fatuo, mal encarado y soez casi logró la unanimidad en el rechazo a sus altanerías majaderas. Era pronto para la imprecación y el insulto; en algunas ocasiones se le recuerdan salidas ingeniosas pero estas fueron opacadas por su infame reputación.

Durante mucho tiempo se rumoró que había sido delator de la policía franquista y llegó a circular una copia de una carta suya ofreciendo su colaboración a los servicios especiales de la represión fascista. Ahora, ese rumor ha tomado cuerpo. Giles Tremlett, corresponsal del diario británico The Guardian ha enviado un despacho donde informa del hallazgo del historiador Pere Ysàs de documentos que prueban que Cela fue un informante. Las pruebas aparecen en el libro “Disidencia y subversión”, recientemente publicado por Ysàs.

En una carta Cela sugiere que algunos intelectuales, disidentes en apariencia, podían ser sobornados, “domesticados” o convertidos en fieles del sistema. Cela sugirió que algunos, como Pedro Laín Entralgo, eran más susceptibles del ablandamiento por ser más débil de carácter que otros. Cela llegó a sumarse a un grupo de escépticos e inconformes para poder espiar sus actividades. Logró que el gobierno destinara un fondo de 120 mil libras esterlinas para corromper intelectuales. A cambio de esas prestaciones Cela pretendía que se le condecorara o recibir alguna forma de exaltación personal o distinción del régimen. Lo peor es que Cela no fue reclutado sino que ofreció, espontáneamente, su asistencia a la dictadura.

Cela fue acusado también de plagiario y de contratar “negros” para que le hicieran su trabajo. A eso se llamaba una práctica empleada por escritores prolíficos, como es el caso de Alejandro Dumas padre, de contratar a otros escritores para que le prepararan textos que incorporaba a sus novelas.

En 1999 la escritora María del Carmen Formoso Lapido presentó una querella contra Cela ante la Audiencia Provincial de Barcelona, acusándolo de plagiar una novela suya para escribir “La cruz de San Andrés”, premio Planeta en 1994. La escritora presentó su novela “Carmen, Carmela, Carmiña” al Premio Planeta del año anterior. En opinión de la autora, entre su libro y el que resultó ganador había coincidencias temáticas, argumentales, de personajes, tiempos, circunstancias, e incluso, frases textuales que permitían sospechar que la obra de Cela era un plagio.

Camilo José Cela debe su reputación literaria inicial a una novela, “La familia de Pascual Duarte”, publicada en 1942, cuando España aún no lograba emerger del drama alucinante de la Guerra Civil. Alcanzó gran notoriedad, aparte de sus calidades, porque tuvo la buena fortuna que la censura franquista la prohibiese, recogiera una edición y la autorizara después.

El Club Francés del Libro lo declaró libro del mes cuando apareció en Paris y la BBC de Londres afirmó que era una versión española de La Cabaña del Tío Tom, lo cual debe clasificarse entre los honores dudosos. Gregorio Marañón dijo que había tenido el privilegio de pasar en un breve lapso de libro juvenil a libro clásico y lo elevaba a la categoría milagrosa de los libros que son violentos por ser españoles.

Otros críticos, como Federico Álvarez, han impugnado el carácter fundador de esa novela que es, para él, una obra epigonal, “cristalización póstuma de viejos casticismos, de españolidades estereotipadas, de flecos noventayochistas.” Para Álvarez es Carmen Laforet con su novela “Nada”, la que instaura la nueva narrativa. 

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La novelística de la Segunda República, perdió vigencia rápidamente y este nuevo Galdós, adelgazado y pulido que ofrecía Cela, con su lenguaje clásico, significaba un desbordamiento de la pasión hispánica, un examen de la España visceral y eterna, una alternativa apetecible para algunos después de la tragedia del 36, de ahí su éxito inicial. Cela se mostraba más en sintonía con Azorín y Baroja que con la narrativa norteamericana que comenzaba a influir en Europa.

La nueva novela española arranca para algunos con “Tiempo de Silencio” de Luis Martín Santos, en 1962 y para otros con “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio, en 1954. Junto a ellos García Hortelano, Delibes, Aldecoa, Matute y Marsé, nacidos en la década del veinte, constituyen la verdadera promoción de narradores de calidad que comienza a escribir después de la Guerra Civil.

LISANDRO OTERO, Cela, delator y plagiario, Rebelión, 30 de septiembre de 2004 (AQUÍ)

García Márquez sobre Mújica Laínez

El escritor colombiano Gabriel García Márquez envió ayer una carta abierta a EL PAÍS, dirigida a su colega argentino Manuel Mújica Laínez, que visita España estos días y que con este motivo ha hecho diversas declaraciones a medios informativos nacionales. La carta del señor García Márquez se refiere a unas manifestaciones que Manuel Mújica Laínez hizo ayer al diario La Vanguardia. Dice Manuel Mújica Lainez en la breve entrevista que publicó el mencionado diario: «Estamos allí muy tranquilos. Estamos todos: Borges, Sábato, Silvina Ocampo, Bioy Casares... Todos los grandes. Nada nos hubiera costado ir a París como los reprimidos de otros países. Nadie nos lo impide. Nos dan el pasaporte en cuanto lo pidamos.»

En su carta abierta, Gabriel García Márquez le dice al señor Mújica Laínez: «Si interpretamos bien sus palabras, hay que entender que sólo ustedes, los escritores grandes, están muy tranquilos en la Argentina. Sin embargo, hay dos que yo considero muy grandes y que, sin embargo, no están tan tranquilos como ustedes. Me refiero a Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, que hace ya varios años fueron secuestrados en sus domicilios por patrullas de la represión oficial y que nunca más se ha sabido de ellos. Usted y todos los escritores grandes que cita serían todavía mucho más grandes si sacrificaran un poco de su tranquilidad y su grandeza y le pidieran al Gobierno argentino un par de esos pasaportes tan fáciles, para Rodolfo Walsh y Haroldo Conti.»

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Carta abierta de García Márquez a Mújica Laínez, El País, 11 de octubre de 1979 (AQUÍ)

Donoso sobre Asturias

Existen detractores del boom de los más variados plumajes: quizás los que más algarabía forman sean aquellos que se creen injustamente marginados por los dictadores que les niegan la entrada, y en represalia se dedican a hacer lo que se ha llegado a llamar “el trottoir literario”, es decir, a ganar su prestigio por medio de artículos y conferencias hostiles. Existen los pedantes que, inclinados sobre textos y blandiendo nombres en sus fláccidas manos sudorosas, prueban la ausencia de una “total originalidad literaria”, originalidad total que ningún novelista serio querría reclamar para su obra. Existen los peligrosos enemigos personales que hacen extensivo su odio a todo el grupo que sus imaginaciones paranoicas crean. Existen los papanatas que aseguran a la prensa al publicar un primer libro agraciado con un premio sin importancia, que ellos, ahora, también integran el boom, y hacen pronunciamientos en nombre de un grupo que no existe, y que si existiera, sus miembros tendrían las posiciones más dispares. Existen los envidiosos y fracasados, algún profesor que quiso ser novelista y no le resultó, algún burócrata podrido en su empleíto profesional. Existen los ingenuos que lo creen todo, que le hacen coro a todo, que alabaron el boom cuando se empezó a hablar y no supieron predecir su alcance, que luego negaron su valor y su existencia misma, y que ahora creen firmemente en la muerte de aquello cuya existencia negaron. Existen los deslumbrados por un supuesto glamour a gusto de modistillas: “..la tentación no resistida, el boato del jet-set, la dulce papada de los pingües derechos de autor, la intoxicación espléndida de los martinis a la salud de los Fellinis...”. Existe también el fenómeno único de un hombre de la categoría de Miguel Ángel Asturias, que al sentir que el musgo del tiempo comienza a sepultar su retórica de sangre-sudor-y-huesos, intenta defenderse aludiendo a plagios, y dictaminando que los novelistas actuales son “meros productos de la publicidad” durante una conferencia en Salamanca.

JOSÉ DONOSO, Historia personal del "boom", Alfaguara, Madrid, 2007

Jiménez sobre Benavente

¿Qué hay en Jacinto Benavente, que, a pesar de su injenio evidente, de su manera sencilla, fácil, lijera de escribir, de su superficialidad ondeada y amable, lo pone entre bastidores, siempre aparte, como si su arte fuese una figura más de cartón y guardarropía con voz sólo en la garganta? ¿Qué hay en todo ello de tiesura, de engolamiento, de falsedad, de incomodidad, de... cursilería?

He intentado releer o leer algún pasaje de Benavente en estos últimos años. Sí, veo su viveza, su lijereza, su injenio. Y sin embargo me aprieta el cuello y me pellizca la nuez, me pesan los hombros, se me entran "los bigotes" en la nariz y en los ojos. ¡Qué incomodidad y qué cursilería! Porque el injenio..., ¿hay nada malabaristas de los sesos huecos, que canse, que rebaje, que pase más que el injenio?

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Españoles de tres mundos, Alianza Editorial, Madrid, 1987, págs. 150 y 151

Lihn sobre Borges

Estoy pensando también en la distinción que hace Northrop Frye entre una poesía musical según el uso sentimental de la palabra, que deriva de la armonía en el sentido de una relación estable y métrica, y lo que él llama el sentido técnico de la expresión musical y que reivindica para cierta clase de poetas. Desde luego, Borges no participa de este último tipo de musicalidad. Pero no sólo por esto, sino por su discursividad, es un poeta bastante académico.

[...] Su poesía en verso traiciona en exceso su conservantismo formal paralizante. Mientras que ya quisiera un revolucionario en la literatura alcanzar la coherencia con que Borges maneja los presupuestos de su mundo imaginario. En eso practica una revolución: en la manera de ser conservador. Así, por ejemplo, Borges ha puesto en obra la idea antihistoricista del tiempo circular bajo la especie de un relato que es también circular; es decir, a un nivel estructural: esto lo ha observado muy bien James Irby en esa nota que apareció en la Nueva Revista de Filología Hispánica, en 1962. Su conservantismo en poesía se resuelve en un revival, en el arrastrar materiales literarios usados sin vivificarlos haciéndolos cambiar de función. Ahí tienes esa métrica —ese ritmo externo y mecánico aprendido en las preceptivas: como se trata de un poeta que Frye llamaría poco o nada musical, apela a esos sustitutos del ritmo que son los versos "metronometrados" y rimados. Es una rima de una pobreza poco común, con meros sonidos idénticos, en las antípodas de la rima semántica que encuentra o descubre la homología del sentido en la homofonía en la semejanza o igualdad de los sonidos. Borges rima como lo hacía Núñez de Arce o algunos modernistas tan desasistidos como José Santos Chocano: espejos con reflejos, cielo y vuelo, impenetrable e inhabitable. Rimas obvias; ningún descubrimiento en la relación del sonido entre las palabras. Un diccionario de rimas, por la exigencia de exhaustividad propia del sistema, es más audaz. Y se trata de algo harto importante, el ritmo, que es inseparable de la gesticulación sintáctica: Piensa tú qué habría podido hacer Vallejo con un metrónomo y un diccionario de rimas, o Neruda en las Residencias, donde el ritmo envolvente e hipnótico es sustancial. Borges tampoco tiene un sentido mayor para la polisemia: su discurso es monosémico y gramaticalmente correcto, regular. Y francamente, aunque no cuente historias, la poesía de Borges reprocesa muy a menudo el material narrativo y reflexivo de sus ensayos y ficciones con mucha menos suerte que en esos dos géneros. En suma, me parece un poeta anticuado y desprovisto de ciertos sentidos que son esenciales para hacer el tipo de poesía que nosotros reconocemos como poesía moderna, independientemente de otras vertientes de la poesía que no están en cuestión y con las cuales es obvio que no se pueden filiar los versos de Borges.

[...] Yo me siento incluso inclinado a ser brutal en un cierto sentido. Creo que hay una expresión en inglés —prose meaning: el significado prosístico de un poema, y me parece que los textos poéticos de Borges no perderían demasiado si fueran vertidos en prosa. Es una forma extrema de pronunciarse sobre el caso, pero yo pienso que se ha extremado por otra parte desconsideradamente el valor de Borges como autor de versos. En cambio él es un poeta en el amplio sentido de la palabra, y una de las pocas figuras que si desapareciera del santoral de la literatura latinoamericana la condenaría al limbo de lo increado. Su especialidad es la Poética y no la poesía. Como autor de versos yo lo veo como un fracaso dorado. Y así habría que decirlo cada vez que se lo pone a la misma altura que nuestros poetas de veras fundadores. Si en cambio se habla de él sin esa prosopopeya, no vale la pena detenerse en este tipo de agresiones.

[...] Como gran poeta no funciona; como un poeta menor ya cambia la cosa: habría que tener una serie de contemplaciones, porque también es raro que un escritor tan inteligente escriba versos en Hispanoamérica.

ENRIQUE LIHN, conversando Pedro Lastra para Conversaciones con Enrique Lihn, capítulo recogido por Inti: Revista de Literatura Hispánica, Vol. I, Nº 8 (AQUÍ)

Umbral sobre Baroja (3)

Yo leí “Las Noches del Buen Retiro”. Lo único que me gusta es el título. Ahí, como en todos los libros de Baroja, están reunidos los materiales para una novela, pero sólo reunidos, amontonados. La novela habría que hacerla, escribirla. Baroja se limitaba a acumular materiales de construcción, pero nunca construía nada. En este libro hay personajes, historias, chismes, caracteres, peripecias, crónica madrileña, muchas cosas. Todo aquello con que se puede hacer una novela. Pero luego Baroja no la hace. Lo amontona todo de cualquier manera y lo deja ahí, en bruto.

Qué diferencia entre el fin de siglo madrileño que nos presenta Baroja y el fin de siglo parisino que nos presenta Proust. El clima de “Las noches del Buen Retiro” es casi proustiano. Qué más da una marquesa madrileña que una marquesa parisina. La diferencia está en el escritor, claro.

Baroja es una portera. Cuenta muchos chismes y los cuenta como una portera. Claro que una novela puede y quizá debe hacerse con chismes. Proust está lleno de chismes. Luego todo consiste en la hilatura que el escritor le dé al chisme. La hilatura de Baroja, ya digo, es de portera. Y la mala escritura de Baroja llega a ser intolerable. Una señorita elegante le dice a su cortejador, en esta novela: “Saldrían ustedes ganando dejando dirigirse por nosotras”. Esos dos gerundios seguidos y toda la estructura de la frase son como anteriores a la creación del castellano. Baroja no había accedido aún a la sintaxis, cuando se murió. Quiere decir la joven (supongo que se entiende a pesar de todo) que los hombres saldrían ganando si se dejasen dirigir por las mujeres. Ni siquiera la coartada del coloquialismo sirve aquí para disculpar a Baroja. En primer lugar, porque cuando habla él y no habla un personaje, redacta con igual brutalidad. Y luego porque ni siquiera en la conversación (y menos una señorita culta, como la que habla) se construyen así las frases, al menos en Madrid. Yo me exasperaba en silencio contra los entusiastas barojianos de la tertulia, o discutía con ellos, tratando de explicarles que escribir bien no es ponerle adornos a la prosa, sino sencillamente escribir. Lo de Baroja no era escribir.

Pero faltaban muchos años para que saliéramos de la autarquía cultural franquista (de la que indirecta e irónicamente se habían beneficiado Baroja y otros) y la gente supiese, por los estructuralistas y por cualquier otra lectura, que un libro consta sólo de palabras y que no hay distinciones entre escribir bien o escribir mal: sencillamente, hay que escribir, o sea crear el mundo mediante la escritura. Baroja no escribía sus novelas. Simplemente las apelotonaba.

FRANCISCO UMBRAL, La noche que llegué al Café Gijón, Destino, 1977, págs. 209 y 210

Arenas sobre García Márquez (2)

El señor García Márquez está realizando esfuerzos desmesurados y fantásticas piruetas políticas con el fin de que Fidel Castro se mantenga en el poder. Ahora es un abanderado del diálogo entre Castro y los Estados Unidos y de las “reformas” en Cuba, siempre y cuando el Comandante siga siendo el jefe. García Márquez parece dispuesto hasta a lamerle los calcañales al presidente norteamericano con tal de que éste ayude económicamente a Castro.

Actúa muy bien García Márquez al intentar mantener a Castro en el trono, pues una vez que caiga, el señor García no podrá evitar una confrotación con la justicia por su complicidad y colaboración con uno de los criminales más notorios de este siglo. El fin del señor García (lo de Márquez es optativo, pues es su segundo apellido) puede ser parecido al de los grandes colaboradores que tuvo Hitler. Eso lo debe saber muy bien al autor de La Hojarasca.

En realidad, hace más de veinte años que García Márquez debió comparecer ante los tribunales norteamericanos por haber plagiado incesantemente a William Faulkner. Pero los norteamericanos tienen tan mala memoria que seguramente no recuerdan quién es Faulkner. En cuanto a la pobre “inteligencia” yanqui, padece tan profundamente el síndrome de la culpa que prefiere desechar el original “imperialista” y leer una versión colombiana del mismo, versión que es además populista y menos compleja.

¿Cuál es el motivo de que un hombre de talento hasta para el plagio se haya plegado a los servicios secretos de Fidel Castro? La respuesta me la dio un cineasta colombiano a quien le comenté con tristeza que sus compatriotas debían sentir una gran vergüenza por ser conciudadanos de una persona como el señor García Márquez. “Es una gran pena”, me respondió. “Pero, por suerte, en Colombia, García Márquez es casi sólo conocido bajo el nombre de Cara de Fo”.

Su respuesta fue para mi una iluminación sobre la personalidad de García Márquez. ¡Cara de Fo! Es decir, alguien de rostro tan repugnante que parece como si siempre estuviese oliendo algo pestífero y cercano a su persona. No se trata de un simple desequilibrio estético o de una discrepancia con los cánones convencionales de la belleza (lo cual tendría su atractivo), se trata de una fealdad que sale del alma y que se manifiesta como espejo de la misma en el exterior. Una fealdad que, al igual que El Retrato de Dorian Gray, cada fechoría acrecienta. Contemplad ese rostro engurruñado, papujo y despectivo, ese cuerpo de batracio erguido sobre sus ancas posteriores, y pensad en la tragedia de tan terrible fealdad en un hombre con sensibilidad artística que además presume de tenorio.

Pobre criatura. Cuenta su ex-ayudante, Antonio Valle, que una de las amigas sentimentales del señor García, conocida como Norkita, le confesó un día desesperada: “¡No puedo, a pesar de las ventajas materiales, tener relaciones con una caguama!”. Y ahí mismo rompió con el señor García. ¡Pobre criatura! Cuántas tribulaciones habrá padecido. Cómo habrá tenido que luchar para, a pesar de su cara de fo y de su cuerpo de caguama, abrirse paso en el competitivo, complicado y cruel mundo del erotismo. Si a eso agregamos que, según declaraciones del escritor colombiano Gustavo Álvarez Gardeazabal, “García Márquez es un hombre casi completamente desarmado de la cintura para abajo”, el lector podrá hacerse por lo menos una remota idea del terrible trauma del responsable de La mala hora.

Una fealdad tan ríspida sólo podía encubrirse con la fama. Y hacia la fama se lanzó García Márquez, propulsado por su compinche, el Comandante en Jefe, hasta llegar al Premio Nobel. Ahora algunas tiernas ninfas no repararán (al menos por unas horas) en el rostro de García Márquez y por amor a la literatura o a la notoriedad (y a todo lo que las mismas acarrean) se inmolarán en los altares de Eros, aunque después, como Norkita, salten aterrorizadas.

De todos modos, una suerte de cirugía plástica metafísica le garantiza al eterno discípulo de William Faulkner muchas noches de placer. Esa cirugía plástica que produce el triunfo, el señor García la ha logrado gracias a sus estrechos contubernios con Fidel Castro. Es lógico pues que lo defienda. Cuando Castro caiga, Cara de Fo, sin los cosméticos del poder y de la gloria, tendrá que mirarse en el espejo. ¡Terrible momento! Roguemos para que no muera de un infarto, pues lo queremos vivito y con su cola de caguama coleante para que pueda comparecer al juicio que un tribunal internacional le celebrará con todas las de la ley.

Les recomendamos a los testigos de cargo (que serán miles) que lleven espejuelos de sol para que puedan contemplar sólo a trasluz la insportable fealdad de García Márquez y no pierdan la ecuanimidad.

REINALDO ARENAS, La insoportable fealdad de García Márquez, 1989, blog de Zoé Valdés (AQUÍ)

Cortázar sobre Arguedas

Me interroga sobre una supuesta "generación perdida" de exiliados latinoamericanos en Europa, citando entre otros a Fuentes, Vargas Llosa, Sarduy y Garcia Márquez. En los últimos años el prestigio de estos escritores ha agudizado como era inevitable una especie de resentimiento consciente o inconsciente por parte de los sedentarios (honi soit qui mal y pense!), que se traduce en una casi siempre vana búsqueda de razones de esos "exilios" y una reafirmación enfática de permanencia in situ de los que hacen su obra sin apartarse, como dice el poeta, del rincón donde empezó su existencia. De golpe me acuerdo de un tango que cantaba Azucena Maizani: No salgas de tu barrio, sé buena muchachita, cásate con un hombre que sea como vos, etc., y toda esta cuestión me parece afligentemente idiota en una época en que por una parte los jets y los medios de comunicación les quitan a los supuestos "exilios" ese trágico valor de desarraigo que tenían para un Ovidio, un Dante o un Garcilaso, y por otra parte los mismos "exiliados" se sorprenden cada vez que alguien les pega la etiqueta en una conversación o un artículo. Hablando de etiquetas, por ejemplo, José María Arguedas nos ha dejado como frascos de farmacia en un reciente articulo publicado por la revista peruana Amaru. Prefiriendo visiblemente el resentimiento a la inteligencia, lo que siempre es de deplorar en un cronopio, ni Arguedas ni nadie va a ir demasiado lejos con esos complejos regionales, de la misma manera que ninguno de los "exiliados" valdría gran cosa si renunciara a su condición de latinoamericano para sumarse más o menos parasitariamente a cualquier literatura europea. A Arguedas le fastidia que yo haya dicho (en la carta abierta a Fernández Retamar) que a veces hay que estar muy lejos para abarcar de veras un paisaje, que una visión supranacional agudiza con frecuencia la captación de la esencia de lo nacional. Lo siento mucho, don José María, pero entiendo que su compatriota Vargas Llosa no ha mostrado una realidad peruana inferior a la de usted cuando escribió sus dos novelas en Europa. Como siempre, el error está en llevar a lo general un problema cuyas soluciones son únicamente particulares; lo que importa es que esos "exiliados" no lo sean para sus lectores, que sus libros guarden y exalten y perfeccionen el contacto más profundo con su tierra y sus hombres. Cuando usted dice que los escritores "de provincias", como se autocalifica, entienden muy bien a Rimbaud, a Poe y a Quevedo, pero no elUlises, ¿que demonios quiere decir? ¿Se imagina que vivir en Londres o en París da las llaves de la sapiencia? ¡Vaya complejo de inferioridad, entonces! Conozco a un señor que jamás salió de su barrio de Buenos Aires y que sabe mis sobre André Breton, Man Ray y Marcel Duchamp que cualquier critico europeo o norteamericano. Y cuando digo saber no me refiero a la fácil acumulación de fichas y libros, sino a ese entender profundo que usted busca con relación a Ulises, esa participación fuera de todo tiempo y de todo espacio que se entabla o no se entabla en materia literaria. A manera de consuelo usted agrega: "Todos somos provincianos, provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional." De acuerdo; pero menuda diferencia entre ser un provinciano como Lezama Lima, que precisamente sabe más de Ulises que la misma Penélope, y los provincianos de obediencia folklórica para quienes las músicas de este mundo empiezan y terminan en las cinco notas de una quena. ¿Por qué confundir los gustos personales con los deberes nacionales y literarios? A usted no le gusta exiliarse y esta muy bien, pero yo tengo la seguridad de que en cualquier parte del mundo usted seguiría escribiendo como José María Arguedas; ¿por qué, entonces, dudar y sospechar de los que andan por ahí porque eso es lo que les gusta? Los "exiliados" no somos ni mártires ni prófugos ni traidores; y que esta frase la terminen y la refrenden nuestros lectores, qué demonios.

JULIO CORTÁZAR, entrevista de Rita Guilbert para Life, París, enero de 1968. La entrevista entera se puede leer AQUÍ
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Baroja sobre Valle-Inclán

Yo no le noté que tuviera tipo noble ni ascético; ahora, peregrino, no lo sé, porque es palabra de poca precisión.

(...) A lo último, era un hombre que tenía salvoconducto para hacer lo que le diera la gana.

En la época republicana se decía que era un comunista y se le hizo un homenaje como revolucionario, y el Gobierno rojo le daba una pensión a la viuda. En la época actual sería un tradicionalista. (...)

Tenía una serie de ambiciones completamente corrientes y burguesas: el entusiasmo aristocrático y el de la gloria que en él a la gente le parecía muy bien. (...)

Lo único que encontraba extraordinario en este escritor era el anhelo que tenía de perfección en su obra. (...)

Además de la antipatía física había entre nosotros una antipatía intelectual.

PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, págs. 254 y 255

Arguedas sobre Cortázar

Luego de unos días de vacilación me he decidido a comentar algunas de las expresiones e ideas de Julio Cortázar que aparecen en la entrevista que concedió a Life del 7 de abril. He vacilado mucho porque he de referirme únicamente al tema de los escritores "exilados" y al desprecio que Cortázar me dedica por la confesión que hice de mi "provincialismo" en el primer y muy sui generis capítulo de la novela que intento escribir, y que se publicó en el número 6 de la revistaAmaru, de Lima. En esas páginas manifesté, también de manera muysui generis, pero respetuosa, mi discrepancia con el señor Cortázar respecto de la excesiva rotundidad con que afirma que más profunda y sustancialmente entienden e interpretan a Latinoamérica los escritores que viven fuera de ella, especialmente en Europa. El respeto con que lo traté en esas páginas se ha convertido ahora en un mutuo menosprecio entre Cortázar y el que escribe estas líneas.

Afirma Cortázar que “en los últimos años el prestigio de estos escritores –de los absurdamente denominados “exilados”; cita a Fuentes, Vargas Llosa, Sarduy y García Márquez– ha agudizado, como era inevitable, una especie de resentimiento consciente o inconsciente de parte de los sedentarios...”, es decir, de quienes trabajamos en Latinoamércia. Por el contrario, creo que podemos asegurar que la obra de estos escritores ha despertado admiración y orgullo, salvo el caso de quienes andan siempre resentidos contra éstos y aquéllos. ¿Cómo podría probar Cortázar que hay resentimiento y hasta agudizado contra García Márquez, Vargas Llosa y él mismo en América Latina? La única “prueba” que ofrece es no sólo insensata sino algo repudiable. Causa verdadero disgusto tener que expresarse así de un escritor tan importante a quien la gloria le hace comportarse, a veces, a la manera de un Júpiter mortificado, no por explicable menos lejano de su frecuente papel de sapiente y hábil agitador.

He aquí la insensata “prueba” a que me he referido: “Prefiriendo visiblemente el resentimiento a la inteligencia –dice Cortázar–, ni Arguedas ni nadie va a ir demasiado lejos con esos complejos regionales, de la misma manera que ninguno de los “exilados” valdría gran cosa si renunciara a su condición de latinoamericano para sumarse más o menos parasitariamente a cualquier literatura europea.” Admiro con todas mis fuerzas, lo he dicho, a García Márquez; admiro con la intensidad de un “provinciano” a Vargas Llosa, admiraba realmente a Cortázar. He sentido y siento odios y ternuras; el resentimiento aparece sólo en los desventurados e impotentes. Yo soy un hombre feliz y continuaré siéndolo mientras pueda seguir trabajando, aquí o allá. La “prueba” de Cortázar resulta, pues, contraria. En el mismo párrafo citado Cortázar afirma también que se puede renunciar a la condición de latinoamericano. No; no es posible si realmente se ha llegado a tener la condición de tal. Porque si lo intentara, en el propio curso del intento se le descubriría, ya fuera este latinoamericano, artista, lavaplatos o comerciante. No voy a comentar las otras expresiones de desprecio que desde esa fortaleza deLife, tan juiciosamente tomada, me dedica Cortázar, porque son personales y no importan: bastará con que conteste a una pregunta que me hace, un tanto a la manera como ciertos gamonales interrogan a sus indios siervos: “¿Se imagina que vivir en Londres o en París da las llaves de la sapiencia?” No, señor Cortázar, no me imagino eso.

Y ahora la segunda cuestión. Me dice Cortázar: “A usted no le gusta exilarse...”, y a continuación me interroga: “¿por qué, entonces, dudar y sospechar de los que andan por ahí, porque eso es lo que les gusta? Los “exilados” no somos...”

Con respecto a usted y los escritores que usted cita como exilados yo nunca he manifestado duda ni sospecha; al contrario, he sentido un verdadero regocijo por haber creado ustedes –Fuentes es cosa aparte– precisamente en Europa obras que han convivido e interesado casi en todo el mundo. ¿En qué se funda usted para asegurar que dudo y sospecho? Mario Vargas Llosa ha fundamentado muy claramente la razón de su preferencia, de su necesidad de vivir en Europa. Lo ha hecho con energía, aunque ha exagerado un poco –y digo esto teniendo en cuenta mi ya largo trabajo con residencia en el Perú–, ha exagerado un poco los terribles obstáculos que un escritor tiene que vencer en casi todos los países latinoamericanos para poder crear.

Ni Cortázar, ni Vargas Llosa, ni García Márquez son exilados. No sé de dónde ni de parte de quién surgió este inexacto calificativo con el que, aparentemente, Cortázar se engolosina. Ni siquiera Vallejo fue un verdadero exilado. A usted, don Julio, en esas fotos de Life se le ve muy en su sitio, muy "macanudo", como diría un porteño. No es exilado quien busca y encuentra –hasta donde es posible hacerlo en nuestro tiempo– el sitio mejor para trabajar. A pesar de su pasión y muerte Vallejo escribió lo mejor de su obra en París, y quién sabe si no habría llegado a tanto si no se hubiera ido a Europa. Empiezo a sospechar, ahora sí, que el único de alguna manera "exilado" es usted, Cortázar, y por eso están tan engreído por la glorificación, tan folkloreador de los que trabajamos in situ y nos gusta llamarnos, a disgusto suyo, provincianos de nuestros pueblos de este mundo, donde, como usted dice, ya se inventaron y funcionan muy eficientemente los jets, maravilloso aparato al que dediqué un jayllay quechua, un himno bilingüe de más de cinco notas como felizmente las tienen nuestras quenas modernas.

JOSÉ MARÍA ARGUEDAS, Inevitable comentario a unas ideas de Julio Cortázar, El Comercio, Lima, 1 de junio de 1969, recogido en El zorro de arriba y el zorro de abajo, José María Arguedas, ALLCA XX, 1997, edición crítica Éve-Marie Fell, págs. 411-413

NOTA: Las declaraciones que hizo Cortázar a Life se pueden leer en la Troya 346 (AQUÍ)

Pla sobre D'Ors

Hace cuatro o cinco años que leo, cada día, el "Glosario" de Xénius. En este momento no parece haber, para la sección de Eugeni d'Ors, tanto enternecimiento como en otras épocas. Personalmente encuentro el "Glosario" muy afectado y a veces un poco demasiado "violinista". Tengo una tendencia invencible a desconfiar de los que son demasiado artistas.

JOSEP PLA, Dietarios (I): El cuaderno gris / Notas dispersas, Espasa, Madrid, 2001, pág. 14, traducción de Dionisio Ridruejo y Gloria de Ros

Baroja sobre Trigo

 Trigo es lo contrario que Azorín pero en malo; quiere encontrar misterios en la peinadora, en el comisionista, en el estudiante, en el café de una ciudad de provincia, y se arma unos conflictos sentimentales y sensuales absurdos. Es como un Pérez Escrich de lo erótico, con un estilo confuso, revuelto y turbio. A mí me dijo una vez que cuando en una de sus novelas necesitaba un intermedio, un relleno entre dos hechos importantes, ponía uno o varios párrafos confusos que no querían decir nada. Es como si un cocinero, en los postres, entre la poire et le fromage, pusiera unos dulces hechos con serrín.


PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, págs. 247

Abreu sobre Benedetti

Ha muerto Mario Benedetti, un poeta del montón. Benedetti fue un hueleculo de los Castro y por lo tanto cómplice de tantos crímenes y tantos abusos y tantas celdas tapiadas y tantas torturas y tantos ahogados en el mar y tantos tiroteados tratando de huir de la dictadura de la que Benedetti fue servil empleado.

Benedetti, cómplice del martirio de escritores cubanos mucho mejores que él. Benedetti funcionario de la dictadura mientras pateaban a Reinaldo Arenas, humillaban a Padilla y la policía recetaba electroshocks a René Ariza. Benedetti que nos llamaba delincuentes en 1980 mientras nos lanzábamos al mar.

En El País ya van por cuatro páginas enteras que incluyen apologías de la Caguama Nobel, el ex sandinista Ramírez que dice que “la leyenda se hace carne entre nosotros” y otras sandeces, y una crónica corintellanesca de Juan Cruz. Un desexiliado, dice Cruz qué cruz. Vaya con estos izquierdistas que siempre pueden regresar de sus exilios y terminan ¡en el Panteón Nacional!

El poeta del compromiso, puaf, y la conciencia, puaf. Su alma estaba herida, la voz de su pueblo, puaf, puaf, puaf.

En El Mundo titulan: ¡Un poeta preocupado por el prójimo! Ja, ja, puaf. Siempre y cuando no fueran prójimos cubanos machacados por su amado Fidel. ¿Alguien hablará del daño que tanta poesía vendida, que tanto ripio populachero hizo apuntalando asesinatos y atropellos siempre y cuando se cometieran en nombre del amado Fidel?

La progresía española, tan burra, tan canalla, está de luto.

Hoy es uno de esos días en que me encantaría que existiera el Infierno para que al desembarcar allí Benedetti lo estuviera esperando Arenas y le propinara una merecida patada en el culo.

JUAN ABREU, Emanaciones, 254 (AQUÍ)

Escritores argentinos sobre Vargas Llosa

Los abajo firmantes, escritoras y escritores argentinos, mujeres y hombres de la cultura, manifestamos nuestro profundo desagrado y malestar ante la designación del escritor Mario Vargas Llosa, por parte de la Fundación El Libro, para inaugurar la 37ª Feria Internacional del Libro de Buenos Aires.

Convertido desde hace años en vocero de los grupos multinacionales editoriales y mediáticos, de un supuesto “liberalismo” de sometimiento y depredación, y de la oposición a lo que ellos denominan “gobiernos populistas” en América latina, Mario Vargas Llosa se ha ensañado de modo muy particular con nuestro país y nuestra sociedad, en declaraciones vastamente difundidas por esos mismos medios.

En consecuencia, nos parece que dicha designación es no sólo inoportuna sino también agraviante para la cultura nacional y para con las preferencias democráticas y mayoritarias de nuestro pueblo.

VICENTE BATTISTA, JOSÉ PABLO FEINMANN, RICARDO FORSTER, MARIO GOLOBOFF, HORACIO GONZÁLEZ, JUANO VILLAFANE, Tv Lecturas, 1 de marzo de 2011 (AQUÍ)

Umbral sobre Azorín (2)

Azorín, teóricamente, también es un escritor apasionante. El escritor dandy, hermético y silencioso que escribe de sí y desde sí. Perfecto. Pero luego en sus obras hay una falta de aliento que ahoga. Inventó el párrafo corto porque tenía las ideas cortas. Me comunica constantemente una disnea literaria que me hace físicamente imposible leerlo. Cómo lucha porque se le ocurran cosas. No se le ocurre nunca nada. Tiene que apelar al arcaísmo o al dato preciso de agrimensor. Fantasía para el idioma no tiene ninguna. No es cierto que trajese la naturalidad, porque nada menos natural que lo suyo. Ni que crease la nueva prosa española. La nueva prosa española -y el verso- nace de Juan Ramón Jiménez, Gómez de la Serna y Valle-Inclán, los tres grandes Ramones que de alguna manera han empreñado a todo escritor subsiguiente. Nadie ha vuelto a escribir como Azorín. Ni siquiera Pedro de Lorenzo, contra lo que decían los maledicentes del café a última hora de la tarde, cuando ya no había de qué hablar.

Azorín es un escritor muy imitable, pero muy poco aprovechable.

FRANCISCO UMBRAL, La noche que llegué al Café Gijón, Destino, 1977, pág. 55.

Cabrera Infante sobre García Márquez

Jünger y su pasado nazi tan esgrimido en su contra siempre, pasado común alemán que no se reprocha ya más a Günter Grass, por ejemplo, desde que hace genuflexiones de izquierdas tan abyectas como venir a Nueva York, dar una charla para llamar a su vez nazis al público (curiosamente atestado de judíos de Manhattan) y declarar ejemplo de escritor humanista pero comprometido a ¡García Márquez! Por cierto, la diferencia entre Jünger y García Márquez no está en que Jünger fue cómplice del Führer y García Márquez es cómplice del Führer actual (ésa es su semejanza) sino en que Jünger sí es un buen escritor. 

GUILLERMO CABRERA INFANTE, Mea Cuba, Alfaguara, 1999, Madrid, pág. 283.

Varios autores sobre García Márquez

"¡Juvilemos la hortografía!", ¡"Henterremos las achez rupestrez!". Cuando el escritor colombiano Gabriel García Márquez lanzó este llamamiento frente a los lingüistas y académicos que poblaban el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en la ciudad de Zacatecas, sabía que su alergia por la ortografía iba a provocar un rechazo capaz de atravesar corporaciones varias. Lo que no calculó es que las reacciones lo obligarían a dar marcha atrás en su propuesta.

"La lengua española debe prepararse para un porvenir global y sin fronteras, en un derecho histórico surgido de su vitalidad", dijo Gabo al semanario Hoy. En cambio, y no ya frente a la academia, sino con la mirada clavada en la cámara de televisión, reflexiona: "Yo sólo pretendí humanizar la ortografía, es decir, hacerla más humana, afable, familiar. ¿Dónde está el pecado? No faltan los cursis que pronuncian distinto la be de la ve; no pido la supresión de una u otra, sí que se busque fin a ese tormento que padecen los hispanoparlantes desde la escuela".

Entre quienes encabezaron la revuelta contra el colombiano se destacan el escritor español Juan Goytisolo y el filólogo Francisco Rodríguez Adrados. Mientras el primero recordó que ser un gran escritor no significa ser un buen lingüista, el segundo recurrió al argumento de la unidad cultural: "preservar la ortografía significa garantizar esa unidad".

Buscando esquivar la oleada de críticas, que involucró también a Antonio Gala y Arturo Uslar Pietri, García Márquez aclaró -más vale tarde que nunca- "sólo pedí la simplificación de la gramática, no su supresión". Claro que en una entrevista publicada el domingo por el diario español El País no retrocedió. "El deber de los escritores -planteó- no es conservar el lenguaje, sino abrirle camino en la historia. Somos los hombres de letras quienes sufrimos las camisas de fuerza y cinturones de castidad. Como están hoy las reglas, no tienen ninguna lógica".

Los sudamericanos Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa se tomaron la cuestión como una broma. "Es una irreverencia, un desplante", señaló el peruano. "Si se acabara con la ortografía, el español se desintegraría en tal multitud de dialectos que llegaríamos a la incomunicación. Obviamente, semejantes ideas sólo podían provenir de quien es un gran creado de imágenes, pero que nunca ha sido un pensador, ni un teórico, ni un ensayista".

El uruguayo, tras evocar el espíritu lúdico de García Márquez y calificar la propuesta de "frívola", adjudicó esa suerte de exabrupto al oficio. "Él es un prosista, y como tal incapaz de ver que la palabra para un poeta es palabra escrita, es allí donde está su cuerpo. Creo que los escritores latinoamericanos deberíamos dedicarnos a analizar otras cuestiones más importantes que afectan nuestra lengua, entre ellos, la alta tasa de analfabetismo que soporta la región", dijo el autor uruguayo.

Por su parte, la psicoanalista y lingüista argentina Eva Tabakián recordó que la ortografía tiene dos aspectos: uno vinculado a lo autorizado, lo legitimado por la Academia, y otro con la comunicación". "Este último no puede hacerse a un lado", observó. "Cada palabra evoca una imagen por el modo en que está escrita. Muchas veces, cuando se violan esas reglas se torna irreconocible y se llega a la imposibilidad de su lectura. No porque esté bien o mal escrita en términos de una cierta autoridad, sino porque la escritura implica la existencia de un código. Sin código se cae en una anarquía que hace imposible la comunicación".

Para el escritor argentino Charlie Feiling, la actitud de García Márquez surge de una confusión: "Se supone que el inglés es una lengua no reglamentada, cuando en realidad, aunque sumamente plástica, es un idioma donde las reglas cuentan". "La queja de García Márquez es excesiva -opinó- porque en el castellano hay una correspondencia casi exacta entre lo que se dice y lo que se escribe."

"Lo que está por detrás es una confusión entre la actitud de la Real Academia y su diccionario prescriptivo y la de la Universidad de Oxford, que se encarga de armar un diccionario meramente descriptivo. En todo caso, lo que habría que criticar es la actitud de la Academia y no proponer la abolición de la ortografía", concluyó Feiling.

Después de todo, havolir las rreglas nos pribaría del plaser de biolarlas.

CECILIA MACON, Todos contra García Márquez, Página/12, 11 de abril de 1997, vía Elcastellano.org (AQUÍ)

NOTA: El discurso de García Márquez que dio lugar a la polémica se titula "Botella al mar para el dios de las palabras" y se puede leer AQUÍ

La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) contra Heberto Padilla

Como dijimos, en dos de los seis géneros literarios concursantes, Poesía y Teatro, la Dirección de la Unión encontró que los premios habían recaído en obras construidas sobre elementos ideológicos francamente opuestos al pensamiento de la Revolución.

En el caso del libro de poesía, desde su título: «Fuera del Juego», juzgado dentro del contexto general de la obra, deja explícita la auto-exclusión de su autor de la vida cubana.

Padilla mantiene en sus páginas una ambigüedad mediante la cual pretende situar, en ocasiones, su discurso en otra latitud. A veces es una dedicatoria a un poeta griego, a veces una alusión a otro país. Gracias a este expediente demasiado burdo cualquier descripción que siga no es aplicable a Cuba, y las comparaciones sólo podrán establecerse en la «conciencia sucia» del que haga los paralelos. Es un recurso utilizado en la lucha revolucionaria que el autor quiere aplicar ahora precisamente, contra las fuerzas revolucionarias. Exonerado de sospechas, Padilla puede lanzarse a atacar la revolución cubana amparado en una referencia geográfica.

Aparte de la ambigüedad ya mencionada, el autor mantiene dos actitudes básicas: una criticista y otra antihistórica. Su criticismo se ejerce desde un distanciamiento que no es el compromiso activo que caracteriza a los revolucionarios. Este criticismo se ejerce además prescindiendo de todo juicio de valor sobre los objetivos finales de la Revolución y efectuando transposiciones de problemas que no encajan dentro de nuestra realidad. Su antihistoricismo se expresa por medio de la exaltación del individualismo frente a las demandas colectivas del pueblo en desarrollo histórico y manifestando su idea del tiempo como un círculo que se repite y no como una línea ascendente. Ambas actitudes han sido siempre típicas del pensamiento de derecha, y han servido tradicionalmente de instrumento de la contrarrevolución.

En estos textos se realiza una defensa del individualismo frente a las necesidades de una sociedad que construye el futuro y significan una resistencia del hombre a convertirse en combustible social. Cuando Padilla expresa que se le arrancan sus órganos vitales y se le demanda que eche a andar, es la Revolución, exigente en los deberes colectivos quien desmembra al individuo y le pide que funcione socialmente. En la realidad cubana de hoy, el despegue económico que nos extraerá del subdesarrollo exige sacrificios personales y una contribución cotidiana de tareas para la sociedad. Esta defensa del aislamiento equivale a una resistencia a entregarse en los objetivos comunes, además de ser una defensa de superadas concepciones de la ideología liberal burguesa.

Sin embargo para el que permanece al margen de la sociedad, fuera de juego, Padilla reserva sus homenajes. Dentro de la concepción general de este libro el que acepta la sociedad revolucionaria es el conformista, el obediente. El desobediente, el que se abstiene, es el visionario que asume una actitud digna. En la conciencia de Padilla, el revolucionario baila como le piden que sea el baile y asiente incesantemente a todo lo que le ordenan, es el acomodado, el conformista que habla de los milagros que ocurren. Padilla, por otra parte, resulta el viejo temor orteguiano de las «minorías selectas» a ser sobrepasadas por una masividad en creciente desarrollo. Esto tiene, llevado a sus naturales consecuencias, un nombre en la nomenclatura política: fariseísmo.

El autor realiza un trasplante mecánico de la actitud típica del intelectual liberal dentro del capitalismo, sea ésta de escepticismo o de rechazo crítico. Pero si al efectuar la transposición, aquel intelectual honesto y rebelde que se opone a la inhumanidad de la llamada cultura de masas y a la cosificación de la sociedad de consumo, mantiene su misma actitud dentro de un impetuoso desarrollo revolucionario, se convierte objetivamente en un reaccionario. Y esto es difícil de entender para el escritor contemporáneo que se abraza desesperadamente a su papel anticonformista y de conciencia colectiva, pues es ése el que le otorga su función social y cree -erróneamente-, que al desaparecer ese papel también será barrido como intelectual. No es el caso del autor que por haber vivido en ambas sociedades conoce el valor de una y otra actitud y selecciona deliberadamente.

La revolución cubana no propone eliminar la crítica ni exige que se le hagan loas ni cantos apologéticos. No pretende que los intelectuales sean corifeos sin criterio. La obra de la Revolución es su mejor defensora ante la historia, pero el intelectual que se sitúa críticamente frente a la sociedad, debe saber que, moralmente, está obligado a contribuir también a la edificación revolucionaria.

Al enfocar analíticamente la sociedad contemporánea, hay que tener en cuenta que los problemas de nuestra época no son abstractos, tienen apellido y están localizados muy concretamente. Debe definirse contra qué se lucha y en nombre de qué se combate. No es lo mismo el colonialismo que las luchas de liberación nacional; no es lo mismo el imperialismo que los países subyugados económicamente; no es lo mismo Cuba que Estados Unidos; no es lo mismo el fascismo que el comunismo, ni la dictadura del proletariado es similar en lo absoluto a las dictaduras castrenses latinoamericanas.

Al hablar de la historia «como el golpe que debes aprender a resistir», al afirmar que «ya tengo el horror / y hasta el remordimiento de pasado mañana» y en otro texto: «sabemos que en el día de hoy está el error / que alguien habrá de condenar mañana» ve la historia como un enemigo, como un juez que va a castigar. Un revolucionario no teme a la historia, la ve, por el contrario, como la confirmación de su confianza en la transformación de la vida.

Pero Padilla apuesta sobre el error presente —sin contribuir a su enmienda—, y su escepticismo se abre paso ya sin límites, cerrando todos los caminos: el individuo se disuelve en un presente sin objetivos y no tiene absolución posible en la historia. Sólo queda para el que vive en la revolución abjurar de su personalidad y de sus opiniones para convertirse en una cifra dentro de la muchedumbre para disolverse en la masa despersonalizada. Es la vieja concepción burguesa de la sociedad comunista.

En otros textos Padilla trata de justificar, en un ejercicio de ficción y de enmascaramiento, su notorio ausentismo de su patria en los momentos difíciles en que ésta se ha enfrentado al imperialismo; y su inexistente militancia personal; convierte la dialéctica de la lucha de clases en la lucha de sexos; sugiere persecuciones y climas represivos en una revolución como la nuestra que se ha caracterizado por su generosidad y su apertura, identifica lo revolucionario con la ineficiencia y la torpeza; se conmueve con los contrarrevolucionarios que se marchan del país y con los que son fusilados por sus crímenes contra el pueblo y sugiere complejas emboscadas contra sí que no pueden ser índice más que de un arrogante delirio de grandeza o de un profundo resentimiento. Resulta igualmente hiriente para nuestra sensibilidad que la Revolución de Octubre sea encasillada en acusaciones como «el puñetazo en plena cara y el empujón a medianoche», el terror que no puede ocultarse en el viento de la torre Spaskaya, las fronteras llenas de cárceles, el poeta «culto en los más oscuros crímenes de Stalin», los cincuenta años que constituyen un «círculo vicioso de lucha y de terror», el millón de cabezas cada noche, el verdugo con tareas de poeta, los viejos maestros duchos en el terror de nuestra época, etcétera.

Si en definitiva en el proceso de la revolución soviética se cometieron errores, no es menos cierto que los logros —no mencionados en «El abedul de hierro»—, son más numerosos, y que resulta francamente chocante que a los revolucionarios bolcheviques, hombres de pureza intachable, verdaderos poetas de la transformación social, se les sitúe con falta de objetividad histórica, irrespetuosidad hacia sus actos y desconsideración de sus sacrificios.

Sobre los demás poemas y sobre estos mencionados, dejemos el juicio definitivo a la conciencia revolucionaria del lector que sabrá captar qué mensaje se oculta entre tantas sugerencias, alusiones, rodeos, ambigüedades e insinuaciones.

Igualmente entendemos nuestro deber señalar que estimamos una falta ética matizada de oportunismo que el autor en un texto publicado hace algunos meses, acusara a la UNEAC con calificativos denigrantes, y que en un breve lapso y sin que mediara una rectificación se sometiera al fallo de un concurso que esta institución convoca.

También entendemos como una adhesión al enemigo, la defensa pública que el autor hizo del tránsfuga Guillermo Cabrera Infante, quien se declaró públicamente traidor a la Revolución.

En última instancia concurren en el autor de este libro todo un conjunto de actitudes, opiniones, comentarios y provocaciones que lo caracterizan y sitúan políticamente en términos acordes a los criterios aquí expresados por la UNEAC, hechos que no eran del conocimiento de todos los jurados y que alargarían innecesariamente este prólogo de ser expuestos aquí.

COMITÉ DIRECTOR DE LA UNIÓN DE ESCRITORES Y ARTISTAS DE CUBA, La Habana, 15 de noviembre de 1968, Declaración de la UNEAC en el prólogo a "Fuera del Juego", de Heberto Padilla Documentos de Heberto Padilla. Literatura.us. Toda la declaración AQUÍ

Cabrera Infante sobre Barral

Puedo asegurar a los lectores que la libertad tiene más riesgos que la servidumbre. Uno de sus peligros es saber que libertad de palabra puede significar esclavitud de imprenta. No lo digo por los gajes de oficio de hombre libre, que alejan del destino literario como la velocidad acerca el punto de llegada: en razón inversa. Digo la ausencia de una imprenta libre. Eso que Alejo Carpentier expresó con esprit (y acento) francés: “¿Asilarme en Francia? ¡Idiota! ¡Como si yo no supiera que el escritor que se pelea con la izquierda está perdido!”.

El Teorema de Alejo fue resuelto días atrás por mi editor catalán. Carlos Barral leyó mi entrevista para escribirme una carta que quiere ser insultante y es solamente torpe. Más que torpe, ebria de celo revolucionario. Este jefe (de empresa) que ha decidido defender el comunismo en la Muy Fiel Isla de Cuba hasta la última peseta ajena y hasta el último cubano, descubría que mi inglés es “de inmigrante” (no lo será así que pasen cinco años: será entonces inglés “de naturalizado”) en el mismo párrafo que escribía Topica en vez de Topeka! Ésta es la última carta que me escribirá Barral, como Tres tristes tigres fue mi primer y último libro para (Seix-) Barral, el sentimiento de asco es mutuo. Pero quiero tocar esa viscosidad ahora para citar el final que es una coda: “Comunico esta carta... a la Casa de las Américas, a los que seguramente extrañaría mi silencio”. Una vez más tiene razón Orwell: “No hay que vivir en un país totalitario para dejarse corromper por el totalitarismo”.

GUILLERMO CABRERA INFANTE, Mea Cuba, Alfaguara, 1999, Madrid, págs. 44 y 45.

Marías sobre Houellebecq

Difícil es que yo lea a quien se pasa media vida yendo de Sarajevo a Chiapas y de Jerusalen a Tel Aviv para “llamar la atención” sobre lo que todo el mundo ya sabe y así ponerse bajo los focos y quedar de fábula, por solidario y comprometido, oenegé individual con gran provecho. Y más difícil aún a quienes se fabrican “escándalos”. Acabo de quitarme entre los deberes, por ejemplo, a ese francés llamado Houellebecq, según los críticos muy provocador y muy bueno. Y no tanto por haberlo visto complacidísimo con su ridículo proceso por injurias al Islam, cuanto porque leí hace poco que había presentado una novela en Barcelona: encapuchado y con gafas negras, leyó un fragmento erótico, eso decían, mientras se veía a una mujer en un vídeo sacar moldes de un clítoris. Luego, “la artista Nifasta” realizó la misma operación en persona, con una acompañante con medias negras. Después ambas se quitaron sus sendas y muy rojas bragas, mientras el autor leía muy serio un pasaje felatario. Al final, el clitórico molde obtenido se colocó en una vitrina. Por caridad, cómo quieren que lea a semejante plasta. Claro que lo más penoso de todo venía al final de la noticia: “El Instituto Francés se llenó a rebosar. El publicó siguió toda la representación en respetuoso silencio”. Si al menos se hubieran reído, empezando por el provocador solemne...

JAVIER MARÍAS, Harán de mí un criminal, Alfaguara, Madrid, 2003, pág. 305.