ERNEST HEMINGWAY, fragmento de París era un fiesta recogido por Josep Mª Castellet en el prólogo a Hemingway, biografía de Anthony Burgess, Salvat Editores, Barcelona, 1984, págs. 11 y 12
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Hemingway sobre Mansfield
Me leí Turgueniev entero, todo lo que había salido en inglés de Gogol, las traducciones de Tolstoy por Constance Garnett, y las traducciones inglesas de Chejov. En Toronto, antes de haber estado nunca en París, oía yo decir que Katherine Mansfield había escrito grandes cuentos, pero cuando quise leerla después de conocer a Chejov me parecía oír relatos cuidadosamente artificiales de una solterona joven, comparados con lo que puede contar un médico de mucha inteligencia y experiencia, que además era un escritor bueno y sencillo.
Irving sobre Hemingway
Siempre odié a Hemingway. Incluso de adolescente me daba vergüenza ajena. Por su forma de ser hombre y por su forma de ser escritor. Su prosa simplona. Si uno sólo consigue escribir esas frases tan cortas, ¿por qué no dejar la narrativa y dedicarse como modus vivendi a la publicidad? No creo, en su caso concreto, que su formación como periodista lo haya ayudado. Creía que tenía que seguir con esas frases breves y simples, que no le habrían servido jamás a escritores como Melville, Flaubert, Hardy o Dickens. Gracias a Dios que ellos no tenían inclinación por la prosa simplona y la brevedad. Y la manera que tenía Hemingway de representar la masculinidad siempre me pareció una broma de mal gusto. Al menos para mí, que competí como luchador deportivo durante veinte años y trabajé como entrenador durante otros muchos. Hemingway no era un boxeador, era un amateur. Era un gordinflón y, como escritor, estaba igualmente inflado. Fue el responsable de una tendencia en la literatura estadounidense. Sus imitadores creen que el minimalismo los hace parecer más inteligentes. Como modo de escribir prefiero, obviamente, las frases complicadas o al menos complejas, por la misma razón por la que me gustan los personajes complejos y complicados. Incluso en su mejor novela, que escribió a los veintisiete años, Fiesta, la mayor complejidad de su personaje principal es que no consigue una erección. ¡Ésa es la historia central, y por eso existe la novela! Supongo que para alguien como Hemingway lo que le pasa a un personaje era su mayor pesadilla. Como escritor y como hombre, era un fraude.
JOHN IRVING, entrevistado por Valerie Miles y recogido en John Irving, el outsider, La Nación, 19 de abril de 2013. Toda la entrevista AQUÍ
Hemingway sobre Faulkner
En su correspondencia, Hemingway menospreciaba con frecuencia a Faulkner y a sus libros. Que Faulkner se quedara con su condado de "Octonawhoopooo" o "Anomatopoeio", o "como se llamase" (Yoknapatawpha, de hecho). Él se sentía demasiado encerrado en cualquier condado. La fábula, novela de Faulkner publicada en 1954, estaba llena de falsa religiosidad; era puro excremento humano, del que ni siquiera sirve para abono; era únicamente "mierda impura y diluida". Lo único que se necesita para escribir cada día cinco mil palabras como ésas era un litro de whisky, el pajar de un establo y un desprecio total por la sintaxis. Empezó a llamar a Faulkner "el viejo y melifluo bebedor de alcohol ilegal". Cuando se publicó una colección de los relatos de caza de Faulkner en 1955, Ernest envió un mensaje a través de Breit señalando que se habría sentido más impresionado si Faulkner hubiera cazado animales que corriesen en una y otra dirección. En su El arte del relato, de 1959, Hemingway asumió el mérito de haber promocionado la reputación de Faulkner en Europa muchos años antes, "porque entonces nunca tuvo suerte y entonces era bueno". Sin embargo, ahora era diferente. "Muy buen escritor", dijo para resumir su opinión sobre el personaje. "Ahora se engaña a sí mismo. Demasiada salsa". Faulkner había escrito "un relato realmente espléndido" titulado The Bear (El oso), que Hemingway se hubiera sentido orgulloso de escribir. "Pero no los puedes escribir todos, Jack".
SCOTT DONALSON, Hemingway contra Fitzgerald, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2002, pág. 358. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane
Stein sobre Hemingway y viceversa
Durante una época bastante dilatada, Hemingway y Stein se turnaron en despreciarse mutuamente por escrito. Stein había sido su mentora, cosa que Ernest se esforzaba en desmentir a toda costa. Hemingway le había hecho el favor de ayudarle a publicar Ser norteamericanos, una deuda que tampoco Stein quería recordar. Además, su compañera Toklas estaba celosa de “su debilidad por Hemingway”. En su Autobiografía de Alice B. Toklas, Stein describe a Hemingway como un arribista oculto tras la máscara del artista entregado, un hombre básicamente temeroso, dado a exhibiciones de falsa valentía, y con “un noventa por ciento de rotario”, entre otras lindezas. Hemingway disparó unas cuantas salvas en su dirección antes de la publicación de la Autobiografía en 1933, continuó el asalto enThe Green Hills of Africa (Las verdes colinas de África, 1935) y, con más ferocidad si cabe, en el libro publicado póstumamente, París era una fiesta. El ácido retrato de Stein que hace Hemingway en ese libro de memorias se encuentra muy cerca, por su maldad, del que traza a propósito de Fitzgerald. Cada uno de esos retratos ocupa tres capítulos del libro.
No era Hemingway, sino Stein, la miserable arribista, según se dice en París era una fiesta. Durante los tres o cuatro años en que fueron buenos amigos, escribió Ernest, nunca escuchó a Gertrude hablar bien “de ningún escritor que no hubiera escrito favorablemente, en términos elogiosos, acerca de su obra, o que no la hubiese ayudado a promocionar su carrera, con la sola excepción de Ronald Firbank y, más tarde, de Scott Fitzgerald”. La obra de Fitzgerald siempre le gustó, como también le gustaba Alice Toklas.
Sin embargo, los mayores golpes de Heminway en París era una fiesta se reservan para el lesbianismo de Stein. Según cuenta, Gertrude –en calidad de abogada del movimiento– le explicó que las lesbianas no eran como los homosexuales varones. El acto al que se dedicaban los amantes varones era “feo y repelente; después ellos mismos se dan asco”. Terminaban por tomar drogas, cambiaban constantemente de pareja, nunca eran felices. Las mujeres que hacían el amor una con otra, por el contrario, no hacían nada que fuera desagradable o repulsivo; “después se sienten felices y pueden pasar juntas una vida feliz”. Nada convencido Hemingway, le preguntó por una lesbiana notoria. Stein le aseguró que ésa era una excepción a la regla, una “viciosa de verdad y, claro, no logra sentirse feliz más que con gente nueva. Es una corruptora”. ¿Lo había entendido? Ernest no estaba muy seguro. “Se presentaban tantas cosas por comprender en aquellos tiempos, que sentí alivio cuando cambiamos de conversación”.
SCOTT DONALSON, Hemingway contra Fitzgerald, Siglo XXI de España Editores, Madrid, 2002, págs. 196 y 197. Traducción de Javier Alfaya y Barbara McShane.
Martínez Sarrión sobre Hemingway
Tras muchos años sin frecuentarlo, abro al azar París era un fiesta de Hemingway. Parece imposible que hace más de treinta años pudiera interesarnos algo tan amanerado, delicuescente y falso. Incluso me asalta la sospecha, seguramente paranoica, de que Gabriel Ferrater, el traductor al castellano de la edición que manejo, con su malignidad e inteligencia peculiares, un punto satánicas, cargara las tintas al trasvasar esa melaza intragable. Sería preciso comprobar, de todos modos, y si uno tuviera más tiempo y paciencia, si el texto inglés es así de cargante. Y convendría volver a los secos, vigorosos y exactos cuentos del primer Hemingway, a fin de comprobar si ahí se sostiene todavía su escritura, porque de las novelas grandes tiendo a desconfiar aún más que de los recuerdos parisinos. Salvo Faulkner, cada día que pasa más grande, algún Fitzgerald, Thomas Wolfe, Nathanael West, qué mal ha envejecido aquella generación, hoy, más que "perdida", evaporada.
ANTONIO MARTÍNEZ SARRIÓN, Esquirlas, Alfaguara, Madrid, 2000, págs. 15 y 16
Borges sobre Hemingway
Ernest Hemingway, cierta vez, disparatadamente, se comparó con Kipling, a quien consideraba su maestro. Fue medio compadre y terminó matándose porque se dio cuenta que no era un gran escritor. Esto lo salva en parte.
JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en Borges, el palabrista, Libertarias/Prodhufi, Madrid, 1995
Stein sobre Hemingway
JOHN HYDE PRESTON: ¿Y qué hay de Hemingway? Su nombre y el de Ernest Hemingway son casi inseparables cuando se piensa en el París de la posguerra, en los expatriados que se reunieron en torno a ella como si fuera una sibila. Fue bueno hasta después de Adiós a las armas.
GERTRUDE STEIN: No, ya a partir de 1925 había dejado de serlo. En sus primeros relatos cortos había eso que he estado intentando describirle a usted. Después... Hemingway no perdió la facultad, la tiró por la borda. Entonces le dije: "Tienes una pequeña renta, Hemingway. No te morirás de hambre. Puedes trabajar sin preocupaciones y mejorar, puedes conservar eso y crecerá contigo". Pero él no deseaba madurar de esa manera; quería crecer de forma violenta. Es curioso, Preston, pero Hemingway no es un Novelista Americano. No se ha vendido ni ha adoptado ningún molde literario. Puede que se haya acomodado a su propio molde, pero no es únicamente literario. Cuando conocí a Hemingway tenía verdadera capacidad para la emoción y ése fue el sustrato de sus primeros relatos. Pero se avergonzaba de sí mismo y empezó a desarrollar, a modo de escudo, una brutalidad propia de un chicarrón de Kansas City. Era "duro" porque tenía auténtica sensibilidad, y eso le avergonzaba. Y entonces sucedió. Vi lo que estaba pasando e intenté preservar lo que había de bueno en él, pero era demasiado tarde. Emprendió el camino que habían seguido, y aún siguen haciéndolo, muchos americanos antes que él. Se obsesionó con el sexo y la muerte violenta.
No me interprete mal. El sexo y la muerte son las fuentes de las emociones humanas más válidas, pero no lo son todo, ni siquiera son todo emoción. Pero Hemingway empezó a multiplicarlo todo por, y a restarlo de, sexo y muerte. Supe desde el principio, y lo sé aún mejor ahora, que no pretendía descubrir qué eran. Fue el disfraz con el que quería ocultar lo que en él había de amable y delicado. Y finalmente, su enfermiza y dolorosa timidez encontró salida en la brutalidad. No, no, espere... No en una verdadera brutalidad, porque un hombre realmente brutal busca algo más que los toros y la pesca en alta mar, y la caza de elefantes, o lo que se lleve ahora. Si Hemingway hubiera sido auténticamente brutal, podría haber hecho buena literatura sobre esas cosas. Pero no lo es, y dudo que jamás vuelva a escribir sinceramente acerca de algo. Es competente, sí, pero sólo como escritor; la otra mitad es el hombre.
JOHN HYDE PRESTON: ¿Cree en serio que los escritores norteamericanos están obsesionados por el sexo? Y, de ser así, ¿acaso no es legítimo?
GERTRUDE STEIN: Están en su derecho, por supuesto. Una literatura creativa que no se ocupe del sexo es inconcebible. Pero no del sexo literario, porque el sexo es una parte de algo cuyas otras partes no tienen nada que ver con el sexo, no son sexo en absoluto. No, Preston, se trata de un problema de tono. Por el modo en que un hombre habla del sexo se puede decir, si es que hay que decir algo, si es o no impotente. Y si no habla de otro tema, puede estar seguro de que lo es, física y artísticamente.
GERTRUDE STEIN, entrevistada por John Hyde Preston en The Atlantic Monthly, agosto de 1935, incluida en Las grandes entrevistas de la historia 1859-1992, El País Aguilar, 1997, traducción de Herminia Bevia y Antonio Resines. Toda la entrevista AQUÍ
Stein sobre Thomas Wolfe
GERTRUDE STEIN: A menudo, los escritores que realmente poseen pasión no son capaces de reconocerla en sí mismos, porque no saben lo que es sentir de un modo diferente o no sentir en absoluto. Y ella no responde cuando se la llama. Probablemente, Goethe pensara que El joven Werther era un libro más apasionado que Wilhelm Meister, pero en Werther se limitaba a describir la pasión y en Wilhem Meister la transfería. No creo que supiese que lo había hecho. No tenía por qué. Emerson se habría sorprendido si le hubiesen dicho que era apasionado. Pero Emerson tenía auténtica pasión. Escribía con pasión, pero jamás habría podido escribir sobre la pasión, porque no sabía nada acerca de ella. Hemingway lo sabe todo sobre la pasión y en ocasiones puede escribir con seguridad acerca de la misma, pero carece de ella. Tan sólo tiene pasiones. Y Faulkner y Caldwell y todos los que he leído aquí y antes de llegar a América son buenos y honrados artesanos, pero carecen de pasión.
JOHN HYDE PRESTON: Bueno, yo opino que Thomas Wolfe la posee. Acabo de leer Of Time and the River, que me ha emocionado. Creo que en verdad la tiene. Más que ningún otro hombre que conozca en América.
GERTRUDE STEIN: Leí su primer libro. Y lo he buscado, pero no he podido encontrarlo. Wolfe es como un diluvio y a usted le ha anegado, pero si quiere leer metódicamente, Preston, debe aprender a distinguir cómo le arrastran. En el tren leí un artículo sobre Wolfe. En él decían que es muchas cosas, entre otras las cataratas del Niágara. No es la tontería que parece. Las cataratas del Niágara son poderosas, tienen forma y belleza durante treinta segundos, pero el agua del fondo, la que ha sido la catarata durante unos instantes, no es ni mejor ni distinta de la de arriba. Le ha sucedido algo hermoso y terrible, pero se trata de la misma agua y nada le habría ocurrido de no ser por una aberración en una de las formas de la naturaleza. El río es la auténtica forma del agua, una forma que le conviene, y la catarata es un error. Los libros de Wolfe son el agua depositada en el fondo, que lanza espuma en un espectáculo magnífico porque ha seguido el camino equivocado, pero no es mejor de lo que era al emprenderlo. Las cataratas del Niágara existen porque la forma auténtica se ha agotado y el agua no encuentra otra salida. Pero el artista creativo debería ser más hábil.
JOHN HYDE PRESTON: Quiere decir con eso que en su opinión la forma novela ha desaparecido?
GERTRUDE STEIN: Así es, en efecto. Cuando una forma se agota ocurre siempre que todo lo que se escribe ateniéndose a sus normas carece en realidad de forma. Y sabemos que ha muerto cuando ha cristalizado y todo lo que se acoja a ella tiene que ser hecho de una determinada manera. Lo que hay de malo en Wolfe está hecho de esa forma y lo bueno de otra muy diferente. Así pues, si toma lo bueno, resulta que lo que ha escrito no es una novela en absoluto.
JOHN HYDE PRESTON: Sí, pero ¿qué más da? Para mí fue algo muy auténtico, y quizá no me importe si se trata o no de una novela.
GERTRUDE STEIN: Intente entenderme, Preston. Lo que me impacienta no es que no sea una novela sino que Wolfe no viese lo que podría haber sido. Y si posee realmente la pasión que usted le atribuye, lo habría visto, porque la habría sentido de verdad, ella habría adoptado su propia forma y, dada la prodigiosa energía de Wolfe, no le habría vencido.
JOHN HYDE PRESTON: ¿Qué tiene que ver la pasión con la elección de una forma artística?
GERTRUDE STEIN: Todo. No existe ninguna otra cosa que determine la forma. Lo que Wolfe está escribiendo es su autobiografía, pero ha decidido narrarla como una historia, y una autobiografía no es nunca una historia porque la vida no se desarrolla en forma de acontecimientos. Lo que realmente ha hecho es soltar amarras, por lo que sólo ha contado la verdad de su liberación, y no la verdad del descubrimiento. Y es por eso por lo que él significa tanto para ustedes los jóvenes, porque es también su liberación. Y tal vez por ser tan larga y poco selectiva resulte mejor así, ya que, si permanece en ustedes, le darán su propia forma y, si tienen pasión, la añadirán también; y quizá sean capaces de llegar al descubrimiento que él no alcanzó. Pero no volverá a leer ese libro porque no tendrá necesidad de hacerlo. Y cuando un libro ha sido verdaderamente importante para nosotros, siempre se lo necesita.
GERTRUDE STEIN, entrevistada por John Hyde Preston en "The Atlantic Monthly", agosto de 1935, incluida en Las grandes entrevistas de la historia 1859-1992, El País Aguilar, 1997, traducción de Herminia Bevia y Antonio Resines. Toda la entrevista AQUÍ
Faulkner sobre Hemingway
Hemingway no tiene coraje, nunca se ha arriesgado. Jamás ha utilizado una sola palabra que pudiese mandar al lector en busca de un diccionario para saber lo que significa.
WILLIAM FAULKNER, durante una sesión de preguntas y respuestas en la Universidad de Mississippi (abril de 1947), recogido por Kate Riggs en Ernest Hemingway, Creative Education, 2009, traducción de Mary Crónica.
Hemingway sobre Stein
Es una condenada vergüenza, sin embargo, que todo ese talento lo pierda la malicia, la falta de sentido común y el orgullo. Realmente, es una condenada vergüenza. Es una vergüenza que no la hayas conocido antes de que estuviera arruinada. ¿Sabes lo más divertido de todo? Ella no supo nunca escribir diálogos. Era terrible. Aprendió de mí a hacerlo y lo utilizó en ese libro. Nunca hasta entonces había escrito de esa manera. Nunca pudo perdonarme que se lo enseñara y tenía miedo de que la gente se diera cuenta y comprendiera dónde lo había aprendido, por eso tuvo que atacarme. De verdad que es una graciosa situación. Estoy dispuesto a jurar ante todo el mundo que era condenadamente bonita antes de convertirse en una mujer ambiciosa. Te hubiera gustado mucho entonces, de verdad.
ERNEST HEMINGWAY, Las verdes colinas de de África, Caralt, Barcelona, 1988, traducción de J. Gómez del Castillo
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