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Borges sobre Joyce
Sobre el libro han escrito de un modo tan brillante tantos escritores. Yo quiero referirme a unos pocos. Primero me referiré a Montaigne, que dedica uno de sus ensayos al libro. En ese ensayo hay una frase memorable: "No hago nada sin alegría". Montaigne apunta a que el concepto de lectura obligatoria es un concepto falso. Dice que si él encuentra un pasaje difícil en un libro, lo deja; porque ve en la lectura una forma de felicidad.
Recuerdo que hace muchos años se realizó una encuesta sobre qué es la pintura. Le preguntaron a mi hermana Norah y contestó que la pintura es el arte de dar alegría con formas y colores. Yo diría que la literatura es también una forma de la alegría. Si leemos algo con dificultad, el autor ha fracasado. Por eso considero que un escritor como Joyce ha fracasado esencialmente, porque su obra requiere un esfuerzo.
Un libro no debe requerir un esfuerzo, la felicidad no debe requerir un esfuerzo. Pienso que Montaigne tiene razón.
JORGE LUIS BORGES, conferencia sobre el libro dada en la universidad de Belgrano recogida en Borges, oral. Miscelánea, Random House Mondadori, Barcelona, 2011, pág. 204 y 205
Wells sobre Joyce
Es usted un poderoso genio para la expresión, pero es incapaz de disciplinarla… Y me pregunto: ¿Quién demonios es este Joyce que me exige tantas horas de los pocos miles que aún me quedan por vivir, para que penetre y entienda sus caprichos y excentricidades?
H.G. WELLS, recogido por Carlos G. Santa Cecilia en La recepción de James Joyce en la prensa española (1921-1976), Universidad de Sevilla. Secretariado de Publicaciones, 1997, pág. 187
Nabokov sobre varios
Si bien es cierto que no logró celebridad mundial hasta los cincuenta y seis años con la absurdamente escandalosa publicación de Lolita, Nabokov estuvo siempre persuadido de su talento. Al disculparse por su torpeza oral, aprovechó para dictaminar: "Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño". Le molestaba enormemente que le atribuyeran influencias, fueran de Joyce, Kafka o Proust, pero sobre todo de Dostoyevski, al que detestaba, considerándolo "un sensacionalista barato, torpe y vulgar". En realidad detestaba a casi todos los escritores, Mann y Faulkner, Conrad y Lorca, Lawrence y Pound, Camus y Sartre, Balzac y Forster. Toleraba a Henry James, a Conan Doyle y a HG Wells. De Joyce admiraba el Ulises, pero juzgaba el Finnegans Wake "literatura regional", de la que asimismo abominaba en términos generales. Salvaba el Petersburgo de su compatriota Biely, la primera mitad de En busca del tiempo perdido, Pushkin y Shakespeare, poco más. El Quijote no lo entendió, y pese a estar él en su contra acabó emocionándolo. Pero por encima de todo aborrecía a cuatro doctores -"el doctor Freud, el doctor Zhivago, el doctor Schweitzer y el doctor Castro de Cuba"-, sobre todo al primero, una de sus bestias negras al que solía llamar "el matasanos vienés" y cuyas teorías consideraba medievales y equiparables con la astrología y la quiromancia. Sus manías y antipatías, no obstante, llegaban mucho más lejos: odiaba el jazz, los toros, las máscaras folklóricas primitivas, la música ambiental, las piscinas, los camiones, los transistores, el bidet, los insecticidas, los yates, el circo, los gamberros, los night-clubs y el rugido de las motocicletas, por mencionar sólo unos pocos ejemplos.
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JAVIER MARÍAS, Vidas escritas, Suma de Letras, Madrid, 2002, págs. 144 y 145
Varios sobre Joyce
El Ulises, de James Joyce, que muchos consideran como la mejor novela del siglo XX y la mejor obra escrita en inglés, está bajo fuego. Mientras Irlanda se prepara para celebrar el centenario de Bloomsday -día de junio de 1904 en el cual se sitúa la novela-, escritores y columnistas descontentos dicen que están hartos del libro, al que algunos consideran impenetrable, y del culto que le ha seguido. Al elevarlo al estatus de Dios literario, los fanáticos de Joyce están perjudicando a otros escritores irlandeses y creando una "industria de Joyce" que tiene que ver más con el turismo y la generación de dinero que con la literatura, sostienen.
Roddy Doyle, autor de la popular novela Paddy Clarke Ha Ha Ha y del guión del exitoso filme The Commitments, abrió la caja de Pandora literaria la semana pasada con un ataque mordaz al Ulises y sus devotos seguidores. "Ulises pudo haberse terminado mejor si hubiera contado con un buen editor", dijo Doyle en una reunión literaria en Nueva York. "La gente siempre está poniendo a Ulises en la lista de los 10 libros mejor escritos, pero dudo que alguna de esas personas estuviera realmente conmovida por él".
Continuando su ataque en una entrevista con un periódico irlandés el fin de semana, Doyle dijo que el legado de Joyce lanza una larga y perjudicial sombra sobre la vida literaria irlandesa. "Si eres un escritor en Dublín y escribes una parte de un diálogo, todos piensan que lo copiaste de Joyce", afirmó. "Es como si estuvieras inmiscuyéndote en su área, me pone nervioso".
Los comentarios de Doyle tocaron una tecla entre los populistas. En una columna en el diario Irish Times el miércoles, Kevin Myers describió a Ulises como "uno de los callejones sin salida más improductivos en la historia literaria". "Es un texto de unas 400.000 palabras de extensión, lo que probablemente son unas 250.000 palabras de más", se quejó.
El periodista Sean Moncrieff, en una nota en el diario Irish Examiner, dijo que Ulises nunca vería la luz del día si fuera escrita en la actualidad. "¿Qué pasa en Ulises?", preguntó. "Bueno, no mucho. Bloom desayuna. Va a un funeral. Vaga un poco por Dublín. Stephen Dedalus hace lo mismo. Se emborracha y hace el papel de tonto. Luego ambos van a casa". "Envíe ese bosquejo de trama a cualquier editor moderno y vea cuán lejos llega".
GIDEON LONG, Lluvia de críticas para el "Ulises" en su centenario, Reuters, 16 de febrero de 2004
Benet sobre Joyce
Lo que he escrito sobre Joyce no responde a ninguna boutade, sino que creo, de verdad, que es un escritor de segunda fila. ¿Por qué? Porque hace de la literatura un proceso analítico. Me explicaré. Llamo literatura analítica a aquella en la que el predicado está incluido en el sujeto. Si digo “la noche está oscura”, la metáfora es analítica, no crea literatura, tal como yo la entiendo. Para mí, la literatura consiste en formular juicios sintéticos sobre la realidad. Si escribo “la noche es plateada”, el juicio es sintético y lo escrito ya es, por tanto, literatura. Lo demás, el costumbrismo, el naturalismo, no me interesan. Si describes una verbena sin apartarte de los elementos que la integran, no inventas nada, simplemente traspasas la realidad a la escritura. Por eso Faulkner y Proust me parecen grandes escritores; por eso, también, Joyce, me parece menor. El llamado “monólogo interior” –no sé por qué, puesto que un monólogo tiene siempre una trabazón lógica; por otra parte, los ingleses dicen más justamente “corriente del pensamiento” – puede servir como técnica, pero no creo que tenga otros valores.
EDUARDO G. RICO: “Juan Benet: Joyce es de segunda fila”, Triunfo Nº 429, Madrid, 22 de agosto de 1970, pág. 38, recogido por Carlos G. Santa Cecilia en La recepción de James Joyce en la prensa española, Universidad de Sevilla, Secretariado de publicaciones, 1997, págs. 288 y 289
Marías sobre Joyce
SOL ALAMEDA: ¿Por qué Joyce no le interesa tanto?
JAVIER MARÍAS: Me gustan los cuentos y Dublineses. Pero con el Ulises me parece que se ha exagerado mucho. En el fondo, lo encuentro un libro que más que una innovación es la culminación de lo anterior; la culminación del realismo, un libro tremendamente realista, y encima, de un realismo muy amanerado. Digamos que es un libro que lleva incorporado en sí mismo una cosa que engaña mucho, y que contribuye precisamente a que se le considere mucho más de lo que merecería, y es que lleva incorporado el gesto del genio. Hay obras de arte que son así, en cine, o en literatura, donde el propio autor está diciendo "fíjense ustedes en esto". En cine, por ejemplo, John Ford nunca lleva incorporado el gesto del genio; Orson Welles, por decir alguien bueno, sí lo lleva incorporado.
SOL ALAMEDA: Sí, pero en ese caso no nos importa.
JAVIER MARÍAS: No nos importa mucho, apenas nada, por eso lo cito, pero probablemente si no lo hubiera hecho sería todavía mejor. Lo que pasa con Welles es que dices: bueno el hombre se jacta, pero tiene motivos para jactarse. Lo peor que le puede pasar a una obra es que venga con esos aires y encima no... Y eso, para mí es lo que le pasa al Ulises.
SOL ALAMEDA: Pero cuando un autor está consagrado, nadie se atreve a desmontarlo.
JAVIER MARÍAS: Deberían decirlo los críticos, pero es que son los primeros que caen embobados ante esos gestos. A los críticos se les paga por desenmascarar las cosas, por decir si algo tiene valor o no lo tiene, independientemente de cómo lo presente el que lo ha hecho, pero son a menudo los primeros que caen en los ardides.
JAVIER MARÍAS: ÉL ÉXITO EUROPEO DE UN INDECISO, entrevista de Sol Alameda, El País Semanal, 10 de noviembre de 1996. Fotografía de Bernardo Pérez. Toda la entrevista en la web de Javier Marías (AQUÍ)
Lobo Antunes sobre Joyce
Ayer estaba leyendo el Ulises de Joyce, y considero que la novela es fantástica desde el punto de vista de su riqueza verbal, pero, al mismo tiempo, me aburría un poco porque no percibía al servicio de qué está ese extraordinario alarde verbal. La pirueta por la pirueta, el muestrario fantástico de una inmensa capacidad de invención verbal, se me queda un poco en el vacío, porque no ayuda a la historia en el sentido de la eficacia narrativa.
Con Joyce estás sintiendo siempre su habilidad, se te impone su pericia como escritor y estás notando todo el rato que es él, el propio Joyce, el que está detrás de todo. Eso me recuerda cuando hablo con algunos franceses. Siempre tengo la impresión de que me están diciendo: “Mira qué inteligente soy”.
No eres tú el que tienes que ser inteligente; es el libro el que tiene que serlo.
Cuando estás leyendo y el lector siente que el autor le está diciendo: “Mira, mira lo que hago, mira lo difícil que es resolver esto y lo bien que lo resuelvo...”. No sólo el libro no funciona, sino que creo que se cae en un problema de mal gusto.
ANTONIO LOBO ANTUNES, en Conversaciones con Antonio Lobo Antunes, de María Luisa Blanco Lledo, Siruela, Madrid, 2001
Benet sobre Joyce y Woolf
Me corresponde hablar de Faulkner como uno de los innovadores de la narrativa de este siglo; otros les hablarán luego de Proust, de Joyce y de Virginia Woolf. Ciertamente en el panorama literario-crítico son cuatro nombres que se consideran sacrosantos. Los cuatro han echado su cuarto a espadas para renovar la narrativa. Pero desde mi punto de vista -nada erudito ni profesoral, nada "técnico"- lo han renovado de muy distinta manera y desde puntos de vista dispares. Por decirlo de manera simple, tenían talentos muy diferentes, cualitativa y cuantitativamente. De hecho, a mi juicio, Virginia Woolf no tenía demasiado; su obra, aburrida y carente de interés, está bien para quien le guste mucho tomar el té a las cinco de la tarde, pero si alguien quiere regodearse en una obra literaria para sacar un buen pensamiento no le dejará más que hambre... Lo más meritorio de Virginia fue su muerte, una muerte heroica eso sí: se llenó de piedras los bolsillos de su vestido y se tiró a un río poco después de que estallase la Segunda Guerra Mundial.
Tampoco Joyce es un personaje de mi interés; tuvo una carrera literaria honesta en cuanto a creador estilístico, en el sentido de que nunca se conformó con lo que hizo ni intentó vender dos veces el mismo producto. Cuando había conseguido uno saltaba al siguiente; pero, demasiado ofuscado con su falso invento del stream of consciousness, lo llevó más allá, lo llevó más adelante en cada salto (de Dublineses al Retrato del artista adolescente, de éste al Ulysses, delUlysses a Finnegan's Wake) y fue encerrándose en su propio invento, absolutamente convencido -como un profeta de voz admonitoria- de que con él se llega a un tope, a un techo en el arte narrativo, así que tendió a su destrucción, a retirar todos los elementos del engranaje y dejarlos aislados uno a uno en el papel. De hecho nadie ha leído su Finnegan's Wake, que es intraducible y nada produce (como no sea quinientas tesis en las universidades norteamericanas); es una obra, como le dijo Wells, que sólo le había divertido y le divertía a él. Nadie lo sigue cómodamente en su casa, en una butaca; pues hay que estudiarlo muy profundamente; no bastan las herramientas ordinarias, hay que tener conocimientos tan personales como los de Joyce, y no siendo James Joyce uno no se entera de nada.
En ese sentido, hay alguien que tiene mucho más mérito, a quien no se ha incluido aquí porque han hablado de él ya en otro coloquio anterior... Es Kafka. Un individuo que, a mi modo de ver, tiene una altura literaria incomparable con la de Joyce o la de Virginia. No cabe duda de que Kafka, Faulkner y Proust constituyen la trilogía planetaria de la literatura del siglo XX.
JUAN BENET, Ensayos de incertidumbre, Random House Mondadori, Barcelona, 2012, págs. 396 y 397.
Coelho sobre Joyce
Los novelistas actuales solo quieren impresionar a los otros escritores, y uno de los libros que hicieron ese mal a la humanidad fue Ulysses, que es solo estilo. No hay nada allí. Si diseccionas Ulysses, apenas da para un tuit. La literatura preferida de los trolls es Ulysses. Coherentes con su categoría, nunca lo leyeron, claro. Pregúnteles: ¿Monólogo final de Molly? No sé lo que es (son páginas y páginas sin puntuación).
PAULO COELHO, Paulo Coelho contra James Joyce, Estandarte, 8 de agosto de 2012 (AQUÍ)
Eliade sobre Joyce
He llegado a la página 163 de las Cartas de James Joyce, editadas por Stuart Gilbert. Casi tres cuartas partes de sus cartas están dirigidas a los editores, directores de revistas, agentes y críticos literarios y a sus amigos escritores. Habla casi exclusivamente de su obra, de lo que se escribe o se ha escrito sobre él, etc. Impresión deplorable y sofocante de homme de lettres y de pequeño funcionario a un tiempo. El en otro tiempo alumno de los jesuitas que se consagra completamente a una absoluta mediocridad, no hay nada de exaltante, de fanático, de místico o de loco en la tozudez con que empuja su obra en el mercado de las letras. Vive en "su universo literario". Lo que más parece interesarle es "imponer" su obra como se impone un nuevo invento o una nueva marca de coches. Es inagotable cuando se trata de la mercancía que quiere despachar.
MIRCEA ELIADE, anotación del 8 de abril de 1961, Diario (1945-1969), Kairós, Barcelona, 2001, traducción de Joaquín Garrigós, pág. 240.
Joyce sobre Tennyson
No me gusta Tennyson. En comparación con un poeta como Donne, cuyos versos tienen una rica textura contrapuntística, parece que toque con una sola tecla. Los poemas de amor de Donne son los más complejos y profundos que conozco. Me parece muy inglés, mucho más que Tennyson: el espíritu inglés es complejo, en efecto, a pesar de todo lo que se ha dicho sobre él. Con Donne uno se adentra en un laberinto de ideas y de sentimientos. Un poema suyo es una aventura, es decir, una experiencia que no sabemos a dónde nos llevará: así es la vida y así debería ser toda obra literaria. Eso es lo que hace apasionante su lectura. Donne es shakespeariano en su complejidad; comparados con sus composiciones, los poemas de amor más famosos de la literatura francesa suenan banales. Fue un poeta típicamente medieval, anterior a la época en que el clasicismo simplificó el espíritu inglés. Él y Chaucer fueron escritores geniales, ambos enamorados de la vida; luego llegaron los puritanos con sus manos heladas. El clasicismo estuvo bien mientras fue pagano: en la época del Renacimiento ya había perdido su sentido, y así ha seguido tristemente hasta hoy, debilitándose poco a poco hasta extinguirse del todo con Tennyson y con los inanes desnudos de Alma-Tadema.
JAMES JOYCE, Sobre la escritura, Alba Editorial, 2013, Barcelona, traducción de Pablo Sauras.
Virginia Woolf sobre Joyce
Debiera estar leyendo el Ulises y formulando mis argumentaciones en pro y contra. Por el momento, he leído doscientas páginas, que ni siquiera representan la tercera parte [...] Ulises me parece el libro propio de un analfabeto, un libro carente de desarrollo; la obra de un obrero autodidacta, y todos sabemos cuán lamentables son esas obras, cuán egotistas, cuán insistentes, cuán primarias, crudas y, en última instancia, nauseabundas. Cuando se puede comer carne guisada, ¿a santo de qué comerla cruda?
Miércoles, 6 de septiembre de 1922
[...] He terminado el Ulises y creo que es una obra fallida. A mi juicio, no le falta talento, pero de baja estofa. El libro es difuso. Es enmarañado. Es pretencioso. Es de baja ralea, no sólo en el sentido evidente, sino también en la acepción literaria. Con ello quiero decir que un escritor de primera fila siente por la literatura un respeto tal que le impide servirse de trucos; de sorpresas; de hacer payasadas. Me recuerda constantemente a un colegial con tendencia al comportamiento brutal, rebosante de ingenio y capacidad, pero tan pendiente de sí mismo, tan egotista, que pierde la cabeza y se convierte en un ser extravagante, amanerado, vocinglero, torpón, y consigue que las personas amables le tengan lástima, y que las personas severas se irriten; y una tiene esperanzas de que todo lo anterior le pasará cuando crezca; pero como sea que Joyce tiene cuarenta años, no parece probable que así ocurra. No lo he leído cuidadosamente; y solo una vez; y es muy oscuro; por lo tanto seguramente he dejado de percibir sus méritos en una proporción superior a la justa.
Jueves, 7 de septiembre de 1922
Después de haber escrito lo anterior, L. me ha dado una crítica muy inteligente del Ulises, aparecida en el Nation norteamericano; que por primera vez analiza el significado; y ciertamente consigue que el libro sea mucho más impresionante de lo que yo creía. De todas maneras sigo creyendo que en las primeras impresiones se da siempre cierto valor y contienen una verdad duradera; en consecuencia, no me desdigo.
VIRGINIA WOOLF, Diario de una escritora, Ediciones y Talleres de Escritura Creativa Fuentetaja, Madrid, 2003, traducción de Andrés Bosch, págs. 71-74.
Joyce sobre Wilde
La idea central [de El retrato de Dorian Gray] es pura fantasía. Dorian es un hombre bellísimo que se vuelve tremendamente malvado, pero no envejece, al contrario que su retrato […]. No cuesta mucho leer entre líneas. Las intenciones de Wilde eran buenas en parte —mostrar lo egoístas que son algunos—, pero el libro está lleno de mentiras y epigramas. Si hubiese tenido el valor de desarrollar lo que apenas esboza, el libro le habría salido mejor.
JAMES JOYCE, carta a Stanislaus Joyce, 19 de agosto de 1906, recogido en Sobre la escritura, Alba Editorial, 2013, Barcelona, traducción de Pablo Sauras.
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