Me repugna Ehrenburg en sus memorias. El superviviente al que nada le es ajeno. Mil ochocientas páginas de memorias y cien mil o quinientas mil páginas de artículos periodísticos. ¿En qué campos de batalla no estuvo? ¿A quién no conoció? ¿Qué celebridad no lo impresionó? Y uno siempre se pregunta (aunque él no responda): ¿a quién no habrá traicionado para salvarse? Lo leo con interés y repulsión, pero no es una repulsión sana. Es desesperación por todo lo que ha silenciado. ¡Es tanto lo que alguien así tiene que decir para silenciar tanto! ¿Es de extrañar que resultara sospechoso? Yo no soy ninguna víctima, pero al leerlo tengo que sospechar de él constantemente. Es un producto demasiado dócil de su época. No es de extrañar que una vida tan pegajosa endiose árboles.
¿Qué hubiera podido hacer después de semejante vida? Hubiera debido huir y, en algún entorno inocuo y sin importancia, cualesquiera fueran las condiciones, escribir sus verdaderas memorias, ni a favor ni en contra de Rusia, sin ser ya instrumento de nadie, sin ninguna justificación, sino diciendo la verdad, por dañina que fuera para él y para otros, pero la verdad pura y dura, la verdad desnuda, la verdad.
ELIAS CANETTI, Libro de los muertos, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona, 2010, pág. 79, traducción de Juan José del Solar