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Prokosch sobre Woolf

En el fondo de mi mente tenía ideas contradictorias con respecto a la señora Woolf. Las olas era una novela muy bella (quizá demasiado), pero en ella echaba en falta el calor animal, el humor terrenal, la humana codicia, todo lo que tanto me gustaba en mi adorado Cervantes. Las novelas de Virginia Woolf me recordaban la música de Debussy. Las leía en estado de trance, pero se me escapaban de las manos cuando intentaba recordarlas. Sólo veía un dorado esplendor, como el de aquel polvillo nadando en la luz del sol.

FREDERIC PROKOSCH, Voces. Memorias, Planeta, Barcelona, 1984, traducción de A. B. V., pág. 75

Umbral sobre Chacel

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Rosa Chacel fue, como se ha dicho, una creación artificial de Ortega y suRevista de Occidente. ¿La Virginia Woolf española? Le falta el lirismo y la magia de la inglesa. ¿Escritora proustiana? También le falta el encanto continuo e interior de Proust. Se divulgó mucho su Teresa, biografía novelada de la amante de Espronceda.

La novela lírica fracasa en España, no por falta de público (Proust tuvo el suyo), sino por falta de autores. Aún estábamos en el realismo galdosiano. Hasta Baroja resulta un moderno con respecto a Galdós. A la Chacel la trajeron y la glorificaron tres ilustres paisanos suyos de Valladolid: Delibes, Marías y Tovar. Estuve a oírla en una conferencia de la March y dijo que a su vuelta no había encontrado un solo valor español que le interesase. En primera fila tenía, escuchándola, a los tres escritores citados, cada uno grande en lo suyo.

Es una bruja cruzada de Mary Poppins.

En aquella conferencia, o en otra, dijo que a su barrio le habían puesto "Malasaña", nombre feo y franquista. Ignoraba quién era Manolita Malasaña, heroína del Dos de Mayo contra la francesada, que vivió su épica femenina en ese barrio.

En las última novelas madrileñas de la Chacel hay mucho amor, demasiado, por las hijas de las porteras, a las que se lleva a explicarles el Museo del Prado, en vista de lo sensibles que son. Una amiga mía, Marisa Ciriza, periodista donostiarra, fina y guapa, casada, entrevistó a la Chacel y me contaría luego que era encantadora:

-Ten cuidado con las viejas encantadoras -le dije.

Se iban las dos solas a Bocaccio a beber hasta el alba. Al cabo de unos meses, Marisa vino a contármelo:

-Cuanta razón tenías, Paco. La vieja se me ha insinuado.

Sabe uno más por diablo que por viejo, aunque también lo soy.

En un homenaje a Gómez de la Serna dijo que le había tratado poco, que le había leído poco, y acto seguido se fue, porque era su santo.

Está resentida porque quería muchos premios y muchas academias. Estos exiliados, en general (mayormente los segundones, claro), se habían imaginado que iban a alfombrarles de claveles la Gran Vía y a nombrarles emperatrices de Lavapiés. Como eso no ha ocurrido, andan como un poco cabreados y nos llaman fascistas a todos los que no pudimos irnos a tiempo, porque éramos unos bebés y no podíamos tirar hasta América del pecho de nuestra madre.

Por lo demás, Rosa Chacel es una vieja muy pulcra y anda con vagas poetisas evanescentes como Clara Janés.

FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, págs. 328 y 329.

Benet sobre Joyce y Woolf

Me corresponde hablar de Faulkner como uno de los innovadores de la narrativa de este siglo; otros les hablarán luego de Proust, de Joyce y de Virginia Woolf. Ciertamente en el panorama literario-crítico son cuatro nombres que se consideran sacrosantos. Los cuatro han echado su cuarto a espadas para renovar la narrativa. Pero desde mi punto de vista -nada erudito ni profesoral, nada "técnico"- lo han renovado de muy distinta manera y desde puntos de vista dispares. Por decirlo de manera simple, tenían talentos muy diferentes, cualitativa y cuantitativamente. De hecho, a mi juicio, Virginia Woolf no tenía demasiado; su obra, aburrida y carente de interés, está bien para quien le guste mucho tomar el té a las cinco de la tarde, pero si alguien quiere regodearse en una obra literaria para sacar un buen pensamiento no le dejará más que hambre... Lo más meritorio de Virginia fue su muerte, una muerte heroica eso sí: se llenó de piedras los bolsillos de su vestido y se tiró a un río poco después de que estallase la Segunda Guerra Mundial.

Tampoco Joyce es un personaje de mi interés; tuvo una carrera literaria honesta en cuanto a creador estilístico, en el sentido de que nunca se conformó con lo que hizo ni intentó vender dos veces el mismo producto. Cuando había conseguido uno saltaba al siguiente; pero, demasiado ofuscado con su falso invento del stream of consciousness, lo llevó más allá, lo llevó más adelante en cada salto (de Dublineses al Retrato del artista adolescente, de éste al Ulysses, delUlysses a Finnegan's Wake) y fue encerrándose en su propio invento, absolutamente convencido -como un profeta de voz admonitoria- de que con él se llega a un tope, a un techo en el arte narrativo, así que tendió a su destrucción, a retirar todos los elementos del engranaje y dejarlos aislados uno a uno en el papel. De hecho nadie ha leído su Finnegan's Wake, que es intraducible y nada produce (como no sea quinientas tesis en las universidades norteamericanas); es una obra, como le dijo Wells, que sólo le había divertido y le divertía a él. Nadie lo sigue cómodamente en su casa, en una butaca; pues hay que estudiarlo muy profundamente; no bastan las herramientas ordinarias, hay que tener conocimientos tan personales como los de Joyce, y no siendo James Joyce uno no se entera de nada.

En ese sentido, hay alguien que tiene mucho más mérito, a quien no se ha incluido aquí porque han hablado de él ya en otro coloquio anterior... Es Kafka. Un individuo que, a mi modo de ver, tiene una altura literaria incomparable con la de Joyce o la de Virginia. No cabe duda de que Kafka, Faulkner y Proust constituyen la trilogía planetaria de la literatura del siglo XX.

JUAN BENET, Ensayos de incertidumbre, Random House Mondadori, Barcelona, 2012, págs. 396 y 397.

Pamuk sobre la literatura comprometida


ENTREVISTADOR: Cuando dice «la generación previa», ¿a quiénes se refiere?
ORHAN PAMUK: A autores que sentían una responsabilidad social, autores que sentían que la literatura debía servir a la moral y a la política. Eran realistas planos, no experimentales. Como los escritores de tantos países pobres, desperdiciaron su talento intentando servir a su nación. Yo no quería ser como ellos porque incluso de joven había disfrutado con Faulkner, Virginia Woolf y Proust, y nunca aspiré al modelo social-realista de Steinbeck y Gorky. La literatura producida en los sesenta y setenta empezaba a dejar de estar de moda, así que fui bien recibido como autor de una nueva generación.


ORHAN PAMUK, fragmento de la entrevista concedida a Paris Review recogida en Otros colores, Random House Mondadori, Barcelona, 2008, traducción de Rafael Carpintero, pág. 421.

Virginia Woolf sobre Joyce


Miércoles, 16 de agosto de 1922
Debiera estar leyendo el Ulises y formulando mis argumentaciones en pro y contra. Por el momento, he leído doscientas páginas, que ni siquiera representan la tercera parte [...] Ulises me parece el libro propio de un analfabeto, un libro carente de desarrollo; la obra de un obrero autodidacta, y todos sabemos cuán lamentables son esas obras, cuán egotistas, cuán insistentes, cuán primarias, crudas y, en última instancia, nauseabundas. Cuando se puede comer carne guisada, ¿a santo de qué comerla cruda? 

Miércoles, 6 de septiembre de 1922
[...] He terminado el Ulises y creo que es una obra fallida. A mi juicio, no le falta talento, pero de baja estofa. El libro es difuso. Es enmarañado. Es pretencioso. Es de baja ralea, no sólo en el sentido evidente, sino también en la acepción literaria. Con ello quiero decir que un escritor de primera fila siente por la literatura un respeto tal que le impide servirse de trucos; de sorpresas; de hacer payasadas. Me recuerda constantemente a un colegial con tendencia al comportamiento brutal, rebosante de ingenio y capacidad, pero tan pendiente de sí mismo, tan egotista, que pierde la cabeza y se convierte en un ser extravagante, amanerado, vocinglero, torpón, y consigue que las personas amables le tengan lástima, y que las personas severas se irriten; y una tiene esperanzas de que todo lo anterior le pasará cuando crezca; pero como sea que Joyce tiene cuarenta años, no parece probable que así ocurra. No lo he leído cuidadosamente; y solo una vez; y es muy oscuro; por lo tanto seguramente he dejado de percibir sus méritos en una proporción superior a la justa.

Jueves, 7 de septiembre de 1922
Después de haber escrito lo anterior, L. me ha dado una crítica muy inteligente del Ulises, aparecida en el Nation norteamericano; que por primera vez analiza el significado; y ciertamente consigue que el libro sea mucho más impresionante de lo que yo creía. De todas maneras sigo creyendo que en las primeras impresiones se da siempre cierto valor y contienen una verdad duradera; en consecuencia, no me desdigo.


VIRGINIA WOOLF, Diario de una escritora, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Madrid, 2003, traducción de Andrés Bosch, págs. 71-74.

Burgess sobre Woolf


Dejémonos de tonterías feministas sobre la grandeza de Virginia Woolf. Tenía un conocimiento limitado de la vida y ningún deseo de ampliar ese conocimiento. Menospreciaba los bares, los urinarios, los cuarteles y el contacto y el sudor del sexo. Rechazaba la verdadera materia del novelista, que se encuentra en las calles del Londres de Dickens y del París de Balzac. Le faltaba fuerza. Si por fuerza entendemos masculinidad, entonces sus adoradoras feministas dirán que hacía bien en rechazarlo; pero no lo rechazó, no tuvo la vitalidad suficiente para enfrentarse al mundo.

Su suicidio, que puede contrastarse con la muerte de Joyce por abuso del alcohol, se puede explicar como un gesto de desesperación por no ser capaz de abrazar la vida en su totalidad. No puede considerarse una muerte disculpable para un novelista que debería morir maldiciendo porque deja la gloriosa suciedad que forma la materia de su arte para abrazar a Dios o a la nada.

Nadie tiene la menor duda del exquisito talento verbal de Virginia Woolf, pero yo pondría en duda que fuese una verdadera novelista, y rechazo plenamente su pretensión de grandeza.

La ironía de su designación de los grandes eduardianos subyace en la verdad de que ella misma era eduardiana, y no de las grandes. Carecía de la vitalidad victoriana, cualidad que no les faltaba ni a Bennett ni a Wells. Carecía del optimismo eduardiano, pero no de su neurosis. Consideraba que era suficiente con manipular palabras y símbolos al servicio de una teoría de la percepción humana. Contribuyó a reducir la novela de su primitiva gloria como "el brillante libro de la vida" (la frase es de D. H. Lawrence) a la situación de una refinada operación análoga al petitpoint.

La novela nunca fue una forma artística específicamente masculina, sino hermafrodita. Ella la convirtió en un hobby refinado para damas.


ANTHONY BURGESS, ¿Quién teme a Virginia Woolf?, El País, 1 de abril de 1982. Todo el artículo AQUÍ