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Ribeyro sobre Salinger

¡Qué fatigante resulta Salinger en Franny & Zooey con su pequeña familia de personajes inteligentes! Gide vio justo cuando dijo que no había nada peor que crear personajes intelectuales: sólo se logra hacerles decir asnadas. Qué minucia, además, en su descripción, qué cuidado en hacer cambiar de posición a sus criaturas antes de cada réplica. En verdad, sus personajes se mueven como egresados del Actor`s Studio: se extienden sobre la alfombra para conversar o ponen un pie en un diván. Además, qué manera de dilatar el tiempo, sólo gracias al artificio de la conversación. Estoy en la página 200 y sólo han pasado tres cosas: conversación de Franny y Lane en el restaurante, conversación de Zooey y su madre en el baño y conversación de Zooey y Franny en el Salón.

JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, pág. 294

Ribeyro sobre Racine

¿Será Racine un valor literario inflado? Relectura de alguna de sus piezas. Personalmente no “siento” su teatro, la perfección de sus versos distrae mi atención y la peripecia dramática se me esfuma en el torrente de alejandrinos. ¡Qué centenares de libros y ensayos se han escrito para explicar, demostrar, convencer de que Racine es un gran dramaturgo! Tal vez Hugo tenía razón en menospreciarlo. En cuanto a la opinión favorable de Anatole France, Valéry o Giraudoux me tiene sin cuidado, pues son escritores de género menor que trataban de exaltar las virtudes de su antepasado para poner de relieve sus propias virtudes.

Se elogiaban por personne interposée. Sólo algunas escenas de Britannicus, de Bérenice o de Phédre continúan asombrándome, quizás porque en ellas hay un ajuste logrado entre versificación, acción y emoción. En cuanto a Les Plaideurs, inútil decirme que es una buena comedia. La he releído atentamente. Qué osadía comparar esta obra con las de Molière. Con razón dijo éste, según se cuenta, que la pieza de Racine “no valía nada”. Sólo he encontrado en ella dos versos citables: “Mais sans argent l’honneur n’est qu’une maladie” y “Pour dormir dans la rue on n’offense personne” (respuesta que podría dar un clochard a un flic que lo interpele).

JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, págs. 299 y 300

Vargas Llosa sobre Ribeyro

En los días de la estatización de la banca, la prensa aprista difundió, con mucho bombo, unas declaraciones furibundas de Julio Ramón Ribeyro, desde París, acusándome de identificarme «objetivamente con los sectores conservadores del Perú» y oponerme «a la irrupción irresistible de las clases populares». Ribeyro, escritor muy decoroso, hasta entonces amigo mío, había sido nombrado diplomático ante la Unesco por la dictadura de Velasco y fue mantenido en el puesto por todos los gobiernos sucesivos, dictaduras o democracias, a los que sirvió con docilidad, imparcialidad y discreción. Poco después, José Rosas-Ribeyro, un ultraizquierdista peruano de Francia, lo describía, en un artículo de Cambio, trotando por París con otros funcionarios del gobierno aprista en busca de firmas para un manifiesto en favor de Alan García y de la estatización de la banca que firmaron un grupo de «intelectuales peruanos» establecidos allí. ¿Qué había tornado al apolítico y escéptico Ribeyro en un intempestivo militante socialista? ¿Una conversión ideológica? El instinto de supervivencia diplomática. Así me lo hizo saber él mismo, en un mensaje que me envió en esos mismos días [y que a mí me hizo peor efecto que sus declaraciones], con su editora y amiga mía Patricia Pinilla: «Dile a Mario que no haga caso a las cosas que declaro contra él, pues sólo son coyunturales.»

MARIO VARGAS LLOSA, El pez en el agua, Alfaguara, Madrid, 2005, págs. 344 y 345.

Ribeyro sobre Valéry


Los largos y ambiciosos poemas de Valéry, como los de Narciso e incluso El cementerio marino, se me caen ahora de las manos y no me parecen otra cosa que un ejercicio aplicado y talentoso de versificación de los cuales la poesía está ausente. Muchos de los versos que los forman, la mayoría, podrían haber sido escritos en el siglo XVII, formar parte de una tragedia de Racine. Valéry parece olvidar que la belleza es un valor temporal, válido dentro de determinado contexto y que la imitación es siempre un arte secundario, es decir, un artificio. Valéry, en su poesía al menos y en sus relatos, fue un imitador o, si se quiere, un combinador. Él no sacó nunca algo de la nada, sino que construyó a base de formas, imágenes, palabras conocidas y garantizadas. Por un poema como “Zona” de Apollinaire daría todos los versos de Valéry.


JULIO RAMÓN RIBEYRO, La tentación del fracaso, Seix Barral, Barcelona, 2003, pág. 270.