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Jiménez sobre Valle-Inclán

Mi querido Valle:

Perdone que no le haya dado ya gracias por su Tirano Banderas que, con tan amable dedicatoria, me mandó usted en diciembre. He estado enfermo todo enero y, mientras, levantándome y echándome, de mudanza.

Usted sabe cuánto admiro yo su prosa en ciertos libros trájicos o trajicómicos. Desde La Celestina nadie en España ha alcanzado en ese orden mayor plenitud de sintaxis, dicción y de acento.

Tirano Banderas es del otro tipo de libros de usted que me gustan menos, del preciosista y amanerado. Demasiado mosaico y demasiado esmalte. Galicia es la tierra de sus raíces, Valle, no hay duda.

Perdóneme que llevándome usted diez años me atreva a hablarle así, pero yo no sé decir más que lo que siento, o callarme. En todo caso, siempre habrá otras opiniones que la mía.

Siempre suyo,

Juan Ramón Jiménez.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Cartas: Antología, Espasa-Calpe, Madrid, 1992, págs. 81 y 82

Jiménez sobre D'Ors

Hay algo peor que la cursilería del sentimiento: la de la inteligencia; pues la sensiblería –¡espantosa!– puede, por otra parte; ir con los sentimientos nobles; pero la intelectualería es siempre manifestación de pensamientos bajos.

En España tenemos un vago maestro de intelectualería; es una falsificación catalana más… o menos.


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Ideolojía (1897-1957), Anthropos, Barcelona, 1990, pág. 223

Buñuel y Dalí sobre Jiménez

 Nuestro distinguido amigo:


Nos creemos en el deber de decirle -sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria.


Especialmente: ¡¡MERDE!! para su Platero y yo, para su fácil y malintencionado Platero y yo, el burro menos burro, el burro más odioso con el que nos hemos tropezado.


.....¡MIERDA!..................................Luis Buñuel


.....Sinceramente............................Salvador Dalí


Carta de LUIS BUÑUEL y SALVADOR DALÍ a JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, en Antología de la poesía surrealista, prólogo de Ángel Pariente, Júcar, Barcelona, 1985, pág. 29

Jiménez sobre Neruda

Siempre tuve a Pablo Neruda por un gran poeta, un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización; el poeta dotado que no acaba de comprender ni emplear sus dotes naturales. Neruda me parece un torpe traductor de sí mismo y de los otros, un pobre explotador de sus filones propios y ajenos, que a veces confunde el orijinal con la traducción; que no supiera completamente su idioma ni el idioma de que traduce. Por eso cuanto escribe, bueno y malo, tiene una evidente aparición sucesiva con las fallas de lo ignorado.

Tiene Neruda mina explotada y por explotar; tiene rara intuición, busca estraña, hallazgo fatal, lo nativo del poeta; no tiene acento propio ni crítica llena. Posee un depósito de cuanto ha ido encontrando por su mundo, algo así como un vertedero, estercolero a ratos, donde hubiera ido a parar entre lo sobrante, el desperdicio, el detrito, tal piedra, cuál flor, un metal en buen estado aun y todavía bellos. Encuentra la rosa, el diamante, el oro, pero no la palabra representativa y transmutadora; no suple el sujeto o el objeto con su palabra; traslada objeto y sujeto, no sustancia ni esencia. Sujeto y objeto están allí y no están, porque no están entendidos. Es acaso un rebuscador que encontrase aquí y allá, por su camino, un pedazo de carbón, un vidrio, una suela de zapatos, un ojo perdido, una colilla, etc., y los fuera uniendo y pegando sin ton ni son sobre el tablero de su taller (dejándose olvidado también entre ello el útil ajeno, un lápiz, una tijera de sastre, una goma, un pedazo de periódico, un jaboncillo, que allí no sirven de nada; todo eso que Picasso sabe trasmutar).

No tiene calidad Neruda porque no es estático ni dinámico, sino solo estanco. ¿Y cómo un escritor estancado podrá ser nunca guía de una patria, expresión de una tierra, representación de un continente, un continente, además, bastante nuevo?

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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, recogido por Edmundo Olivares Briones en Pablo Neruda: Los caminos de América. Tras las huellas del poeta itinerante III (1940-1950), Lom ediciones, Santiago de Chile, 2004, pág. 240

Jiménez sobre Ayala

La vena satírica de Juan Ramón es proverbial. Si las hebras de seda con que formaba sus líricos capullos estaban destinadas a honrar las artes de la tipografía, sus agudos, punzantes y empozoñados epigramas hallaban difusión por vía oral. Acaso pasaba horas y horas urdiendo una frase; pero una vez elaborada, el fruto de su buido ingenio era alfiler con el que podía dejar clavado a uno cruelmente. Sus frases mordaces corrían y eran celebradas por todos. No recogeré las muchas que circularon de boca en boca por aquel entonces para poner en la picota a diferentes personas, entre ellas, desde luego, sus indispensables y hospitalarios doctores. Sé que de mí mismo decía atrocidades que nadie me iba a repetir; pero sí llegó a mis oídos un dicho gracioso, del que por ser más bien inofensivo tuve noticia: “Ayala –afirmaba pretendiendo conocerme desde la infancia–, Ayala aprendió a leer en mi casa; a escribir no, porque nunca ha sabido”.

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FRANCISCO AYALA, Recuerdos y olvidos (1906-2006), Alianza Editorial, Madrid, 2006, pág. 424

Gris sobre Jiménez

CARTA A VICENTE HUIDOBRO Beaulieu, 18 de septiembre de 1918 [...] Te agradezco mucho los libros que me enviaste. Estos días te devolveré el de Valle que estoy acabando de leer. Hay en él seguramente errores y sobre todo un error de principio, yo creo. Su intención sin embargo es muy digna de elogio pues me parece uno de los pocos hombres que en España se ocupan seriamente de su arte y de arte. En cuanto a Juan Ramón, es seguramente un buen literato y nada un poeta, mucho menos poeta que Valle aunque hable de amores muertos y del color malvo para dar impresión de misterio. Poeta por saber gemir es tan poco ser poeta como ser pintor por dar la sonrisa de La Joconde. No, no es un literato bueno, pero un literato. Escríbeme pronto y recibe un abrazo para ti. Mi afecto a tu mujer y besos a los niños. La amistad de tu amigo, ................................................................JUAN GRIS . . JUAN GRIS, Correspondencia y escritos, Acantilado, Barcelona, 2008, págs. 220 y 221

Borges sobre la literatura española

La Literatura española... Trataré de decirlo cortésmente: empieza espléndidamente con los Romances, que son realmente lindísimos. Luego vienen escritores admirables, como Fray Luis de León, que para mí sigue siendo el mejor poeta castellano. Y San Juan de la Cruz. Y así llegamos al Quijote, que creo que es un libro realmente inagotable, sobre todo la segunda parte. Pero después ocurre algo que ya se nota en dos hombres de genio, como lo son Quevedo y Góngora: todo se torna rígido. Uno tiene la impresión de que ya no hay caras, sino máscaras. La culminación de este fenómeno se da en Baltasar Gracián, donde no se siente ninguna pasión ni sensibilidad. Es un mero juego de formas, como el cubismo o la literatura de Joyce... Luego tenemos el siglo XVIII, muy pobre. Y el movimiento romántico, donde España sirve para inspirar a todo el mundo, menos a los españoles. Sólamente queda Bécquer: una réplica débil del primer Heine... Luego de este panorama general, ocurre un hecho que creo que no se debe ocultar: cuando todo se renueva, sobre todo por influencia de Francia (la obra de Hugo, de Verlaine, de Poe -Poe también nos llegaba de Francia, porque entonces Francia era la forma para que se pudieran comunicar dos países americanos-), esa renovación se hace desde este lado del Atlántico y no desde España. Si usted piensa en Rubén Darío, en Freire, en Lugones: son poetas no inferiores y ciertamente anteriores a los Machado y a Juan Ramón Jiménez. . . JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en Borges, el palabrista, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1995, págs. 107 y 108

Jiménez sobre la literatura clásica castellana

Desde mi primera juventud sentí un despego instintivo -que luego había de ser antipatía conciente- por la literatura clásica castellana. Lo que yo sentía ya en mí -afán espiritual e ideal- no lo encontraba en nada de ella, y anteveía vagamente, por atisbos y deducciones, que estaba en otras literaturas -en la inglesa, la alemana, la francsa-. La literatura inglesa me atrajo siempre especialmente y puede decirse que mi primera grande admiración fue después de leer "Hamlet", en edición francesa.

La literatura castellana: retórica y realismo, sin más, si se exceptúa algo del Quijote.

Góngora, sí. Algo universal de Bécquer. Y nada más. Siempre odié a los románticos nuestros, tan pobres. ¡Y no digo nada a Núñez de Arce, Campoamor, etc.! ¡Dioses de aquellos días!

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Ideolojía, Anthropos, Barcelona, 1990, pág. 92

Jiménez sobre Jorge Guillén (2)

A Jorge Guillén, como a su paralelo distinto, discípulo y maestro Pedro Salinas, yo no los llamaría hoy “poetas puros”, que tampoco es mi mayor nombre, sino literatos puristas, retóricos blancos, en diversos terrenos de la retórica. Les sobra el neoclásico virtuosismo de la redicción; les falta la embriaguez, la emanación, el acento, lonatural mejor: naturalidad en lo gracioso, lo sensual, sobre todo en lo difícil, milagro auténtico de la poesía. Les falta ¡dios nos la dé! “gracia”.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Españoles entre tres mundos, Alianza Editorial, Madrid, 1989, pág. 102

Jiménez sobre Jorge Guillén

 El ruiseñor, Jorge Guillén, no es pavo real, ni facilísimo, ni espiralea gorgoritando. Usted no ha visto ni oído al ruiseñor, sino al canario. (pág. 481)


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Jorge Guillén me ha copiado la esclamación seguida, la interjección frecuente, el ansia entrecortada, los aumentativos, los vivas, pero en J. G. la esclamación es declamatoria, la interjección es física, y el entrecortamiento, hipo gramatical.


Esclamación y ansia no van en J. G. a la esencialidad ambiente sino al techo de la existencia. (pág. 611)


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No, crítico; es muy diferente: ¿Góngora, Valéry, yo, Jorge Guillén?


Jorge Guillén canta, cántica, cantiquea, a lo Góngora y Valéry, la limitación de este mundo sin dios, y dan en la nada. Yo canto la infinitud que le da a este mundo el dios creado en él por mí.(págs. 619 y 620)


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En la poesía española, Garcilaso, Góngora, Calderón, Rubén Darío, García Lorca son renovadores formales; Gil Vicente, San Juan de la Cruz, Bécquer, Unamuno, Antonio Machado son renovadores ideales; Jorge Manrique, Fray Luis de León, Quevedo, Jorge Guillén no renuevan nada, se estacionan bellamente y son casos aislados.


El estacionamiento es permanencia aprisionada. No tiene sucesión. (pág. 622)


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Si el sueño de la razón produce monstruos, su vijilia produce cadáveres y momias, Jorge Guillén.(pág. 624)


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En la obra de Valéry, de su seguidor Jorge Guillén, de Pedro Salinas, de Aleixandre, etc., no se oyen voces humanas. Hay ciudad, campo, fauna, flora, pero no seres humanos.


Mi obra resuena toda de voces y seres cercanos y lejanos. (pág. 631)


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–Los poemas de Jorge Guillén no tienen frescura.

–Claro, no son flores, son frutos.

–Sí, frutas como raíces sin jugo. Son papas, no melocotones ni naranjas.

–Y si fueran flores, serían dalias y adormideras, no claveles ni nardos. (pág. 632)


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Yo le he dado a la poesía sandalias, Jorge Guillén zapatos. (pág. 632)


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Jorge Guillén pesca buenos peces. ¿Quién lo duda? Pero cuando los peces caen en la banasta de su libro los pescados están muertos.


Todo Guillén es naturaleza muerta (pág. 633)


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Dije de Jorge Guillén que era un momificador


Sí, él procede poéticamente como un momificador. Coje una idea ajena (siempre ajena, puede comprobarse) y la mata sólo con hacerla suya. Luego, se frota las manos de gusto; la diseca minuciosamente, la embalsama prolijamente, la envuelve interminablemente en paños sucesivos... Y cuando ya está empaquetada, le pinta por encima la cara, recordando la de la idea.


Y la idea muerta cobra, por esa idea de la cara ajena ya encubierta, cierta vida; pero es una vida ficticia, como la de las momias.


Esto no quiere decir que no haya momias interesantes. (pág. 728)


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Quien ve la vida con gafas congénitas, como Jorge Guillén, escribe versos para gafas, que necesitan gafas para ser leídos aun por los que no necesitan gafas. (pág. 729)


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Ideolojía, Anthropos, Barcelona, 1990

Jiménez sobre los homosexuales

Se tiene por afeminado al panteísta enamorado: enamorado de las flores, las estrellas, del sol, de la luna.

Se confunde; el enamorado de las flores, las estrellas o la luna, es un hombre, el hombre. El afeminado es el diletante de esto como de cualquier cosa: el diletante del amor, del arte; la peste de crítica que nos asola. (pág. 216)

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UN maricón o una prostituta no tienen mayor insulto para una o uno que no lo son que prostituta o maricón.

Todos los escandaleros son con espejo lo mismo. (pág. 477)

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TODA concepción de dios es fatalmente narcisista.

Dios, creador del mundo, según los testos, a su imajen y semejanza ¿quién es sino el Narciso primero? La esplicación mística de la santísima trinidad ¿qué es sino una teoría narcisista?

Y todo verdadero poeta que es creador de un mundo poético, su propio mundo, y que, por lo tanto, es un dios y una trinidad, es fatalmente Narciso.

Pero en ninguna parte se ha dicho ni es concebible que dios fuera maricón. No hay que confundir su narcisismo con otros. (pág. 544)

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LOS maricones y las marimachos nunca dicen la verdad, lo que es lójico, ya que su reino propio es una mentira de la naturaleza. (pág. 624)

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SIEMPRE he oído hablar con voz contenida al hombre verdadero; al hombre afeminado, en voz altisonante. (pág. 659)

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EL hombre verdadero es contenido; el afeminado, aparatoso. (pág. 659)

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TODAS las marimachos y todos los maricones gritan, son escandaleros. (pág. 659)

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Ideolojía, Anthropos, Barcelona, 1990

Cernuda sobre Jiménez

Cuando Paul Valéry visitó Madrid en el año 1924, hubo de escribir ciertos versos de circunstancias, para corresponder con ellos a una atención de J. R. Jiménez; éste, enviándole un ramo de rosas, se había disculpado de no asistir a ninguno de los actos en que intervino el poeta francés, por su desagrado de las ceremonias públicas. Valéry, que negó siempre el juego de la inspiración en su trabajo de poeta, no sabía al escribir dicho poemita cómo la inspiración le llevaba a decir algo importante respecto de su colega español, acerca del cual él nada conocía.

“Otra vez la puerta cerrada”, primer verso del poema en cuestión, parece, en efecto, símbolo de la actitud de Jiménez frente a la vida: “Yo tengo escondida en mi casa, por su gusto y el mío, a la Poesía, como a una mujer hermosa; y nuestra relación es la de los apasionados”, escribió Jiménez en cierta ocasión. Claro que a quien ha podido esconder en su casa a la poesía, o cree haberla escondido, ¿qué le importa la vida? Sobre todo cuando ese quien estuvo siempre predispuesto a menospreciarla. Ya en una nota autobiográfica, publicada por la revista Renacimiento (1907), escribe Jiménez: “La indiferencia más absoluta por la vida”.

Aunque algo retrasada entonces, ésa había sido actitud frecuente entre algunos escritores durante el fin de siglo (actitud de la cual se burló sutilmente André Gide en su librito Paludes); desdén por la vida que dictó a Villiers aquella frase de: “¿Vivir? Nuestros criados se encargarán de eso”. Para Jiménez, a quien alguien más allegado a él que un criado se encargó siempre de “vivirle”, dicha actitud responde a un rasgo principal de su carácter y por eso perdura en él aunque pasara de moda.

Toda su vida ha sido una vida de enclaustrado: encierro en Moguer durante sus años juveniles; encierro luego en la Residencia de Estudiantes, Madrid; encierro en su casa después de casarse; para no aludir al encierro en el Sanatorio del Rosario, del doctor Simarro. Desde su torre de marfil (me molesta la frase, pero justamente debo emplearla aquí) pudo otear allá abajo a los hombres que se afanaban miserablemente y cuyos afanes nunca compartió ni le interesaron. Recuérdense cuántas cosas han acaecido en España y en el mundo durante el gran lapso de tiempo que Jiménez lleva de vida; pues ninguna de ellas pudo hacerle sentir remordimiento de su actitud inhumana. El individuo Juan Ramón Jiménez es para él la medida de todo y todo debe subordinársele.

Otro rasgo dominante hallamos pronto en él; pero éste se refiere a su actitud estética así como el anterior a su actitud vital. En una “Carta” publicada en el número 6 de la revista El Hijo Pródigo, escribe Jiménez estas palabras que traduce de Santayana y suscribe: “Mi verdadero poeta es el que coge el encanto de cualquier cosa, cualquier algo, y deja caer la cosa misma”; anteponiendo a ellas otras suyas: “Lo que siempre me tienta es la sensación que el fenómeno produce” (Me parece difícil que Jiménez ignorase cómo esas palabras de Santayana, así como las otras suyas, no son sino una traducción de una de Mallarmé: "No pintar la cosa, sino el efecto que produce". El verso no debe, ahí, componerse de palabras, sino de intenciones, y todas las palabras borrarse ante la sensación). Impresionismo es la denominación histórica de dicha actitud; mas aunque tengamos en cuenta las modas literarias y artísticas de fin de siglo, en lo que respecta al origen de la misma, no basta para explicar su persistencia en Jiménez una vez pasado el momento de boga. Subsiste en él porque, lo mismo que la actitud vital ya mencionada, responde a otro rasgo principal de su carácter: el subjetivismo egotista.

¿Puede un poeta después de unos quince años de labor rechazar ésta enteramente como si no la hubiera escrito? O mejor dicho: ¿es lícito hacer eso? Porque hacia 1915 decide Jiménez considerar todas las cosas que ha escrito y publicado, a lo más, como “borradores silvestres” de la obra que se propone realizar a partir de dicha fecha. Téngase en cuenta que la labor repudiada la escribió en un período de su vida que llega hasta los treinta y cinco años más o menos; es decir, que no se trata de un libro primerizo en el que su autor no se reconoce más tarde, sino de la labor de bastantes años, entre los cuales se encuentran algunos que corresponden a los de plenitud en la vida de cualquier poeta. Esos numerosos libros (son unos quince), que Jiménez habría ido publicando anualmente desde 1900 hasta 1913, adolecen ciertamente de muchos defectos que trata de rectificar más tarde, aunque sólo para que reaparezcan (Chassez le naturel, il revient au galop) de otra forma. Las gentes de mi generación pudieron conocer aún dichos libros; hoy supongo difícil hallar ejemplares de ellos y los jóvenes sólo encontrarán, si tienen necesidad de leerlos, la selección corregida que Jiménez ha dado en diversas antologías. Había en ellos una poesía semimodernista, sentimental en exceso, con afectado aire de inocencia

A las pobres novias muertas
dale, Jesús, un jardín
lleno de rosas abiertas
y de besos grandes. Fin.

monótona por la frecuencia de su reaparición en libro a intervalos regulares y el enclaustramiento en que vivía su autor, replegado sobre sí mismo como un Buda sobre su ombligo, y además una complacencia del poeta para consigo que subsistirá a lo largo de toda su vida.

Si el amor, o más bien la nostalgia del amor, ocupa algún lugar entre los temas de sus versos en esos años, el campo ocupa lugar más importante. En una de las composiciones de aquel tiempo alude Jiménez a su voz poética como a la de un “humilde ruiseñor del paisaje”, lo cual, si exceptuamos la humildad, es exacto. Pero son paisajes de un impresionismo sentimental, paisajes, “estado de alma”, como se decía entonces conforme a la frase de aquel insoportable Amiel a quien Jiménez menciona en 1931 como lectura juvenil (esta vez no podemos dudar de que sea cierto) y cuyo espíritu me parece asemejarse al suyo. El amor, dada la esterilidad afectiva de Jiménez, había de resultar en él sólo literatura; y si habla de amor, las criaturas a quienes parece aplicarse, las Rocío, Estrella, Francina, Marthe o Dénise, son sombras incorpóreas, fantasmas a los que el poeta da un nombre. Cuando al fin, una mujer de carne y hueso aparece en su vida, pronto escribe en el Diario de un Poeta recién casado, a los pocos días de su boda, estos versos reveladores:

Qué trabajo me cuesta
llegar, contigo, a mí,

como si la relación amorosa fuera un obstáculo al acostumbrado estar consigo del poeta. En amor, como en todo, Jiménez tuvo bastante consigo mismo.

Los versos primeros de Jiménez eran a veces demasiado fáciles; los segundos son a veces demasiado oscuros, acaso innecesariamente oscuros, con oscuridad “querida”, remedo de la de algunos poetas herméticos en boga por aquellos años entre las dos guerras del 14 y 39. Pero la oscuridad en Jiménez es externa, más bien de dicción que de concepto; el número de incisos y paréntesis dentro de la frase, la acumulación de adjetivos para un solo substantivo, la rebusca de lo que quiere decir después de haber comenzado ya a decirlo, son trabas a la nitidez de contorno en el poema; por otra parte la fragmentación del mismo subraya dichos defectos, así que a la falta de contorno se une la falta de composición. Que Jiménez acaso sea consciente de dicha falla en su obra lo prueba el intento de corregir versos escritos bastantes años antes, ya que no es posible corregir un poema antiguo sin romper su contorno, ni tampoco yuxtaponerle otro.

Hace ya algún tiempo que Jiménez, bajo la influencia de poetas más jóvenes, abandonó los incisos y paréntesis a que tan dado era, usando en el verso expresión menos hermética: al mismo tiempo desaparecieron ciertos amaneramientos tipográficos, aunque subsista la ortografía fantasista. De ahí que acaso sea posible hablar de una tercera y última manera; aunque lo más justo sería hablar de una subdivisión de la segunda etapa, ya que el cambio es simplemente una modificación externa de la manera segunda. Como ocurre al ver sin maquillaje una cara que sólo bajo él conocíamos, nos sorprende ahora en el verso de este poeta cierto decaimiento; hay en los poemas nuevos que hace algún tiempo publica Jiménez, ya sea en revista, ya sea en libro, falta de intensidad y vigor poéticos: la fatiga del tiempo es ya visible.

[...] Durante bastantes años, cuando precisamente publica Jiménez sus mejores libros, el Diario de un Poeta, la Segunda AntolojíaEternidadesPiedra y CieloPoesíaBelleza, es decir, entre 1917 y 1930, ejerce este poeta una verdadera dictadura en el reducido ambiente literario español. Entonces aparecían los versos primeros de una generación poética nueva, que fue responsable principalmente del endiosamiento de Jiménez. Otros dos poetas contemporáneos, Unamuno y Machado, superiores a Jiménez, apenas si merecieron alguna atención por parte de los jóvenes. Y como ocurre siempre, el exceso de valoración trajo luego la desestima: es verdad que el ambiente y la sociedad española han cambiado, y Jiménez parece sobrevivirse a sí mismo y a su época. La opinión no le es ya favorable.

No he conocido caso más evidente de split personality, de un ser humano, albergando dentro de sí dos personas distintas, que el de Juan Ramón Jiménez. Había en él, de un lado, la persona que pudiéramos llamar Jiménez-Jekyll, es decir, el poeta conocido de todos, digno de admiración y de respeto; de otro lado, el Jiménez-Hyde, bastante menos conocido, la criatura ruin que arrojaba procacidades a la cabeza de unos y otros. Lo triste es que Jiménez-Hyde fue dominando poco a poco a Jiménez-Jekyll, hasta llegar casi a destruirlo, y no parece azar que el escrito último que Jiménez publicara en vida fuese un ataque virulento contra Pablo Neruda.

Vano sería preguntarse ahora la causa para tal división de su personalidad: en gran parte dicha dicotomía parece posible atribuirla a una crisis, un choque de una monstruosa vanidad ultrajada. Jiménez creía en verdad que la poesía española había llegado con él a una cima de perfección antes nunca alcanzada por los poetas anteriores; por tanto le resultaba grotesco e imperdonable que otros poetas más jóvenes pretendieran seguir escribiendo y (lo que agravaba todavía más su crimen) gustaran a los lectores.

De ahí la campaña de difamación que desde hacía unos veinte años emprendiera contra los poetas más importantes de la generación que yo mismo he llamado de 1925. Cierto que con anterioridad a esa fecha solían circular por Madrid anécdotas más o menos divertidas acerca de alguna pulla de Jiménez contra Fulano o Mengano. Mas los que entonces le admirábamos, ciegos ante la maledicencia diabólica ahí aparente, preferiríamos considerarla más bien como justicia rara en medio de los compromisos y transigencias de la vida literaria española.

La gracia además no faltaba a sus críticas de aquellos años. Recuerdo cómo, en ocasión que alguno pronunciara ante él el nombre de Guillermo de Torre, Jiménez, elevando al cielo los ojos y moviendo la cabeza con aire de conmiseración profunda, dio: “¡Pobre padre!”. Pero otras veces la saña, y hasta la calumnia, envenenaban ya sus palabras. Y juzgando que los ataques personales en privado no bastaban ya para luchar contra aquellos poetas del 25 cuya reputación crecía, adoptó a un poetastro con léxico de mamotreto, colaborador de un diario nocturno madrileño, para que, bajo la égida de Jiménez-Hyde, ventilase contra tales poetas no sólo los rencores personales de aquél, sino los otros personales del poetastro mismo, que no escaseaban. Algo semejante, en suma, a lo que hace cierto personaje femenino de Galdós (si no recuerdo mal es una bordadora y aparece en La Fontana de Oro), confiando a su gato ciertos encargos sucios, a ejecutar en la casa de aquellos vecinos con los que se había malquistado.

La guerra civil, alejando a Jiménez de España, puso término a aquella secreta y fea alianza: pero no al odio de Jiménez-Hyde hacia los poetas citados, sus amigos antiguos, ahora viviendo (los que no habían muerto), esparcidos por el mundo y en circunstancias difíciles. Ahora tiene que conducir el ataque en su nombre propio, lo cual, lejos de arredrarle, le estimula; porque su arremetida contra Aleixandre (AQUÍ), por ejemplo, fue una de las más miserables y calumniosas que jamás llevara a cabo. Precisamente por las fechas en que dicho ataque se hizo público (en la revista cubana Orígenes) debía yo escribir el capítulo correspondiente a Jiménez para mi libro Estudios sobre poesía española contemporánea. Mi admiración juvenil hacia su obra se había ido extinguiendo, y de ella no quedaba rescoldo alguno; mi indiferencia era tal que ni siquiera tuve curiosidad de hojear Animal de Fondo, uno de sus libros últimos. De no haberme repugnado tanto el ataque a Aleixandre tal vez hubiera tratado de disimular mi indiferencia hacia el poeta del que debía ocuparme; pero su conducta me parecía volverse sobre todo contra la misma persona de Jiménez, su dignidad, contra aquella antigua actitud irreprochable que fue quizá el motivo principal de la admiración y el respeto que le dedicaron los jóvenes. Y avergonzado de él, decidí entonces exponer sin paliativos mi opinión sobre su obra.


LUIS CERNUDA, fragmento de Los dos Juan Ramón Jiménez (1958), recogido en Prosa I. Volumen II, Siruela, Madrid, 1994, págs. 141-151.

Gaya sobre Lorca

Pasado ya un poco más de medio siglo, la obra de todos esos jóvenes que fueron apareciendo –quieran ellos o no–al amparo de Juan Ramón Jiménez se nos presenta un poco extraña y difícil de situar –eso que les gusta tanto a los comentadores profesionales–, y si, de pronto, intentamos revisar nuestras cuentas, podemos muy bien llegar a la conclusión –sospechada desde hace mucho, quizá más decididamente desde el estreno de Yerma– de que Federico García Lorca es un magnífico poeta... menor, decorativo, de un lirismo sobrante, con una muy curiosa mezcla de pillería y de inocencia mientras va cediendo voluptuosamente a las simples palabras. (La verdad es que, de no haber sido asesinado, podía muy bien, dado su instinto, haber dejado atrás muchos adornos inútiles y acaso emerger entonces de su encantadora persona, si no propiamente un poeta... mayor, sí un poeta más firme.)

RAMÓN GAYA, Carta a José María, 1979, Antología, Selección de Andrés Trapiello, Biblioteca Virtual Cervantes (AQUÍ)

Jiménez sobre Lorca

Lorca tiene valor y orijinalidad, pero no está hecho. Sus romances tienen trozos buenos, pero son abiertos, deshechos, inconsecuentes. Creo que los amigos de Lorca hacen mal en exaltarlo de ese modo, porque con ello no hacen sino contribuir a su desmoralización y abandono.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Estética y ética estética, Obras selectas I, RBA - Instituto Cervantes, Barcelona, 2005, pág. 703

La Academia Sueca (en primera instancia) sobre Juan Ramón Jiménez

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ. Al igual que el año pasado, el Comité manifiesta sus dudas acerca de la idoneidad de distinguir con un galardón internacional una poesía de un carácter tan elitista, por no decir hermético. Además parece muy poco probable que un premio a Jiménez llegue a satisfacer los deseos del mundo hispánico. El Comité declina la propuesta.


ALFONSO ALEGRE HEITZMANN, Juan Ramón Jiménez, 1956: Crónica de un Premio Nobel, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, 2008, pág. 89.

Jiménez sobre Azorín, Unamuno y Antonio Machado

[Juan Ramón Jiménez] ya no dicta clases, lo que es un alivio para la Universidad. Empezó con mucho empuje, queriendo dar dos cursos, uno de poética y otro de Historia literaria. En ambos dio siempre la misma clase, en que atacaba a la misma gente: "¿Azorín? Buen sinvergüenza es Azorín. Un vendido. ¿Y Unamuno? Un genuflexo. ¿Y el delicado poeta Antonio Machado? Un hombre que vivía en medio de la mugre. Como nunca en la vida se había descalzado, la suela y las plantas de los pies se le habían unido. Estaba herrado y caminaba como un ánade".


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, palabras que Francisco Ayala refirió a Bioy Casares, Borges y Lisi Justo el 16 de agosto de 1956, cuando cenaba en casa de Bioy. Recogido en ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, pág. 189.

Borges y Bioy Casares sobre Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral

Jueves, 25 de octubre [de 1956]. Borges me dice: "Le dieron el Premio Nobel a Juan Ramón Jiménez". BIOY: "Qué vergüenza...". BORGES: "...para Estocolmo. Primero a Gabriela, ahora a Juan Ramón. Son mejores para inventar la dinamita, que para dar premios". BIOY: "De cualquier modo, Juan Ramón es mucho mejor que Gabriela Mistral. Los malos poemas de Juan Ramón son malos; pero los mejores son bastante buenos. Gabriela Mistral no ha escrito ningún poema bastante bueno. ¿Te acordás del artículo que íbamos a escribir sobre Juan Ramón? Tendría unas erratas: en una línea el nombre aparecería como Juan Jabón, en otra como Juan Jamón, en otra como Juan Ratón. Al final se desenmascaraba la conspiración y, en la última línea, de desagravio, se lo llamaba Juan Jarrón".

Sábado, 27 de octubre. [...] Hablamos del Premio Nobel. Borges está hoy mejor inclinado hacia Juan Ramón Jiménez: "Qué bien lo que dijo: "El Premio Nobel me llena de tristeza. Mi mujer está muy enferma". Qué bien que dijera una frase llana: "me llena de tristeza". Todo se hubiera ido al diablo si hubiera procedido como escritor y si hubiera dicho "me puebla de tristezas" o algo así". Borges recuerda que hablaba mal de casi todos sus compatriotas: "Decía: "No se podía visitar a Pérez de Ayala. Tenía la casa adornada con jamones y chorizos", o: "No se podía visitar a Azorín. Tenía en la mesa de luz un cenicero con un Quijote de metal, de cincuenta centímetros de alto", o: "En casa de Antonio Machado no pude sentarme en la silla que éste me ofrecía porque en ella había quedado olvidado, de varios días probablemente, un huevo frito". Hoy murió Zenobia, la mujer de Jiménez.


ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, págs. 232 y 234.

Ángel González sobre Juan Ramón Jiménez


Mis primeras lecturas de la Generación del 27 fueron Alberti, Lorca y Gerardo Diego. Tengo la seguridad de que la poesía de estos autores me influyó desde el principio. Y, sobre todo, inevitablemente, Juan Ramón Jiménez. La Segunda Antolojía me abrió un mundo nuevo; todavía creo que es su mejor libro. Aunque mi estimación por él haya bajado, sigo pensando que es un gran poeta; pero para mí llegó a ser el único, hasta el punto de que Machado, a quien también empecé a leer entonces con un poco de seriedad, estaba para mí muy tapado por Juan Ramón. Más tarde rectifiqué esta opinión, y he pasado a considerar que Machado es el gran poeta de su tiempo. El libro que escribí sobre Juan Ramón manifiesta mi admiración por él, aunque ya con algunas reservas. No puede negarse que Juan Ramón Jiménez renovó el lenguaje poético español y, en cambio, Machado no lo hizo. Antonio Machado fue, probablemente, un poeta en el último extremo del romanticismo, sin novedades formales. Sin embargo, es un poeta mucho más hondo que Juan Ramón, mucho más rico, misterioso y profundo. Al menos, así lo veo ahora, aunque al principio no haya sido así. En aquel entonces me deslumbró lo que había en Juan Ramón de nuevo, como les pasó a los poetas del 27, que aprendieron en él un nuevo lenguaje, una escritura nueva. Eso me sigue pareciendo admirable. Lo que ocurre es que en Juan Ramón Jiménez no hay mucho más, aparte de un inmenso "yo" que deja muy poco espacio para lo otro y los otros, aunque en su extensísima obra haya momentos excepcionales que desmienten lo que digo. Sus esfuerzos y trampas para negar la muerte y los efectos devastadores del paso del tiempo —trampas que, de manera más conflictiva y "agónica", también hizo Unamuno— me interesan poco ahora.


ÁNGEL GONZÁLEZ, fragmento de Autopercepción intelectual de un proceso histórico, recogido en La poesía y sus circunstancias, Seix Barral, Barcelona, 2005, págs. 431 y 432.

Santayana sobre Whitman


Confieso que no me gusta la poesía palabrera y arrogante, la poesía que se enfurece y predica. Walt Whitman no menos que otros. Cuando un retórico compone largos poemas sobre Dios, Satanás, el Universo, las Labores Agrícolas, el Amor, la Libertad o la Revolución, yo no digo que no pueda estar exponiendo verdades importantes, aunque lo dudo, ni que su sentimiento moral deje de parecer edificante a los de su propia secta; pero digo que no es un poeta. Va cargado.


GEORGE SANTAYANA, fragmento de El último puritano, recogido por Juan Ramón Jiménez en Vida. Volumen 1: Días de mi vida, Pre-Textos, Valencia, 2014, págs. 525 y 526.

Salinas sobre Jiménez

[Baltimore,] 24 de abril de 1951

Mi querido Jorge: De vuelta de mi expedición por Massachusetts me encuentro tu carta, con el inevitable texto de J. ¡NAUSEABUNDO! y perdona que acuda a la letra gorda. No tiene otro calificativo. Si en su poesía no logra esa grandeza que otros logran con los años, en insidia, bajeza y grosería, se supera por momentos. Había leído lo dirigido a Valverde. (Mucho me ha agradado por cierto que Correo Literario no publicaran los ataques a ti y a mí). Si en mí estuviera, yo haría una tirada para repartirla entre sus admiradores y ver si les queda ya alguna duda sobre la miseria moral de su ídolo. Es cosa sobre la que habría que hacer algo; yo por lo pronto, voy a sacar copias (si no te parece mal) y mandárselas a Amado, a Dámaso, a Clavería, a Del Río, para que conste. Debe constar. ¡Y qué momento tan bueno para publicar la carta famosa que le dirigiste! Muchas veces pienso en esas páginas maestras y veraces, documento valiosísimo en la historia literaria de hoy. Es el Juan Tartufo más grande de las letras. Porque otros asquerosos, como Baroja, no han presumido de ser más que Barojas. Pero este miserable anda siempre pavoneándose con las plumas de la ética estética, a ver si caen algunos incautos. ¿Cómo desenmascararle? La enfermedad que tiene bien clara está: todo él es pus, y su persona purulencia, o escrita u orgánica. No, no me inspira compasión. No hay por dónde cogerle literalmente; todo él está gangrenado, de envidia, de rencor, de maldad. Se ha alzado el título de la peor persona de nuestras letras de hoy, indiscutible. Además ¡qué galimatías! ¡Qué alelamiento de ideas, qué necedades de narcisista, en eso de la crítica! En eso ha acabado el alma de violeta y las arias, en muladar y memez. No se puede llegar a menos, desde su altura. ¿Y de quién, esa revistita? Por lo visto carecen de la más elemental norma de decencia y pulcritud.


PEDRO SALINAS, carta enviada desde Baltimore a Jorge Guillén el 24 de abril de 1951, incluida en Pedro Salinas / Jorge Guillén: Correspondencia (1923-1951), Tusquets Editores, Barcelona, 1992, pág. 570.