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Cela sobre Hugo

Creo que la literatura debe ser verdad: tiene una apoyatura histórica. Lo que no admito es lo de Victor Hugo, que era hijo del General Hugo, General de Napoleón, Gobernador militar de Segovia durante la ocupación de los franceses, y que escribió después un poema que habla de que el acueducto de Segovia tiene tres filas de arcos, y tiene dos... no es necesario hacer pifias.

CAMILO JOSÉ CELA, entrevista de José Luis Perlado recogida en Diálogos con la cultura, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2002, págs. 248 y 249.

Gibson sobre Cela

Como ser humano, Cela no me resulta muy simpático, y pienso que el Partido Popular, al querer ver en él al mejor español, anda un poco desnortado, empezando por el presidente Aznar. Quiero creer que Cela estaría de acuerdo conmigo. Dedicar una vida entera a triunfar, a buscar en cada momento el éxito personal, y luego hacer alarde de todo ello, repitiendoad infinitum que "en España, el que resiste, gana" y convirtiéndolo incluso en un escudo nobiliario (nobeliario), no me parece precisamente ejemplar. El corte de mangas y el bragadoccio celianos llegaron a aburrir de manera mortal, mientras los insultos, exabruptos y vulgaridades de los últimos años parecían cada vez más inapropiados en una persona que había recibido todos los galardones y todos los honores.

IAN GIBSON, Cela, el hombre que quiso ganar, Santillana, Madrid, 2003, pág. 332.

Llamazares sobre Cela

Me preocupa más bien poco que el autor de La colmena me lea o no me lea. Uno no debe aspirar a tener más lectores que los que le corresponden por su sensibilidad y su inteligencia, y tengo la sospecha de que don Camilo y yo compartimos muy pocos intereses estéticos. Y por lo que respecta a lo de quedar o no, tampoco me preocupan demasiado sus creencias porque, entre otras cosas, y al contrario que él seguramente, uno no escribe para quedar, sino para soportar el tiempo. Y, por supuesto, lo que menos me preocupa son sus moralizaciones sobre la dignidad y la ética. La dignidad, como las procesiones -salvo las de Manila, claro-, es algo que va por dentro y que sólo cada uno de nosotros sabemos con certeza si tenemos. Y, en cualquier caso, no creo que sea el más indicado para denunciar en el ojo ajeno la paja de una ayuda o de una beca quien arrastra sobre el propio vigas tan onerosas como las de haber sido censor -de segunda o tercera categoría, pero censor-, escritor por encargo y a sueldo -para un dictador latinoamericano, por más señas- y, como fehacientemente nos demuestra el profesor Rodríguez Puértolas en su trabajo sobre la literatura fascista en España, aspirante a confidente de la policía franquista.

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JULIO LLAMAZARES, El Arzobispo de Manila, El País, 14 de noviembre de 1989. Todo el artículo AQUÍ.

Cela sobre Muñoz Molina

Al garzón M2, mozo lírico o, mejor dicho, lírico-cómico-bailable sentimental, aprovechadillo y sagaz, le dio semejante ataque de cuernos con motivo de la publicación de una novela por un no censado, que tuvo que adobárselos con vaselina por ver de rebajarles la calentura; algunos tratadistas suponen que en estos casos están muy indicados los enemas con una infusión templada de yerbas medicinales que, para los esfínteres contrariados, debe ser de salvia y matalahúga, a partes iguales. El doncel tontuelo que se proclama caudillo de los famosos ciento cincuenta, no debe cejar en su actitud mientras siga manando leche y miel y otras espórtulas de la próvida y caritativa ubre del presupuesto. CAMILO JOSÉ CELA, Pavana para un doncel tontuelo, publicado el 15 de marzo de 1994 en el diario ABC y recogido por Ian Gibson en Cela, el hombre que quiso ganar, Aguilar, Madrid, 2003, págs. 235 y 236.

Moix sobre Cela

Don Camilo, académico, Nobel y marqués, ha conseguido desacreditar de un solo golpe sus tres títulos y al mismo tiempo el concepto de «hombre de cultura» tal como nos habíamos acostumbrado a entenderlo en una sociedad democrática. No ha tenido, sin embargo, la virtud de sorprenderme: su reiterada utilización de la palabra «maricón» cada vez que se ha referido a algo remotamente parecido a la homosexualidad -o lo que sus luces le permiten entender como tal- autoriza a comprender por dónde van los tiros. Se parecen mucho a los que acabaron con la vida de Federico García Lorca. A estas alturas, o si lo preferís bajuras, el Cela escritor que cautivó nuestra adolescencia se ha convertido en un figurón que repugna a nuestra madurez, ora con estentóreos desplantes que son obras maestras de grosería y vulgaridad, ora con desfasadas pompas de aristócrata parvenu que entran simplemente en el terreno de la ridiculez.

A mis 14 años intenté aprender en la obra de Cela cómo debía escribir. En mi cincuentena aprendo cómo no debo comportarme. Y aprendo, sobre todo, a elegir con extrema prudencia en su «riquísimo» acervo lingüístico; acervo que, por cierto, se ha convertido en el único soporte de una obra hueca, repetitiva e innecesaria, bagatelas, saldos de diccionario y santoral.

(...) Cuando declaraba ante una perpleja congregación de periodistas que el Premio Cervantes «está lleno de mierda», hacía algo más que ofender a una serie de escritores que, como mínimo, le igualan en importancia y a veces la superan: estaba preparando el camino para hacernos saber, algún día, que «nunca le han dado por el culo».

Ignoro a quién puede interesar el culo de este anciano, pero sí conviene destacar la utilización de un lenguaje que ya no usan siquiera los cabos chusqueros. Es, como mucho, el lenguaje que escupía aquel abominable monstruo televisivo que se llamó La Veneno. Pero también es, tristemente, un lenguaje que revive el añejo espíritu de Raza, A mí la Legión y títulos parecidos. Es así como, en 1998, don Camilo se convierte en una réplica de los inefables machos Cifesa de 1942, inspirados en aquellos oficiales nazis que sabían cómo tratar a los gays de la época en campos de exterminio perfectamente acondicionados.

(...) Reafirmada la reputación de don Camilo, regresamos al meollo del asunto, que tiene ¡cómo no! una base ideológica. Nadie ignora que el Nobel fue antes censor. Creo que corrían los tiempos más negros de la Dictadura. Años después, nos contó que, si bien censuró, fue censurado a su vez. Debe de ser justicia poética. O concede la razón a un agradable western de los años cincuenta: «Los lobos acaban devorándose entre ellos» (Lanza rota, de la Fox).

La censura, que muchos escritores sufrimos con tanta o mayor intensidad que el señor Cela, es una forma de dar por el culo bastante más abominable que la que pueda practicar cualquier homosexual en los sagrados derechos de su privacidad. Me estoy moviendo en la metáfora más gratuita, por supuesto, pero éste y no otro parece ser el estilo de Cela, además de los sabios decires del refranero. No es, sin embargo, su dueño exclusivo, y así los demás podemos recordar que el que censura una vez censura ciento, que el hábito acaba haciendo al monje y que, en última instancia, es preferible tomar en democracia que dar desde el fascismo.

(...) Pero nos estamos poniendo trascendentes y el señor Cela no lo merece. Yo me he limitado a retirar sus libros de mi biblioteca y a sustituirlos por los de Pier Paolo Pasolini. Cierto que era un homosexual declarado, pero en su actitud cívica, en sus responsabilidades ante la historia, en su entrega a la humanidad, demostró tener un par de cojones. Es de desear que el señor Cela sepa demostrar los mismos cuando despierte de su famosa «siesta de orinal». Siesta muy larga, por cierto. Acaso no para un marqués, quizás no para un Nobel, ni siquiera para un académico, pero sí para un ciudadano del hermoso descubrimiento que hemos dado en llamar Democracia.

TERENCI MOIX, El Nobel, en la letrina, El País, 15 de junio de 1998. Todo el artículo AQUÍ

De Prada sobre Umbral

La tragedia de Umbral es que quiso ser Cela pero él íntimamente sabe que sólo es un epígono degradado de los prosistas de la Falange. Cela se batió el cobre para darle a Umbral un premio Cervantes, amañado, y lo hizo por amistad, por esa fuerza de obcecada ceguera que es la amistad. Umbral es el resentimiento del niño pobre advenedizo que no soporta que hagan obras de misericordia con él.

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JUAN MANUEL DE PRADA, recogido por Antonio Astorga en Juan Manuel de Prada rinde homenaje a Cela en Iria Flavia, ABC, 11 de mayo de 2002, pág. 54.

Ridao sobre Cela

Tontos felices papando moscas, pastores fornicando a la sombra con su ganado, niños defecando en un tejado o trazando una soberana parábola de orina desde un balcón, tartamudos que responden al viajero y provocan una sorna previsible y pueril, lisiados que sobrellevan apodos de vulgar y escalofriante ingenio: con la perspectiva de medio siglo, la descripción de la Alcarria realizada por Camilo José Cela produce a la vez estupor e indignación.



JOSÉ MARÍA RIDAO, El pasajero de Montauban, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2003, recogido por Rafael Reig en Manual de literatura para caníbales, Debate, Barcelona, 2006, pág. 225

Marsé sobre Cela

Trato con muy pocos intelectuales: Félix de Azúa, Fernando Savater, Eugenio Trías..., señores que opinan sobre moral, política, educación... Tienen ideas claras, yo más bien tengo dudas. Distingo entre narradores e intelectuales, y otros que ni son narradores ni intelectuales, que sólo escriben pura cháchara y retórica, como Cela, que es un plúmbeo.

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JUAN MARSÉ, entrevistado por ELENA PITA para El Magazine de EL MUNDO, 20 de agosto de 2000

Bolaño sobre Cela y Umbral

(...) 4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo y a Monterroso. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y Umbral. 5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura. (...)

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ROBERTO BOLAÑO, Entre paréntesis, Anagrama, Barcelona, 2004, págs. 324-325

Javier Marías sobre Cela

Si hoy hubiera en España un Flaubert que escribiera un Diccionario de ideas recibidas con que burlarse de los lugares comunes de nuestra sociedad, tendría que poner junto a la entrada "Literatura española": "Dígase primero que Cela es el mejor escritor español vivo, y luego desvaríese con libertad".

(...) Parece como si nadie se hubiera parado a revisar la obra de nuestro Solo Escritor. Cada nueva obra suya es saludada sin más como una nueva obra maestra, y ay de aquel que diga que el Escritor Único lleva muchísimos años (¿todos?) sin dar a la imprenta ninguna obra maestra. Pero aún hay más: los Maestros Indiscutibles suelen tener discípulos y dejan huella (o un gran vacío) en los que vienen detrás de ellos, y sin embargo me parece cuando menos dudoso que la mayoría de los integrantes de las dos generaciones de novelistas españoles más recientes reconozcan en su propia obra el menor influjo del Escritor Único. ¿O acaso es tal influjo patente en un Mendoza, en un Pombo, en un Guelbenzu, en un Millás, en un Azúa, por mencionar algunos autores de la primera generación postfranquista? ¿Lo es en un Llamazares, en un Martínez de Pisón, por mencionar algunos de la segunda?

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JAVIER MARÍAS, Literatura y fantasma, Alfaguara, Madrid, 2001, págs. 175 y 178

Cela sobre Núñez de Arce

Hay que escribir literatura sobre la vida y sobre la propia conciencia. Yo siempre dije que el gran poeta que tuvimos los españoles en el siglo XIX fue Gustavo Adolfo Bécquer, que era un poeta menor, era un laúd de una sola cuerda, pero hay que ver cómo sonaba esa cuerda. Y el gran poeta metafísico del siglo XIX, que fue Núñez de Arce, es insoportable. Es lo primero que hay que tener, una voz propia. Si no la tienes, entonces cambia de oficio. ¡Si no pasa nada! Lo de "El estilo es el hombre" hace muchos años que se dijo y sigue siendo verdad. .

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CAMILO JOSÉ CELA, Lo que dijo Cela en TVE, RTVE, 1989, pág. 191

Montes sobre Cela

 Aquella noche despedíamos a Julián Cortés-Cavanillas, que regresaba a Madrid después de muchos años de corresponsalía romana. No sé por dónde venía el hilo de la tertulia, pero recuerdo que cuando me tocó hablar afirmé que los escritores gallegos escriben un castellano muy rico, jugoso y singular, y me parece que cité, entre otros, los nombres de don Ramón María del Valle-Inclán, Eugenio Montes, allí presente, Álvaro Cunqueiro, Julio Camba y, naturalmente, Cela...


Al escuchar el nombre de Cela, Montes golpeó repetidamente la mesa con los nudillos para llamarme al orden. Me quedé parado, mudo y de una pieza, hundido bajo la interrupción del maestro.


–Cela no, Cela, no. ¿Sabe usted cómo escribe Cela? –Todos abrimos la boca en silencio esperando la explicación–. Pues Cela pone en la cuartilla, por ejemplo, "La Catira se levantó aquella mañana de mal humor." La frase le parece suave, y corrige: "La puta de la Catira se levantó aquella mañana de mala leche." Aquello todavía no le llena del todo, y añade: "La puta cabrona de la Catira se levantó aquella mañana de mala leche." Pues no se conforma, y sobrescribe y concluye: "La puta cabrona de la Catira se levantó aquella mañana de mala hostia."


Le conté una tarde la anécdota a Camilo José Cela, y no puedo decir que le hiciera demasiada gracia.


JAIME CAMPMANY, El jardín de las víboras, Espasa-Calpe, Madrid, 1996, págs. 78 y 79

Lisandro Otero sobre Cela

Camilo José Cela cultivó una especie de relaciones públicas al revés. Presuntuoso, fatuo, mal encarado y soez casi logró la unanimidad en el rechazo a sus altanerías majaderas. Era pronto para la imprecación y el insulto; en algunas ocasiones se le recuerdan salidas ingeniosas pero estas fueron opacadas por su infame reputación.

Durante mucho tiempo se rumoró que había sido delator de la policía franquista y llegó a circular una copia de una carta suya ofreciendo su colaboración a los servicios especiales de la represión fascista. Ahora, ese rumor ha tomado cuerpo. Giles Tremlett, corresponsal del diario británico The Guardian ha enviado un despacho donde informa del hallazgo del historiador Pere Ysàs de documentos que prueban que Cela fue un informante. Las pruebas aparecen en el libro “Disidencia y subversión”, recientemente publicado por Ysàs.

En una carta Cela sugiere que algunos intelectuales, disidentes en apariencia, podían ser sobornados, “domesticados” o convertidos en fieles del sistema. Cela sugirió que algunos, como Pedro Laín Entralgo, eran más susceptibles del ablandamiento por ser más débil de carácter que otros. Cela llegó a sumarse a un grupo de escépticos e inconformes para poder espiar sus actividades. Logró que el gobierno destinara un fondo de 120 mil libras esterlinas para corromper intelectuales. A cambio de esas prestaciones Cela pretendía que se le condecorara o recibir alguna forma de exaltación personal o distinción del régimen. Lo peor es que Cela no fue reclutado sino que ofreció, espontáneamente, su asistencia a la dictadura.

Cela fue acusado también de plagiario y de contratar “negros” para que le hicieran su trabajo. A eso se llamaba una práctica empleada por escritores prolíficos, como es el caso de Alejandro Dumas padre, de contratar a otros escritores para que le prepararan textos que incorporaba a sus novelas.

En 1999 la escritora María del Carmen Formoso Lapido presentó una querella contra Cela ante la Audiencia Provincial de Barcelona, acusándolo de plagiar una novela suya para escribir “La cruz de San Andrés”, premio Planeta en 1994. La escritora presentó su novela “Carmen, Carmela, Carmiña” al Premio Planeta del año anterior. En opinión de la autora, entre su libro y el que resultó ganador había coincidencias temáticas, argumentales, de personajes, tiempos, circunstancias, e incluso, frases textuales que permitían sospechar que la obra de Cela era un plagio.

Camilo José Cela debe su reputación literaria inicial a una novela, “La familia de Pascual Duarte”, publicada en 1942, cuando España aún no lograba emerger del drama alucinante de la Guerra Civil. Alcanzó gran notoriedad, aparte de sus calidades, porque tuvo la buena fortuna que la censura franquista la prohibiese, recogiera una edición y la autorizara después.

El Club Francés del Libro lo declaró libro del mes cuando apareció en Paris y la BBC de Londres afirmó que era una versión española de La Cabaña del Tío Tom, lo cual debe clasificarse entre los honores dudosos. Gregorio Marañón dijo que había tenido el privilegio de pasar en un breve lapso de libro juvenil a libro clásico y lo elevaba a la categoría milagrosa de los libros que son violentos por ser españoles.

Otros críticos, como Federico Álvarez, han impugnado el carácter fundador de esa novela que es, para él, una obra epigonal, “cristalización póstuma de viejos casticismos, de españolidades estereotipadas, de flecos noventayochistas.” Para Álvarez es Carmen Laforet con su novela “Nada”, la que instaura la nueva narrativa. 

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La novelística de la Segunda República, perdió vigencia rápidamente y este nuevo Galdós, adelgazado y pulido que ofrecía Cela, con su lenguaje clásico, significaba un desbordamiento de la pasión hispánica, un examen de la España visceral y eterna, una alternativa apetecible para algunos después de la tragedia del 36, de ahí su éxito inicial. Cela se mostraba más en sintonía con Azorín y Baroja que con la narrativa norteamericana que comenzaba a influir en Europa.

La nueva novela española arranca para algunos con “Tiempo de Silencio” de Luis Martín Santos, en 1962 y para otros con “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio, en 1954. Junto a ellos García Hortelano, Delibes, Aldecoa, Matute y Marsé, nacidos en la década del veinte, constituyen la verdadera promoción de narradores de calidad que comienza a escribir después de la Guerra Civil.

LISANDRO OTERO, Cela, delator y plagiario, Rebelión, 30 de septiembre de 2004 (AQUÍ)

Ferlosio sobre Cela y Quevedo

FELICIANO FIDALGO: ¿Ha leído el Planeta de Cela?
RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO: No. Es un hombre que todo lo envilece.

F. F.: ¿Qué idea guarda del circo?
R. S. F.: Una vez escribí que el circo era la gran alegoría antitética de todas las afrentas, todos los atropellos y todas las humillaciones de la Tierra.

F. F.: ¿Cambió usted en los últimos 25 años?
R. S. F.: No sé si debería haber cambiado más.

F. F.: Como cada año, la Monarquía inglesa acaba de celebrar el Día del Recuerdo por los caídos en las guerras mundiales. ¿Homenajea algo, alguien, con su recuerdo?
R. S. F.: Esos recuerdos son siempre misterios gloriosos. Yo no he reprimido del todo mi alma de guerrero y cuando me emborracho cuento la batalla de Salamina. Y lloro.

F. F.: ¿Por qué los españoles no acaban de ser educados?
R. S. F.: Lo fueron mucho en el siglo XVI, y Quevedo los estropeó un poco. Han vuelto a serlo en el XIX, y Cela los ha hundido en la mayor grosería.

RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO, "El varón es un monstruo", entrevista de Feliciano Fidago, El País, 20 noviembre de 1994. Toda la entrevista AQUÍ

Marías sobre Cela y Umbral

JAVIER DEL CASTILLO: Su amigo Antonio Muñoz Molina celebró, a raíz de la concesión del Premio Cervantes a Camilo José Cela, que se hubiera puesto fin a un viejo problema de la cultura española. ¿Piensa usted lo mismo?
JAVIER MARÍAS: Creo que el más oficial de los premios oficiales y el señor Cela se merecen mucho mutuamente. El uno merece al otro y viceversa. Vamos, que casan muy bien. Sobre todo, si uno piensa que el Premio Cervantes es el más oficial de los premios oficiales.

JAVIER DEL CASTILLO: En su Diccionario de la literatura, Francisco Umbral califica a Javier Marías de escritor "angloaburrido".
JAVIER MARÍAS: El libro al que hace referencia me lo mandaron, le eché un vistazo y no me parece que tenga ningún interés. Su autor tiene para mí muy poco interés como escritor, y como lector, todavía menos.

JAVIER DEL CASTILLO: Umbral tira los libros que no le gustan a la piscina. ¿Usted también destruye los que no le interesan?
JAVIER MARÍAS: Yo directamente lo que hago es no dejarlos entrar nunca en casa. Así me evito el trabajo de tirarlos. Algunos los veo por la mirilla y no entran ni aunque me los regalen.


JAVIER MARÍAS, entrevistado por Javier del Castillo para Tribuna, 23 de febrero de 1996. 

Echevarría sobre Umbral

Francisco Umbral reúne en Cela: un cadáver exquisito todo tipo de fragmentos periodísticos, notas de diario e improvisaciones en torno al autor de La colmena. Desganado y repetitivo, el resultado es un cúmulo de cotilleos y contradicciones.

Es como escuchar a una de esas porteras que interpreta Chus Lampreave en las películas de Almodóvar. Ávida de acaparar la atención de los curiosos, se apresura a dejar entrever cuánto conocía ella al señor ese tan célebre que se acaba de morir. Vaya si lo conocía. Y lo entrañable que resultaba, con todo y ser un escritor tan importante, al parecer, y tan famoso. Las cosas que podría contar de él si se lo propusiera... 

(Y aquí la portera, captado ya el interés de su interlocutor, ve llegado el momento de darse importancia a sí misma).

Claro que no es todo para ser contado... ¡Ay, lo que ella no habrá visto, dada la confianza y el aprecio que el señor le tenía! Sin ir más lejos, al señor le gustaba demasiado el dinero... ¡Y las señoras! Aunque no es verdad eso de que fuera un poco facha. Un poco quizá sí, pero sólo un poco. Lo que pasa es que él era muy suyo, ya se veía. Y hacia el final parecía como si chocheara. Envejeció mal, pero que muy mal, de eso no cabe duda. ¡Si hasta tuvo que vérselas con una demanda por plagio! Nunca se le dio bien, por cierto, lo de escribir artículos para la prensa. Claro que tampoco es que se le diera demasiado bien lo de escribir novelas, por muy vanguardistas que fueran. Lo suyo eran los libritos de viajes, como ése sobre la Alcarria, que luego hubo de repetir por encargo, haciendo el payaso. Y es que, además de antipático, era un manirroto y un codicioso. 'De todos modos, yo le quería mucho...'.

Así suena -literalmente, a veces- este libro, del que no se sabe qué termina por asquear más: si el grado de insidia y de mezquindad que tan desafiantemente ostenta, o la desgana y el aburrimiento con que ha sido pergeñado. Pues, por muy hecho que esté el lector a las chapuzas que suelen resultar del oportunismo y de la venalidad, lo cierto es que en esta ocasión se superan todas las marcas, y lo que se ofrece como un libro en torno a la vida y la obra de Camilo José Cela, resulta no ser más que una gavilla de fragmentos periodísticos, notas de diario, improvisaciones y materiales reciclados que, reunidos a toda prisa, incurren en continuas reiteraciones, olvidos, contradicciones, desórdenes, cambios de tiempo verbal e incluso de registro estilístico; y ello a tal punto que cabe preguntarse si, antes de publicarlo, el editor, ya que no el autor, ha tenido la paciencia de leerse entero el texto. 

Dejando a un lado la cínica desenvoltura con que se ventilan aquí cotilleos y maledicencias (entre las más groseras, las dirigidas a las dos viudas del finado), lo que sorprende en el libro no es la previsible deslealtad hacia la memoria de aquel a quien se invoca como 'mi amigo paternal'; ni siquiera la necesidad de su autor de sacarse a relucir con cualquier pretexto (sin perder la ocasión de mendigar, por vía de despecho, la entrada a la Academia), no. Lo que sorprende, por encima de todo, es la vulgaridad y la chatura de los juicios literarios que a Umbral merece la obra del celebrado genio. ¿Será posible que tanta y tan ripiosa veneración apenas den para más que para concluir que la 'gran falla' de los libros de Cela es 'la ausencia de argumento'? ¿Que su problema, por decirlo con palabras de César González Ruano, es que Cela 'no ama a sus personajes'? ¿Que su mejor libro -por 'sencillo, corto, lírico, realísimo, emocionante de simplicidad y talabarteado de verdad'- es Viaje a la Alcarria? ¿Que entre sus virtudes se cuenta la de ser un 'español profundo, gran conocedor de las Españas'?

Dice Umbral que Cela escribía 'desganado y quizá repetitivo' los artículos del domingo para Abc. Desganado y sin duda repetitivo ha escrito él mismo este libro. En una de sus páginas cuenta cómo, de visita un día al 'chalet hortera' que los Cela tenían en Guadalajara, atrapó un gato que regaló a 'Camilo, buen amigo de los animales'. Al gato le puso Cela el nombre de Salieri. Cela le dijo a Umbral que en memoria de un torero del lugar. Pero el motivo -piensa uno después de leer este engendro- muy bien podría ser otro.

IGNACIO ECHEVARRÍA, La portera, El País, 18 de mayo de 2002 (AQUÍ)

Martínez Sarrión sobre Cela

Un curioso efecto de simetría, causado por la muerte de Cela: el 95 por ciento de lo publicado en diarios nacionales sobre el finado, como el mismo porcentaje de su obra, es pura inanidad, pura pérdida de tiempo. De la obra, lo único que de verdad me gustó fue su primera época: el Pascual Duarte y los primeros viajes; menos, La colmena; algo los carpetovinismos, San Camilo 36 no es más que la visita a una colección de burdeles madrileños, al filo de la tragedia. Cuando trató de hacer lo que él entendía por “vanguardia” se vio que resultaba forzado, ilegible, trivial en su pretenciosidad. Madera de boj, el tan anunciado texto que haría justicia a la Galicia marítima, al bravo mar de los Ártabros, no es más que una prolija colección de chistes y ocurrencias de gusto dudoso. Sobre el muerto, han estado bien Ignacio Echeverría, Haro Tecglen y sobre todo Gimferrer, meditado y justo. Lo mejor, que escuché a ráfagas, se debió a Carlos Casares: “Era un hábil imitador de Dalí para promocionarse” y lo opinado por un estudiante de doce o trece años: “Era un tipo duro, un tipo algo borde”. Su hijo, que lo conoció de sobra, le afeaba su absoluta falta de piedad, como rasgo central de su persona. Anécdotas por él contadas: asustar a las pobres mujeres que volvían a sus casas cargadas con la compra; en casa de su patrona durante la guerra, limpiarse el culo con un canario, tras defecar en el teclado del piano, ¡qué hombrada! ¡Qué tipo ocurrente y original! Otro gesto nobilísimo fue ofrecerse a Franco, a su entrada en Madrid, para delatar a “rojos”, ejercer como censor de libros y publicaciones, escribir por una montonera de dólares una novela venezolana, llena de indigenismos, a la mayor gloria del sanguinario dictador Pérez Jiménez. Su manipulación y prepotencia a la hora de cubrir vacantes en la Academia o de discernir el ganador del Premio Cervantes, el cual se hizo otorgar obscenamente, tras el injusto Premio Nobel, como su creciente y ya no disimulado reaccionarismo ideológico, fueron notorios. Un gacetillero de periódico a pie de capilla ardiente se quejaba o fingía quejarse del escaso, casi nulo, número de escritores que fueron a rendirle el último homenaje. Un gesto a su favor que pocos conocen: en un almuerzo, cuando su miserable lacayo Umbral –que le escupió nada más morir en un libro– se desató contra Juan Benet, le dijo: “¡Cállate, Paco, que Benet fue un gran escritor!”. Muere, en fin, un autor enormemente sobrevalorado en vida –Italo Calvino o Juan Marsé, grandes de verdad, así lo escribieron– y un ser humano despreciable. La historia de la literatura lo pondrá, sin duda, en su lugar.

ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Escaramuzas, Alfaguara, Madrid, 2011, págs. 52 y 53.

Sánchez Dragó sobre Cela y Gómez de la Serna

Cine y literatura narrativa. Sigo dando vueltas a ese matrimonio morganático. Es el último paso de tuerca. Sólo un divertimento…

Lo primero –el cine– no existiría sin lo segundo. Quizá por eso tantos escritores se han interesado, e incluso dedicado, al séptimo arte.

Ramón Gómez de la Serna, en los años 20, escribió un libro (Cinelandia) en el que la novela y el cine se convertían en mancomunada fuente de greguerías y frases más o menos chispeantes…

Sobre el patio de butacas: “Al cine hay que ir bien peinado, sobre todo por detrás”.

A propósito de la pantalla: “La máquina de coser es el aparato cinematográfico de las sábanas blancas”.

O bien: “La pantalla cinematográfica debe tener la anchura de una sábana matrimonial, ya que al final de casi todas las películas se casan sus protagonistas”.

Y esta otra, incomprensible (al menos para mí): “Dos senos y un jersey”. ¿Por qué no una blusa o un sujetador? ¿O, mejor aún, dos tetas y dos manos? No sugiero que sean las mías.

“Al entrar en las puertas giratorias miramos hacia atrás, por si viene Charlot.” Psch.

Creo que Ramón es un escritor sobrevalorado. Literatura, la suya, menor, excepto en Automoribundia, por serlo, mayormente, de ocurrencias.

Con Cela sucede algo parecido.

Realidad y ficción, cine y literatura, y una última greguería: “El cine es la mentira de la verdad”. Eso sí que está bien, diría Antonio Machado…

FERNANDO SÁNCHEZ DRAGÓ, También la verdad se inventa, Dragolandia, El Mundo, 17 de febrero de 2012 (AQUÍ)

Ussía sobre Umbral

He leído con pasmosa facilidad el último libro de Francisco Umbral,Cela: Un cadáver exquisito. No es un buen libro. Algo de donaire en el continente y mucho de malaire en el contenido. La amistad de Cela y Umbral merecía más reposo y menos precipitación oportunista. Tiene ráfagas estallantes, porque Umbral aunque escriba algún libro malo es un gran escritor, pero no emociona, ni sorprende, ni indigna, ni revela. Cuatro son los héroes y heroínas del ensayo, Inés Oriol, Sisita Milans del Bosch, César González Ruano y el propio Umbral. Camilo va de poca cosa renqueante y Marina Castaño de chisme. Pero no son Camilo José Cela, ni Marina Castaño, ni Carmen Conde, ni Pepe García Nieto los protagonistas de unas vivencias desencuadernadas. La protagonista, la obsesión, casi la enfermedad -un libro es siempre enfermedad de alguien-, es la Real Academia Española, que todavía no le ha abierto las puertas a Umbral, con tanta injusticia como perseverancia. He defendido sistemáticamente el ingreso de Umbral en la RAE, y dos ilustres académicos se molestaron con mis argumentos favorables y mis suspicacias personales. Pedro Laín Entralgo y Julián Marías, el primero ya ausente y el segundo gozosamente vivo, lúcido y brillante. Pero si las cosas no pueden ser porque además son imposibles, se renuncia dignamente y ya está. Ahí tenemos a Jaime Campmany, que es otro académico nato, con elegante silencio ante el inmortal olvido.

Retrata Umbral a Cela a través de una desfiguración propia. Se presenta a Camilo como un escritor que degenera en burgués y esnob. ¿Cree Paco Umbral que su evolución es desbarajuste común? Cela, según Umbral, cambia con el Nobel y se convierte en un señor bien educado que recibe a sus amigos, viejos y nuevos, en su casa de Puerta de Hierro en Madrid. En esa casa ricachona y desmedida descubre Umbral los defectos que no tiene su proletaria «dacha», isla revolucionaria en una de las urbanizaciones más ricas y rumbosas de los alrededores capitalinos. Hace mal Cela tratando a tanta marquesa, pero Umbral -como su amigo y también magnífico escritor, Raúl del Pozo- acierta plenamente volando de Llamazares a Inés Oriol y del añorado PCE a Sisita Milans del Bosch. En sus casos el esnobismo no existe, los chalés no son burgueses, la alta sociedad no infecta, los bienes materiales no corrompen y la revolución sigue en pie. Pero uno abusa de un muerto amigo para airear sus trapos sucios, y el otro retrata con crueldad a una duquesa que le ofreció amistad y confianza. Lo tengo escrito. La peor deslealtad es la que nace del resentimiento social.

El que pretenda encontrar en este nuevo libro de Umbral el talento continuo de su autor, se llevará una notable decepción. No va más allá de un texto cotilla con un mensaje nada escondido. Cela, que luchó con aspereza y bronca para que el Cervantes se lo llevara Umbral, fracasó en sus intentos de sentarlo en la Real Academia Española. Señores Lázaro Carreter y De la Concha: les recuerdo que me lo han prometido, pero la promesa no se cumple. No me interesa para nada la Real Academia Española, pero si no me hacen académico, se van a enterar ustedes. Ese es el mensaje.

Lo siento por Umbral, que no por Cela, Marina o demás fantasmas zaheridos. Lo siento por mi viejo afecto y honda y cacareada admiración hacia el escritor vallisoletano, uno de los mejores prosistas españoles de las últimas décadas. Lo siento porque creía a Umbral por encima de las pequeñas miserias y los arañazos por la espalda. Lo siento porque un gran escritor nos ofrece un mal libro. Y lo siento porque el gran escritor no ha demostrado, en esta ocasión, que puede ser también -y lo es- una buena y generosa persona.

ALFONSO USSÍA, La Academia y Umbral, publicado en ABC el 28 de abril de 2002 y recogido en El bosque sonriente, Ediciones B, Barcelona, 2003, págs. 207 y 208.

Pla sobre Cela

Barcelona, 19 de enero de 1977

Sr. Don Miguel Delibes
Paseo de Zorrilla, 7
Valladolid

Querido Miguel:

[...] En el programa de televisión A Fondo, Pla no dijo que tú fueras un escritor gris. Yo estaba presente cuando le hicieron la entrevista y al preguntarle cuál era el escritor que más admiraba dijo que Baroja. Inmediatamente le preguntaron cuál era de los novelistas españoles de ahora el que consideraba el mejor y dijo que Miguel Delibes. Hizo una pausa y añadió: "Pero en un tono grisáceo". No citó a ningún otro escritor actual. Conociendo a Plá, sé que esto es un gran elogio para ti a pesar de lo del tono grisáceo, que en definitiva no sé muy bien lo que quiere decir. Sólo te diré que la pregunta que le hicieron sobre Cela tuve que pedir que la cortaran, ya que contestó que Cela estaba haciendo grandes esfuerzos para llegar, sin conseguirlo, a la suela de los zapatos de Valle Inclán.

JOSEP VERGÉS, fragmento de una carta a Miguel Delibes recogida en MIGUEL DELIBES/JOSEP VERGÉS, Correspondencia, 1948-1986, Destino, Barcelona, 2002, pág. 425