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Unamuno sobre Góngora

[Y ahora, en el número de La Gaceta Literaria, en que los jóvenes culteranos de España rinden un homenaje a Góngora y que acabo de recibir y leer, uno de estos jóvenes, Benjamín Jarnés, en un articulito que se titula culteranamente "Oro trillado y néctar exprimido", nos dice que "Góngora no apela al fuego fatuo de la fantasía, ni a la llama oscilante de la pasión, sino a la perenne luz de la tranquila inteligencia". ¿Y a esto le llaman poesía esos intelectuales? ¿Poesía sin fuego de fantasía ni llama de pasión? ¡Pues que se alimente de pan hecho con ese oro trillado! Y luego añade que Góngora, no tanto se propuso repetir un cuento bello cuanto inventar un bello idioma. Pero ¿es que hay un idioma sin cuento ni belleza de idioma sin belleza de cuento?

Todo este homenaje a Góngora, por las circunstancias en que se ha rendido, por el estado actual de mi pobre patria, me parece un tácito homenaje de servidumbre a la tiranía, un acto servil y en algunos, no en todos, ¡claro!, un acto de pordiosería. Y toda esa poesía que celebran, no es más que mentira. ¡Mentira, mentira, mentira...! El mismo Góngora era un mentiroso. Oíd como empieza sus Soledades el que dijo que "la erudición engaña." Así:

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa... 

¡El mentido! ¿El mentido? ¿Por qué se creía obligado a decirnos que el robo de Europa por Júpiter convertido en toro es una mentira? ¿Por qué el erudito culterano se creía obligado a darnos a entender que eran mentiras sus ficciones? Mentiras y no ficciones. Y es que él, el artista culterano, que era clérigo, sacerdote de la Iglesia Católica Apostólica Romana, ¿creía en el Cristo a quien rendía culto público? ¿Es que al consagrar en la sagrada misa no ejercía de culterano también? Me quedo con la fantasía y la pasión del Dante.] 

MIGUEL DE UNAMUNO, San Manuel Bueno, mártir. Cómo se hace una novela, Alianza Editorial, Madrid, 1978, págs. 164-166

Unamuno sobre Quevedo

 A mí no me carga Cervantes, ni mucho menos, sino que le venero más y mejor que sus ridículos idólatras; pero me carga Quevedo, pongo por caso de clásico cargante, y no puedo soportar sus chistes corticales y sus insoportables juegos de palabras.


MIGUEL DE UNAMUNO, Paisajes y ensayos, Obras Completas I, Escelicer, Madrid, 1968, pág. 1265

Borges sobre los vascos

¿Vasco? Yo no entiendo cómo alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco... Los vascos me parecen más inservibles que los negros, y fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos. Se habla de la voluntad vasca, de la terquedad vasca y, ¿para qué les ha servido?: nada más que para ser españoles y franceses. Por lo demás han producido unos pintores execrables y un escritor insoportable como Unamuno. Lo más que han producido son buenos pelotaris. Mire, yo tengo sangre vasca también, varios de mis apellidos delatan ese origen: Garay, Otarola; sin embargo pienso que los vascos no han hecho nada, nada, son sólo notables por ser uno de los países más estériles del mundo. Realmente no me explico por qué la gente tiene tanto orgullo de ser vasca. Ya le dije, yo también tengo esa sangre, pero cuando enumero mis orígenes soy muy cuidadoso en olvidarme de los vascos. Y ahora que recuerdo, esto lo dije en uno de mis cuentos: los vascos no han hecho otra cosa en la historia que ordeñar vacas, se han pasado los siglos ordeñando vacas. . . JORGE LUIS BORGES, recogido por Esteban Peicovich en El palabrista: Borges: Visto y oído, Marea Editorial, Buenos Aires, 2006

Maeztu sobre Unamuno (2)

En cierta ocasión decía Ramiro de Maeztu, cuya fobia a Unamuno viene de antiguo -acaso esta fobia hubo de influir, aún sin él mismo saberlo, en su desgraciada aventura política-, refiriéndose a los poetas, que, a su juicio, eran eficientes como tales cuando alguien los retenía en su oído.

—Todos ustedes sabrán de memoria —decía dirigiéndose a un grupo de escritores— alguna poesía de Rubén Darío. Invito a cualquiera a recitar un verso de Unamuno.

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CÉSAR GONZÁLEZ-RUANO, Unamuno, Ediciones G.P., 1959, pág. 120

Sender sobre Unamuno

RAMÓN J. SENDER: Unamuno estaba siempre tratando de actuar impresionantemente en público, y aunque buen actor, era uno de esos actores sin flexibilidad que no hacen más que un tipo, siempre el mismo. Por lo tanto, aburría.

PREGUNTA: ¿No crees tú que en Unamuno había, en parte, un desaliño voluntario?

RJS.: No, no. Él hacía lo que podía de buena fe. Lo que pasa es que lo habían mimado como a un niño prodigio desde joven y creía que todo lo que salía de su pluma sin retoques debía ser publicado. Y publicaba cada idiotez que daba vergüenza leerlo... Claro, al lado de él Valle-Inclán nos ofrecía su maravilloso ejemplo de pulcritud, de exactitud, de pericia y de genio. No había duda de que Valle-Inclán, literariamente, era algo genuino y considerable.

P.: ¿Tenía Unamuno un carácter violento?

RJS.: No. Tenía en primer lugar una voz muy atiplada y una manera cazurra y campesina de hablar. Luego, todos estaban pendientes de sus labios y él se dejaba querer y tomaba una actitud inadecuada de prima-dona. Claro, a mí todo eso me molestaba. Los otros amigos suyos eran mucho más viejos que yo. Tenían otra idea de las cosas.

P.: ¿Crees que había histrionismo en su actitud?

RJS.: ¡Oh, sí! Definitivamente.

P.: ¿Y lo que dice Ortega, que lanzaba su yo en las reuniones como si fuera un ornitorrinco...?

RJS.: No sólo Ortega, sino Pío Baroja dice lo mismo, y Valle-Inclán, y todos los que lo trataban. Baroja, que no quería mucho a Valle, dice que éste era vanidoso y afectado, pero que no era nada al lado de Unamuno. Si se hablaba delante de él del talento militar de Napoleón decía: “¡Oh, no se fíen de la historia, porque era un jefe alemán de estado mayor, sobrino de Federico el Grande, quien planeaba las batallas!”. O cosas por el estilo.

P.: ¿Inventaba esas cosas?

RJS.: Sí. Para quitar aires al entusiasmo de todos los que elogiaban a alguien delante de él. No podía tolerarle grandeza alguna a Aristóteles ni a Alejandro Magno; a Sócrates ni a Platón. No podía permitir que nadie, en el pasado o en el presente, tuviera ningún pretexto para admirar a nadie que no fuera Miguel de Unamuno y Jugo. Era un caso verdaderamente patológico. A veces, todo se resolvía en tonos grotescos.

P.: ¿Y cómo te explicas el tremendo éxito que Unamuno ha tenido como escritor? La crítica lo ha elogiado y sigue elogiándolo.

RJS.: En todas partes hay dos clases de escritores: unos a quienes se elogia y otros a quienes se lee. En España, en esa época, no había crítica, realmente. No hubo crítica desde la muerte de Menéndez Pelayo. Y también se elogiaba a don Miguel por provincianismo. Unamuno comenzó a hacer efecto cuando fue rector de Salamanca. Y porque era uno de los pocos que sabía griego en su tiempo. Latín lo sabe todo el mundo en España mejor o peor, pero griego lo saben muy pocos. Sin embargo, no parecía haber aprendido gran cosa de los griegos. Del sentimiento trágico de la vida es una paráfrasis de Spinoza, a quien además no acaba de comprender. En todo el libro el único interés está en lo que cita ocasionalmente de Spinoza. Las reacciones suyas ante Spinoza, a quien llama por cierto de vez en cuando “el pobre Spinoza”, son absurdas. El pobre Spinoza, de quien el rico Unamuno vive en ese libro.

P.: A Ortega le parecía también Unamuno muy antipático... Ortega escribe muy bien, ¿no te parece?

RJS.: Ortega resulta a veces un poco atento a lo decorativo. Pero era un hombre muy civilizado, muy culto. Y el pobre Unamuno era un seudocampesino. Habría sido un magnífico cura de aldea, un poco cascarrabias, y le habrían tenido miedo las mujeres. Yo lo molesté varias veces con bromas que lo ponían nervioso. Las bromas le molestaban porque no tenía sentido de humor. Un día decía: “Ya querría yo saber quién era William Shakespeare”. Y yo le respondí: “Eso está ya averiguado. William Shakespeare era otro hombre de la misma edad que William Shakespeare que se llamaba William Shakespeare”. Los otros soltaron a reír y Unamuno se puso amarillo de rabia...

RAMÓN J. SENDER, entrevistado por MARCELINO C. PEÑUELAS para Conversaciones con Ramón J. Sender , Magisterio Español, Madrid, 1969, 286 págs.
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Baroja sobre Unamuno

Intentará demostrar al mismo tiempo que cualquier escritor portugués o sudamericano es una gran cosa, y que en cambio Kant, Schopenhauer, Goethe o Nietzsche no son nada. Es el eterno aldeanismo, rebozado con una punta de envidia. [1918] (De Las horas solitarias)

Era el aldeano que sale del terruño y se hace rabiosamente ciudadano y adopta todos sus hábitos y sus procedimientos. Quiso primero ser un escritor español ilustre y después un escritor universal (...). Ya después de muerto, sin el brazo poderoso que sostenía el armazón de su obra, ésta se desmorona. Yo creo que el bagaje no era grande. Así lo pienso sin entusiasmo y sin odio. Sus novelas me parecen medianas y su obra filosófica no creo que tenga solidez ni importancia. [1944] (De Desde la última vuelta del camino, IV)

Esto de hablar de lo que no entendía era muy privativo de Unamuno. [1944] (De Desde la última vuelta del camino, I).

Se creía todo. Era, sin proponérselo, filósofo, matemático, filólogo, naturalista, además de vidente y profeta. [1947] (De Desde la última vuelta del camino, IV).

Yo nunca me sentí contra él. Únicamente no era partidario del sistema suyo de agarrar a cualquiera por su cuenta, de acogotarle, de atarle de pies y manos y de convertirle en un oyente mudo. [1947] (De Desde la última vuelta del camino, IV).

En muchas ocasiones se asemejaba a Letamendi, porque creía que las ideas más sencillas no se le habían ocurrido a nadie y que eran patrimonio de su inteligencia. (...)

No le hubiera indicado a Mozart o a Beethoven lo que tenía que ser la música, porque había decidido que la música no era nada; que no valía la pena de ocuparse de ella, porque a él no le gustaba y que sólo algunos tontos caían en ese lazo burdo de las notas.

Unamuno era hombre clásico de tertulia de ateneo, como se dan muchos en España. También lo era Valle-Inclán y otros de menos importancia. A estos hombres se les da un crédito ilimitado y se les autoriza todo. Esto en el Ateneo de Madrid debía de ser lo habitual. Ejercían un cacicato despótico. [1947] (De Desde la última vuelta del camino, IV).

A mí no me entusiasma Unamuno, ni como novelista, ni como poeta, ni como filósofo. No se lo hubiera dicho, en su cara, cuando vivía por no molestarle. Cuando le hablaba, le hablaba con amabilidad. Pero a mí no me gustaba ni me gusta lo que este paisano mío ha escrito. [1955] (De Aquí París)

PÍO BAROJA, Opiniones y paradojas, Tusquets, Barcelona, 2000, selección de Miguel Sánchez-Ostiz, págs. 249 y 250.

Umbral sobre Bergamín

Bergamín es como un Unamuno que se hubiera vuelto loco. Sigue la técnica unamuniana de darle la vuelta a todas las frases, a ver qué sale. A Unamuno siempre le salía algo, pero Bergamín lo hace de una manera mecánica y eso le quita todo interés a su ensayismo, donde se busca más la sorpresa que la verdad. "Paradojas y no silogismos", había dicho Unamuno. Pero tenían que ser las suyas. Las de Bergamín ya suenan a juguete roto.

FRANCISCO UMBRAL, Las palabras de la tribu, Planeta, Barcelona, 1994, pág. 76

Borges y Bioy Casares sobre Unamuno

Viernes, 19 de junio. Come en casa de Borges. Leemos poemas de Unamuno, sobre quien dará una conferencia (Unamuno, poeta). BORGES: "¿Y si les digo que después de leer los poemas de Unamuno he resuelto hablar sobre cualquier otro?". BIOY: "Qué torpeza, que fealdad idiomática. Para lograr una rima llega a cualquier sacrificio. En uno de sus mejores poemas dice eterno nido porque necesitaba la rima. A veces no se sabe cuál es el ripio. Si en una línea escribe silla, en otra pone cilla. Nunca fluye con naturalidad". BORGES: "¿Quién será tan torpe? En otros idiomas no conozco poetas tan torpes". BIOY: "Quizá, en sus versos, Güiraldes. Uno se pregunta: ¿Por qué se ponen a escribir, si les cuesta tanto? Hace mal leer esto: uno se siente en un mundo en que el defecto y la chapucería son la norma, lo único posible. Uno teme el contagio, lo descubre en uno, la facilidad y la belleza parecen inalcanzables, sobrevienen el abatimiento y uno correría a suicidarse. Hoy leí Weir of Hermiston". BORGES: "Bueno, Stevenson, qué diferencia". BIOY: "También los Machado, Darío, López Velarde, Lugones, Banchs... ¡Qué diferencia!". BORGES: "Ahora que me comprometí, mejor seguir adelante. Hablaré de la poesía intelectual. La idea de que se la podía oponer al modernismo me atrajo. De todas maneras, aunque lo elogie, la tibieza aparecerá". ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, págs. 1034-1035

Maeztu sobre Unamuno

Profesor, no tiene alumnos; periodista, no ha informado de nada; poeta, sus versos suenan mal; ensayista, le falta capacidad para interesarse por nada; ciudadano, tiene que hacer una oda cuando se trata de defender la libertad.

RAMIRO DE MAEZTU, fragmento de una carta a Ortega y Gasset recogida por E. Inman Fox en Ideología y política en las letras de fin de siglo, Espasa-Calpe, Madrid, 1988, pág. 353.

Unamuno sobre el gusto literario de Madrid y España

Salamanca, 23 de abril de 1908

Sr. D. Eduardo Marquina

Acabo de leer, mi buen amigo, su canción del momento a Ignacio Zuloaga, y no me resisto a comentarla. Pisar Madrid. Para qué? No, no, no. Zuloaga ha hecho bien en no intentar siquiera la conquista de Madrid, pues habría sido por Madrid conquistado y esto para un artista o un poeta es la última depravación. Afortunadamente mi paisano dispone de un lenguaje universal y aunque pinta en español no hay que traducirle. No, que no pise Madrid! Cuando los extranjeros saludan sus cuadros, esta España no los ve ni se conoce en ellos... Es muy cierto. Y la razón? No la sabe usted, amigo Marquina? Pues yo se la diré.

Zuloaga es paisano mío, es vasco y vasco genuino y representativo, por los treinta y dos costados, lento y terco, recio y fuerte. Y los vascos somos en España antipáticos; somos los irreductibles, los no blandos, los no cotarristas, los berberiscos, los últimos iberos. Se puede consentir que un vascongado como Zuloaga resucite la antigua y castiza pintura española? Se puede consentir que un vascongado como Baroja renueve la novela picaresca? Se puede consentir que un vascongado como yo, etc.? ¡Fuera con el alcaloide del castellano! Y es el castellano, influido por los otros, el que con recelo nos mira. No, no, no. Nuestra violencia de salud es desequilibrio para los que no entienden más reposo que el del enfermo. Somos íntimos y somos sanos.

No, el pintor es Sorolla. A este le entienden, desde luego. Es, dicen, luminoso. El otro es oscuro, es lúgubre.

Y en letras? La lepra literatesca gallega, la cochinería estilística de Da. Emilia o Valle Inclán; la grosera porquería extremeña de Trigo; toda la hojarasca de la otra banda, meridional.

Le extraña a usted que no se conozcan en Zuloaga? No, Zuloaga no! Antes los patios azules y los jardines abandonados del artificioso Rusiñol, mero artista y no más que artista, uf!

Para qué va a pisar Madrid mi paisano? Gloria? No la acrecentará en él. Provecho? Es mejor que se vaya a Buenos Aires, a donde tendremos que emigrar.

Yo, en la exaltación de mi vasconismo prediqué a mis paisanos la conquista del reino de España. Hoy creo que no, que debemos emprender la conquista no del resto de España, sino del resto del mundo, prescindiendo de España.

A Zuloaga se le ha hecho aquí durante años la peor conjuración, que no es la del silencio, sino la del semi-silencio. Se sacude algo del nombre de uno, pero se calla de sus obras.

Qué vamos a hacer con una España banal, ligera, frívola, indolente? Ahí está el mundo y cuando necesitemos recogernos ahí está nuestra Euskalerría, nuestra Vasconia, recia, recogida, íntima, austera, antipática, profundamente antipática, para los demás, para los de feria y plaza de mercado.

No, amigo Marquina, no, no, no, no. Zuloaga, mi paisano, Zuloaga el vasco, el archivasco no debe pisar Madrid. Perdería el pie en ese arenal movedizo.

MIGUEL DE UNAMUNO, Epistolario inédito I (1894-1914), Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1991, edición de Laureano Robles, págs. 242 y 243.

Unamuno sobre Zorrilla

Y vamos a lo de mis versos. Los sonetos son, en efecto, algo forzado. Me gusta poco la rima y por motivos acústicos, de oído. Pronto publicaré un nuevo tomo de poesías –además del Cristo de Velázquez– y en un prólogo defenderé mi técnica desde el punto de vista del ritmo. Que desafinen a muchos no lo dudo. También desafinaba hace cuarenta años música que hoy se oye. Y sostengo que musical o rítmicamente los versos de Zorrilla, v. gr. son tan ramplones, tan insignificantes, tan congoleses como la peor música de Donizetti. Responden a aquella detestable escuela de declamación que fomentaron el mismo Zorrilla –le oí leer y no resistía su canturreo melopeico– y Rafael Calvo. Son versos para ponerles música de Donizettti. En cambio, Wagner podía poner en música hasta prosa. ¡Prosa rítmica, claro está! Aquello de

La princesa está triste
que querrá la princesa, etc.

me parece acústicamente, de una simplicidad hórrida. Lo que tengo que hacer es irlos leyendo. Cuando me los oyen leer confiesan que suenan de otro modo. Y es que yo leo y recito muy bien, sin canturreo metronómico. No, la rima y el ritmo no son una bobada y no son lo mismo los versos cuando suenan bien o mal al oído. Lo que hay es que el oído castellano, por una larga mala educación está deseducado al ritmo complejo y rico. Los versos de Carducci, v.gr., los más de ellos libres, sus Odas bárbaras disonarían aquí. Obsérvese cómo se huye de encaballar los versos y como casi siempre corresponde la coma sintáctica con el final del verso, lo que añadido a su horrenda afición a las palabras agudas hace tan martilleante y pendular el verso congolés o senegambiano de Zorrilla. Nuestro verso es para cantar seguidillas y para bailarlo; verso de baile cuyo compás se lleva con los pies.

Y así en mi pueblo al ver la gente sencilla que no lograba bailar la overtura de Tannhaüser declaró que aquello no era música ni cosa que lo pareciese. En castellano apenas se ha hecho en versificación sino jotas, chotis, seguidillas, valses, polcas, aurrescus, etc., etc. Y juzgamos del ritmo más con los pies que con el oído. Pero sé que no le convenceré. Esto sólo se trata experimentalmente.

MIGUEL DE UNAMUNO, fragmento de una carta enviada a Francisco de Cossío el 14 de septiembre de 1914, recogida en Epistolario inédito I (1894-1914), Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1991, págs. 350 y 351

Unamuno sobre Ruskin

Por lo que hace a Ruskin, si he de decirle la verdad, se ha ido enfriando mucho el gusto -que nunca llegó a entusiasmo- que por él tuve. En el fondo es artificioso y es frío; le falta pasión. Compárelo usted con Carlyle, v. gr. En general el esteticismo me es sospechoso y lo creo perjudicial hasta para la belleza y el arte. El emperrarse en no producir sino belleza impide producir más alta belleza. Sucede como con los estilistas y es que rara vez llegan a tener estilo. (Lo de Valle-Inclán, v. gr., no me parece estilo, sino manera) y en cambio una Santa Teresa, v. gr., atenta sólo a edificar las almas tiene un estilo insuperable y produce íntima belleza.

Por extraño que el cotejo parezca, le diré que el ruskinianismo sólo produce algo así como Oscar Wilde, cuya íntima oquedad se va reconociendo. Les falta verdadera pasión y pasión humana, no egoísta.

El esteticismo es el azote del arte, en esos países más que en otros. Yo encuentro que rarísima vez un poeta hispano-americano llega a herir las cuerdas eternas, las de las eternas inquietudes. Les falta religiosidad. Y tengo por cierto que lo meditativo es lo supremo de lo imaginativo. Y así Wordsworth me parece más poeta que Swinburne, especie de Victor Hugo inglés.

MIGUEL DE UNAMUNO, fragmento de una carta enviada a Viariato Díaz Pérezde Cossío el 7 de abril de 1909, recogida en Epistolario inédito I (1894-1914), Colección Austral, Espasa-Calpe, Madrid, 1991, págs. 256 y 257.

Maeztu sobre Unamuno

¿Por qué es el señor Unamuno la primera figura intelectual de España? No será ciertamente por la perfección de sus obras. El señor Unamuno es novelista. Pero sus novelas carecen de interés como novelas. Son interesantes por el espíritu que revelan. El señor Unamuno es poeta. Pero su poesía no es tampoco ejemplar como poesía. Aunque hay música en el alma del señor Unamuno, no acierta a encarnar en sus palabras. Es ensayista, unas veces excelente, las mas no. Ha propuesto numerosas interpretaciones de la historia de España. Quizás acierte en alguna de ellas, pero todas son igualmente arbitrarias. Su mejor obra es la religiosa: El sentimiento trágico en la vida y en los pueblos. Es una obra llena de fuego y de saber, pero el sentimiento que la inspira, que es el deseo del señor Unamuno de no morirse, en lucha contra la razón que le asegura que ha de morirse, no puedo menos de considerarlo egoísta y mezquino. La categoría de muerte y resurrección me parece ser el más pobre de los aproches al problema religioso.

RAMIRO DE MAEZTU, fragmento de Los del 98, extraído de la página galeon.com (AQUÍ)

Paz sobre Unamuno

Unamuno como personaje me es profundamente antipático. Es un gran escritor antipático, un hombre que ha dicho "que inventen otros" y además que "quiere salvarse con todo y con zapatos"; es un ser que me estremece y no me inspira simpatía.

OCTAVIO PAZ, entrevistado para el programa de televisión "A fondo" por Joaquín Soler Serrano y recogido en Escritores a fondo, Planeta, Barcelona, 1986, pág. 222

Jiménez sobre Azorín, Unamuno y Antonio Machado

[Juan Ramón Jiménez] ya no dicta clases, lo que es un alivio para la Universidad. Empezó con mucho empuje, queriendo dar dos cursos, uno de poética y otro de Historia literaria. En ambos dio siempre la misma clase, en que atacaba a la misma gente: "¿Azorín? Buen sinvergüenza es Azorín. Un vendido. ¿Y Unamuno? Un genuflexo. ¿Y el delicado poeta Antonio Machado? Un hombre que vivía en medio de la mugre. Como nunca en la vida se había descalzado, la suela y las plantas de los pies se le habían unido. Estaba herrado y caminaba como un ánade".


JUAN RAMÓN JIMÉNEZ, palabras que Francisco Ayala refirió a Bioy Casares, Borges y Lisi Justo el 16 de agosto de 1956, cuando cenaba en casa de Bioy. Recogido en ADOLFO BIOY CASARES, Borges, Destino, Barcelona, 2006, pág. 189.

Ortega y Gasset sobre Unamuno


Unamuno y Europa, fábula

Prisionero de otras ocupaciones, no he podido hasta ahora poner un exiguo comentario a la carta de Don Miguel de Unamuno (AQUÍ), publicada días hace en ABC. Una carta privada como esta en que el Sr. Unamuno sanciona las opiniones del Sr. Azorín, no merece grande atención: el correo privado apenas si sirve de otra cosa que de manso cauce al río turbulento de las impertinencias individuales. Sólo me interesan las acciones y los problemas públicos: hartas dificultades hay en éstos para que nos distraigamos en meditar sobre las incongruencias íntimas, privadas de nuestros contemporáneos. Había pensado desde luego no oponer nada a la filosofía soez de aquella carta: como en mi artículo anterior, me preguntaba de nuevo: ¿qué decir a quien no se preocupa de la verdad? Cierto que el Sr. Unamuno me alude en esa carta: habla de «los papanatas que están bajo la fascinación de esos europeos». Ahora bien, yo soy plenamente, íntegramente, uno de estos papanatas: apenas si he escrito, desde que escribo para el público, una sola cuartilla en que no aparezca con agresividad simbólica la palabra: Europa. En esta palabra comienzan y acaban para mí todos los dolores de España. Y es costumbre en esta tierra mía, en esta tierra que Dios ha puesto de un empellón fuera del alcance benéfico de su vieja mano rugosa, contestar a la guapeza con algún gesto de jaque. El Sr. Unamuno ha elevado a la dignidad universitaria los usos jaquescos que el Sr. La Cierva tan ingenuamente se obstina en perseguir por las tabernas. ¿Dónde iremos ahora a buscar la «bonne compagnie»? Yo debía contestar con algún vocablo tosco o, como decían los griegos, rural, a D. Miguel de Unamuno, energúmeno español. Pero… esto sería muy poco divertido. Quienes rompen las reglas artificiales de la buena educación se quedan sin gozar la fruición delicadísima de ejercitar íntegramente sus energías dentro de ellas. Pues qué, ¿no estriba todo el placer del juego en el sometimiento a ciertas reglas convencionales y hasta ridículas? ¡Divino juego civil de la buena educación! ¡Deleite noble y señor el de vivir dentro de reglas quebrantables sin quebrantarlas! ¡Suprema voluptuosidad para quienes son capaces de sentir la voluptuosidad de la ley!

¿A qué, pues, contestar la carta del rector de Salamanca? ¿Qué dice en ella, al fin y al cabo? «Si fuera imposible que un pueblo dé a Descartes y a San Juan de la Cruz, yo me quedaría con éste.»

En los bailes de los pueblos castizos no suele faltar un mozo que cerca de la media noche se siente impulsado sin remedio a dar un trancazo sobre el candil que ilumina la danza: entonces comienzan los golpes a ciegas y una bárbara baraúnda. El Sr. Unamuno acostumbra representar este papel en nuestra república intelectual. ¿Qué otra cosa es sino preferir a Descartes, el lindo frailecito de corazón incandescente que urde en su celda encajes de retórica estática? Lo único triste del caso es que a D. Miguel, el energúmeno, le consta que sin Descartes nos quedaríamos a oscuras y nada veríamos, y menos que nada el pardo sayal de Juan de Yepes.

Yo pensaba no hablar de esta lamentable epístola; pero ¡he recibido tantas hostigándome a la protesta! Cuando comenzaban las escenas a que ha dado motivo esta guerra imperfecta del África, pedía yo desde estas columnas, ante todo, pudor nacional. Preveía la curiosidad justiciera de Europa asomándose tras los Pirineos y recorriendo con sus ojos severos la desnudez de nuestras carnes señaladas por todos los vicios. Desgraciadamente, he acertado. Y yo no sé quién pueda censurar honradamente a Europa si la oímos que dice: Hermanos de Aria nuestra España sigue igual.

Pero el Sr. Unamuno no es hombre que se ande con medias tintas: como Juan de Yepes es superior a Descartes, es en no pocas otras cosas España superior a Europa; por ejemplo, en ciencia lingüística, ejercicio oficial y obligado del Sr. Unamuno. Léase lo que dice a Azorín para mostrar en qué consiste la superioridad de los celtíberos:
«Hay que proclamar nuestras superioridades actuales. Indigna ver tanto hispanista (??) que se cree que España acabó en el siglo XVII.  Un chileno que allá en su tierra había estudiado filología castellana con dos alemanes (!!!) vino de paso para… París, a perfeccionarse en ella. Oyó a Menéndez Pidal y se quedó. Y es que éste ha escrito un manual mucho mejor en su género que cuantos análogos conozco del extranjero. Y así hay muchas. Cajal no está solo. Nos falta –y no lo deploro– el sentido de la reclame, y, además, no solemos dignarnos defendernos. A su desdén teatral oponemos nuestra altivez».
¿Qué contestar a esto? El nombre de Menéndez Pidal es tan noble, tan ejemplar, tan severo, que vale por cien argumentos. Por otro lado, el Sr. Unamuno se ha dedicado, en cumplimiento de un deber ineludible, capital, al mismo género de trabajos que el autor de «El cantar de Myo Cid». ¿Quién podrá dudar, pues, de que sabe muy bien lo que se dice cuando nos combate a los europeizantes con el claro nombre de D. Ramón Menéndez Pidal?

Más ¡ay! he recibido estos días unas cuartillas de un español, joven e inteligentísimo, cuyo nombre no ignora Unamuno: D. Américo Castro, discípulo predilecto y familiar del señor Menéndez Pidal. Y estas cuartillas dicen así:
«Torpes andan quienes barajando a su sabor hechos de difícil comprobación para los más, pretenden –con palabras de fanfarria mal adobadas de pretendido amor a la tierra,– cubrir con la prez de un nombre ilustre el nefando pecado de felonía intelectual.

No otra cosa significa el colocar el nombre del Sr. D. Ramón Menéndez Pidal entre el elogio de un chileno que «le prefiere» a los alemanes y una deslavazada censura para los que fuera de España se han preocupado, mucho antes de que el Sr. Unamuno pudiera soñarlo, de hacer una ciencia del estudio de nuestra lengua. No ignora el rector de Salamanca que antes de que el Sr. M. Pidal comenzase sus trabajos de filología –su gramática se publicó en 1904,– si se exceptúan los Sres. Bello y Cuervo, americanos, sólo nombres extranjeros figuraban en las bibliografías de filología románica cuando de castellano se ocupaban. Lo que el Sr. Unamuno sepa de filología castellana tuvo que aprenderlo en las gramáticas de Díez, Meyer Lübke, Foerster y Baist, alemanes, y en la de Gorra, italiano. Si se enteró de que el habla salmantina era algo más que palabras deformadas por la rusticidad aldeana, tuvo que leer a Gessner, Das Leonesische, Berlín, 1867; a Morel Fatio, Recherches sur les sources du libre de Alexandre, Rumanía, de 1875; a Munthe, Anteckningar om folkmalet i en trakt af vestra Asturien, Upsala, 1887, y su reseña del libro de Gessner en la Zeitschrift für romanische Philologie, de 1904, y hoy día a E. Staaff, L'ancien dialecte leonais, Upsala, 1907.

En cuanto a esos dos alemanes que despectivamente aparecen seguidos de admiración, son los Sres. R. Lenz y F. Haussen. Al primero se debe, según Meyer Lübke (Einführung, pág. 171), el único trabajo completo sobre uno de los problemas más difíciles de la filología románica: «el determinar en qué medida han influido los pueblos prerromanos, que después se romanizaron, en la formación de las lenguas romances». (V. sus Chilenische studien, Phon. Stud. V y Die chilenische Lautlehre, verglischen mit der araukanischen. Zeit. XVII.) El segundo es autor de numerosas monografías sobre la conjugación española antigua y los dialectales leonesa y aragonesa; hoy día representa en Chile el factor más importante para la formación científica de la juventud chilena «que estudia español». No hablemos de la infinidad de artículos en revistas –ninguna española– debidos a Cornu, Ford, Poberowicz, Staaf, Tallgren, Marden, Pietsch, Salvioni, M. Fatio, &c., &c. sin contar con que casi todas las ediciones de autores españoles, si el Sr. Unamuno ha querido estudiarlos «filológicamente», tuvo que recurrir a Fitz-Gerald (Berceo), Baist y Gräfenberg (D. Juan Manuel), Foulché-Delbosc (Celestina, Lazarillo, etcétera), Marden (F. González), M. Fatio (Alexandre), Buchanan y Rennert (comedias), Böhmer (Juan de Valdés), Mérimée (Guillén de Castro), H. Mérimée (G. de Castro y Mercader), Ducamin (Juan Ruiz), Lang (Cancioneros), &c., &c. A este inmenso trabajo, labor de treinta años, y a tanto nombre benemérito, podemos incorporar para honra nuestra al preclarísimo del Sr. M. Pidal, más conocido en el extranjero que aquí –dudo que hayan leído el Cantar de Myo Cid más de veinte españoles,– y cuya iniciación en la ciencia de la filología española la debió a haber aplicado en sus investigaciones el riguroso método que fuera de aquí se seguía en esta clase de estudios. Hoy día, es cierto, pueden venir extranjeros a escuchar su palabra autorizada. Ya lo han demostrado las Universidades de los Estados Unidos solicitando su presencia para que difundiese entre ellos sus tesoros de erudición medioeval.

Cierto es también que sería ingrato desconocer que a la incorporación de un pequeño núcleo de españoles a la cultura europea debemos el poder enorgullecemos con sus triunfos.

Ahora bien, si el Sr. Unamuno sabe todo esto en su calidad de profesor de filología, ¿por qué escribe la carta, del ABC?»
Poco a poco va aumentando el número de los que quisiéramos que las querellas personalistas cedieran en España la liza a las discusiones más honestas y virtuosas sobre la verdad verdadera. En el naufragio de la vida nacional, naufragio en el agua turbia de las pasiones, clamamos serenamente un grito nuevo: ¡Salvémonos en las cosas! La moral, la ciencia, el arte, la religión, la política han dejado de ser para nosotros cuestiones personales; nuestro campo del honor es ahora el conocido campo de Montiel de la lógica, de la responsabilidad intelectual. Pensando en esto, he preferido las observaciones técnicas de mi grande amigo Américo Castro a toda mi prosa indignada. Merced a ellas puedo afirmar que en esta ocasión D. Miguel de Unamuno, energúmeno español, ha faltado a la verdad. Y no es la primera vez que hemos pensado si el matiz rojo y encendido de las torres salmantinas les vendrá de que las piedras aquellas venerables se ruborizan oyendo lo que Unamuno dice cuando a la tarde pasea entre ellas.

Y sin embargo, un gran dolor nos sobrecoge ante los yerros de tan fuerte máquina espiritual, una melancolía honda…

«¡Dios, qué buen vassallo si oviese buen Señor!»


JOSÉ ORTEGA Y GASSET, Unamuno y Europa, fábula, publicado en el diario El Imparcial el 27 de septiembre de 1909, recogido por Paul Aubert en Les espagnols et l’Europe (1890-1939), Presses Universitaires du Mirail, Toulouse, 1992, págs. 64-66.

Baroja sobre los hispanoamericanos


Paralelamente sucede que, a veces, en un pueblo nuevo se reúne toda la torpeza provinciana, con la estupidez mundial, la sequedad y la incomprensión del terruño, con los detritus de la moda y de las majaderías de las cinco partes del mundo. Entonces brota un tipo petulante, huero, sin una virtud, sin una condición fuerte. Este es el tipo del americano. América es por excelencia el continente estúpido.

El americano no ha pasado de ser un mono que imita.

Yo no tengo motivo particular de odio conta los americanos; la hostilidad que siento contra ellos es por no haber conocido a uno que tuviera un aire de persona, un aire de hombre.

Muchas veces, en el interior de España, en un pueblacho cualquiera, se encuentra un señor que habla de tal modo que le da a uno la impresión de que es un hombre fundido con la esencia más humana y más noble. En un momento de éstos se reconcilia uno con su país, con sus charlatanes y con sus chanchulleros.

Esta impresión de hombre sereno, tranquilo, es la que no dan los americanos nunca; uno se nos aparece como un impulsivo atacado de furia sanguinaria; el otro, con una vanidad de bailarina; el tercero, con una soberbia ridícula.

La misma falta de simpatía que siento por los hispanoamericanos, experimento por sus obras literarias. Todo lo que he leído de los americanos, a pesar de las adulaciones interesadas de Unamuno, lo he encontrado mísero y sin consistencia.

Comenzando por ese libro de Sarmiento, Facundo, que a mí me ha parecido pesado, vulgar y sin interés, hasta los últimos libros de Ingenieros, de Manuel Ugarte, de Ricardo Rojas, de Contreras. ¡Qué oleada de vulgaridad, de esnobismo, de chabacanería, nos ha venido de América!

Muchos afirman que nosotros, los españoles, por política debemos elogiar a los americanos. Es una de tantas recomendaciones que salen de esos antros de hombres de sombrero de copa y con un discurso dentro que llaman sociedades iberoamericanas.

No creo que esa política tenga eficacia alguna.

Todavía las gentes de los pueblos viejos y civilizados son sensibles al halago y al cumplimiento; pero, ¿qué se le va a decir a un argentino, que, porque allí hay mucho trigo y muchos vacunos, cree que la Argentina es un país más importante que Inglaterra o Alemania?

Unamuno, que paralelamente desprecia en sus escritos a Kant, a Schopenhauer y a Nietzsche, y elogia al gran Aníbal Pérez y al gran poeta Diocleciano Sánchez, de las Pampas, no les parecerá bastante. El mismo Rueda se les figurará poco efusivo a estos rastacueros.


PÍO BAROJA, Juventud, egolatría, Taifa literaria, Barcelona, 1987, págs. 147-149.


Baroja sobre Unamuno


Realmente yo no creo que las condiciones intelectuales de don Miguel de Unamuno, aunque fueran grandes, justificaran un concepto tan extraordinario de sí mismo como él tenía. Unamuno se creía todo. Era sin proponérselo filósofo, matemático, geógrafo, filólogo, naturalista, arquitecto, además de vidente y de profeta.

Creía que las cosas eran de una simplicidad extraordinaria y que de esta simplicidad nadie se había dado cuenta hasta que él la advirtió. Un amigo suyo me contaba hace años los consejos que había dado Unamuno a un hijo suyo que por entonces era estudiante de medicina, como una muestra de genialidad. 

Don Miguel le decía a su hijo: “Toda la práctica de la medicina está en aprender bien el casillero”.

—¿Qué quería decir con eso? —pregunté yo.
—Con esto indicaba el arte del diagnóstico.
—Tú ves, por ejemplo —añadía dirigiéndose a su chico—, una persona que tiene fiebre, dolor de costado, esputo rojizo, se marca en el casillero los tres síntomas y sale pulmonía y se busca el remedio.
—Sí, si la medicina fuera eso, evidentemente no habría nadie que no fuera un médico regular, pero la medicina no es eso —dije yo.
—¿Usted cree que no? —preguntó el amigo de Unamuno.
—Naturalmente que no; si la medicina fuera así, claro que bastaría el casillero o un librito con los síntomas de las enfermedades y luego el tratamiento. Pero la medicina no es así. Se está en un hospital de interno, es decir, de aprendiz, se sabe ya algo de patología médica que se ha estudiado en el libro y viene un enfermo viejo; tiene poca fiebre, algo de dolor de cabeza y dice que le duele en la región del hígado. Piensa uno si se tratará de algo intestinal o de algo hepático, pero no de cosa muy grave. Al día siguiente viene el médico de la sala, hombre experimentado, reconoce al enfermo bien, con calma, lo examina, lo ausculta y señala como diagnóstico: pulmonía y como pronóstico, muy grave, y el enfermo tiene una pulmonía y se muere. Otras veces ocurre todo lo contrario: es un hombre joven que siente un dolor de costado fuerte, le duele la cabeza, tose y dice que ha pasado mucho frío, parece que tiene pulmonía y no tiene pulmonía, sino un dolor artrítico que a los dos días le ha desaparecido. En la práctica y al principio de ejercer el oficio, no son los matices de las enfermedades los que no se advierten, sino las cosas en bloque; no es la variedad ni el matiz el que se escapa, sino es el género.
—Pero hay enfermedades claras.
—Efectivamente, hay enfermedades claras que se presentan con su cuadro clásico, de síntomas y entonces las conoce el médico y la cocinera, pero hay otras, la mayoría, que se muestran obscuras y larvadas. En estos casos se puede decir que no hay enfermedades sino enfermos. Aquí no hay casillero que valga y el buen médico acierta por intuición, casi por adivinación. De cuatro o cinco síntomas se advierte claramente uno y éste a veces confuso. Si lo del casillero fuera verdad, en quince días se haría uno un buen médico y se puede decir que hay médicos que ni en quince ni en veinte años saben su oficio, porque no tienen condiciones para él.

Al ver que yo no celebraba esta idea del casillero tan simplista y tan trivial, el amigo de Unamuno se quedó un poco decepcionado. Yo le dije que estas originalidades, poco originales, me recordaban las de un profesor Letamendi que yo padecí cuando fuí estudiante de San Carlos. Letamendi, como Unamuno, tenía la misma omnisciencia y la misma seguridad en sus ideas y en lo que creía que eran sus descubrimientos. Muchas veces pensaba que una frase retórica era un hallazgo o una revelación.

Unamuno, como Letamendi, no oía a nadie, fuera quien fuese con quien hablase.

Hace unos años, un día por la mañana, me telefoneó Jiménez Caballero y me dijo si quería ir a su casa a comer en compañía de Keyserling. Yo le contesté:

—Prefiero no ir. Me figuro que será un tipo de estos soberbios, que se sienten superhombres y se creen por encima de todo.
—No, no lo crea usted, es persona amable y muy accesible. Ya verá usted, voy a buscarle a su casa.

Efectivamente, vino y fui con él. Me persuadí de que Keyserling es hombre amable y ameno, que habla, pero también escucha. Yo no le debí causar mala impresión, porque le dijo a mi hermana después, que yo era un hombre charmant, juicio un poco en contra de los que han afirmado que soy un tipo seco y antipático.

Se habló en la comida de autores y de políticos y Keyserling se refirió a una conversación que tuvo en Hendaya con Unamuno cuando éste se hallaba desterrado durante la dictadura.

—¿Y ya le dejó a usted hablar? —le pregunté yo.
—No. Habló sólo él.

Yo creo que Unamuno no hubiera dejado hablar por su gusto a nadie. No escuchaba. Le hubiera explicado a Kant lo que debía de ser la filosofía; a Riemann o a Poincaré, lo que era la matemática; a Planck y a Einstein, el porvenir de la física; a Frobenius, la etnografía de Africa, y a Frazer, los problemas del folklore. No le hubiera indicado a Mozart o a Beethoven lo que tenía que ser la música porque había decidido que la música no era nada y no valía la pena de ocuparse de ella, porque a él no le gustaba.

Unas chicas vascas, recién llegadas a Madrid, me dijeron en casa, hace unos años, por la tarde, que querían ir de noche al Ateneo a oír unas poesías que iba a recitar Unamuno. Yo les di una carta para el secretario de la sociedad de la docta casa, como se la llamaba, y las dejaron entrar. A los dos o tres días vi que se mostraban muy incómodas:

—¡Qué hombre, dijeron, ese Unamuno!
—¿Pués qué pasó?
—Que estuvo muy antipático con el público. Dijo que no tenía ganas de leer nada, que tenía sueño, que no sabía por qué le habían invitado a una cosa que le fastidiaba y amabilidades por el estilo.

En la redacción del periódico “España”, donde yo colaboré al principio, comenzó a presentarse Unamuno. Se sentía dictador. Si había cinco o seis personas en la redacción, se sentaba en medio de todos y hablaba. No aceptaba la menor réplica ni la más pequeña de las colaboraciones. Decía, por ejemplo, de alguno:

—Es un hombre negado.

Si alguien intentaba reforzar su opinión y añadía:

—Ciertamente, es algo torpe.

Unamuno replicaba con un tono imperativo:

—No, es un hombre negado.

Si contaba una anécdota o una frase ingeniosa a tres personas y venía otro de la calle, la volvía a contar. A alguna gente la trataba muy ásperamente.

Yo, cuando oía un calificativo duro sobre cualquier pobre hombre amigo, me levanta y decía:

—Bueno, señores, hasta mañana —y me iba.

Por estas fugas mías Unamuno debía creer que yo tenía algún motivo de hostilidad contra él, pero no tenía ninguno.

Yo pienso que en países como España, los escritores debían tomar una actitud discreta y esfumada, primero porque es la lógica en un país donde no se les quiere, segundo porque sino las gentes les toman mucho odio. A algunos no les importa ese peligro y adquieren un aire tan suficiente y tan ridículo que atraen todas las cóleras. Verdad es que, por el otro camino del aislarse y no destacarse, tampoco se consigue simpatías.

Yo, al menos, no he aceptado nunca que delante de mí se trate sin motivo, de una manera agria o descortés, a una persona conocida o amiga. No se lo aceptaría no ya a Unamuno, ni a Cervantes, ni a Shakespeare, si viviera. Por una cuestión por el estilo casi reñí una vez con Ramiro de Maeztu. Estábamos en la redacción periódico de San Sebastián titulado “El Pueblo Vasco”, el año 1903 ó 1904, varias personas, entre ellas, Maeztu, el director del periódico, Juan de la Cruz; el escritor Grandmontagne, americano de adopción, y un joven del pueblo llamado Vignau. Se habló de un artículo de Grandmontagne que había asegurado que en España no se fabrica apenas papel. Vignau le dijo:

—Creo que está usted un poco engañado en esa cuestión. Si usted quiere yo le acompañaré con mucho gusto a visitar algunas fábricas de papel de Guipúzcoa y verá usted que no son tan desdeñables.

—¿Para qué voy a ir a verlas, yo que he estado en las fábricas de papel de los Estados Unidos?

—Perdone usted —le dijo Vignau—. Esto me parece lo mismo que si yo le invitara a comer a mi casa y usted me contestase que había comido en los mejores hoteles del mundo.

—La opinión de usted me tiene sin cuidado —dijo Grandmontagne.

Entonces yo me levanté de la silla y dije:

—¡Bueno, adiós!

Por la noche, Maeztu me preguntó por qué había tomado aquella actitud y yo le contesté:

—Porque me pareció impertinente y grosera la contestación de Grandmontagne.

Maeztu, que entonces era todavía nietszcheano, dijo con empaque que se tenía derecho a ser grosero cuando se era un hombre superior, dando a entender que Grandmontagne y él lo eran, y yo le contesté que no veía en nada la superioridad de Grandmontagne ni la suya.

Unamuno era de una intransigencia extraordinaria, no oía a la gente; así que todo lo que decía no tenía más que la propia comprobación.

Algunas cosas de orgullo dijo bastantes absurdas y antipáticas como esa frase refiriéndose a los extranjeros: ¡Que inventen ellos! El inventar es el gran prestigio y el gran honor de los pueblos. Los españoles inventaron en su tiempo héroes literarios: El Cid, Don Juan, Don Quijote, la Celestina. Si no han inventado después en materia científica ha sido porque no les han dado enseñanza y medios para realizar descubrimientos. En algunas cosas, Unamuno tenía salidas de cura. Al artículo de un joven que hablaba con entusiasmo de Kant contestó que habría que ver si el filósofo serviría para tener hijos. Naturalmente nadie elegiría en su tiempo a Kant para padrear.

Poco después de conocer a Unamuno le encontré yo en un tranvía que iba de la estación del Norte a la Puerta del Sol. Era un sábado, venía él de Salamanca. Me preguntó qué hacía yo los domingos por la tarde. Yo contesté con vaguedad y me dijo que fuera al día siguiente a un café de la calle de Alcalá, cerca de la iglesia de las Calatravas, café que ya no existe. Fui y me preguntó:

—¿Tiene usted que hacer algo esta tarde?
—No.
—Entonces le voy a leer un capítulo de una novela mía: “Amor y pedagogía”.
—Bueno —dije yo.

El capítulo se convirtió en dos, en tres, en cuatro y me leyó todo el libro. Esto me pareció verdaderamente abusivo y ofensivo.

Unamuno era en todo intransigente. A mí me decía que un pequeño cuento mío titulado “Mari Belcha”, que aparece en “Vidas Sombrías”, primer volumen que yo publiqué, debía ponerlo en verso. A mí me parecía la idea absurda porque yo tengo poco sentido verbal y una falta absoluta de curiosidad por la métrica. Una vez insistió tanto en la recomendación que yo le dije:

—Yo, de escribir algo efusivo, tierno, lírico, del campo vasco, cosa que siento con verdadero fervor, escribiría versos en vascuence con la rima más pobre y con el menor sentido latino posible.

Esta idea le pareció una verdadera insensatez, una aberración, y refutó con mil argumentos de todas clases que a mí no me convencieron; pero, en fin, me callé sin replicar.

Otra muestra de la intransigencia de Unamuno la dió por esta época hacia el mismo tiempo. Iba yo una tarde por la Carrera de San Jerónimo con él cuando apareció Valle Inclán en sentido contrario. Eran por entonces hostiles en teorías literarias y no se reconocían ningún mérito el uno al otro. Yo estaba más de acuerdo con las ideas de Unamuno que con las de Valle Inclán, pero como hombre poco dogmático no creía que estas cuestiones estéticas fueran suficientemente graves para reñir por ellas.

Al encontrarse conmigo se pararon los dos; yo pensé por su aspecto que querían conocerse y hablarse, y los presenté, pero de pronto se desarrolló una hostilidad tan violenta y tan rápida entre ellos que, a una distancia de ochenta a cien metros, se insultaron, gritaron, se separaron, y yo me quedé solo. Luego, veinte o treinta años más tarde, se hicieron amigos y me dijeron que se veían en el Ateneo.

—¿Y ya se entienden? —pregunté a alguno de los que iban a la docta casa.
—No, cada uno tiene su tertulia, pero el que lleva siempre la voz cantante es don Miguel.

Unamuno tenía algunos rasgos físicos e intelectuales comunes con Valle Inclán.

El vasco tenía el cráneo pequeño y la frente huída; la cabeza de Valle Inclán era muy chica y alta como una casa estrecha de muchos pisos. En Galicia, entre la gente del pueblo, ví que era abundante este tipo de cabeza. En parte, a los dos les pasaba algo parecido; tenían cierto sentido efectista, teatral. En las fotografías daban más impresión que en la realidad. Unamuno tenía una voz como de flauta y Valle Inclán una voz de falsete bastante desagradable. Un profesor español de América dijo que Valle Inclán hablaba con una voz de bajo profundo y otro escritor afirmó que era hombre de belleza nazarena. ¡Hasta dónde puede llegar el absurdo de los admiradores!

La audacia del vasco y del gallego eran parecidas, mayor aún la del vasco.

Se contó que cuando el Rey de España le otorgó la Cruz de Alfonso XII, don Miguel se presentó en Palacio con su indumentaria habitual y dijo al monarca:

—Vengo a presentarse ante su Majestad porque me ha dado la Cruz de Alfonso XII, cruz que me la merezco.
—Es extraño —dicen que replico el Rey, más o menos asombrado—; los demás a quienes he dado la Cruz, me han asegurado que no la merecían.
—Y tenían razón —contestó don Miguel.

Unamuno era de un egoísmo absoluto. El era español, no había nada como España; era vasco, nada como ser vasco; era de Bilbao, lo mejor del mundo era ser de Bilbao. Vivía en Salamanca, Salamanca era la ciudad mejor de Europa.

Se ha dicho siempre que Unamuno era un tipo muy vasco, yo no lo digo porque sea bueno ni malo, pero no he visto ningún tipo en el país parecido a él en sentido espiritual. Realmente es muy difícil el poder comparar el hombre del campo o el tipo corriente de la ciudad con el hombre de cultura. En su intransigencia, don Miguel aseguraba que no le gustaba París ni los alrededores del Sena. Yo comprendo que a una persona cualquiera de España, de Italia, de Portugal o de la Cochinchina, le guste más vivir en su pueblo que en una ciudad de un país extranjero, por muy hermosa que sea; pero para no ver que París como urbe es lo mejor de Europa, hay que ser ciego o sistemático. Para mí, como digo, es mucho más agradable estar entre los suyos, con gente amiga, de idéntica manera de ser y de pensar, que pasearse por entre todos los Partenones, catedrales y museos de las ciudades famosas; pero esto no me impide comprender que París es una ciudad privilegiada por la naturaleza y por la historia.

Al año o a los dos años, en la República, Unamuno se encuentra con la hostilidad de los comunistas, que le consideran como un reaccionario. A muchos otros nos sucedió lo mismo.

En un ensayo de crítica de masas, sin duda imitado de Rusia, que se hizo en el Ateneo de Madrid, me invitaron para inaugurar la serie, explicando y defendiendo una novela mía. Esta novela se llamaba “Los Visionarios”. La impugnaría un joven Fernández Arnesto desde un punto de vista marxista y yo la defendería a mi modo. Al ir al Ateneo me encontré con que aquello parecía una encerrona, que el público era sólo de comunistas y muy hostil. A la primera ocasión, aquella gente se lanzó sobre mí con violencia diciendo que era un burgués y que escribía para burgueses. Yo repliqué con la misma violencia y con acritud mezclada con soma, y entonces uno de los capitanes de la tropa marxista, entonces corrector de pruebas, Pumarega, dijo que había que reconocer que yo vivía de mi trabajo como un pobre cualquiera, pero que había otros que estaban en el salón que gozaban del favor oficial. “¡Unamuno!”, gritó uno, y todos le miraron de una manera hostil, desvergonzada sañuda, y él quedó rojo de cólera. Seguramente ello contribuyó a su antipatía por los comunistas, que se mostraron brutales y estúpidos con él y con los demás escritores.

Yo, como digo, no tenía ninguna antipatía por don Miguel, pero me parecía muy excesivo todo lo suyo. Un año antes de la revolución del 36, lo vi la última vez en la estación del Norte, de Madrid. El iba a París y yo a Vitoria: hablamos un momento afectuosamente, y por lo que me ha dicho después don Blas Cabrera, le aseguró en el tren que estaba contento porque se había reconciliado conmigo. Al despedirse de mí, me dijo:

—Escriba usted siempre hasta el final, porque usted es un hombre de estilo.

Me dejó bastante asombrado. Yo, como digo, no tenía nada contra D. Miguel, únicamente que no era partidario del sistema suyo de agarrarlo a uno por su cuenta, de acogotarlo, de atarle de pies y mano y de convertirle en un oyente sordomudo.

Los últimos días de su vida, en Salamanca, debieron de ser muy duros y muy amargos para Unamuno. A sus palabras en una reunión fascista de la ciudad se contestó a gritos y tirando una mesa al suelo. Después de esto la gente, antigua amiga suya, le huía por miedo, y los chicos le tiraban piedras en la calle, según me dijeron.

Debió de ver que la época que comenzaba en España no era para que un hombre, por mucha energía que tuviera, pudiera resistir a masas fanáticas y enfurecidas. Los tiempos habían cambiado. Ya no se podía dar el caso de Castelar, que al salir del Congreso de Diputados, en Madrid, en tiempos de Amadeo de Saboya, se encontró en la calle en medio de una turba amenazadora y furiosa de gente armada y comenzó a hablar, y lo hizo tan bien y con tanta elocuencia que la multitud acabó aplaudiéndolo con locura. Unamuno debió de pasar sus días finales con un gran sufrimiento moral, luchando con su desesperación y su impotencia.

Yo no sé si la obra de Unamuno con el tiempo tomará mayores proporciones o se achicará. Yo me alegraría más de que se agrandara, sin embargo no lo creo mucho. Su obra sin él, creo que va a bajar. Sus novelas no me parecen de las que pueden quedar, los ensayos quizás estén mejor, pero no dan impresión de ser tan originales como parecen y los versos leídos en frío, aunque tengan conceptos elevados, parecen ásperos y pedregosos.


PÍO BAROJA, Siluetas de escritores y de políticos. Unamuno, recogido en Desde el exilio, Caro Raggio, Madrid, 1999

Unamuno sobre Hugo


Puede uno fiarse de Taine; de Hugo, no. Taine deformaba por sistema; Hugo, por ignorancia. Precisamente estoy leyendo la Leyenda de los siglos y regocijándome con la acumulación de despropósitos históricos del padre Hugo. Tenía una radical impotencia para comprender la historia. Sentía predilección por los asuntos españoles y, en efecto, no puede hablar de España sin soltar algún disparate. Su geografía, su historia, su toponimia española son divertidísimas de puro desatinadas. Baraja nombres, sucesos y lugares con la mayor desaprensión. Y en el fondo, Hugo es tan frío y tan sistemático como Taine, aunque aquél sea un ignorante y éste no. Porque Taine se enteraba bien antes de hablar de algo, y Hugo no se tomaba la molestia de enterarse.


MIGUEL DE UNAMUNO, fragmento de Taine, caricaturista, incluido en Contra esto y aquello, Obras completas III, Nuevos ensayos, Escelicer, Madrid, 1968