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Medina Reyes sobre García Márquez (3)

En cuanto al término garcíamarketing me refiero a que él, García Márquez, es una marca registrada que se usa con diversos propósitos; sería tonto pensar que García Márquez necesita algún tipo de publicidad cuando él es alma y nervio de los medios. Son sus cortesanos quienes chupan, se disputan y han declarado estar dispuestos a todo por las migajas que les arroja de su fama. Lo que me indigna y entristece es que un escritor de su dimensión se incline de forma tan patética ante cualquier tipo de poder y se le humedezca el trasero con sólo escuchar la palabra Presidente.

EFRAÍM MEDINA REYES, entrevista a blogscolombia.com, 21 de abril de 2007, vía Palabras invisibles y pensamientos en estéreo (AQUÍ)

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Cabrera Infante sobre García Márquez

Al artículo del escritor colombiano Gabriel García Márquez publicado en EL PAIS el 19 de enero [de 1983] (AQUÍ) no quiero, no puedo, como cubano, echarlo donde se merece y olvidarlo. Esta no es mi carta, pero es mi respuesta. Fue Martí, el Marx más a mano en Cuba ahora, quien dijo que contemplar un crimen en silencio es cometerlo. Esta vez, al revés de otras veces, no me voy a callar ante esta última manifestación del delirio totalitario, inducido sabe Freud por qué aberración del ser contemporáneo.

(...) No es verdad que García Márquez pudiera entrar a Estados Unidos sólo al vestir el disfraz panameño, civil o militar. El escritor de La hojarasca, que ahora tiene generales de quién escribir, abandonó Nueva York en abril de 1961 con más prisa que dejó Bogotá la última vez, y, de paso, desertó de las oficinas de la agencia Prensa Latina, que dirigía. Lo hizo al revés que su admirado Hemingway: sin gracia y sin presión, nada más conocer que había ocurrido el desembarco contrarrevolucionario en Bahía de Cochinos, en Cuba, al que dio por triunfador en seguida. ¿Es necesario recordar que La Habana está a miles de kilómetros de Nueva York? Su corazón tendría sus razones, pero los que conocemos su biografía verdadera sabemos que esta noticia (revelación para muchos) es facta non verba. García Márquez volvió a Estados Unidos (de hecho, a la misma Nueva York que había dejado detrás como una mala hora) exactamente diez años después, en 1971, a recibir el grado de doctor honoris causa de la muy americana (y capitalista) Universidad de Columbia. Para los que aman las analogías, puedo decir que este homenaje es como si la Universidad de Kiev le hubiera conferido igual honor a Jorge Luis Borges.

(...) Lo que sí me parece lamentable y me concierne es que cientos de miles de cubanos no puedan regresar a su país, como hará el exiliado autor de Cien años de soledad, ni el próximo mes ni nunca mientras viva Castro. Saben que no serán recibidos en exclusivas limusinas negras ni acogidos en palacetes reservados "para jefes de Estado de países amigos". Serán, si son escritores extraviados, pateados dentro de una de las muchas cárceles castristas, atiborradas no con escritores comunistas ni de invitantes compañeros de viaje, que beben "buen vino tinto español", pero, internacionalistas que son, capaces todavía de "consumir seis botellas de whisky" (¡en medio día!) sino de seres humanos, escritores o no, que apenas tienen qué comer ni qué vestir.

(...) Los escritores en exilio verdadero, no en fugas tan calculadas como las de Bach, ni tan sonoras, se llaman Heberto Padilla, Reinaldo Arenas, Carlos Franqui, Juan Arcocha, Carlos Alberto Montaner, Antonio Benítez Rojo, Lydia Cabrera, Labrador Ruiz, Carlos Ripoll, José Triana, César Leante, Eduardo Manet, Severo Sarduy... -pero, ¿para qué seguir haciendo listas? Ya se sabe que Cuba sola ha producido más exiliados en el último cuarto de siglo que todos los demás países americanos juntos-, y, siendo escritores, sin la posibilidad de regresar jamás a su país, como lo hará García Márquez cuando quiera. ¿Es marzo un mes propicio al viaje?

Algunos lectores españoles, capaces tal vez de recordar una dictadura totalitaria y poetas fusilados o muertos en la cárcel y escritores presos y censura total y toda una valiosa generación condenada al exilio y aniquilada por el tiempo y el olvido, leerían el artículo de García Márquez con repugnancia genuina ante el arribismo político más grosero y su sicofancia ante los poderosos, todo lleno, sin embargo, de un irresistible color local, tan atrayente y exótico como el colorido del peje piloto, ese pez del Caribe que nada grácil entre tiburones, a los que sirve de guía y de señuelo engañoso.
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GUILLERMO CABRERA INFANTE, Nuestro prohombre en La Habana, El País, 3 de febrero de 1983. Todo el artículo AQUÍ

Pasolini sobre García Márquez

Parece ser un lugar común considerar "Cien Años de Soledad", de Gabriel García Márquez (libro recientemente editado), como una obra maestra. Este hecho me parece absolutamente ridículo. Se trata de la novela de un guionista o de un costumbrista, escrita con gran vitalidad y derroche de tradicional manierismo barroco latinoamericano, casi para el uso de una gran empresa cinematográfica norteamericana (si es que todavía existen). Los personajes son todos mecanismos inventados -a veces con espléndida maestría- por un guionista: tienen todos los "tics" demagógicos destinados al éxito espectacular.

El autor -mucho más inteligente que sus críticos- parece saberlo muy bien: "No se le había ocurrido hasta entonces -dice él en la única consideración metalinguística de su novela- pensar en la literatura como en el único juego que se había inventado para burlarse de la gente..." Márquez es sin duda un fascinante burlón, y tan cierto es ello que los tontos han caído todos. Pero le faltan las cualidades de la gran mistificación, las cualidades que posee, para dar un ejemplo, Borges (o en menor escala Tomasi di Lampedusa, si "Cien Años de Soledad" recuerda un poco al "Gattopardo", aún en los equívocos que ha despertado en el pantano del mundo que decreta los éxitos literarios).

Los críticos literarios deben tomar nota de un nuevo "género" o técnica, que ya pertenece históricamente a la literatura: el guión cinematográfico, y también el denominado "tratamiento". En el guión y el tratamiento, el autor tiene conciencia de que su obra no es literaria ya que se trata de estructuras provisionalmente linguísticas, que en realidad "quieren" ser otras estructuras: estructuras, puntualmente, cinematográficas. El autor de un guión o de un tratamiento es tanto más hábil literato cuanto más consigue obtener la colaboración del lector en la visualización de lo que está escrito provisionalmente. El asumir tal provisionalidad (esa voluntad de la estructura de ser "otra estructura") forma parte de la técnica literaria del guionista y, potencialmente, de su estilo.

Sin embargo, la mayor parte de los guiones y de los tratamientos son pésima literatura -como es el caso de este libro-. Literatura indigna. ¿Por qué?

El primer acto del escritor de guiones consiste en identificar al lector con el productor. El que debe colaborar con el autor en la "transformación" de la estructura linguística en estructura cinematográfica, es justamente el que paga. El destinatario de la obra es, una vez más, el patrón. Ahora bien: la mayoría de los escritores cinematográficos provienen de una élite cultural: son entonces personas que tienen la obligación, diría social, de considerar al patrón un idiota, un semianalfabeto, un hombre despreciable. Pero al mismo tiempo, deben hacer que su obra le guste. Y en el momento en que el guionista identifica al productor con un destinatario "idiota, semianalfabeto y despreciable", tiene un solo modo de convencerlo: la degradación de su propia obra. Entonces, la inocente captatio benevolantiae que todo autor, en distintas medidas, utiliza para obtener la colaboración del lector, termina convirtiéndose en una operación inmoral, que envuelve al autor en la degradación por él planificada con bajeza.

La colaboración del autor con el lector-productor, tiene por lo tanto los carácteres de una abyecta complicidad: tiende a hacer de él un compañero y cómplice, degradándose a su supuesto nivel de estúpido, vulgar, conformista, cínico conocimiento de las cosas humanas..

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PIER PAOLO PASOLINI, Gabriel García Márquez: un escritor indigno, revista Tempo, 22 de julio de 1973, traducción de Roberto Raschella. Todo el artículo AQUÍ

Arenas sobre García Márquez

Uno de los casos de injusticia intelectual más conocidos de este siglo fue el de Jorge Luis Borges, a quien sistemáticamente se le negó el Premio Nobel, sencillamente, por su actitud política. Borges es uno de los escritores latinoamericanos más importante; tal vez el más importante; sin embargo, el Premio Nobel se lo dieron a Gabriel García Márquez, pastiche de Faulkner, amigo personal de Castro y oportunista nato. Su obra, además de algunos méritos, está permeada por un populismo de baratija que no está a la altura de los grandes escritores que han muerto en el olvido o han sido postergados.

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REINALDO ARENAS, Antes que anochezca, RBA, 1994, Barcelona, pág. 322 y 323.

Etxebarría sobre García Márquez

 Argumento de una novela: Un periodista ochentón verifica, entristecido, que su potencia sexual ya no es la que era. Cosas de la edad. Llama entonces a su proxeneta de confianza, aquel que le proporciona –a él y a media ciudad– los mejores chaperos, y le pide que le busque un jovencito al que nadie haya tocado. El proxeneta le llama unos días después: ha localizado a un magrebí de barriada obrera, de catorce años, virgen con garantía, cuya familia está de acuerdo en vender los favores del chaval porque el padre está en paro desde tiempo inmemorial. La noche acordada, el proxeneta le proporciona una droga al chico para tranquilizarlo y favorecer los avances del anciano pero con tan mala fortuna que el chico, agotado tras una jornada particularmente dura –pues a pesar de su corta edad ya trabaja ilegalmente en una fábrica– se queda tan profundamente dormido como para hacer imposible su desfloración. El viejo permanece toda la noche contemplándolo, extasiado con su belleza, y cuando vuelve a casa el ochentón lleva tal calentón encima que, ante la visión del derrière de su secretario, que está agachado recogiendo unos papeles, no puede contenerse y le viola. Luego, le arroja unos billetes a modo de compensación.


Si este libro se publicara en España, el escándalo sería mayúsculo, del tipo del que le cayó encima a Arthur C. Clarke en 1998, cuando The Mirror le acusó de ser un pedófilo. O sin ir más lejos, mi amiga Lola Beccaria tuvo que oír de todo a propósito de la publicación de su novela Una mujer desnuda, en la que se narran las relaciones de una prepúber con un amigo de su padre. Pero resulta que cuando sale al mercado un libro con el mismo argumento, el mismo, pero con la sutil diferencia de que el putero es un señor heterosexual y la niña vendida y la criada violada (analmente, por cierto), nos encontramos entonces con “una admirable historia de amor... una estupenda metáfora de la sociedad donde todos caben con suficiencias o exageraciones, una novelita-joya que contiene sabias frases de prosa brillante, desbordante, donde la pasión tardía se enseñorea en el corazón del viejo”, en palabras de la crítica. Toma ya. Botón de muestra que describe al aluvión de reseñas favorables que se ha desbordado por los suplementos culturales españoles, unánimes en su admiración. Sí, me estoy refiriendo a la última novela de García Márquez, al que, como Premio Nobel, se supone que debemos respeto. Premio Nobel de la Paz fue también Henry Kissinger, responsable directo del golpe de Estado militar contra Allende y de todas las dictaduras (incluidas las que falsamente se disfrazan de democracias) que campean hoy en América Latina.


¿Les he convencido con este ejemplo del androcentrismo imperante en la crítica literaria? Pues daré otro: En cada entrevista, cada una, que he hecho de entre las más o menos veinticinco a propósito de la edición francesa de mi libro Una historia de amor como otra cualquiera me han hecho la misma pregunta: ¿Por qué sus protagonistas son mujeres? Estoy por ver que alguien le pregunte a Houellebeq o a Beigbeder la cuestión inversa. Y no se lo preguntan porque, pese a que las mujeres seamos mayoría en el mundo (53 por ciento de la población), a día de hoy lo masculino es la norma y lo femenino es la desviación, y por eso resulta tan extraño que se escriba sobre mujeres.


Podría escribir sobre muchísimas escritoras injustamente olvidadas o no reconocidas en su valía: Ángela Figueras Aymerich, María Teresa León, Rosa Chacel... Podría hablar de una conversación con la hija de Carmen Laforet en la que ella me confirmó lo que yo ya sospechaba: que su madre había dejado de escribir, incapaz de soportar la presión y las críticas (algo parecido me pasó a mí, que me plantée muy en serio abandonar el oficio después de la reacción que suscitó mi segunda novela, Beatriz y los cuerpos celestes).


Podría escribir de Ana María Matute, que sufrió los embates de una censura feroz que le impidió ejercer su escritura en libertad. Podría hablar de cómo El País, el supuesto diario “progresista español”, publicó, para cerrar el último número del siglo veinte de su suplemento cultural, un artículo titulado “Los mejores escritores españoles del siglo” en el que no se incluía a una sola mujer...


Y entre tanto, mientras todo el mundo se rasga las vestiduras al hablar de páginas de pedofilia en internet, el Nobel, sus editores y su agente se llenan los bolsillos de plata, y en este país se oculta el triste hecho de que el 75 por ciento de los hombres que pegan a sus mujeres abusan también de sus hijas, y la sociedad bienpensante cierra los ojos al pasar por la calle de la Cruz, por la Montera, o por la casa de Campo, donde muchas menores de edad se ven obligadas a vender su cuerpo para lucrar a las mafias que las explotan, porque vivimos en un mundo plagado de millones de putas tristes que no lo son porque les da la gana, sino, precisamente, porque una cultura machista, perpetuada por la literatura, por los textos escolares, por el cine, por la publicidad, por la tradición, ha enseñado y sigue enseñando a los varones que la explotación y el maltrato a la mujer no solo es un hecho permisible, sino romántico. Como también enseña que la mujer deseable es aquella mujer bella que no habla, que solo nos escucha, y jamás nos contradice y, por lo tanto, si se pasa la vida dormida, tanto mejor, porque ya se sabe que, desde siempre, a los hombres nos gusta cuando callamos, porque estamos como ausentes y porque calladitas estamos más monas, y que el amor, según mucha literatura, no es un intercambio adulto y consensuado en el que cada cual da y recibe, sino una relación de dominación en la que una parte de la pareja se somete totalmente a la otra.


¡Lucía, por favor, es solo ficción!, dirán algunos. Pero cito a Florence Thomas cuando escribe: “El lenguaje es el fundamento de la reproducción del sexismo; es un aparato de construcción y de representación de la realidad y por consiguiente de la acción sobre ella por medio de elaboraciones simbólicas. A través de él internalizamos ideas, imágenes, modelos sociales y concepciones de lo femenino y de lo masculino, entre otras.” En cristiano: que de lo que se lee, se aprende, y que la única forma de cambiar la sociedad pasa por intentar transformar los modelos de representación que reproducen las estructuras dominantes.


En un país como Colombia, en el que casi 40.000 menores de edad practican (y no libremente) la prostitución, según estimaciones más que fiables de la DAS y la Interpol, y en el que todas las fuentes coinciden en afirmar que el ingreso de niños y niñas a la prostitución es cada día mayor y las edades de vinculación cada vez más tempranas, ¿no podría haber aprovechado el Premio Nobel la plataforma que le ofrecen su fama y su prestigio para ayudar a luchar contra semejante lacra en lugar de idealizarla y glorificarla? Y cuando media España protesta unánimemente contra los casos de prostitución infantil de Barcelona ¿no es hipocresía que nadie, en ninguno de los medios mal llamados suplementos culturales de este país, se haya atrevido a alzar el gallo para decir que García Márquez puede escribir mejor o peor, pero que lo que ha escrito se llama apología de la explotación infantil y de la violación, y que como tal debe leerse, y nunca como historia de amor?


Me gustaría que este artículo se fuera pasando en red a todos los colectivos feministas, o a las listas de correos. En el hecho de que todos los suplementos “culturales” españoles han puesto la novela por las nubes. Si admitimos en hipótesis que sí, que cada cual puede escribir lo que le dé la gana, dado que todo se puede hacer desde la ficción –o eso dice la crítica– y que lo importa es la belleza de la obra, y que por eso García Márquez tiene derecho a escribir sobre lo que a él le guste, al menos tengamos en cuenta que lo que no se puede hacer, desde la crítica, es llamar “historia de amor” a una relación de abuso, porque eso sí que es hacer apología, o no advertir que el protagonista de este libro en ningún momento se cuestiona la legitimidad de comprar los favores sexuales de una menor y de drogarla para que los realice, ni de violar analmente a una criada que depende del violador para su sustento. Combatamos al machismo institucional desde la red, que es lo único que nos queda.


LUCÍA ETXEBARRIA, García Márquez y la apología de la explotación infantil, página de Antonio Salas, 25 de octubre de 2005 (AQUÍ)

Vargas Llosa sobre García Márquez

 Con este telón de fondo quiero situar aquella respuesta mía en Nueva York, a la pregunta de un escritor sudafricano, en la que dije lamentar que García Márquez hubiera aceptado ser un “cortesano” de Fidel Castro. Hasta en tres ocasiones me conminó usted [Günter Grass] en Hamburgo a pedir disculpas por aquella frase, so pena -según los cables- de dejar de ser para usted “un interlocutor válido”. (Estas son las bravatas suyas a las que me referí al principio.)


No voy a retirar esa frase. Sé que ella es dura pero estoy convencido que expresa una verdad. Dije también algo igualmente severo, hace algunos años, cuando supe que Borges -un escritor al que tengo como uno de los más originales e inteligentes que haya producido nuestra lengua- había aceptado una condecoración del general Pinochet. Tener un gran talento literario no me parece un atenuante sino un agravante en estos casos. Simplemente no entiendo qué puede llevar a un escritor como García Márquez a conducirse como lo hace con el regimen cubano. Porque su adhesion va más allá de la solidaridad ideológica y asume a menudo las formas de la beatería religiosa o de la adulación. Que un escritor inciense como él lo hace al caudillo de un régimen que mantiene muchos presos políticos -entre ellos varios escritores-, que practica una estrictísima censura intelectual, no tolera la menor crítica y ha obligado a exiliarse a decenas de intelectuales, es algo que, como decimos en español, me hace sentir vergüenza ajena. Y también me alarma, pues poniendo su prestigio al servicio incondicional de Fidel Castro, García Marquez confunde a mucha gente en América Latina sobre la verdadera naturaleza de su régimen.


Probablemente admiro la obra literaria de García Marquez tanto como usted. Y, acaso, la conozco mejor, pues dediqué dos años a estudiarla y escribí sobre ella. Él y yo fuimos muy amigos; luego, nos distanciamos y las diferencias políticas han ido abriendo un abismo entre nosotros en todos estos años. Pero nada de eso me impide gozar con la buena prosa que escribe y con la imaginación fosforecente que despliega en sus historias. Porque reconozco en él un talento literario poco común, no puedo comprender que, tratándose de Cuba, haya renunciado a toda forma de discriminación moral y de independencia crítica asumiendo resueltamente un papel que me parece indigno de él: el de propagandista.


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MARIO VARGAS LLOSA, Carta a Günter Grass, Letras Libres, Vuelta 117, Agosto 1986. Toda la carta AQUÍ

Medina Reyes sobre García Márquez, Serrano, Rowling y Coelho

 El hecho de ser un público detractor de García Márquez le ha valido para que los macondistas reprueben su obra, lo cual sólo ha incrementado el interés hacia Medina. Al Gabo lo ha definido como el Rey Reptil: “Me recuerda a las luminarias del alumbrado público que había en la calle donde nací. Hacía siglos que se habían fundido y nadie se preocupaba por cambiarlas, al cabo, cuando estaban en servicio, tampoco servían para un culo”.


–¿Su crítica a García Márquez es la del hijo que quiere matar la sombra del padre?, le preguntaron alguna vez. Y Medina contestó: No podría tener un padre tan feo, enano y maricón.


Pero no sólo García Márquez ha sido objeto de los ataques de Medina, también se ha referido a Shakira: “Me avergüenza que se la relacione con la cultura colombiana. Es un producto de Miami”; de Juanes: “Es un muñeco de plástico que se vende, se consume y se olvida”; de Marcela Serrano: “Una escritora frígida”; de Germán Espinosa: “Es una momia ilustrada”; de Paulo Coelho: “Tengo un suéter que dice ‘Paulo Coelho me la chupó’” e incluso de J. K. Rowling: “Le deseo una pronta muerte, así los niños se libran de ella”.


Aunque el escritor cartagenero no teme ganarse enemigos con sus críticas a diestra y siniestra: “Si alguien es incapaz de tolerar lo que digo entonces lo prefiero de enemigo. Soy de los que creen que cualquier crítica debe ser bienvenida, porque sólo es la opinión de alguien y uno tiene la opción de responderles o no. Las polémicas, en el aletargado medio literario atraen la atención del público y hasta generan lectores, porque la gente está cansada de las sociedades del mutuo elogio o de aquellos que se creen dueños de la verdad”.


PAUL MEDRANO, Efraím Medina, el enemigo público número 1 de Colombia, La Insignia, mayo 2005. Toda la entrevista-reportaje AQUÍ

Bolaño sobre Allende, Teitelboim y Skármeta

Puestos a escoger entre la sartén y el fuego, escojo a Isabel Allende. Su glamour de sudamericana en California, sus imitaciones de García Márquez, su indudable valentía, su ejercicio de la literatura que va de lo kitsch a lo patético y que de alguna manera la asemeja, en versión criolla y políticamente correcta, a la autora de El valle de las muñecas, resulta, aunque parezca difícil, muy superior a la literatura de funcionarios natos de Skármeta y Teitelboim. Es decir: la literatura de Allende es mala, pero está viva; es anémica, como muchos latinoamericanos, pero está viva. No va a vivir mucho tiempo, como muchos enfermos, pero por ahora está viva. Y siempre cabe la posibilidad de un milagro de un milagro. No sé, el fantasma de Juana Inés de la Cruz se le puede aparecer un día y le puede dar una lista de lecturas. El fantasma de Teresa de Ávila. En el peor de los casos el fantasma de Pardo Bazán. No se puede decir lo mismo de la literatura de Skármeta y Teitelboim. A esos no los salva ni Dios.

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ROBERTO BOLAÑO, recogido por Javier Huerta Calvo en Bolaño, entre el enigma y la leyenda, Revista LEER, Nº 210, Marzo 2010, pág. 18

Volpi sobre García Márquez

Leyendo el incipit de la novela de García Márquez aparece en toda evidencia una contradicción. En el día de sus noventa años el protagonista quiere regalarse una noche de amor loco con una virgen adolescente, y gracias a la dueña de un burdel logra satisfacer su indecente apetito. ¿Pedofilia? ¿Pornografía? Por supuesto que no, si es un Premio Nobel quien está escribiendo. Gabo añade además a un cierto punto de la novela un juicio perentorio: «El sexo es la consolación que queda cuando somos incapaces de amar». El sexo –podríamos añadir– no resuelve ni siquiera los problemas sexuales. Sin embargo, ¿por qué permitimos al gran escritor imaginar que un viejo compre una niña virgen? ¿No es acaso que su novela divulga una ficción pedofilo-pornográfica que lamentablemente la vida se encarga a menudo de traducir en realidad? ¿En cuál esquizofrenia vive una sociedad que por un lado pretende que se cierren páginas obscenas en la Red, pero por otro lado acepta que un poderoso multiplicador cultural como la novela de un Premio Nobel propague lo mismo? Ni prédicas ni moralismo, por favor, pero planteémonos el problema, eso sí. . . FRANCO VOLPI, entrevistado por Gonzalo Márquez Cristo para la revista Común Presencia, extraído del periódico virtual Con-fabulación Virtual, diciembre de 2007 (AQUÍ)

Fernando Vallejo sobre Paz y García Márquez

FRANCISCO VILLENA GARRIDO: ¿Es tu vida materia literaria? FERNANDO VALLEJO: Resolví escribir en primera persona sobre lo que había vivido creando este personaje cuando tenía cuarenta años, el viejo, que recuerda su vida. A lo largo de mi vida he visto historias de la misma realidad y personajes de un mundo con el que podía llenar mis libros. En primera persona porque el narrador en tercera persona es imposible. ¿No te parecen absurdos esos libros del siglo XIX en tercera persona? ¿O del XX? ¿O de toda la historia de la literatura? ¿Cómo va a saber un pobre hijo de vecino qué piensan los otros si ya no nos aclaramos con este lío que es la mente de uno? La novela burguesa francesa del XIX me parece especialmente horrenda. FRANCISCO VILLENA GARRIDO: Tal vez resulta paradójico que una de las grandes voces en tercera persona, como es Gabriel García Márquez, se apreste a experimentar con la primera persona en “Vivir para contarla”, un libro que se dice autobiográfico. FERNANDO VALLEJO: No he leído ese libro de él, aunque él no sabe por dónde va esta cosa. Él no tiene ni idea de por dónde va el asunto. Es un escritor sin originalidad, al contrario de lo que parece. Él ha escrito en tercera persona, en narrador omnisciente, es decir, el camino más trillado de la literatura. Tiene una prosa pobre de vocabulario, sintaxis, sonoridades. No es un novelista original, más bien pobre, sobre todo comparado con lo que otros han hecho, como Manuel Mujica Láinez, el gran prosista y el gran escritor del idioma. Ahora no sabemos para dónde tirar. La literatura tiene los caminos abiertos. FRANCISCO VILLENA GARRIDO: Las críticas a Octavio Paz son frecuentes en tus libros. FERNANDO VALLEJO: Mi narrador es un tipo muy extravagante y loco. Un personaje como ése puede tener manías contra alguien. Para él, Octavio Paz es un personaje muy antipático por mal escritor y por mal poeta. Se creía que era alguien y ahí no había nadie. Es un escritor muy menor. . . FRANCISCO VILLENA GARRIDO, "La sinceridad puede ser demoledora", Conversaciones con Fernando Vallejo, en The Ohio State University. Toda la entrevista (AQUÍ)

Paz sobre García Márquez

Gómez de la Serna está presente en nuestra literatura. Por ejemplo, es uno de los antecedentes de García Márquez. El mismo amor a la imagen descomunal y absurda, no el humor negro sino la fascinación, muy hispánica, por lo grotesco y lo monstruoso, por los extremos y los "colmos". Por supuesto, hay una diferencia radical entre Gómez de la Sema y García Márquez: el primero es un inventor mientras que el segundo es un popularizador. El lenguaje atomizado de Gómez de la Serna es el lenguaje de la explosión: con él comienza la prosa moderna en español. La prosa de García Márquez es esencialmente académica, es un compromiso entre el periodismo y la fantasía. Poesía aguada. Es un continuador de una doble corriente latinoamericana: la épica rural y la novela fantástica. No carece de habilidad pero es un divulgador o, como llamaba Pound a este tipo de fabricantes, un diluter.

OCTAVIO PAZ, entrevistado por Julián Ríos para Sólo a dos voces, Barcelona, 1973, recogido en Gabriel García Márquez. Testimonios sobre su vida. Ensayos sobre su obra, Siglo del hombre editores, Colombia, 1992, selección y prólogo de Juan Gustavo Cobo Borda, pág. 133.

García Márquez sobre Mújica Laínez

El escritor colombiano Gabriel García Márquez envió ayer una carta abierta a EL PAÍS, dirigida a su colega argentino Manuel Mújica Laínez, que visita España estos días y que con este motivo ha hecho diversas declaraciones a medios informativos nacionales. La carta del señor García Márquez se refiere a unas manifestaciones que Manuel Mújica Laínez hizo ayer al diario La Vanguardia. Dice Manuel Mújica Lainez en la breve entrevista que publicó el mencionado diario: «Estamos allí muy tranquilos. Estamos todos: Borges, Sábato, Silvina Ocampo, Bioy Casares... Todos los grandes. Nada nos hubiera costado ir a París como los reprimidos de otros países. Nadie nos lo impide. Nos dan el pasaporte en cuanto lo pidamos.»

En su carta abierta, Gabriel García Márquez le dice al señor Mújica Laínez: «Si interpretamos bien sus palabras, hay que entender que sólo ustedes, los escritores grandes, están muy tranquilos en la Argentina. Sin embargo, hay dos que yo considero muy grandes y que, sin embargo, no están tan tranquilos como ustedes. Me refiero a Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, que hace ya varios años fueron secuestrados en sus domicilios por patrullas de la represión oficial y que nunca más se ha sabido de ellos. Usted y todos los escritores grandes que cita serían todavía mucho más grandes si sacrificaran un poco de su tranquilidad y su grandeza y le pidieran al Gobierno argentino un par de esos pasaportes tan fáciles, para Rodolfo Walsh y Haroldo Conti.»

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Carta abierta de García Márquez a Mújica Laínez, El País, 11 de octubre de 1979 (AQUÍ)

Cabrera Infante sobre García Márquez

Jünger y su pasado nazi tan esgrimido en su contra siempre, pasado común alemán que no se reprocha ya más a Günter Grass, por ejemplo, desde que hace genuflexiones de izquierdas tan abyectas como venir a Nueva York, dar una charla para llamar a su vez nazis al público (curiosamente atestado de judíos de Manhattan) y declarar ejemplo de escritor humanista pero comprometido a ¡García Márquez! Por cierto, la diferencia entre Jünger y García Márquez no está en que Jünger fue cómplice del Führer y García Márquez es cómplice del Führer actual (ésa es su semejanza) sino en que Jünger sí es un buen escritor. 

GUILLERMO CABRERA INFANTE, Mea Cuba, Alfaguara, 1999, Madrid, pág. 283.

Varios autores sobre García Márquez

"¡Juvilemos la hortografía!", ¡"Henterremos las achez rupestrez!". Cuando el escritor colombiano Gabriel García Márquez lanzó este llamamiento frente a los lingüistas y académicos que poblaban el Primer Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado en la ciudad de Zacatecas, sabía que su alergia por la ortografía iba a provocar un rechazo capaz de atravesar corporaciones varias. Lo que no calculó es que las reacciones lo obligarían a dar marcha atrás en su propuesta.

"La lengua española debe prepararse para un porvenir global y sin fronteras, en un derecho histórico surgido de su vitalidad", dijo Gabo al semanario Hoy. En cambio, y no ya frente a la academia, sino con la mirada clavada en la cámara de televisión, reflexiona: "Yo sólo pretendí humanizar la ortografía, es decir, hacerla más humana, afable, familiar. ¿Dónde está el pecado? No faltan los cursis que pronuncian distinto la be de la ve; no pido la supresión de una u otra, sí que se busque fin a ese tormento que padecen los hispanoparlantes desde la escuela".

Entre quienes encabezaron la revuelta contra el colombiano se destacan el escritor español Juan Goytisolo y el filólogo Francisco Rodríguez Adrados. Mientras el primero recordó que ser un gran escritor no significa ser un buen lingüista, el segundo recurrió al argumento de la unidad cultural: "preservar la ortografía significa garantizar esa unidad".

Buscando esquivar la oleada de críticas, que involucró también a Antonio Gala y Arturo Uslar Pietri, García Márquez aclaró -más vale tarde que nunca- "sólo pedí la simplificación de la gramática, no su supresión". Claro que en una entrevista publicada el domingo por el diario español El País no retrocedió. "El deber de los escritores -planteó- no es conservar el lenguaje, sino abrirle camino en la historia. Somos los hombres de letras quienes sufrimos las camisas de fuerza y cinturones de castidad. Como están hoy las reglas, no tienen ninguna lógica".

Los sudamericanos Mario Benedetti y Mario Vargas Llosa se tomaron la cuestión como una broma. "Es una irreverencia, un desplante", señaló el peruano. "Si se acabara con la ortografía, el español se desintegraría en tal multitud de dialectos que llegaríamos a la incomunicación. Obviamente, semejantes ideas sólo podían provenir de quien es un gran creado de imágenes, pero que nunca ha sido un pensador, ni un teórico, ni un ensayista".

El uruguayo, tras evocar el espíritu lúdico de García Márquez y calificar la propuesta de "frívola", adjudicó esa suerte de exabrupto al oficio. "Él es un prosista, y como tal incapaz de ver que la palabra para un poeta es palabra escrita, es allí donde está su cuerpo. Creo que los escritores latinoamericanos deberíamos dedicarnos a analizar otras cuestiones más importantes que afectan nuestra lengua, entre ellos, la alta tasa de analfabetismo que soporta la región", dijo el autor uruguayo.

Por su parte, la psicoanalista y lingüista argentina Eva Tabakián recordó que la ortografía tiene dos aspectos: uno vinculado a lo autorizado, lo legitimado por la Academia, y otro con la comunicación". "Este último no puede hacerse a un lado", observó. "Cada palabra evoca una imagen por el modo en que está escrita. Muchas veces, cuando se violan esas reglas se torna irreconocible y se llega a la imposibilidad de su lectura. No porque esté bien o mal escrita en términos de una cierta autoridad, sino porque la escritura implica la existencia de un código. Sin código se cae en una anarquía que hace imposible la comunicación".

Para el escritor argentino Charlie Feiling, la actitud de García Márquez surge de una confusión: "Se supone que el inglés es una lengua no reglamentada, cuando en realidad, aunque sumamente plástica, es un idioma donde las reglas cuentan". "La queja de García Márquez es excesiva -opinó- porque en el castellano hay una correspondencia casi exacta entre lo que se dice y lo que se escribe."

"Lo que está por detrás es una confusión entre la actitud de la Real Academia y su diccionario prescriptivo y la de la Universidad de Oxford, que se encarga de armar un diccionario meramente descriptivo. En todo caso, lo que habría que criticar es la actitud de la Academia y no proponer la abolición de la ortografía", concluyó Feiling.

Después de todo, havolir las rreglas nos pribaría del plaser de biolarlas.

CECILIA MACON, Todos contra García Márquez, Página/12, 11 de abril de 1997, vía Elcastellano.org (AQUÍ)

NOTA: El discurso de García Márquez que dio lugar a la polémica se titula "Botella al mar para el dios de las palabras" y se puede leer AQUÍ

Krauze sobre García Márquez

[...] Panegirista, consejero áulico, agente de prensa, representante plenipotenciario, jefe de relaciones públicas en el extranjero, todo eso ha sido García Márquez para Castro. En 1996 cenó con el presidente Clinton para buscar el necesario acercamiento con Cuba: “Si Fidel y usted pudieran sentarse a discutir cara a cara, no quedaría ningún problema pendiente.” Tras el 9/11 escribió una larga carta a Bush: “¿Cómo se siente? ¿Cómo se siente que el horror estalla en tu patio y no en el living del vecino?” Las cosas han marchado siempre bien, salvo en algunos momentos, como en 2003, cuando un movimiento de conciencia más importante y universal que la democracia pareció interponerse entre los dos amigos: los Derechos Humanos. En marzo de ese año, en una acción fulminante, Castro reeditó los juicios de Moscú contra 78 disidentes condenándolos a penas de entre doce y veintisiete años de cárcel. (Uno de ellos fue acusado de poseer “una grabadora Sony”.) Acto seguido, ordenó matar en caliente a tres muchachos que querían huir del paraíso en un lanchón. Ante el crimen, José Saramago declaró (luego se desdijo) que “hasta allí llegaba” su relación con Castro, pero Susan Sontag fue más lejos y, en el marco de la Feria del Libro de Bogotá, confrontó a García Márquez: “Es el gran escritor de este país y lo admiro mucho, pero es imperdonable que no se haya pronunciado frente a las últimas medidas del régimen cubano.”

En respuesta, García Márquez pareció marcar vagamente sus distancias: “En cuanto a la pena de muerte, no tengo nada que añadir a lo que he dicho en privado y en público desde que tengo memoria: estoy en contra de ella en cualquier circunstancia, motivo o lugar.” Pero casi de inmediato tomó distancia... de su distancia: “Algunos medios de comunicación –entre ellos la CNN– están manipulando y tergiversando mi respuesta a Susan Sontag, para que parezca contraria a la Revolución cubana.” Para remachar, reiteró un viejo argumento suyo, justificatorio de su relación personal con Castro: “No podría calcular la cantidad de presos, de disidentes y conspiradores, que he ayudado, en absoluto silencio, a salir de la cárcel o a emigrar de Cuba en no menos de veinte años.”

¿“Absoluto silencio” o complicidad absoluta? ¿Por qué los habría ayudado García Márquez a salir de Cuba si no es porque consideraba injusto su encarcelamiento? Y si lo consideraba injusto (tanto como para abogar por ellos), ¿por qué siguió (y sigue) respaldando públicamente a un régimen que comete esas injusticias? ¿No hubiera sido más valioso denunciar públicamente el injusto encarcelamiento de esos “presos, disidentes y conspiradores” y así contribuir a acabar con el sistema de prisiones políticas cubano?

Gabriel García Márquez no es un escritor de torre de marfil: ha declarado estar orgulloso de su oficio de periodista, promueve el periodismo en una academia en Colombia y ha dicho que el reportaje es un género literario que “puede ser no sólo igual a la vida sino más aún: mejor que la vida. Puede ser igual a un cuento o una novela con la única diferencia –sagrada e inviolable– de que la novela y el cuento admiten la fantasía sin límites pero el reportaje tiene que ser verdad hasta la última coma”. ¿Cómo conciliar esta declaración de la moral periodística con su propio ocultamiento de la verdad en Cuba, a pesar de tener acceso privilegiado a la información interna?

Por lo que hace al juicio de la posteridad, es un tanto prematuro afirmar que García Márquez es el “nuevo Cervantes”. Pero en términos morales no hay comparación. Héroe de guerra contra los turcos, herido y mutilado en batalla, náufrago y preso en Argel por cinco años, Cervantes vivió sus ideales, dificultades y pobreza con una moralidad quijotesca, y la suprema libertad de tomar sus derrotas con humor. Esa grandeza de espíritu no se ha visto en las complicidades de García Márquez con la opresión y la dictadura. No es Cervantes.

La obra de García Márquez sobrevivirá a las extrañas fidelidades del hombre que la escribió. Pero sería un acto de justicia poética el que, en el otoño de su vida y el cenit de su gloria, se deslindara de Fidel Castro y pusiera su prestigio al servicio de los boat people cubanos. Aunque tal vez sea imposible. Esas cosas inverosímiles sólo pasan en las novelas de García Márquez.

ENRIQUE KRAUZE, Gabriel García Márquez. A la sombra del patriarca, Letras libres, Octubre de 2009. Todo el artículo AQUÍ

García Márquez sobre Echegaray, Tagore y Benavente

Se ha dicho muchas veces que los más grandes escritores de los últimos ochenta años se murieron sin el Premio Nobel. Es una exageración, pero no demasiado grande. Leon Tolstoy, cuya novela Guerra y paz es, sin duda, la más importante en la historia del género, murió en 1910, a la edad muy nobiliaria de 82 años, cuando ya el Premio Nobel se había adjudicado diez veces. Su libro magistral llevaba ya 4.5 años de gloria, con numerosas traducciones y reimpresiones en el mundo entero, y ningún crítico dudaba de que estaba destinado a existir para siempre. En cambio, de los diez escritores que obtuvieron el Premio Nobel mientras Tolstoy vivía, el único que permanece vivo en la memoria es el inglés Rudyard Kipling. El primero que lo obtuvo fue el francés Sully Prudhomme, que era muy famoso en su tiempo, pero cuyos libros no se encuentran ahora, sino en librerías muy especializadas. Más aún, si uno busca su nombre en un diccionario francés, se encuentra con una definición previa que parece una mala jugada del destino: «Prototipo moderno de la nulidad satisfecha y la trivialidad magistral». Otro de los diez primeros laureados fue el polaco Henryck Sienkiewicz, que se había colado de contrabando en la gloria con su ladrillo inmortal, Quo Vadis. Otro había sido Federico Mistral, un poeta provenzal que escribió en su lengua vernácula y que tuvo el triste honor de compartir el premio con uno de los dramaturgos más deplorables que parió la madre España: don José Echegaray, ilustre matemático a quien Dios tenga en su santo reino.

En los dieciséis años siguientes murieron sin obtener el premio otros cinco de los grandes escritores de todos los tiempos: Henry James, en 1916; Marcel Proust, en 1922; Franz Kafka, en 1924; Joseph Conrad, en el mismo año, y Rainer Maria Rilke, en 1926. También durante esos años estaban sentados en el escaño de los genios nadie menos G. K. Chesterton, que murió sin su premio en 1936, y James Joyce, que murió en 1941, cuando su Ulysses había cambiado el curso de la novela en el mundo, diecinueve años después de su publicación. En cambio, de los catorce autores que lo obtuvieron en esa mala época, sólo cuatro perduran: el inglés Maurice Maeterlink, los franceses Romain Rolland y Anatole France, y el irlandés George Bernard Shaw. El indio Rabindranat Tagore, a quien debemos tantas lágrimas de caramelo, fue arrastrado por los vientos de la justicia del carajo. Knut Hamsun, el noruego que obtuvo el premio en 1920 en el apogeo de la gloria, ha corrido la misma suerte, aunque menos merecida. Dos años después, la Academia Sueca sufrió su segundo accidente mortal en lengua castellana: el inefable don Jacinto Benavente, a quien Dios tenga lo más cerca posible de don José Echegaray hasta el fin de los siglos. Con mayores o menos méritos, ninguno de los premiados de este lapso lo merecieron tanto como los que se murieron mereciéndolo.


GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ, Los grandes que nunca fueron, El País, 9 de octubre de 1980. Todo el artículo AQUÍ

Abreu sobre García Márquez y Cortázar

Leo una noticia sobre la pavorosa y recuerdo aquella espléndida idea que tenía Reinaldo allá en los horrendos setenta. Consistía en crear un comando de asesinos con el propósito de ir eliminando a los cómplices de la dictadura cubana. Qué bien nos lo pasábamos confeccionando la lista de cómplices a eliminar. Yo escribía: La Maconda, también conocido como Culo Fofo(García Márquez); Arenas escribía Ay caimancito ¡que me ensarte el Che!(Cortázar).

La solidaridad internacional con Cuba (es decir con los Castro) siempre fue y es canallada, racismo, complicidad con los asesinos, putería, mamalonancia, afición al culo y la polla negra y como es natural una estrategia del fidelismo para eternizar el fidelismo.

Un sueño imposible, la lista. Soy el primero en reconocerlo. Pero una idea bonita qué duda cabe y sobre todo higiénica.

JUAN ABREU, Emanaciones, 1149 (AQUÍ)

Aira sobre Vargas Llosa y García Márquez

FRANCESC RELEA: ¿Qué le dicen nombres como García Márquez o Vargas Llosa?
CÉSAR AIRA: He leído muy poco de ellos. ¡Bah! He leído... demasiado. No me interesan.

FRANCESC RELEA:¿Hay algún autor actual que le interese?
CÉSAR AIRA: De vez en cuando encuentro alguno. Siempre tengo la idea de que los escritores realmente buenos ya se extinguieron. Y no, a veces me llevo la sorpresa, como he descubierto al colombiano Fernando Vallejo, que me pareció un genio, o al chileno que murió hace pocos años Adolfo Couve. Ésos son para mí unas sorpresas infinitas.

FRANCESC RELEA:¿Ha descubierto algún autor español?
CÉSAR AIRA: Mmmmm... el último fue Pérez Galdós. No. Hay algunos otros, pero no los recuerdo.

CÉSAR AIRA: "Si uno descubre que no es un genio, no se resigna a ser lo que viene después", entrevista de Francesc Relea en El País, 29 de junio de 2002. Toda la entrevista AQUÍ

Marías sobre García Márquez

SOL ALAMEDA: ¿Se considera un esforzado de la literatura, un trabajador nato?
JAVIER MARÍAS: Sí. En el sentido de que sigo poniendo los cinco sentidos. Y manteniendo una tensión a la hora de escribir que quizá es bueno tener, pero quizá impropia de alguien supuestamente ya reconocido. Yo no digo que si uno piensa que ya lo ha hecho todo, te puedan salir cosas muy buenas, pero, por ejemplo, he leído el último librito de García Márquez, que es un grandísimo autor, y la verdad es que me he quedado muy decepcionado. Formalmente es un libro muy bien escrito, pero, desde mi punto de vista, muy inane, algo antipático, sórdido, tópico y muy decepcionante. Eso le puede pasar a cualquiera, y como lo sé, nunca me confío.

JAVIER MARÍAS, entrevistado por Sol Alameda para El País Semanal 12 de diciembre de 2004. Toda la entrevista AQUÍ

Fernando Vallejo sobre los seis escritores colombianos que incumplieron su promesa de no volver a España mientras se exigiera visa a sus compatriotas

BERNARDO MARÍN: Usted y otros intelectuales firmaron una carta en la que se negaban a volver a España mientras se exigiera visa a sus compatriotas. Usted ha sido el único que se ha mantenido firme. ¿Se arrepiente de haberla firmado? ¿Reprocha algo a sus colegas?
FERNANDO VALLEJO: La carta a que aludes se publicó en EL PAÍS (AQUÍ) y la firmamos Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Fernando Botero, Darío Jaramillo, William Ospina, Héctor Abad y yo. Siete. De los cuales sólo yo mantuve la palabra empeñada. Los restantes la fueron violando uno a uno. Primero Mutis: a los pocos meses de que nos pusieran la visa, con la mayor desvergüenza fue a sacar el visado a la Embajada española en México y acto seguido viajó a España a embolsarse los cien mil dólares del premio Cervantes que le acababan de otorgar. Luego Darío Jaramillo, aduciendo que él no podía luchar solo contra toda la Unión Europea. ¿Y cuando firmó la carta sí podía, o es que entretanto se le estaban agotando las fuerzas al paladín? Después volvió Botero furtiva y miserablemente como un delincuente, a lo más vil, a una corrida de toros. Que a Colombia la defiendan los taurófilos es como que la defiendan los paramilitares, los de las FARC, los políticos, Juan Manuel Santos y demás hampones. Después volvió García Márquez con la mayor desfachatez, sin aludir siquiera al asunto. Se publicó entonces una foto suya en Barcelona con el presidente de la Generalitat catalana. ¡Se le había olvidado su promesa! Como antes se le había olvidado también la que hizo de no volver a escribir mientras estuviera en el poder Augusto Pinochet. Diecisiete años estuvo el golpista montado ahí, durante los cuales mi paisano siguió escribiendo libros como si tal. Y sigamos con la lista: volvió mi amigo William Ospina, gran escritor y hombre de alma grande a quien le perdono, y finalmente el que redactó la carta, de nombre Héctor Abad. Cuando Mutis volvió a España por la platica del Cervantes, Héctor escribió un artículo indignado en una revista colombiana diciendo que Mutis violaba su palabra con la tinta de su firma todavía fresca. Recientemente Héctor acabó también violando su palabra y aduciendo, ahora en un artículo de El Espectador de Bogotá, que no podía vivir sin España, donde estudiaban sus hijos. La tinta de su firma ya no estaba fresca como la de Mutis, pero en fin, tinta es tinta, seca o no, y el honor es el honor. ¡Pobre Colombia con estos defensores que le resultan cada tanto! En cuanto a mí, nunca la he defendido. No hago sino sacarle sus trapitos sucios, sus infamias, a la luz del sol.

BERNARDO MARÍN: Si finalmente se deja de exigir la visa a los colombianos. ¿Volverá a España? 
FERNANDO VALLEJO: Yo a España ya no la quiero, y estoy feliz de verla quebrada, en bancarrota, con una deuda impagable de casi dos billones de dólares y un desempleo monstruoso. ¡Lo altaneros que estaban, gastándose la plata ajena! Se aprovecharon de lo lindo de la Unión Europea mientras nos cerraban la puerta a los colombianos. ¡Cuál madre patria! Ésa no es una patria. Ni para los españoles ni mucho menos para los colombianos. Bienvenidos euracas a Perú y Colombia. Pero no de gerentes de bancos: a lavar inodoros.


FERNANDO VALLEJO: “Yo a España ya no la quiero”, entrevista de Bernardo Marín para El País, 18 de agosto de 2013. Toda la entrevista AQUÍ.