Mostrando entradas con la etiqueta James Henry. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta James Henry. Mostrar todas las entradas

Moore sobre Hardy, Henry James, Conrad, Shaw y Wells

En cuanto a Hardy y Henry James, ¿qué se puede decir? Yo soy, la verdad, bastante modesto, pero confieso que Esther Waters me parece mejor que Tess. Pero ¿qué se puede decir en favor de ese hombre? No sabe escribir. No sabe contar una historia. El arte literario consiste ante todo en saber contar una historia. Pero usted, amiga mía (esto a mí –un poco vacilante al llamarme amiga), ¿qué puede usted alegar en favor de Hardy? Nada, seguro. La prosa es la peor parte de la literatura inglesa. Compárela usted con la francesa –o con la rusa. Henry James escribió alguna que otra historia que no estaba del todo mal, antes de inventar esa jerga. Pero eran historias de gente rica. No se puede escribir historias de gente rica –porque, creo que dijo, los ricos no tienen instintos. Pero Henry James veneraba las balaustradas de mármol. No hay pasión en ninguno de sus personajes. Y Anne Brönte era la mejor de las tres hermanas y Conrad no sabía escribir y así sucesivamente.

(págs. 59 y 60)

Moore los desprecia a todos: Shaw –vulgaridad chillona– envenenado de vulgaridad –en su vida hizo una sola frase bien escrita– Wells –no me molestaré en opinar sobre Wells– y Galsworthy…

(pág. 131)

GEORGE MOORE, conversaciones recogidas por VIRGINIA WOOLF en Diario íntimo II (1924-1931), Grijalbo Mondadori, traducción de Laura Freixas, Madrid, 1993, 223 págs.

Canto sobre Henry James

 Nuestros primeros desentendimientos fueron literarios. Aunque me sentí conmovida por ciertas tiradas líricas de Youth o Heart of Darkness, él [Borges] no logró transmitirme su entusiasmo por Conrad o por Stevenson. Y yo tampoco pude hacerle cambiar la opinión muy mala que tenía de Thomas Mann, uno de mis autores predilectos, o reconsiderar la indiferencia injusta, casi hostil, que mostraba por Tolstoi, Dostoievski, Chejov y rusos menores. Para él toda la literatura rusa se reducía a La dama de pica, de Pushkin.


En relación a Henry James, casi tuvimos una pelea. Nunca he podido apreciar al retorcido y trabado Henry James; sus argumentos sentimentales, envueltos en una prosa intrincada y llena de rodeos, me parecen, en el plano literario, el equivalente de una reacción de miedo. Decidí tocar un punto sensible. Yo sabía que Borges tenía en gran estima a los autores “viriles” (Conrad, Chesterton, Melville, Quevedo) y despreciaba lo que él consideraba “literatura para mujeres”.


“Los argumentos de James –le dije– son los mismos de los cuentos que se leen en las revistas femeninas, sólo que rarificados y enmarañados hasta el punto en que no se los reconoce.”


Esto le llegó. Se enfureció y habló un buen rato, sin perdonarme las sarcásticas observaciones que mi insolencia merecía. Sin embargo, yo sentí que estaba tratando de convencerse a sí mismo, de extraer la espina insidiosa que yo había plantado en sus opiniones hechas.


En literatura lo conmovían los momentos culminantes. Nunca escribió una novela y sospecho que este lector voraz fue un lector de novelas muy insuficiente, no enteramente honesto. Una novela es básicamente una continuidad; es una llanura, no una cumbre. Y él sólo se inclinaba ante los morceaux de bravoure: la continuidad lo aburría. En una novela él aislaba una situación y desatendía a todo el resto.


ESTELA CANTO, Borges a contraluz, Espasa, Madrid, 1989, págs. 77-79

Borges sobre Flaubert (2)

A pesar de lo mucho que se esforzaba por escribir, las frases no le salían bien. Cae, como Lugones, en un estilo burocrático que apaga el interés del lector. No trata de ser interesante; la impresión que da no es de impulso, sino de insistencia en una materia ingrata. Después de leer La tentación de Saint Antoine a sus amigos, le dijeron que debía dejarse de asuntos grandilocuentes, que debía buscar una historia chata. Para contestar a esos amigos escribió Madame Bovary. Qué idea de la literatura y del arte. Llegó hasta a buscar la casa donde habían vivido Bouvard y Pécuchet. Qué diferencia con Henry James. Cuando a James le contaban una historia que le parecía que le daba tema para un cuento, una vez que había oído lo esencial acallaba a los narradores; no quería oír demasiadas explicaciones ni detalles; con lo esencial trabajaba su mente y un tiempo después escribía un cuento. Un método más lúcido que el de Flaubert.


ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, págs. 66 y 67.