Muñoz Molina sobre Alberti

En Granada, en los primeros años ochenta, yo vi de vez en cuando de cerca a Rafael Alberti, y como era más joven y propenso a la reverencia tardé en darme cuenta de que el fondo íntimo de rechazo o de incomodidad que me producía estaba causado por la sospecha de que aquel hombre iba disfrazado de algo, estaba interpretando un papel. Igual que Borges se resignó en la vejez a hacer de Borges, Rafael Alberti, después de cuarenta años en el destierro, volvió a España vestido de Rafael Alberti, y pasó el periodo final de su vida perfeccionando la interpretación de ese papel, con un cuidado en los detalles digno de los más solventes impostores: la melena blanca, la gorra de marinero apócrifo, la camiseta de anchas rayas, la elocuencia magnífica con que recitaba, mezclando en su hermosa voz acentos porteños e italianos.

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(...) Siguió mejorando con los años su imitación de sí mismo, escribiendo poemillas que eran parodias de los de su juventud, produciendo sin descanso falsificaciones no siempre convincentes de aquellas floridas caligrafías en colorines que formaban parte tan integral de su personaje como la consabida camiseta, la gorra y la melena, actuando de Rafael Alberti en escenarios de recitales y tribunas de mítines.

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ANTONIO MUÑOZ MOLINA, Alberti de cerca, El País, 8 de diciembre de 2007. Todo el artículo AQUÍ