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Hemingway sobre Mansfield

Me leí Turgueniev entero, todo lo que había salido en inglés de Gogol, las traducciones de Tolstoy por Constance Garnett, y las traducciones inglesas de Chejov. En Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine Mansfield había escrito grandes cuentos, pero cuando quise leerla después de conocer a Chejov me parecía oír relatos cuidadosamente artificiales de una solterona joven, comparados con lo que puede contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un escritor bueno y sencillo.

ERNEST HEMINGWAY, fragmento de París era un fiesta recogido por Josep Mª Castellet en el prólogo a Hemingway, biografía de Anthony Burgess, Salvat Editores, Barcelona, 1984, págs. 11 y 12

Claudel sobre varios


El Evangelio de Schopenhauer, Nietzsche, Tolstói, Ibsen, Rousseau, Tertuliano y Agustín es un Evangelio inventado, adulterado, inauténtico, apócrifo.

El Evangelio de Jesucristo, el Evangelio de san Pablo —y aquí M. Mahling cita a Jesucristo y a san Pablo con una abundancia de erudición y una riqueza de información asombrosas—, el Evangelio de Jesucristo es eminentemente Lebensbejahend, afirmador de la vida, soberanamente optimista.

El GOCE, sí, decidlo si queréis, el goce incluso sensual, el goce sexual —no temáis decirlo—, no solo está permitido, sino que es querido por el Evangelio, porque el Evangelio es la naturaleza y la naturaleza es el goce; y esto hoy, no mañana, por favor, en algún futuro nebuloso y nublado del reino de los mil años, sino hoy, ¡SOBRE ESTA TIERRA DE ADÁN Y EVA!

Eso es lo que M. Mahling nos ha recordado, eso era lo que había que recordar, eso es lo que hay que oponer enérgicamente a todas las falsificaciones de la socialdemocracia, que no cesa de vociferar que el Evangelio es una religión de fantasía que solo consuela a las almas de las miserias del presente meciéndolas con sueños del futuro.


PAUL CLAUDEL, fragmento de abril de 1912 incluido en Journal I (1904-1932), Cahier II, Éditions Gallimard, 1968, traducción de ChatGPT + Maricrónica, p. 221.

Tolstói sobre Chéjov

Chéjov contó a su amigo Bounine la visita que una vez realizó a Tolstoi. Estaba asustado. “Francamente, me daba miedo”. Tardó una hora en elegir un pantalón adecuado. Al final del encuentro, “en el momento en el que me levanté para despedirme, me tomó de la mano y me dijo: “Abráceme”. Lo hice y, mientras lo hacía, me susurró al oído con una voz de viejo jadeante: “No soporto sus obras. Shakespeare escribía como un cerdo, pero lo suyo es peor”. Chéjov lo contaba riéndose, pero basta haber leído los diarios de Tolstoi para saber que sus palabras no iban en broma. Fue una bestia parda. Insoportable, sin duda. IÑAKI URIARTE, Diarios 1999-2003, Pepitas de calabaza, Logroño, 2015, edición digital en Bajaepub, págs. 102 y 103

Borges sobre Tolstói

Empecé a leer "Guerra y Paz" y de repente me di cuenta que los personajes no podían interesarme. También de Tolstoi he leído algunos cuentos... pero me veía a mí mismo haciendo un esfuerzo. Y no me gusta eso cuando leo. Es decir, si leo un libro de matemáticas, o psicología, o ciencia, entonces debe ser así, pero con una novela o un cuento no deseo esforzarme. Quiero divertirme. No veo la razón por la que un escritor de cuentos o de novelas deba causar ningún problema. Recuerdo que George Moore dijo que Tolstoi hizo la descripción de doce hombres de un jurado tan minuciosamente que, al llegar al cuarto, ya había olvidado todo sobre el primero. Y añadió que seguramente Tolstoi cuando escribía una novela, se despertaba por las noches y decía: "Bueno, todavía no he escrito nada sobre una carrera de caballos, ni hay la descripción de un baile, ni nadie que juegue a las cartas". Y eso no está bien, desde luego. Si tuviese que elegir entre la literatura inglesa o la literatura rusa, entre Dickens o Dostoyevsky, elegiría a Dickens. JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en Borges, el palabrista, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1995, págs. 167 y 168.

Tolstói sobre Shakespeare

Hace unos días, para verificar la opinión que tengo de Shakespeare, fui a ver El rey Lear y Hamlet, y si había en mí la más mínima duda sobre lo bien fundado de mi aversión por Shakespeare, ésta se ha disipado definitivamente. ¡Qué obra tan burda, inmoral, vulgar y absurda esHamlet! Todo se basa en una venganza pagana, hay un solo objetivo, acumular el mayor número de efectos posible, sin pies ni cabeza. El autor estaba hasta tal punto ocupado con los efectos, que ni siquiera se tomó la molestia de dar un carácter al personaje principal, y el mundo entero decretó que es un retrato genial de un hombre sin carácter. Nunca entendí tan claramente toda la magnitud de la incapacidad en los juicios de la multitud, y hasta qué punto puede engañarse a sí misma. LEV TOLSTÓI, Correspondencia, Acantilado, Barcelona, 2008, págs. 616 y 617. Traducción de Selma Ancira

Sender sobre Azorín, D'Ors y Leon

Trato de ir directamente a las cosas. Cada cosa, cada hecho, tiene su expresión, no otra. Cada hecho pasional, o sensual, o sentimental, o intelectual, tiene una manera directa y exclusiva y propia de ser dicho. Y el escritor sabe cuál es esa manera. No olvides que el mayor novelista del siglo pasado, que era Stendhal, cuando le hablaban del estilo soltaba a reír y decía: “¡Oh!, yo antes de escribir para ponerme a tono leo tres páginas del código civil”. Eso del estilo es sólo una preocupación de escritores menores. Se puede imitar el estilo de Azorín. Si quieres te puedo escribir una página de Azorín y te ibas a reír mucho, o de Eugenio d’Ors. O de Ricardo León. Pero ¿cómo imitas tú el estilo de Tolstoi o de Dostoyevski? En ellos y en Stendhal la memoria selectiva actúa mejor gracias a la gris neutralidad del medio.

RAMÓN J. SENDER, entrevistado por MARCELINO C. PEÑUELAS para Conversaciones con Ramón J. Sender , Magisterio Español, Madrid, 1969, pág. 226

García Márquez sobre Echegaray, Tagore y Benavente

Se ha dicho muchas veces que los más grandes escritores de los últimos ochenta años se murieron sin el Premio Nobel. Es una exageración, pero no demasiado grande. Leon Tolstoy, cuya novela Guerra y paz es, sin duda, la más importante en la historia del género, murió en 1910, a la edad muy nobiliaria de 82 años, cuando ya el Premio Nobel se había adjudicado diez veces. Su libro magistral llevaba ya 4.5 años de gloria, con numerosas traducciones y reimpresiones en el mundo entero, y ningún crítico dudaba de que estaba destinado a existir para siempre. En cambio, de los diez escritores que obtuvieron el Premio Nobel mientras Tolstoy vivía, el único que permanece vivo en la memoria es el inglés Rudyard Kipling. El primero que lo obtuvo fue el francés Sully Prudhomme, que era muy famoso en su tiempo, pero cuyos libros no se encuentran ahora, sino en librerías muy especializadas. Más aún, si uno busca su nombre en un diccionario francés, se encuentra con una definición previa que parece una mala jugada del destino: «Prototipo moderno de la nulidad satisfecha y la trivialidad magistral». Otro de los diez primeros laureados fue el polaco Henryck Sienkiewicz, que se había colado de contrabando en la gloria con su ladrillo inmortal, Quo Vadis. Otro había sido Federico Mistral, un poeta provenzal que escribió en su lengua vernácula y que tuvo el triste honor de compartir el premio con uno de los dramaturgos más deplorables que parió la madre España: don José Echegaray, ilustre matemático a quien Dios tenga en su santo reino.

En los dieciséis años siguientes murieron sin obtener el premio otros cinco de los grandes escritores de todos los tiempos: Henry James, en 1916; Marcel Proust, en 1922; Franz Kafka, en 1924; Joseph Conrad, en el mismo año, y Rainer Maria Rilke, en 1926. También durante esos años estaban sentados en el escaño de los genios nadie menos G. K. Chesterton, que murió sin su premio en 1936, y James Joyce, que murió en 1941, cuando su Ulysses había cambiado el curso de la novela en el mundo, diecinueve años después de su publicación. En cambio, de los catorce autores que lo obtuvieron en esa mala época, sólo cuatro perduran: el inglés Maurice Maeterlink, los franceses Romain Rolland y Anatole France, y el irlandés George Bernard Shaw. El indio Rabindranat Tagore, a quien debemos tantas lágrimas de caramelo, fue arrastrado por los vientos de la justicia del carajo. Knut Hamsun, el noruego que obtuvo el premio en 1920 en el apogeo de la gloria, ha corrido la misma suerte, aunque menos merecida. Dos años después, la Academia Sueca sufrió su segundo accidente mortal en lengua castellana: el inefable don Jacinto Benavente, a quien Dios tenga lo más cerca posible de don José Echegaray hasta el fin de los siglos. Con mayores o menos méritos, ninguno de los premiados de este lapso lo merecieron tanto como los que se murieron mereciéndolo.


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Los grandes que nunca fueron, El País, 9 de octubre de 1980. Todo el artículo AQUÍ

Proust sobre Balzac


En la actualidad se pone a Balzac por encima de Tolstói. Es locura. La obra de Balzac es antipática, gesticulante, llena de ridiculeces, la humanidad es juzgada en ella por un hombre de letras deseoso de hacer un gran libro, en Tolstói por un dios sereno. Balzac llega a dar la impresión de lo grande, en Tolstói todo es naturalmente más grande, como los cagajones de un elefante al lado de una cabra.


MARCEL PROUST, fragmento de León Tolstói, escrito en ¿noviembre de 1910?, recogido en Escribir: Escritos sobre arte y literatura, Páginas de Espuma, Madrid, 2022, traducción de Mauro Armiño, pág. 155.

Tolstói sobre Shakespeare


El valor de toda obra poética depende de tres cualidades:

El contenido de la obra: cuanto más importante sea el contenido, es decir, cuanto más importante sea para la vida de los seres humanos, mayor será esa obra.

La belleza externa lograda por los métodos técnicos propios de cada género particular de arte. Así, en el arte dramático el método técnico deberá ser: que los caracteres tengan por sí mismos una singularidad real; que el desarrollo de los acontecimientos sea natural y al mismo tiempo emocionante; que la presentación en el escenario de la manifestación externa y la transformación de los sentimientos sea correcta; y que haya sentido de la medida en todo lo que es representado.

Sinceridad, es decir, que el autor sienta él mismo vivamente aquello de lo que habla. Sin este requisito no puede existir una obra de arte, siempre que la sustancia del arte consiste en que el espectador de la obra quede inficionado por el sentimiento del autor. Si el autor no ha sentido aquello de lo que está hablando, el receptor no puede resultar inficionado por la emoción del autor, no experimentará ninguna emoción, y el producto no podrá ser clasificado como una obra de arte.

El contenido de los dramas de Shakespeare, tal como se percibe en las explicaciones de sus mayores admiradores, es la más baja y vulgar concepción de la vida, que considera la elevación externa de los grandes de la tierra como la genuina superioridad; a costa de la multitud, es decir, de las clases trabajadoras; y que repudia no solo los esfuerzos procedentes de la religión, sino también los de cualquier humanitarismo por alterar el orden social existente.

El segundo requisito está también ausente en Shakespeare, a excepción de su manejo con las escenas en las que se expresa la transformación de los sentimientos. En sus obras hay ausencia de naturalidad en las situaciones, los caracteres carecen de una dicción propia y se echa en falta también el sentido de la proporción, sin el cual una producción no puede ser considerada artística.

La tercera y principal condición —la sinceridad— está completamente ausente en todas las obras de Shakespeare. Uno ve en todas ellas una artificialidad buscada; es manifiesto que él no compone en serio sino que está jugando con las palabras.


LEÓN TOLSTÓI, fragmento de Shakespeare y el drama (1906), publicado en Nueva Revista de la UNIR (Universidad Internacional de La Rioja), Junio de 2005, Nº 99, traducción de Rafael Llano. Todo el artículo AQUÍ

Benet sobre Dostoyevski


Repito, con palabras más extensas, lo que ya he dicho a otro periódico para la misma ocasión: Dostoievski no me ha interesado gran cosa y lo tengo olvidado casi por completo; por supuesto que no se me ocurre releerlo ni rellenar los huecos que dejé cuando lo leí en mi juventud. No me divierte ni espero que me enseñe nada. Por si fuera poco, su estilo me parece zafio, exento de toda finura. No creo que se pueda aducir que eso se debe a malas traducciones, pues un estilo con potencia y gracia se transparenta a través de la transcripción más cruel, como se demuestra por las mismas traducciones de sus compatriotas y contemporáneos que escribían con delicadeza, esto es, Turgueniev, Chéjov y Tolstói, por ese orden. Por otra parte, no es de extrañar que la pluma de Dostoievski parezca una escoba. Solo se dedicaba a barrer, fregar y enjuagar la ropa, labores domésticas en un escenario plagado de mujeres chillonas, visionarios de blusón, ambiciones de casaca, piedad de sotana y -entre tanta miseria- mucha alma seráfica siempre dispuesta a presentar la otra mejilla.

Delicias de un cierto público
Ese tremendismo -si además viene acompañado de la estancia de su autor en Siberia por una temporada- suele hacer las delicias de un cierto público, el mismo en todas las épocas. A mí nada me parece más inelegante -y deshonesto- que explotar las propias lágrimas; todo escritor de fuste a sí mismo se tiene prohibida la piedad y si a eso suma una buena educación jamás se dejará arrastrar al más repugnante de los sentimientos, la autocompasión.

El tiempo, muy explicablemente, ha sido devastador para con Dostoievski. Hace cuarenta años era todavía uno de los genios del siglo XIX, un explorador de los entresijos del alma humana. Hoy es una sombra, un escritor pompier que, sin duda, sigue teniendo sus devotos, esto es, todos aquellos que siguen apegados a la lucha literaria contra la opresión. A mí me parece un sonajero y de nada me congratulo tanto como de la dirección que tomó la mejor literatura del siglo XX, en todo opuesta a la línea marcada por los Dostoievski, Zola & Co.


JUAN BENET, Un estilo exento de toda finura, El País, 28 de enero de 1981 (AQUÍ)

NOTA MARICRÓNICA: Tras la publicación de este artículo, El País publicó dos "Cartas al director" que manifestaban su indignación con su contenido: la de un lector madrileño llamado Luis Medina del Palacio (AQUÍ) y la de un grupo de estudiantes de Filología de la Universidad Autónoma de Madrid (AQUÍ).

Tolstói sobre Gorki


De nuevo ante Tolstói. Se sienta a la mesa, pero no come nada. La hija le habla de una tal María, que debe ser hospitalizada.

–No, tú mejor llama a fulanito y haz así…

–Hace un rato hablábamos de Gorki, Lev Nikoláevich, de su poema “El hombre”.

De inmediato se anima:

–Es una declinación, una auténtica decadencia. Comenzó a enseñar, y eso es ridículo… En general no comprendo por qué han hecho de Gorki algo tan “grande”. ¿Qué es lo que él ha dicho, que el vagabundo tiene alma? Por supuesto que es así, pero eso se sabe desde hace tiempo… No hay nada nuevo en ello… ¿Lo ha anotado todo? –se dirige a mí.

–Sí, sí, sin falta.


LÉV TOLSTÓI, conversación con Alexéi Zenger aparecida en el periódico Rus de Petersburgo, el 28 de julio de 1904, recogida en Conversaciones y entrevistas: Encuentros en Yasnaia Poliana, Fórcola Ediciones, Madrid, 2012, traducción de Jorge Bustamante García.

Tolstói sobre Chéjov


Chéjov contó a su amigo Bounine la visita que una vez realizó a Tolstoi. Estaba asustado. “Francamente, me daba miedo”. Tardó una hora en elegir un pantalón adecuado. Al final del encuentro, “en el momento en el que me levanté para despedirme, me tomó de la mano y me dijo: “Abráceme”. Lo hice y, mientras lo hacía, me susurró al oído con una voz de viejo jadeante: “No soporto sus obras. Shakespeare escribía como un cerdo, pero lo suyo es peor”. Chéjov lo contaba riéndose, pero basta haber leído los diarios de Tolstoi para saber que sus palabras no iban en broma. Fue una bestia parda. Insoportable, sin duda.


IÑAKI URIARTE, Diarios 1999-2003, Pepitas de calabaza, Logroño, 2015


Sabato sobre Borges


PREGUNTA: ¿Considera a Borges como a un escritor preciosista?
ERNESTO SABATO: Es indudable que buena parte de su obra es bizantina y que en buena medida el acento está colocado sobre lo puramente estético, lo que nunca podría decirse de Dante, de Shakespeare, de Tolstoi, de Dickens, de Kafka; escritores poderosos en que el acento está colocado sobre la Verdad y en los que la belleza se da como consecuencia, porque esa Verdad es expresada mediante el gran resplandor poético, con la belleza a menudo terrible que es característica de estos testigos trágicos de la condición humana. Sí, en Borges se incurre a veces en lo precioso, y es por eso que lo admiran ciertas personas. Pero una de las peores desdichas de un creador es que lo admiren por sus defectos. De modo que los genuinos defensores de Borges no son esas personas sino gente como nosotros: los que reconocemos lo que en él hay de admirable y queremos rescatarlo de entre su preciosismo. Está de moda en la izquierda argentina repudiar a Borges: escritores que no le llegan a los tobillos nos dicen que Borges es inexistente. Eso revela que ni siquiera son buenos revolucionarios, pues el que no sabe qué de trascendente tiene la cultura de una comunidad no está maduro para reemplazar a esa comunidad. Los que venimos detrás de Borges, o somos capaces de reconocer sus valores perdurables o ni siquiera somos capaces de hacer buena literatura. 


ERNESTO SABATO, El escritor y sus fantasmas, Seix Barral, Barcelona, 2004