La manía sistematizadora de los franceses. Lévi-Strauss y los mitos. Son seccionados y rearticulados de manera tal que pierden su eficacia. Y este proceso de destrucción de los mitos se considera investigación de los mitos.
¿Cómo puede un hombre que ha devorado miles de mitos no saber que son lo contrario de cualquier sistema?
La empresa de Lévi-Strauss me resulta tan enigmática, ese revolcarse en lo académico por parte de alguien que está sobresaturado de mitos — ¿cabe imaginar algo más desesperanzador? Intento comprenderlo leyendo las conversaciones con él.
Lévi-Strauss dice que estaba lleno de mitos, embriagado por ellos ya a primera hora de la mañana, más y más mitos durante horas y más horas y días y años. Suena a extasiado, como un recuerdo de vivencias auténticas. Y uno se entera luego de que desde su juventud le gustaba Wagner y que Wagner influyó en su tratamiento de los mitos. Compara el proceso de fragmentación y posterior recuperación y repetición de ciertas partes de los mitos con los "motivos-guía" wagnerianos. Esto ya es bastante discutible de por sí. Pero también se le olvida mencionar que Wagner se pasó años ocupado en un único mito, mientras que él, Lévi-Strauss, va poniendo en fila cientos de mitos como en un herbario.
Y esto es lo único que admite comparación con su método: las plantas prensadas de un herbario. Los ha ido pegando uno a uno en un libro, clasificándolos por especies y familias.
Y son también estos principios clasificadores los que le interesan. Cierto es que inventa algunas oposiciones simples como crudo y cocido, por ejemplo, con cuya ayuda realiza su clasificación. Pero, ¿qué queda del mito propiamente dicho?
Ni siquiera la tenue vivencia del investigador que, en una sola mañana, ha absorbido quizá dos docenas de golpe.
Su vida propiamente dicha son, sin embargo, las instituciones. Un impulso irresistible lo impelía hacia la vida académica, y acabó recalando en el Collége de France. El lugar al que llega así, el Instituto, es ya, arquitectónicamente hablando, una de las instituciones más antiguas y venerables de Francia.
Su primer campo de investigación —y el más específico— son los sistemas de parentesco. Apenas si hay otra cosa, pero qué le vamos a hacer: los trabajos de la antropología inglesa y norteamericana lo entusiasmaron, y el interés por su familia judeo-francesa, muy ramificada, parece haber permanecido siempre despierto en él.
Lo realmente asombroso es la conexión que existe entre este ámbito de trabajo inicial y el posterior, consagrado a los mitos. El hecho de que en ambos casos empleara el mismo método no parece haberlo confundido.
Su destrucción del totemismo, por último, se piense lo que se piense sobre ello, procede de su absoluta necesidad de clasificar. Esto habría que discutirlo con más precisión.
Es deudor sobre todo del estructuralismo lingüístico de Jacobson, que le brinda la excusa para todas las arideces de las que es culpable.
Entre sus amigos menciona a André Bretón y a buena parte de los surrealistas. No es fácil decir cómo contribuyeron éstos a que él tramase sus tejidos, quizá menospreciando otros tejidos. Y éstos —sin duda contra su voluntad— también serían mitos.
La resistencia que siempre he sentido hacia Lévi-Strauss (sin haberlo estudiado seriamente y pese a que su oposición a Sartre me gustaba) encuentra ahora su explicación: durante toda su vida fue discípulo de Richard Wagner en el sensibilísimo campo del mito. Me resulta casi inconcebible que alguien que se haya dedicado a los mitos durante veinte años confiese esta dependencia.
ELIAS CANETTI, Apuntes 1992-1993, Anaya & Mario Muchnik, Madrid, 1997, págs. 90-92, traducción de Juan José del Solar.