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Hugo sobre Ovidio

No me gusta Ovidio, este proscrito cobarde, éste que besa las manos ensangrentadas, este perro yaciente en el exilio, este adulador lejano y desdeñado por el tirano, y odio el bello ingenio de que hace gala Ovidio, pero no confundo este bello ingenio con la poderosa antítesis de Shakespeare.

VICTOR HUGO, Manifiesto romántico: Escritos de batalla, Ediciones Península, Barcelona, 2002, traducción de Jaume Melendres, pág. 116

Cela sobre Hugo

Creo que la literatura debe ser verdad: tiene una apoyatura histórica. Lo que no admito es lo de Victor Hugo, que era hijo del General Hugo, General de Napoleón, Gobernador militar de Segovia durante la ocupación de los franceses, y que escribió después un poema que habla de que el acueducto de Segovia tiene tres filas de arcos, y tiene dos... no es necesario hacer pifias.

CAMILO JOSÉ CELA, entrevista de José Luis Perlado recogida en Diálogos con la cultura, Ediciones Internacionales Universitarias, Madrid, 2002, págs. 248 y 249.

Claudel sobre Hugo (2)


Hugo es un gran poeta, si se puede serlo sin inteligencia, ni gusto, ni sensibilidad, ni orden, ni esa forma superior de imaginación que yo llamo la imaginación de la proporción. Simplemente una enorme capacidad gaseosa resultante de poseer muchas palabras. Imbecilidad de sus historietas.


PAUL CLAUDEL, anotación de junio-julio de 1908 incluido en su Journal I (1904-1932), Éditions Gallimard, 1968, traducción de ChatGPT + Maricrónica, pág. 63.

Ribeyro sobre Racine

¿Será Racine un valor literario inflado? Relectura de alguna de sus piezas. Personalmente no “siento” su teatro, la perfección de sus versos distrae mi atención y la peripecia dramática se me esfuma en el torrente de alejandrinos. ¡Qué centenares de libros y ensayos se han escrito para explicar, demostrar, convencer de que Racine es un gran dramaturgo! Tal vez Hugo tenía razón en menospreciarlo. En cuanto a la opinión favorable de Anatole France, Valéry o Giraudoux me tiene sin cuidado, pues son escritores de género menor que trataban de exaltar las virtudes de su antepasado para poner de relieve sus propias virtudes.

Se elogiaban por personne interposée. Sólo algunas escenas de Britannicus, de Bérenice o de Phédre continúan asombrándome, quizás porque en ellas hay un ajuste logrado entre versificación, acción y emoción. En cuanto a Les Plaideurs, inútil decirme que es una buena comedia. La he releído atentamente. Qué osadía comparar esta obra con las de Molière. Con razón dijo éste, según se cuenta, que la pieza de Racine “no valía nada”. Sólo he encontrado en ella dos versos citables: “Mais sans argent l’honneur n’est qu’une maladie” y “Pour dormir dans la rue on n’offense personne” (respuesta que podría dar un clochard a un flic que lo interpele).

JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, págs. 299 y 300

Lamartine sobre Hugo

Según Lamartine, lo más débil de Los Miserables es lo novelesco: “Toda aquella parte novelesca que sale de acontecimientos arbitrariamente inventados por las necesidades del drama, es la parte débil de la novela. Cada vez que el autor necesita un personaje, lo llama del fondo de la nada, como en los cuentos de hadas o como en los cuentos de Voltaire, y el personaje obedece, contra toda verosimilitud, a la llamada del escritor”.

Acusa a Victor Hugo de palabrería, de hacer una “exhibición de ciencia sobre naderías”. Reconoce en Marius, joven, un autorretrato del autor y considera la descripción de los amores de Cosette y Marius “el más delicioso cuadro de amores” que Victor Hugo haya escrito. En cambio, le parece ridículo que se titule “Epopeya de la rue Saint-Denis” a “una fantasía heroica de estudiantes ociosos... que no tienen una idea definida, ni medios practicables, ni un objetivo confeso y confesable”.

Sobre esta “epopeya” añade que los rebeldes se baten por algo que nadie sabe lo que es, un enigma “que no es ni la monarquía legítima, ni la realeza de ocasión de 1830, ni la república propiamente dicha, ninguna forma definida de gobierno, sino yo no sé qué, algo que se llama a veces la democracia, a veces el ideal, en realidad la bandera roja”.

En resumen, para Lamartine Los Miserables es una historia dramática, exagerada, truculenta, llena de “quimeras” sociales y políticas, una novela que no sobreviviría si no fuera por el enorme talento verbal y la fuerza lírica de Hugo, capaces de dar un semblante verosímil a esas “irrealidades”.

De estas premisas, Lamartine concluye que esta novela es “peligrosa” para el pueblo por su “exceso de ideal”: “El libro es peligroso, porque el peligro supremo en lo relativo a la sociabilidad consiste en que si el exceso seduce al ideal, lo pervierte. Apasiona al hombre poco inteligente por lo imposible: la más terrible y la más homicida de las pasiones que se puede infundir a las masas, es la pasión de lo imposible. Porque todo es imposible en las aspiraciones de Los Miserables, y la primera de esas imposibilidades es la desaparición de todas nuestras miserias”. “Si engañáis al hombre lo enloqueceréis; y cuando, desde la locura sagrada de vuestro ideal, lo dejéis caer de nuevo en la aridez y desnudez de sus miserias, lo convertiréis en un loco furioso”.

MARIO VARGAS LLOSA, La tentación de lo imposible, Alfaguara, 2004, Madrid, págs. 213-215

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Claudel sobre Hugo


El genio lírico: ser yo. El genio dramático: ser los demás. — V. Hugo.

Una de las raras ideas de ese imbécil.

No.


PAUL CLAUDEL, anotación de noviembre de 1907 incluido en su Journal I (1904-1932), Éditions Gallimard, 1968, traducción de ChatGPT + Maricrónica, pág. 52.

Pamuk sobre Hugo


En cuanto crecí un poco, comenzó a desagradarme esa voz pomposa, rimbombante, presuntuosa y artificial de Hugo. Reaccioné negativamente a cómo en su novela histórica Quatre-vingt Treize describía durante páginas un cañón que se había soltado de sus maromas moviéndose a izquierda y derecha en un barco atrapado por una tormenta. En una de sus cartas, Nabokov, para denostar a Faulkner, demuestra con un ejemplo cruel cómo ha influido Hugo en este último («El hombre miró la horca, la horca miró al hombre»). Lo que más me ha interesado siempre de la vida de Hugo, y más me ha inquietado, ha sido su uso emotivo (¡en el mal sentido de esta palabra romántica!) de la retórica y la dramatización para crear un efecto de grandeza. A la pasión por la grandeza de Hugo le debemos algo de la idea del «gran autor junto al pueblo y la verdad», combativo y políticamente comprometido que tanto ha influido no sólo en los intelectuales franceses, de Émile Zola a Sartre, sino en toda la literatura universal. El hecho de que fuera consciente de su propia pasión por la grandeza, de que la consiguiera, lo convirtió en un símbolo viviente, o peor, en un monumento a sí mismo. Ese ser demasiado consciente de sí mismo al hacer un gesto moral o político ha provocado que sobre Hugo cayera una sombra de artificialidad que inquieta. En cierto lugar, intentando comprender «la genialidad de Shakespeare», él mismo dice que el mayor peligro de la grandeza es la falsedad.


ORHAN PAMUK, Otros colores, Random House, 2008, traducción de Rafael Carpintero.

César Vallejo sobre Hugo


La obra de Victor Hugo, en su esencia, es la de un ideólogo político y no la de un poeta. Hugo utiliza la literatura solamente para adoctrinar por la tercera república. Su literatura es didáctica. De cada verso suyo se puede extraer una moraleja. Concebía una idea o tema político y lo vestía de literatura. Unas veces se propone “dar al pobre lo suyo” o “redimir al delincuente” o “libertar al aherrojado”. En todos sus poemas, novelas y dramas está patente alguna doctrina social, económica o religiosa. Y esto, por desgracia, todo puede ser menos arte.

Fácil y barata manera de llegar a “gran poeta”, la de Hugo. Qué le vamos a hacer. Cada cual tiene su rol en este mundo. Pero lo que no se puede tolerar es que se mixtifiquen las cosas. Menester es distinguir al poeta del político. El poeta es un hombre que opera en campos altísimos, sintetizantes. Posee también naturaleza política, pero la posee en grado supremo y no en actitudes de capitulero o de sectario. Las doctrinas políticas del poeta son nubes, soles, lunas, movimientos vagos y ecuménicos, encrucijadas insolubles, causas primeras y últimos fines. Y son los otros, los políticos, quienes han de exponer e interpretar este verbo universal y caótico, pleno de las más encontradas trayectorias, ante las multitudes. Tal es la diferencia entre el poeta y el político.

Tagore, Romain Rolland, Barbuse, son antes que poetas políticos. Su boga acabará al renovarse la sensibilidad política de la época, como ha sucedido con Hugo.

Mas lo que no acaba nunca son las nubes, los soles, las causas primeras y los últimos fines, todo aquello que no predica nada en concreto; es decir, la obra del poeta.


CÉSAR VALLEJO, El poeta y el político: el caso Victor Hugo, El Norte, Trujillo, 15 de agosto de 1926, recogido en el prólogo de Enrique Ballon Aguirre a César Vallejo: Obra poética completa, Biblioteca Ayacucho, Caracas, 1985, pág. XL.

Rand sobre Faulkner y Nabokov


ALVIN TOFFLER: ¿Cuál es su valoración de la literatura contemporánea en general?
AYN RAND: Filosóficamente, inmoral. Estéticamente, aburrida. Es degenerada, se dedica exclusivamente a estudiar la depravación. No hay nada más aburrido que la depravación.

ALVIN TOFFLER: ¿Hay algún novelista que admires?
AYN RAND: Sí, Victor Hugo.

ALVIN TOFFLER: ¿Algún novelista moderno?
AYN RAND: No hay nadie a quien admire entre los llamados escritores serios. Prefiero la literatura popular actual, que recuerda al romanticismo. De ella, mi escritor favorito es Mickey Spillane.

ALVIN TOFFLER: ¿Por qué te gusta él?
AYN RAND: Porque es ante todo un moralista. De manera primitiva, en forma de novela policiaca, presenta el conflicto entre el bien y el mal, el blanco y el negro. No muestra ninguna mezcla gris repulsiva en la que hay canallas indistintos de ambos lados. Presenta un conflicto irreconciliable. Como escritor, es brillante en el aspecto de la literatura que considero más importante: la trama.

ALVIN TOFFLER: ¿Qué opinas de Faulkner?
AYN RAND: No opino mucho. Buen estilista, pero prácticamente ilegible en su contenido: he leído muy poco de su obra.

ALVIN TOFFLER: ¿Qué pasa con Nabokov?
AYN RAND: Solo leí uno y medio de sus libros; el del medio fue Lolita, que no pude terminar. Brillante en su estilo, escribe muy bellamente, pero sus temas, su sentido de la vida y su visión del hombre son tan repulsivos que ningún nivel de habilidad artística puede justificarlos.


AYN RAND, entrevista de Alvin Toffler para Play Boy, marzo 1964, extraído de la página Morte Súbita, traducción de Google Translate + Mary Crónica. Toda la entrevista AQUÍ
 

Nietzsche sobre Sand


He leído las primeras lettres d'un voyageur [Cartas de un viajero]: como todo lo que desciende de Rousseau, falsas, afectadas, un fuelle, exageradas. Yo no soporto ese multicolor estilo de papel pintado; tampoco la ambición plebeya de tener sentimientos generosos. Lo peor, ciertamente, continúa siendo la coquetería femenina expresada con unos modales masculinos, con unos modales de jóvenes ineducados. — ¡Qué fría tiene que haber sido, con todo, esta artista insoportable! Se daba cuerda como un reloj — y escribía... ¡Fría como Hugo, como Balzac, como todos los románticos, en cuanto se ponían a hacer poesía! ¡Y qué complacida de sí misma habrá estado tumbada al hacerlo, esa fecunda vaca de escribir, que tenía en sí algo alemán en el mal sentido de la palabra, lo mismo que también Rousseau, su maestro, y que, en todo caso, sólo fue posible al decaer el gusto francés! — Pero Renan la venera...


FRIEDRICH NIETZSCHE, Crepúsculo de los ídolos, Alianza Editorial, Madrid, 1979, traducción de Andrés Sánchez Pascual, pág. 89.

Gide sobre Shakespeare


¿Voy a atreverme a escribir aquí lo que pienso del Rey Lear? La representación de ayer me confirma en mi opinión: poco falta para que encuentre esa obra execrable; de todas las grandes tragedias de Shakespeare, la menos buena y con mucho. Sin cesar pensaba: ¡cuánto debía gustarle a Hugo! Todos los defectos enormes de éste se despliegan en ella: antítesis constantes, procedimientos, recursos arbitrarios; apenas, muy de vez en cuando, alguna chispa de emoción humana sincera. Llego al punto de no comprender demasiado lo que se considera como dificultad de interpretación de la primera escena: dificultad de hacer admitir al público la ingenua necedad del rey; pues todo lo demás es por el estilo: la obra entera y de cabo a rabo es absurda. Sólo por piedad se interesa uno por las tribulaciones de ese viejo chocho, víctima de su fatuidad, de su suficiencia senil, de su estupidez. No nos conmueve más que en los escasos instantes de piedad que él mismo manifiesta hacia Edgar y hacia su amable bufón. Paralelismo de la acción en la familia Gloucester y en la suya: las malas hijas y el hijo malvado; el buen Edgar y la amable Cordelia. El pelo blanco bajo la tormenta; la brutalidad desenfrenada contra la débil inocencia... nada que no sea querido, arbitrario, forzado, y los medios más de brocha gorda son empleados para sacudirnos. No es ya humano, es enorme, ni el mismo Hugo llegó a imaginar nada más gigantescamente artificial, más falso. El último acto termina en una sombría hecatombe en la que buenos y malos se confunden en la muerte. La compañía de Olivier sale del apuro por una especie de apoteosis final al estilo de Mantegna: cuadro viviente, sabia composición; todo está ahí, hasta la arquitectura con los arcos que encuadran el conjunto admirablemente ordenado. El arte triunfa. No queda más que aplaudir.


ANDRÉ GIDE, Diario, ABC, SL, 2004, traducción de Laura Freixas, págs. 336 y 337.

Goethe sobre Hugo


Estos días he leído Nuestra Señora de París y he necesitado no poca paciencia para soportar los tormentos a los que me ha sometido su lectura. ¡Es el libro más abominable que se ha escrito nunca! Además, las torturas que uno tiene que soportar ni siquiera se ven compensadas por el disfrute que, por ejemplo, se podría obtener con la plasmación veraz de la naturaleza o de los caracteres humanos. Todo lo contrario, ¡su libro carece de toda naturaleza y de toda verdad! Los personajes que representa no son criaturas de carne y hueso, sino marionetas de madera a las que hace saltar a su antojo y a las que insta a hacer toda clase de distorsiones y muecas en función de lo que le venga bien a cada momento para obtener los efectos que persigue. ¡En qué tiempos vivimos, que no sólo promueven y hacen posible un libro así, sino que incluso lo encuentran tolerable y divertido!


GOETHE en Conversaciones con Goethe, de J. P. Eckermann, Acantilado, Barcelona, 2005, traducción de Rosa Sala Rose, pág. 853.

Baroja sobre Hugo


En “Los miserables”, ¡qué cantidad de necios hay, comenzando por Mario, que es un perfecto mentecato! No hay una persona en esa novela que tenga sentido común. Todos son comiquillos que quieren probar que son genios, pero que no hacen más que estupideces.

Lo mismo pasa en “El hombre que ríe” y en “El noventa y tres”. Aquí, el Marqués de Lautenac, que manda fusilar mujeres y niños, se deja luego prender para salvar a tres niños de un incendio; Cimourdain, su antiguo capellán, jefe de los revolucionarios, lo detiene y lo condena a muerte. El sobrino de Lautenac, el comandante Gauvain, que desdeña a su tío, le abre la cárcel y lo deja libre. Cimourdain, que quiere a Gauvain como a un hijo, lo condena a la guillotina, y aunque los soldados piden su indulto y parece concederlo, él no lo concede, y cuando cortan la cabeza al comandante, Cimourdain se pega un tiro. No pueden darse mayores absurdos.


PÍO BAROJA, fragmento de Elogio y vejamen de Balzac, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999, vía edición digital en Lectulandia, pág. 22.


Unamuno sobre Hugo


Puede uno fiarse de Taine; de Hugo, no. Taine deformaba por sistema; Hugo, por ignorancia. Precisamente estoy leyendo la Leyenda de los siglos y regocijándome con la acumulación de despropósitos históricos del padre Hugo. Tenía una radical impotencia para comprender la historia. Sentía predilección por los asuntos españoles y, en efecto, no puede hablar de España sin soltar algún disparate. Su geografía, su historia, su toponimia española son divertidísimas de puro desatinadas. Baraja nombres, sucesos y lugares con la mayor desaprensión. Y en el fondo, Hugo es tan frío y tan sistemático como Taine, aunque aquél sea un ignorante y éste no. Porque Taine se enteraba bien antes de hablar de algo, y Hugo no se tomaba la molestia de enterarse.


MIGUEL DE UNAMUNO, fragmento de Taine, caricaturista, incluido en Contra esto y aquello, Obras completas III, Nuevos ensayos, Escelicer, Madrid, 1968