Canto sobre Henry James

 Nuestros primeros desentendimientos fueron literarios. Aunque me sentí conmovida por ciertas tiradas líricas de Youth o Heart of Darkness, él [Borges] no logró transmitirme su entusiasmo por Conrad o por Stevenson. Y yo tampoco pude hacerle cambiar la opinión muy mala que tenía de Thomas Mann, uno de mis autores predilectos, o reconsiderar la indiferencia injusta, casi hostil, que mostraba por Tolstoi, Dostoievski, Chejov y rusos menores. Para él toda la literatura rusa se reducía a La dama de pica, de Pushkin.


En relación a Henry James, casi tuvimos una pelea. Nunca he podido apreciar al retorcido y trabado Henry James; sus argumentos sentimentales, envueltos en una prosa intrincada y llena de rodeos, me parecen, en el plano literario, el equivalente de una reacción de miedo. Decidí tocar un punto sensible. Yo sabía que Borges tenía en gran estima a los autores “viriles” (Conrad, Chesterton, Melville, Quevedo) y despreciaba lo que él consideraba “literatura para mujeres”.


“Los argumentos de James –le dije– son los mismos de los cuentos que se leen en las revistas femeninas, sólo que rarificados y enmarañados hasta el punto en que no se los reconoce.”


Esto le llegó. Se enfureció y habló un buen rato, sin perdonarme las sarcásticas observaciones que mi insolencia merecía. Sin embargo, yo sentí que estaba tratando de convencerse a sí mismo, de extraer la espina insidiosa que yo había plantado en sus opiniones hechas.


En literatura lo conmovían los momentos culminantes. Nunca escribió una novela y sospecho que este lector voraz fue un lector de novelas muy insuficiente, no enteramente honesto. Una novela es básicamente una continuidad; es una llanura, no una cumbre. Y él sólo se inclinaba ante los morceaux de bravoure: la continuidad lo aburría. En una novela él aislaba una situación y desatendía a todo el resto.


ESTELA CANTO, Borges a contraluz, Espasa, Madrid, 1989, págs. 77-79