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Canetti sobre Camus

No he buscado la destrucción en Rimbaud; me pareció ridículo cultivar la destrucción como tradición literaria; la encontré en mi tiempo, en mi propia vida; la he sentido, la he visto, la he pesado, la he rechazado. ¿Qué me importa la vanidad de un muchacho de dieciséis años si la Tierra revienta en mil trozos y mis hombres mueren?

ELIAS CANETTI, 
La provincia del hombre, Carnet de notas 1942-1972, Taurus, 1982, traducción de Eustaquio Barjau, 330 págs.

Varios sobre Rimbaud

A aquellos escritores no podría atraerles la vitalidad y el estilo muy personal de Rimbaud. Todos y cada uno le rechazaron en bloque en razón de lo que llamaban el caos de sus teorías y sus errores gramaticales y de sintaxis. En su actitud no se descubre tan sólo desagrado y desaprobación, sino el terror primordial e instintivo al cambio. Todos los poetas de edad madura mejor considerados, como Leconte de Lisle y Banville, lo rechazaron; tampoco lo aceptaron los de la generación más joven –Coppée, Heredia y Catulle Mendès– que se consideraban progresistas. Únicamente Verlaine creía en el talento de su amigo, pero su opinión carecía de peso, porque se pensaba que Rimbaud lo había embrujado.

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ENID STARKIE, Arthur Rimbaud, Siruela, Madrid, 2000, págs. 199 y 200.

Pla sobre Rimbaud

 El poeta Arthur Rimbaud.


Sus poesías son, en general, ininteligibles. Lo demuestran las innumerables interpretaciones eruditas que han tenido. Cuando son inteligibles, son pura banalidad. A veces parece que el que escribió las poesías que quiso escribir Rimbaud fue Verlaine –gran poeta–. Gran pederasta, drogado, Rimbaud tuvo, de joven, una gran belleza física. Ojos de nomeolvides –dicen los retratos coetáneos.


La vida de Rimbaud, –evasión permanente, siempre fugitivo– fue sensacional, mucho más que su poesía. En Francia esta clase de poetas siempre será apreciada por la fatiga producida por el esfuerzo que pone en ella el academicismo.


JOSEP PLA, Dietarios (I): El cuaderno gris / Notas dispersas, Espasa, Madrid, 2001, pág. 524, traducción de Xavier Pericay.