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Onfray sobre autores del siglo de las luces
Las Luces pálidas. He aquí, pues, algo del siglo XVIII muy distante de la postal ideológica de siempre: tinas para histéricas, compases para medir el cráneo, angeólogos satánicos, salas esotéricas, pensadores que detestan el ejercicio de la razón pura, místicos ocultistas y charlatanes de todo pelaje, todo lo cual ceba la espoleta de Voltaire contra el clero, pero no contra Dios, y su odio a los ateos, pero no a las religiones útiles para llevar de las narices al pueblo. Este siglo oscuro es contemporáneo de Diderot, muy sagaz acerca de los pueblos del confín de la tierra en el Suplementoal viaje de Bougainville, pero un poco menos elocuente cuando se refiere a los beneficios de su capital invertido en la trata de negros... La misma observación cabe con respecto a un Condorcet que condena la esclavitud en Reflexiones sobre la esclavitud de los negros, pero solicita una moratoria de ochenta años (!) para no perjudicar a los propietarios... ¡Luces, Luces!
Lo mismo ocurre con un Kant que, ejemplo máximo de las Luces –calvario de los estudiantes de instituto con su ya famosa Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?– invita sin duda a la audacia filosófica, al valor intelectual para pensar por cuenta propia, describe el irresistible progreso de la Razón en la historia, llama a una emancipación cada vez mayor de la humanidad, se alegra de las promesas de la Revolución Francesa al extremo de faltar a su habitual paseo por las murallas de Königsberg y aspira al uso de la razón pura, pero al mismo tiempo coloca a las mujeres –sustancial, esencialmente– en la casilla de los menores de edad. ¿Qué decir de un Kant que, en su Definición del conceptode raza humana o en De las diferentes razas humanas, se queja del mal olor de los negros? (que «apestan a puerro», precisa en Del hombre Buffon, otro autor famoso de las Luces...). El mismo ilustrado Kant piensa que el sufragio universal es una buena idea, pero únicamente para los ciudadanos activos, pues los ciudadanos pasivos, los empleados, los obreros, los asalariados, no tienen más derecho que los negros o las mujeres de estar en el mundo a la manera en que lo está un Blanco propietario y bien lavado... ¡Ah, Luces, cuando nos poseéis...!
¿Y qué pensar de Jean-Jacques Rousseau, quien, en el Discurso sobre la ciencia y Las artes, defiende tantas posiciones tan poco ilustradas? Veamos: desprestigio de la invención de la imprenta, culpable de haber hecho posible la edición de tantos libros peligrosos; odio al teatro, que reblandece la conciencia y el cuerpo; genealogía viciosa de la ciencia y de todas las artes; elogio de la ignorancia; interés en mantener al pueblo en la obediencia; alerta contra todo deseo revolucionario; elogio de Esparta; defensa de la pena de muerte; celebración de la rusticidad, el trabajo manual, la ignorancia, la fe, la religión y la disciplina militar; y todo eso acompañado de una crítica a los trabajos intelectuales, la filosofía y la metafísica. Un auténtico breviario de oscurantismo...
He aquí, pues, algunos ejemplos emblemáticos de las Luces, y no los menores, codo a codo con los defensores de la esclavitud y la trata de negros, pregoneros de ideas sexistas y racistas, reaccionarios o conservadores. Un número importante de estos filósofos defiende la pena de muerte: Kant, Rousseau, Montesquieu, Diderot, Voltaire... Por último, la mayor parte de ellos combate activamente el ateísmo y defiende el deísmo, lo que les permite entrar en componendas con el poder oficial, encantado de que se le permita seguir disfrutando del apoyo metafísico de siempre a sus exacciones...
MICHEL ONFRAY, Los ultras de las luces. Contrahistoria de la filosofía, IV, Anagrama, Barcelona, traducción de Marco Aurelio Galmarini, págs. 22-24
Baroja sobre Diderot
Diderot, a quien los franceses consideran como un grande hombre, no tiene interés ninguno para un espíritu moderno, al menos para el que no sea francés. Es casi tan aburrido como Rousseau. La Religiosa es un librito perfectamente falso. Hace años se lo presté a una señorita que había salido de un convento. Yo no he visto nada semejante -me dijo-. Es una fantasía que no se parece en nada a la verdad. Es lo que yo pensaba. Jacques, el fatalista, es aburrido; respecto al Sobrino de Rameau, al principio da la impresión de que va a ser algo, algo fuerte como el Satiricón, de Petronio, o el Buscón, de Quevedo; pero acaba, y no es nada.
PÍO BAROJA, Juventud, egolatría, Taifa literaria, Barcelona, 1987, pág. 80.
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