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Musil sobre Joyce y Broch

Durante los cuatro o cinco últimos años de la Austria independiente, una vez que Musil retornó de Berlín a Viena, se podía oír una trinidad de nombres que la vanguardia alzaba sobre el pavés. Musil, Joyce y Broch; o Joyce, Musil y Broch. Cuando hoy, pasados cincuenta años, reflexionamos sobre lo que allí se yuxtaponía, parece muy comprensible que a Musil no le gustase nada esa anómala trinidad. Rechazaba categóricamente el Ulises, que por aquel entonces había aparecido en alemán. Le repugnaba en lo más hondo la atomización del lenguaje; cuando llegaba a decir algo sobre esto, lo que no hacía de buena gana, calificaba de obsoleta esta atomización, pues se derivaba de una psicología asociacionista que estaba ya superada. En su época berlinesa se había relacionado con los fundadores de la psicología de la Gestalt; esta significaba mucho para él, y probablemente Musil pensaba que con su propia obra formaba parte de ella. El nombre de Joyce le era fastidioso; lo que este hacía no tenía nada que ver con él. Cuando le conté mi “encuentro” con Joyce en Zúrich a comienzos de 1935, se impacientó. “¿Y a eso le da usted importancia?”, dijo. Tuve la suerte de que dejase a un lado el tema de Joyce y no interrumpiese del todo su conversación conmigo.

Pero lo que le resultaba completamente intolerable era el nombre de Broch en la literatura. Había conocido a Broch mucho antes: como industrial, como mecenas y, más tarde, como estudiante de matemáticas en la universidad. Como escritor no lo tomaba en serio para nada. La trilogía de Broch le parecía una copia de su propio proyecto, en el que venía trabajando hacía ya decenios. El hecho de que Broch hubiese terminado ya su obra, en la que había empezado a trabajar poco tiempo antes, lo llenaba de una grandísima desconfianza. En este asunto no tenía pelos en la lengua; de boca de Musil no llegué a oír nunca una palabra favorable sobre Broch. No puedo recordar ninguna frase concreta del primero sobre el segundo, tal vez porque me encontraba en la difícil situación de tener en gran estima a los dos. Me hubiera sido insoportable una tensión entre ellos, y no digamos una pelea. Pertenecían ambos –acerca de esto no tenía yo la menor duda– a un grupo, muy exiguo, de gente que se tomaba sumamente en serio la literatura, que no escribía para alcanzar popularidad ni una fama vulgar y corriente.

ELIAS CANETTI, El juego de ojos. Historia de una vida. Obras completas II, Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores, Barcelona, 2003, traducción de Andrés Sánchez Pascual, págs. 966 y 967.

Canetti sobre Camus

No he buscado la destrucción en Rimbaud; me pareció ridículo cultivar la destrucción como tradición literaria; la encontré en mi tiempo, en mi propia vida; la he sentido, la he visto, la he pesado, la he rechazado. ¿Qué me importa la vanidad de un muchacho de dieciséis años si la Tierra revienta en mil trozos y mis hombres mueren?

ELIAS CANETTI, 
La provincia del hombre, Carnet de notas 1942-1972, Taurus, 1982, traducción de Eustaquio Barjau, 330 págs.

Canetti sobre Ehrenburg

Me repugna Ehrenburg en sus memorias. El superviviente al que nada le es ajeno. Mil ochocientas páginas de memorias y cien mil o quinientas mil páginas de artículos periodísticos. ¿En qué campos de batalla no estuvo? ¿A quién no conoció? ¿Qué celebridad no lo impresionó? Y uno siempre se pregunta (aunque él no responda): ¿a quién no habrá traicionado para salvarse? Lo leo con interés y repulsión, pero no es una repulsión sana. Es desesperación por todo lo que ha silenciado. ¡Es tanto lo que alguien así tiene que decir para silenciar tanto! ¿Es de extrañar que resultara sospechoso? Yo no soy ninguna víctima, pero al leerlo tengo que sospechar de él constantemente. Es un producto demasiado dócil de su época. No es de extrañar que una vida tan pegajosa endiose árboles.

¿Qué hubiera podido hacer después de semejante vida? Hubiera debido huir y, en algún entorno inocuo y sin importancia, cualesquiera fueran las condiciones, escribir sus verdaderas memorias, ni a favor ni en contra de Rusia, sin ser ya instrumento de nadie, sin ninguna justificación, sino diciendo la verdad, por dañina que fuera para él y para otros, pero la verdad pura y dura, la verdad desnuda, la verdad.

ELIAS CANETTI, Libro de los muertos, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, pág. 79, traducción de Juan José del Solar

Canetti sobre Lévi-Strauss

La manía sistematizadora de los franceses. Lévi-Strauss y los mitos. Son seccionados y rearticulados de manera tal que pierden su eficacia. Y este proceso de destrucción de los mitos se considera investigación de los mitos.

¿Cómo puede un hombre que ha devorado miles de mitos no saber que son lo contrario de cualquier sistema?

La empresa de Lévi-Strauss me resulta tan enigmática, ese revolcarse en lo académico por parte de alguien que está sobresaturado de mitos — ¿cabe imaginar algo más desesperanzador? Intento comprenderlo leyendo las conversaciones con él.

Lévi-Strauss dice que estaba lleno de mitos, embriagado por ellos ya a primera hora de la mañana, más y más mitos durante horas y más horas y días y años. Suena a extasiado, como un recuerdo de vivencias auténticas. Y uno se entera luego de que desde su juventud le gustaba Wagner y que Wagner influyó en su tratamiento de los mitos. Compara el proceso de fragmentación y posterior recuperación y repetición de ciertas partes de los mitos con los "motivos-guía" wagnerianos. Esto ya es bastante discutible de por sí. Pero también se le olvida mencionar que Wagner se pasó años ocupado en un único mito, mientras que él, Lévi-Strauss, va poniendo en fila cientos de mitos como en un herbario.

Y esto es lo único que admite comparación con su método: las plantas prensadas de un herbario. Los ha ido pegando uno a uno en un libro, clasificándolos por especies y familias.

Y son también estos principios clasificadores los que le interesan. Cierto es que inventa algunas oposiciones simples como crudo y cocido, por ejemplo, con cuya ayuda realiza su clasificación. Pero, ¿qué queda del mito propiamente dicho?

Ni siquiera la tenue vivencia del investigador que, en una sola mañana, ha absorbido quizá dos docenas de golpe.

Su vida propiamente dicha son, sin embargo, las instituciones. Un impulso irresistible lo impelía hacia la vida académica, y acabó recalando en el Collége de France. El lugar al que llega así, el Instituto, es ya, arquitectónicamente hablando, una de las instituciones más antiguas y venerables de Francia.

Su primer campo de investigación —y el más específico— son los sistemas de parentesco. Apenas si hay otra cosa, pero qué le vamos a hacer: los trabajos de la antropología inglesa y norteamericana lo entusiasmaron, y el interés por su familia judeo-francesa, muy ramificada, parece haber permanecido siempre despierto en él.

Lo realmente asombroso es la conexión que existe entre este ámbito de trabajo inicial y el posterior, consagrado a los mitos. El hecho de que en ambos casos empleara el mismo método no parece haberlo confundido.

Su destrucción del totemismo, por último, se piense lo que se piense sobre ello, procede de su absoluta necesidad de clasificar. Esto habría que discutirlo con más precisión.

Es deudor sobre todo del estructuralismo lingüístico de Jacobson, que le brinda la excusa para todas las arideces de las que es culpable.

Entre sus amigos menciona a André Bretón y a buena parte de los surrealistas. No es fácil decir cómo contribuyeron éstos a que él tramase sus tejidos, quizá menospreciando otros tejidos. Y éstos —sin duda contra su voluntad— también serían mitos.

La resistencia que siempre he sentido hacia Lévi-Strauss (sin haberlo estudiado seriamente y pese a que su oposición a Sartre me gustaba) encuentra ahora su explicación: durante toda su vida fue discípulo de Richard Wagner en el sensibilísimo campo del mito. Me resulta casi inconcebible que alguien que se haya dedicado a los mitos durante veinte años confiese esta dependencia. 


ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, págs. 90-92, traducción de Juan José del Solar.

Canetti sobre Brecht


Tan grande era mi aversión por su persona que cuando nos encontrábamos no le decía una palabra sobre sus poemas. Al verlo, pero muy especialmente al oírlo pronunciar sus frases, me invadía una sensación de ira que me guardaba bien de exteriorizar, no menos que mi entusiasmo por el Devocionario del hogar. En cuanto él lanzaba alguna frase cínica, yo replicaba con otra severa y del alto contenido moral. Una vez le dije -y en el Berlín de entonces debió sonar muy divertido- que un escritor tenía que encerrarse para poder hacer algo. Necesitaba estar a ratos en el mundo y a ratos fuera de él, y ambos períodos deberían contrastar al máximo. Brecht me dijo que siempre tenía el teléfono sobre su escritorio y sólo podía trabajar si sonaba a menudo. De la pared situada frente a él colgaba un gran mapamundi que solía mirar para no estar jamás fuera del mundo. No cedí, y pese a sentirme aniquilado por la lamentable inutilidad de mis poemas, reafirmé la validez de mis consejos frente al hombre que escribía mejores poesías. Una cosa era la moral y otra muy distinta la causa, y estando presente él, a quien sólo importaba la causa, para mí no contaba más que la moral. Critiqué la publicidad que proliferaba en Berlín como la peste. A él no le molestaba: al contrario, los anuncios tenían su lado positivo. Me confesó haber escrito un poema sobre los coches Steyr y obtenido a cambio de él un automóvil. Sus palabras me parecieron salir de la boca del diablo.


ELIAS CANETTI, La antorcha al oído IV, Debolsillo, 2005, Barcelona, traducción de Juan José del Solar, págs. 307 y 308.

Canetti sobre Nietzsche


La locuacidad de Nietzsche.

¡Con qué presunción repartió miles de ceros!

[...]

Todo cuanto tienes que decir guarda relación con lo "pequeño". Ese es tu contenido. Tu hostilidad contra lo "grande", contra lo "sano", contra los "nervios", contra "las alturas", en una palabra: contra Nietzsche. 


ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, traducción de Juan José del Solar, págs. 97 y 126