Jiménez sobre Valle-Inclán
Jiménez sobre D'Ors
Buñuel y Dalí sobre Jiménez
Nuestro distinguido amigo:
Nos creemos en el deber de decirle -sí, desinteresadamente- que su obra nos repugna profundamente por inmoral, por histérica, por arbitraria.
Especialmente: ¡¡MERDE!! para su Platero y yo, para su fácil y malintencionado Platero y yo, el burro menos burro, el burro más odioso con el que nos hemos tropezado.
.....¡MIERDA!..................................Luis Buñuel
.....Sinceramente............................Salvador Dalí
Carta de LUIS BUÑUEL y SALVADOR DALÍ a JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, en Antología de la poesía surrealista, prólogo de Ángel Pariente, Júcar, Barcelona, 1985, pág. 29
Jiménez sobre Neruda
Jiménez sobre Ayala
Gris sobre Jiménez
Borges sobre la literatura española
Jiménez sobre la literatura clásica castellana
Jiménez sobre Jorge Guillén (2)
Jiménez sobre Jorge Guillén
El ruiseñor, Jorge Guillén, no es pavo real, ni facilísimo, ni espiralea gorgoritando. Usted no ha visto ni oído al ruiseñor, sino al canario. (pág. 481)
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Jorge Guillén me ha copiado la esclamación seguida, la interjección frecuente, el ansia entrecortada, los aumentativos, los vivas, pero en J. G. la esclamación es declamatoria, la interjección es física, y el entrecortamiento, hipo gramatical.
Esclamación y ansia no van en J. G. a la esencialidad ambiente sino al techo de la existencia. (pág. 611)
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No, crítico; es muy diferente: ¿Góngora, Valéry, yo, Jorge Guillén?
Jorge Guillén canta, cántica, cantiquea, a lo Góngora y Valéry, la limitación de este mundo sin dios, y dan en la nada. Yo canto la infinitud que le da a este mundo el dios creado en él por mí.(págs. 619 y 620)
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En la poesía española, Garcilaso, Góngora, Calderón, Rubén Darío, García Lorca son renovadores formales; Gil Vicente, San Juan de la Cruz, Bécquer, Unamuno, Antonio Machado son renovadores ideales; Jorge Manrique, Fray Luis de León, Quevedo, Jorge Guillén no renuevan nada, se estacionan bellamente y son casos aislados.
El estacionamiento es permanencia aprisionada. No tiene sucesión. (pág. 622)
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Si el sueño de la razón produce monstruos, su vijilia produce cadáveres y momias, Jorge Guillén.(pág. 624)
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En la obra de Valéry, de su seguidor Jorge Guillén, de Pedro Salinas, de Aleixandre, etc., no se oyen voces humanas. Hay ciudad, campo, fauna, flora, pero no seres humanos.
Mi obra resuena toda de voces y seres cercanos y lejanos. (pág. 631)
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–Los poemas de Jorge Guillén no tienen frescura.
–Claro, no son flores, son frutos.
–Sí, frutas como raíces sin jugo. Son papas, no melocotones ni naranjas.
–Y si fueran flores, serían dalias y adormideras, no claveles ni nardos. (pág. 632)
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Yo le he dado a la poesía sandalias, Jorge Guillén zapatos. (pág. 632)
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Jorge Guillén pesca buenos peces. ¿Quién lo duda? Pero cuando los peces caen en la banasta de su libro los pescados están muertos.
Todo Guillén es naturaleza muerta (pág. 633)
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Dije de Jorge Guillén que era un momificador
Sí, él procede poéticamente como un momificador. Coje una idea ajena (siempre ajena, puede comprobarse) y la mata sólo con hacerla suya. Luego, se frota las manos de gusto; la diseca minuciosamente, la embalsama prolijamente, la envuelve interminablemente en paños sucesivos... Y cuando ya está empaquetada, le pinta por encima la cara, recordando la de la idea.
Y la idea muerta cobra, por esa idea de la cara ajena ya encubierta, cierta vida; pero es una vida ficticia, como la de las momias.
Esto no quiere decir que no haya momias interesantes. (pág. 728)
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Quien ve la vida con gafas congénitas, como Jorge Guillén, escribe versos para gafas, que necesitan gafas para ser leídos aun por los que no necesitan gafas. (pág. 729)
JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, Ideolojía, Anthropos, Barcelona, 1990
Jiménez sobre los homosexuales
Cernuda sobre Jiménez
Gaya sobre Lorca
Jiménez sobre Lorca
La Academia Sueca (en primera instancia) sobre Juan Ramón Jiménez
Jiménez sobre Azorín, Unamuno y Antonio Machado
Borges y Bioy Casares sobre Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral
Ángel González sobre Juan Ramón Jiménez
Mis primeras lecturas de la Generación del 27 fueron Alberti, Lorca y Gerardo Diego. Tengo la seguridad de que la poesía de estos autores me influyó desde el principio. Y, sobre todo, inevitablemente, Juan Ramón Jiménez. La Segunda Antolojía me abrió un mundo nuevo; todavía creo que es su mejor libro. Aunque mi estimación por él haya bajado, sigo pensando que es un gran poeta; pero para mí llegó a ser el único, hasta el punto de que Machado, a quien también empecé a leer entonces con un poco de seriedad, estaba para mí muy tapado por Juan Ramón. Más tarde rectifiqué esta opinión, y he pasado a considerar que Machado es el gran poeta de su tiempo. El libro que escribí sobre Juan Ramón manifiesta mi admiración por él, aunque ya con algunas reservas. No puede negarse que Juan Ramón Jiménez renovó el lenguaje poético español y, en cambio, Machado no lo hizo. Antonio Machado fue, probablemente, un poeta en el último extremo del romanticismo, sin novedades formales. Sin embargo, es un poeta mucho más hondo que Juan Ramón, mucho más rico, misterioso y profundo. Al menos, así lo veo ahora, aunque al principio no haya sido así. En aquel entonces me deslumbró lo que había en Juan Ramón de nuevo, como les pasó a los poetas del 27, que aprendieron en él un nuevo lenguaje, una escritura nueva. Eso me sigue pareciendo admirable. Lo que ocurre es que en Juan Ramón Jiménez no hay mucho más, aparte de un inmenso "yo" que deja muy poco espacio para lo otro y los otros, aunque en su extensísima obra haya momentos excepcionales que desmienten lo que digo. Sus esfuerzos y trampas para negar la muerte y los efectos devastadores del paso del tiempo —trampas que, de manera más conflictiva y "agónica", también hizo Unamuno— me interesan poco ahora.
Santayana sobre Whitman
GEORGE SANTAYANA, fragmento de El último puritano, recogido por Juan Ramón Jiménez en Vida. Volumen 1: Días de mi vida, Pre-Textos, Valencia, 2014, págs. 525 y 526.
Salinas sobre Jiménez
[Baltimore,] 24 de abril de 1951
Mi querido Jorge: De vuelta de mi expedición por Massachusetts me encuentro tu carta, con el inevitable texto de J. ¡NAUSEABUNDO! y perdona que acuda a la letra gorda. No tiene otro calificativo. Si en su poesía no logra esa grandeza que otros logran con los años, en insidia, bajeza y grosería, se supera por momentos. Había leído lo dirigido a Valverde. (Mucho me ha agradado por cierto que Correo Literario no publicaran los ataques a ti y a mí). Si en mí estuviera, yo haría una tirada para repartirla entre sus admiradores y ver si les queda ya alguna duda sobre la miseria moral de su ídolo. Es cosa sobre la que habría que hacer algo; yo por lo pronto, voy a sacar copias (si no te parece mal) y mandárselas a Amado, a Dámaso, a Clavería, a Del Río, para que conste. Debe constar. ¡Y qué momento tan bueno para publicar la carta famosa que le dirigiste! Muchas veces pienso en esas páginas maestras y veraces, documento valiosísimo en la historia literaria de hoy. Es el Juan Tartufo más grande de las letras. Porque otros asquerosos, como Baroja, no han presumido de ser más que Barojas. Pero este miserable anda siempre pavoneándose con las plumas de la ética estética, a ver si caen algunos incautos. ¿Cómo desenmascararle? La enfermedad que tiene bien clara está: todo él es pus, y su persona purulencia, o escrita u orgánica. No, no me inspira compasión. No hay por dónde cogerle literalmente; todo él está gangrenado, de envidia, de rencor, de maldad. Se ha alzado el título de la peor persona de nuestras letras de hoy, indiscutible. Además ¡qué galimatías! ¡Qué alelamiento de ideas, qué necedades de narcisista, en eso de la crítica! En eso ha acabado el alma de violeta y las arias, en muladar y memez. No se puede llegar a menos, desde su altura. ¿Y de quién, esa revistita? Por lo visto carecen de la más elemental norma de decencia y pulcritud.
PEDRO SALINAS, carta enviada desde Baltimore a Jorge Guillén el 24 de abril de 1951, incluida en Pedro Salinas / Jorge Guillén: Correspondencia (1923-1951), Tusquets Editores, Barcelona, 1992, pág. 570.


