Mostrando entradas con la etiqueta Breton André. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Breton André. Mostrar todas las entradas

Breton sobre Dali

El propio Dalí me dijo en febrero de 1939 –y yo le escuché con la atención suficiente para estar seguro de que hablaba completamente en serio– que el problema fundamental con que se encontraba el mundo actual era racial y que la única solución era que todas las razas blancas se unieran y redujeran a la esclavitud a los pueblos de color. No sé qué puertas abrirá esta declaración a su autor en Italia y los Estados Unidos, los dos países entre los que se mueve, pero sí sé qué puertas le va a cerrar…

ANDRÉ BRETON, recogido por Dawn Ades en Salvador Dalí, ABC, Ediciones Folio, Barcelona, 2004, pág. 129

Breton sobre Aragon

 ¿Aragon? Siempre le habían gustado los acróbatas; todavía no se había acabado de decidir una cosa, aun en contra de su opinión, como por ejemplo subir a una colina, y él ya estaba en la cumbre... La opinión general entre nosotros era que continuaba siendo muy "literato": incluso cuando paseaba con nosotros por la calle, era muy raro que no nos leyera un texto suyo (...). Asimismo le gustaba, cuando hablaba en los cafés, no perderse ninguna de sus actitudes reflejadas en los espejos..."


ANDRÉ BRETÓN, en Escritores europeos contemporáneos, de JUAN GUTIÉRREZ PALACIO, Editorial Magisterio Español, 1975, Madrid, pág. 64.

Sabato sobre Dalí

Al cristalizarse el surrealismo en manifiestos y recetas, comienza la decadencia. Pues, en general, no hay peor conservatismo que el de los revolucionarios triunfantes. De la búsqueda de una autenticidad salvaje se desemboca en un nuevo academismo, cuyo paradigma lo constituyó Salvador Dalí: farsante que, después de todo, fue producido por el surrealismo y que, de alguna manera, mostró de modo ejemplar sus peores atributos. Y si no es lícito juzgar el movimiento, como muchos lo hacen, exclusivamente por productos como Dalí, tampoco es lícita la pretensión de ciertos surrealistas que piden se juzgue el movimiento con exclusión de ese payaso. Ya que no es por azar que un hombre como Dalí haya surgido en el surrealismo, y al fin y al cabo gozó de la bendición de su pontífice con atributos que eran ni más ni menos que los actuales.

La verdad es que demasiado a menudo, el movimiento fue propenso a la mistificación, y auténticos desesperados como mi amigo Breton, fueron escasos. Y muy pocos fueron los que, como el gran Artaud, concluyeron en el manicomio.

ERNESTO SÁBATO, El escritor y sus fantasmas, Seix Barral, Barcelona, 2004, págs. 120 y 121

Umbral sobre Paz

PAZ (Octavio). México. Gran ensayista orteguiano y mal poeta que cuando se pone telúrico le sale Neruda. Presume de juventud surrealista e intimidad con André Breton, que jamás lo cita en sus libros. Le va el ensayismo corto, como a Ortega, y por eso su libro más importante es la biografía de sor Juana Inés de la Cruz. La vida de la monja le permite hacer un libro largo y coherente. Un maestro literario, premio Nobel, y un político vendido que hoy es "la chochona del PRI" (Raúl del Pozo), busto parlante de la televisión estatal mexicana y testigo vergonzante de Chiapas y el zapatismo, conflicto que suele desviar hacia la antropología. Buenos amigos en Estados Unidos. . . FRANCISCO UMBRAL, Diccionario de literatura, Planeta, Barcelona, 1997, pág. 200 .

Dalí sobre Aragon, Buñuel y Breton

A mis veintisiete años, con motivo de mi llegada a París, hice dos películas en colaboración con Luis Buñuel que quedarán en la historia:Un perro andaluz y La edad de oro. Posteriormente, Buñuel trabajó solo y dirigió otras películas, haciéndome así el incalculable favor de descubrirle al público quién era el responsable del lado genial y quién del lado primario de Un perro andaluz y La Edad de oro.

• • •

La diferencia entre los surrealistas y yo es que yo soy surrealista.

• • •

Aragon: tanto arribismo para no arribar a ninguna parte.

• • •

Breton: tanta intransigencia para una decadencia tan insignificante.

SALVADOR DALÍ, Iluminaciones y anécdotas, Plataforma Editorial, Barcelona, 2010, págs. 70 y 71. Edición de Robert Descharnes, traducción de Ana Nuño.

Klaus Mann sobre Breton

Por lo que se refiere al "maestro" mismo, a André Breton, admito que mi relación con él siempre fue fría y distante. Los "caudillos" más bien me repelen, y sin duda Breton es un personaje despótico, aunque se limite a mandar y a seducir en el terreno espiritual. Sus caprichos e intuiciones intelectuales son para el grupo de devotos suyos la revelación, la ley suprema. El que sólo admite a su alrededor a los incondicionales pronto apartará de sus amigos precisamente a las mejores mentes. Y realmente sólo uno de la antigua guardia surrealista, el pintor Max Ernst, sigue siendo fiel al tiránico y caprichoso Breton.

KLAUS MANN, Cambio de rumbo: crónica de una vida, Alba Editorial, Barcelona, 2007, págs. 284 y 285, traducción de Genoveva Dieterich y Anton Dieterich
.

Dalí sobre Breton

[Breton y yo] nos habíamos conocido en 1928, presentados por Miró, durante nuestra segunda estancia en París.

Inmediatamente, lo miré como a un nuevo padre. Pensé entonces que se me ofrecía algo así como un segundo nacimiento. El grupo surrealista era, para mí, una especie de placenta nutricia y creía en el surrealismo como en las tablas de la ley. Asimilé con un apetito increíble e insaciable toda la letra y todo el espíritu del movimiento, que, por otra parte, se correspondía exactamente a mi íntima manera de ser y que yo encarnaba con la mayor naturalidad. En verdad, la mascarada de ese proceso era tanto más paradójica cuanto que, sin duda, yo era el más surrealista del grupo -el único, quizá- y sin embargo, me acusaban de serlo demasiado. Unos clérigos, prisioneros de la escolástica, intentando refutar a un santo... ¡Historia tan vieja como las religiones!

Lo que Breton no me perdonaba, en primer lugar, era haberle aplastado ya de entrada: mi forma de distribuir los billetes a los chóferes de los taxis sin esperar el cambio -porque yo no sabía nunca la propina que exactamente debía darse-, el desatar la risa con mis astracanadas, romper los más serios discursos con chistes enormes, provocar verdaderas alucinaciones con mis dichos y mi comportamiento, minar su autoridad; toda mi actitud era contraria a sus reflejos de hombre ordenado, meticuloso, contable hasta de sus humores, pues aunque pregonara el delirio y la libertad, Breton era, ante todo, razonador y burgués.

Nuestro primer choque tuvo lugar a propósito de mi pintura Juego lúgubre. Se veía a un hombre de espaldas cuyos calzoncillos dejaban filtrar unos excrementos perfectamente moldeados. Gala, cuando me preguntó si yo era coprófago, no hizo sino traducir el estado de espíritu del grupo. La verdad, ya se sabe, era que yo debía obedecer necesariamente a mis impulsos inconscientes para liberarme de mis terrores, pero para Breton esta explicación era insuficiente. Declaró que había quedado realmente perplejo ante aquella imagen y me exigió que afirmara que ese detalle escatológico era un falso pretexto. Yo me reí, y le dije que la mierda trae felicidad y que su aparición en su obra surrealista era un signo de un valor nuevo para todo el movimiento. Además, la literatura antigua es rica en alusiones a los excrementos, desde la gallina de los huevos de oro al divino cólico de Danae. Pero desde aquel día comprendí que me encontraba frente a revolucionarios hechos de papel higiénico, acogotados por los prejuicios pequeño-burgueses y a los cuales los arquetipos de la moral clásica habían sellado con unas marcas indelebles. La mierda les daba miedo. La mierda y el ano. Sin embargo, ¡qué cosa más humana y más necesaria para trascender! Desde aquel instante, decidí obsesionarlos con lo que ellos más temían. Y cuando inventé los objetos surrealistas, tuve el íntimo y profundo regocijo, mientras los amigos se extasiaban ante su funcionamiento, de decirme que esos objetos reproducían muy exactamente las contracciones de un culo en acción y que lo que ellos admiraban era su propio miedo. 

Al comienzo de mis relaciones con el grupo había deseado servirme de él como trampolín, pero pronto comprendí lo limitado de sus dogmas. Vacilé un momento ante la idea de tomar el mando, pero la perspectiva de batirme para ser cola de sardina cuando podía ser cola de león no iba conmigo. Me contenté con provocar algunas trifulcas en el Café du Commerce, donde se celebraban las sesiones de la revolución surrealista.

Era justamente lo que Breton me reprochaba ahora con la vehemencia de un Savonarola. Aproveché para descalzarme de nuevo, quitarme el abrigo, mi chaqueta y mi tercer jersey. Tenía fiebre y permanecí sin chaqueta ni abrigo, solamente volví a calzarme mis zapatos. Resoplé un poco con el termómetro en la boca, cosa que provocó un nuevo estallido de risas.

Cuando digo que los surrealistas compartían todos los tabúes pequeño-burgueses, lo demuestro: hablaban del sexo en forma simbólica y ni siquiera los padres de la Iglesia hubieran censurado sus discursos. La mayor audacia de Aragon fue haber escrito Le con d´Irène, una obra erótica laboriosa pero dentro del espíritu del grupo; ni la sodomización ni los fantasmas anales se cotizaban en su bolsa amorosa, como tampoco la pederastia ni el misticismo. Me asombré mucho al constatar que Breton imponía una verdadera jerarquía de valores en relación a los sueños. Estaba estrictamente prohibida cualquier alusión onírica. Lo consideraban de mala educación y peor gusto. Desgraciado también aquel que no respetara el código de la fidelidad amorosa: ¡soplarle la mujer a un amigo o hasta engañarle con su amante! Con el deseo y la lujuria tampoco se bromeaba. La libertad estaba reservada a las grandes aventuras teóricas y platónicas.


SALVADOR DALÍ, Confesiones inconfesables, recogidas por André Parinaud, Bruguera, Barcelona, 1975, traducción de Ramón Hervás Marco, págs. 165-167.

Canetti sobre Lévi-Strauss

La manía sistematizadora de los franceses. Lévi-Strauss y los mitos. Son seccionados y rearticulados de manera tal que pierden su eficacia. Y este proceso de destrucción de los mitos se considera investigación de los mitos.

¿Cómo puede un hombre que ha devorado miles de mitos no saber que son lo contrario de cualquier sistema?

La empresa de Lévi-Strauss me resulta tan enigmática, ese revolcarse en lo académico por parte de alguien que está sobresaturado de mitos — ¿cabe imaginar algo más desesperanzador? Intento comprenderlo leyendo las conversaciones con él.

Lévi-Strauss dice que estaba lleno de mitos, embriagado por ellos ya a primera hora de la mañana, más y más mitos durante horas y más horas y días y años. Suena a extasiado, como un recuerdo de vivencias auténticas. Y uno se entera luego de que desde su juventud le gustaba Wagner y que Wagner influyó en su tratamiento de los mitos. Compara el proceso de fragmentación y posterior recuperación y repetición de ciertas partes de los mitos con los "motivos-guía" wagnerianos. Esto ya es bastante discutible de por sí. Pero también se le olvida mencionar que Wagner se pasó años ocupado en un único mito, mientras que él, Lévi-Strauss, va poniendo en fila cientos de mitos como en un herbario.

Y esto es lo único que admite comparación con su método: las plantas prensadas de un herbario. Los ha ido pegando uno a uno en un libro, clasificándolos por especies y familias.

Y son también estos principios clasificadores los que le interesan. Cierto es que inventa algunas oposiciones simples como crudo y cocido, por ejemplo, con cuya ayuda realiza su clasificación. Pero, ¿qué queda del mito propiamente dicho?

Ni siquiera la tenue vivencia del investigador que, en una sola mañana, ha absorbido quizá dos docenas de golpe.

Su vida propiamente dicha son, sin embargo, las instituciones. Un impulso irresistible lo impelía hacia la vida académica, y acabó recalando en el Collége de France. El lugar al que llega así, el Instituto, es ya, arquitectónicamente hablando, una de las instituciones más antiguas y venerables de Francia.

Su primer campo de investigación —y el más específico— son los sistemas de parentesco. Apenas si hay otra cosa, pero qué le vamos a hacer: los trabajos de la antropología inglesa y norteamericana lo entusiasmaron, y el interés por su familia judeo-francesa, muy ramificada, parece haber permanecido siempre despierto en él.

Lo realmente asombroso es la conexión que existe entre este ámbito de trabajo inicial y el posterior, consagrado a los mitos. El hecho de que en ambos casos empleara el mismo método no parece haberlo confundido.

Su destrucción del totemismo, por último, se piense lo que se piense sobre ello, procede de su absoluta necesidad de clasificar. Esto habría que discutirlo con más precisión.

Es deudor sobre todo del estructuralismo lingüístico de Jacobson, que le brinda la excusa para todas las arideces de las que es culpable.

Entre sus amigos menciona a André Bretón y a buena parte de los surrealistas. No es fácil decir cómo contribuyeron éstos a que él tramase sus tejidos, quizá menospreciando otros tejidos. Y éstos —sin duda contra su voluntad— también serían mitos.

La resistencia que siempre he sentido hacia Lévi-Strauss (sin haberlo estudiado seriamente y pese a que su oposición a Sartre me gustaba) encuentra ahora su explicación: durante toda su vida fue discípulo de Richard Wagner en el sensibilísimo campo del mito. Me resulta casi inconcebible que alguien que se haya dedicado a los mitos durante veinte años confiese esta dependencia. 


ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, págs. 90-92, traducción de Juan José del Solar.

Breton sobre Camus


¿Qué es ese fantasma de rebelión que Camus se esfuerza por acreditar y detrás de qué se cobija? A una rebelión en la que se haya introducido la medida, a una rebelión vaciada de su contenido pasional, ¿que puede quedarle? No dudo de que muchos se dejen engañar con semejante artificio: se ha conservado la palabra y se ha suprimido la cosa.


ANDRÉ BRETON, recogido por ALAIN FINKIELKRAUT en "Aquí están los míos, mis maestros, mi linaje...": Lectura de El primer hombre, de Albert Camus, incluido en Un corazón inteligente, Alianza Editorial, Madrid, 2010, traducción de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños, págs. 83 y 84.

NOTA DE LA ADMINISTRACIÓN: Breton formula esta crítica a raíz de la publicación de "El hombre rebelde", donde Camus sostiene que la rebelión es propia del que "se contiene", hermana del límite y la medida.

Los surrealistas sobre Claudel


CARTA ABIERTA AL SR. PAUL CLAUDEL, EMBAJADOR DE FRANCIA EN JAPÓN

Señor:

Lo único pederástico que tiene nuestra actividad es la confusión que siembra en la mente de los que no participan en ella.

La creación nos importa muy poco. Lo que deseamos con todas nuestras fuerzas es que las revoluciones, guerras y las insurrecciones coloniales logren aniquilar a esta civilización occidental cuyas miserias ustedes defienden hasta en el Oriente, e invocamos esa destrucción como el estado de cosas menos inaceptable para el espíritu.

Ni el gran arte ni el equilibrio existen para nosotros. Hace ya mucho tiempo que la idea de belleza murió. Solo queda en pie una idea moral, a saber, por ejemplo, que no se puede ser a la vez embajador de Francia y poeta.

Aprovechamos esta ocasión para desolidarizarnos públicamente de todo lo francés en palabras y en actos. Declaramos que la traición y todo lo que de una manera u otra puede dañar la seguridad del Estado nos parece mucho más conciliable con la Poesía que la venta de grandes cantidades de tocino por cuenta de una nación de puercos y perros.

Un singular desconocimiento de las facultades propias y de las posibilidades del espíritu es el que lleva periódicamente a buscar la salvación a los patanes de la especie de usted en una tradición católica o grecorromana. La salvación, para nosotros, no está en ninguna parte. Consideramos a Rimbaud como un hombre que perdió la esperanza en su salvación y cuya obra y vida son testimonios cabales de perdición.

Catolicismo, clasicismo grecorromano: quédense con sus santurronerías infames. Que les aprovechen como sea; engorden más, revienten bajo la admiración y el respeto de sus conciudadanos. Escriban, recen y babeen mientras nosotros reclamamos el deshonor de haberlos llamado de una vez por todas petimetres y canallas.

París, 1 de julio de 1925

Máxime Alexandre, Louis Aragón, Antonin Artaud, J.-A. Boiffard, Joé Bousquet, André Bretón, Je Carrive, René Crevel, Robert Desnos, Paul Eluard, Max Ernst, T. Fraenkel, Francis Gérard, Eric Haulleville, Michel Leiris, Georges Limbour, Mathias Lübeck, Georges Malkine. André Masson, M Morise, Marcel Noli, Benjamín Péret, Georges Ribemont-Dessaignes. Philippe Soupault, Dé Sunbeam, Roland Tual, Jacques Viot, Roger Vitrac.


CARTA ABIERTA AL SR. PAUL CLAUDEL, EMBAJADOR DE FRANCIA EN JAPÓN, Ediciones CNRS, 1982 (pág. 205-206), extraído de Wikisource Francia (AQUÍ)

Borges sobre Breton y Trotski


*NOTA DE LA ADMINISTRACIÓN: Aunque Borges cita a André Breton y a Diego Rivera, el manifiesto al que se refiere fue redactado por André Breton y Leon Trotski. Por razones tácticas, Trotski pidió que la firma de Diego Rivera sustituyera a la suya.

Hace veinte años pululaban los manifiestos. Esos autoritarios documentos renovaban el arte, abolían la puntuación, evitaban la ortografía y a menudo lograban el solecismo. Si eran obra de literatos, les complacía calumniar la rima y exculpar la metáfora; si de pintores, vindicar (o injuriar) los colores puros; si de músicos, adular la cacofonía; si de arquitectos, preferir un sobrio gasómetro a la excesiva catedral de Milán. Todo, sin embargo, tiene su hora. Esos papeles charlatanes (de los que poseí una colección que he donado a la quema) han sido superados por la hoja que André Bretón y Diego Rivera acaban de emitir.

Esa hoja se titula con terquedad: Por un arte revolucionario independiente. Manifiesto de Diego Rivera y André Bretón por la liberación definitiva del Arte. El texto es aún más efusivo y más tartamudo. Consta de unas tres mil palabras que dicen exactamente dos cosas (que son incompatibles). La primera, digna del capitán La Palice o del axiomático Perogrullo, es que el arte debe ser libre y que en Rusia no lo es. Anota Rivera-Bretón: «Bajo la influencia del régimen totalitario de la U.R.S.S. se ha extendido por el mundo entero un profundo crepúsculo hostil al surgimiento de toda especie de valor espiritual. Crepúsculo de lodo y de sangre en el cual, disfrazados de intelectuales y de artistas, engañan hombres que han hecho del servilismo un recurso, del reniego de sus principios un juego perverso, del falso testimonio venal un hábito y de la apología del crimen un gozo. El arte oficial de la época stalinista refleja sus esfuerzos irrisorios para engañar y enmascarar su verdadero papel mercenario... A los que nos apremian, ya sea por hoy o por mañana, a consentir que el arte se someta a una disciplina que juzgamos radicalmente incompatible con sus medios, oponemos una negativa sin apelación y nuestra voluntad deliberada de atenernos a la fórmula: Toda licencia en arte». ¿Qué conclusión podemos derivar de lo anterior? Juzgo que ésta, y sólo ésta: El marxismo (como el luteranismo, como la luna, como un caballo, como un verso de Shakespeare) puede ser un estímulo para el arte, pero es absurdo decretar que sea el único. Es absurdo que el arte sea un departamento de la política. Sin embargo, eso precisamente es lo que reclama este manifiesto increíble. André Bretón, apenas estampada la fórmula «Toda licencia en arte», se arrepiente de su temeridad y dedica dos páginas fugitivas a renegar de ese dictamen precipitado. Rechaza el «indiferentismo político», denuncia el arte puro «que de ordinario sirve los fines más impuros de la reacción» y proclama «que la tarea suprema del arte contemporáneo es participar consciente y activamente en la preparación de la revolución». Acto continuo propone «la organización de modestos congresos locales e internacionales». Deseoso de agotar los deleites de la prosa rimada, anuncia que «en la etapa siguiente se reunirá un congreso mundial que consagrará oficialmente la fundación de la Federación Internacional del Arte Revolucionario Independiente (F.I.A.R.I.)».

¡Pobre arte independiente el que premeditan, subordinado a pedanterías de comité y a cinco mayúsculas!


JORGE LUIS BORGES, Un caudaloso manifiesto de Breton, El Hogar, 2 de diciembre de 1938, recogido por Klaus Müller-Bergh y Gilberto Mendonça Teles en Vanguardia Latinoamericana, Tomo V, Iberoamericana, Madrid, 2009, págs. 197 y 198.

Prévert sobre Breton


Breton fue un tartamudo y lo confundió todo: la desesperación y el dolor al hígado, la Biblia y los Cantos de Maldoror, Dios y Dios, la tinta y la mesa, las barricas y el diván de Madame Sabatier, el marqués de Sade y Jean Lorrain, la Revolución Rusa y la revolución superrealista… Mayordomo lírico, distribuyó diplomas a los enamorados que versificaban y, en los días de indulgencia, a los principiantes en desesperación.


JACQUES PRÉVERT, fragmento de Un cadáver, recogido por César Vallejo en Autopsia del surrealismo e incluido en El arte y la revolución, Obras Completas, Tomo Segundo, Mosca Azul Editores, Lima, 1973, pág. 78.

Breton sobre Aragon


¿Aragon? Siempre le habían gustado los acróbatas; todavía no se había acabado de decidir una cosa, aun en contra de su opinión, como por ejemplo subir a una colina, y él ya estaba en la cumbre... La opinión general entre nosotros era que continuaba siendo muy "literato": incluso cuando paseaba con nosotros por la calle, era muy raro que no nos leyera un texto suyo. Asimismo le gustaba, cuando hablaba en los cafés, no perderse ninguna de sus actitudes reflejadas en los espejos...


ANDRÉ BRETÓN, recogido por Juan Gutiérrez Palacio en Escritores europeos contemporáneos, Editorial Magisterio Español, 1975, Madrid, pág. 64.

Marina sobre Bataille


Bataille intentó transformar el mal en lo sagrado y sublime, a partir del concepto de «transgresión». Es un malditismo de colegiala decimonónica que se sofoca leyendo novelas de besos. Los malos que admira Bataille son artistas, como Sade, Poe o Flaubert, cuyas vidas arden de pasión, que se sacrifican a su arte y que, afortunadamente, se les va la fuerza por la boca o por la pluma. Pueden decir, como André Bretón, que el supremo acto creador es salir a la calle con un revólver y disparar al azar, sin que nadie le tome realmente en serio. Y lo mismo sucede cuando Bataille dice: «La gran verdad se cifra en que el mal en el mundo es más importante que el bien. El bien es la base, pero la cumbre es el mal». Todo esto era un arrojo de toreo de salón. Pero los toros reales son otro cantar, tienen cuernos de verdad. Bataille llegó a darse cuenta de que el mal que había proclamado santo llevaba al horror. En 1947 escribe: «¿Quién no ve hoy que el mal está dado de forma elemental en la bestialidad al servicio de la razón de Estado?». Esto ya no era «transgresión», era la perversidad real. Las víctimas de esa soberbia tienen que considerar miserables esos cánticos a la transgresión.


JOSÉ ANTONIO MARINA, Pequeño tratado de los grandes vicios, Anagrama, Barcelona, 2011, vía edición digital en Lectulandia, pág. 46.