Céline, que estos últimos años ha tenido en Francia boga, va deliberadamente a lo repulsivo, a lo escatológico. No es que le salga al paso, sino que lo busca. Hay bueno, malo y mediano en la vida, y lo lógico es que todo vaya apareciendo en uno de sus reflejos, que es la literatura; pero ir a buscar sólo lo malo o lo bajo, es una actitud que no tiene valor.
Esto de Céline me parece, más que nada, aparato. En su primer libro, deliberadamente escandaloso, hay mucha palabrería cínica, estudiada. Se ve que es un hombre preocupado por el éxito y por su postura ante el público. Un francés que se declara colaboracionista con una Alemania agresiva es un iluso, un pedante o un loco.
No había posibilidad de inteligencia en tiempo de Hitler. Un pueblo orgulloso, fanfarrón y vencido, como la Alemania nazi en su tiempo de esplendor, ¿cómo se iba a entender amigablemente con otro pueblo orgulloso, fanfarrón y vencedor, como Francia? Era algo imposible. El que lo preconizara demostraba que no tenía sentido psicológico ninguno.
Alemania y Francia quizá se puedan entender en el porvenir, en una época en que los dos países estén en auge o en que los dos estén hundidos; pero con uno arriba y el otro abajo será imposible.
Céline parece que era médico de algún barrio pobre de París. Luego se fue a Rusia, y volvió de allí descontento. Creo que escribió algo en contra de Rusia, como Gide, y después, en la guerra, se hizo colaboracionista, y, por último, se dijo que estaba escondido en Dinamarca.
Céline es un francés morboso, exagerado, desagradable y de mal gusto manifiesto.
PÍO BAROJA, Desde la última vuelta del camino II, Planeta, Barcelona, 1970, págs. 701 y 702.