Sender sobre Unamuno

RAMÓN J. SENDER: Unamuno estaba siempre tratando de actuar impresionantemente en público, y aunque buen actor, era uno de esos actores sin flexibilidad que no hacen más que un tipo, siempre el mismo. Por lo tanto, aburría.

PREGUNTA: ¿No crees tú que en Unamuno había, en parte, un desaliño voluntario?

RJS.: No, no. Él hacía lo que podía de buena fe. Lo que pasa es que lo habían mimado como a un niño prodigio desde joven y creía que todo lo que salía de su pluma sin retoques debía ser publicado. Y publicaba cada idiotez que daba vergüenza leerlo... Claro, al lado de él Valle-Inclán nos ofrecía su maravilloso ejemplo de pulcritud, de exactitud, de pericia y de genio. No había duda de que Valle-Inclán, literariamente, era algo genuino y considerable.

P.: ¿Tenía Unamuno un carácter violento?

RJS.: No. Tenía en primer lugar una voz muy atiplada y una manera cazurra y campesina de hablar. Luego, todos estaban pendientes de sus labios y él se dejaba querer y tomaba una actitud inadecuada de prima-dona. Claro, a mí todo eso me molestaba. Los otros amigos suyos eran mucho más viejos que yo. Tenían otra idea de las cosas.

P.: ¿Crees que había histrionismo en su actitud?

RJS.: ¡Oh, sí! Definitivamente.

P.: ¿Y lo que dice Ortega, que lanzaba su yo en las reuniones como si fuera un ornitorrinco...?

RJS.: No sólo Ortega, sino Pío Baroja dice lo mismo, y Valle-Inclán, y todos los que lo trataban. Baroja, que no quería mucho a Valle, dice que éste era vanidoso y afectado, pero que no era nada al lado de Unamuno. Si se hablaba delante de él del talento militar de Napoleón decía: “¡Oh, no se fíen de la historia, porque era un jefe alemán de estado mayor, sobrino de Federico el Grande, quien planeaba las batallas!”. O cosas por el estilo.

P.: ¿Inventaba esas cosas?

RJS.: Sí. Para quitar aires al entusiasmo de todos los que elogiaban a alguien delante de él. No podía tolerarle grandeza alguna a Aristóteles ni a Alejandro Magno; a Sócrates ni a Platón. No podía permitir que nadie, en el pasado o en el presente, tuviera ningún pretexto para admirar a nadie que no fuera Miguel de Unamuno y Jugo. Era un caso verdaderamente patológico. A veces, todo se resolvía en tonos grotescos.

P.: ¿Y cómo te explicas el tremendo éxito que Unamuno ha tenido como escritor? La crítica lo ha elogiado y sigue elogiándolo.

RJS.: En todas partes hay dos clases de escritores: unos a quienes se elogia y otros a quienes se lee. En España, en esa época, no había crítica, realmente. No hubo crítica desde la muerte de Menéndez Pelayo. Y también se elogiaba a don Miguel por provincianismo. Unamuno comenzó a hacer efecto cuando fue rector de Salamanca. Y porque era uno de los pocos que sabía griego en su tiempo. Latín lo sabe todo el mundo en España mejor o peor, pero griego lo saben muy pocos. Sin embargo, no parecía haber aprendido gran cosa de los griegos. Del sentimiento trágico de la vida es una paráfrasis de Spinoza, a quien además no acaba de comprender. En todo el libro el único interés está en lo que cita ocasionalmente de Spinoza. Las reacciones suyas ante Spinoza, a quien llama por cierto de vez en cuando “el pobre Spinoza”, son absurdas. El pobre Spinoza, de quien el rico Unamuno vive en ese libro.

P.: A Ortega le parecía también Unamuno muy antipático... Ortega escribe muy bien, ¿no te parece?

RJS.: Ortega resulta a veces un poco atento a lo decorativo. Pero era un hombre muy civilizado, muy culto. Y el pobre Unamuno era un seudocampesino. Habría sido un magnífico cura de aldea, un poco cascarrabias, y le habrían tenido miedo las mujeres. Yo lo molesté varias veces con bromas que lo ponían nervioso. Las bromas le molestaban porque no tenía sentido de humor. Un día decía: “Ya querría yo saber quién era William Shakespeare”. Y yo le respondí: “Eso está ya averiguado. William Shakespeare era otro hombre de la misma edad que William Shakespeare que se llamaba William Shakespeare”. Los otros soltaron a reír y Unamuno se puso amarillo de rabia...

RAMÓN J. SENDER, entrevistado por MARCELINO C. PEÑUELAS para Conversaciones con Ramón J. Sender , Magisterio Español, Madrid, 1969, 286 págs.
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