A aquellos escritores no podría atraerles la vitalidad y el estilo muy personal de Rimbaud. Todos y cada uno le rechazaron en bloque en razón de lo que llamaban el caos de sus teorías y sus errores gramaticales y de sintaxis. En su actitud no se descubre tan sólo desagrado y desaprobación, sino el terror primordial e instintivo al cambio. Todos los poetas de edad madura mejor considerados, como Leconte de Lisle y Banville, lo rechazaron; tampoco lo aceptaron los de la generación más joven –Coppée, Heredia y Catulle Mendès– que se consideraban progresistas. Únicamente Verlaine creía en el talento de su amigo, pero su opinión carecía de peso, porque se pensaba que Rimbaud lo había embrujado.
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ENID STARKIE, Arthur Rimbaud, Siruela, Madrid, 2000, págs. 199 y 200.