Otero había sido un poeta importante en mi formación doctrinal. Aquella poesía llegó entonces a entusiasmarme. Pero en 1979 ya había dejado de ser un ídolo; hoy, su obra se me ha derrumbado mucho. La ideología de la época la abruma, casi la ahoga. Fluye un complejo de culpa en algunos poemas que me resulta difícilmente soportable. ¿Por qué la mujer amada besa "besos de Dios", ¿por qué la unión de los cuerpos no basta ("porque, ¡oh, por qué!, no basta eso")?, ¿por qué ese final de Ángel fieramente humano tan teñido de religiosidad que rompe la coherencia del libro? Y su vasquismo resulta irónico a la vista de los acontecimientos. Y luego está la sobreactuación del discurso poético, el exceso de retórica, el continuo énfasis expresivo. Llega un momento en que cansa tanta angustia, tanta ausencia de Dios, tanta neurosis religiosa. Escribió, sin duda, algunas poemas dignos de recordación, pero no es el poeta mayor que durante años creímos.
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MIGUEL GARCÍA-POSADA, Cuando el aire no es nuestro. Memorias II, Península, 2001, Barcelona, págs. 156 y 157