Ussía sobre Umbral

He leído con pasmosa facilidad el último libro de Francisco Umbral,Cela: Un cadáver exquisito. No es un buen libro. Algo de donaire en el continente y mucho de malaire en el contenido. La amistad de Cela y Umbral merecía más reposo y menos precipitación oportunista. Tiene ráfagas estallantes, porque Umbral aunque escriba algún libro malo es un gran escritor, pero no emociona, ni sorprende, ni indigna, ni revela. Cuatro son los héroes y heroínas del ensayo, Inés Oriol, Sisita Milans del Bosch, César González Ruano y el propio Umbral. Camilo va de poca cosa renqueante y Marina Castaño de chisme. Pero no son Camilo José Cela, ni Marina Castaño, ni Carmen Conde, ni Pepe García Nieto los protagonistas de unas vivencias desencuadernadas. La protagonista, la obsesión, casi la enfermedad -un libro es siempre enfermedad de alguien-, es la Real Academia Española, que todavía no le ha abierto las puertas a Umbral, con tanta injusticia como perseverancia. He defendido sistemáticamente el ingreso de Umbral en la RAE, y dos ilustres académicos se molestaron con mis argumentos favorables y mis suspicacias personales. Pedro Laín Entralgo y Julián Marías, el primero ya ausente y el segundo gozosamente vivo, lúcido y brillante. Pero si las cosas no pueden ser porque además son imposibles, se renuncia dignamente y ya está. Ahí tenemos a Jaime Campmany, que es otro académico nato, con elegante silencio ante el inmortal olvido.

Retrata Umbral a Cela a través de una desfiguración propia. Se presenta a Camilo como un escritor que degenera en burgués y esnob. ¿Cree Paco Umbral que su evolución es desbarajuste común? Cela, según Umbral, cambia con el Nobel y se convierte en un señor bien educado que recibe a sus amigos, viejos y nuevos, en su casa de Puerta de Hierro en Madrid. En esa casa ricachona y desmedida descubre Umbral los defectos que no tiene su proletaria «dacha», isla revolucionaria en una de las urbanizaciones más ricas y rumbosas de los alrededores capitalinos. Hace mal Cela tratando a tanta marquesa, pero Umbral -como su amigo y también magnífico escritor, Raúl del Pozo- acierta plenamente volando de Llamazares a Inés Oriol y del añorado PCE a Sisita Milans del Bosch. En sus casos el esnobismo no existe, los chalés no son burgueses, la alta sociedad no infecta, los bienes materiales no corrompen y la revolución sigue en pie. Pero uno abusa de un muerto amigo para airear sus trapos sucios, y el otro retrata con crueldad a una duquesa que le ofreció amistad y confianza. Lo tengo escrito. La peor deslealtad es la que nace del resentimiento social.

El que pretenda encontrar en este nuevo libro de Umbral el talento continuo de su autor, se llevará una notable decepción. No va más allá de un texto cotilla con un mensaje nada escondido. Cela, que luchó con aspereza y bronca para que el Cervantes se lo llevara Umbral, fracasó en sus intentos de sentarlo en la Real Academia Española. Señores Lázaro Carreter y De la Concha: les recuerdo que me lo han prometido, pero la promesa no se cumple. No me interesa para nada la Real Academia Española, pero si no me hacen académico, se van a enterar ustedes. Ese es el mensaje.

Lo siento por Umbral, que no por Cela, Marina o demás fantasmas zaheridos. Lo siento por mi viejo afecto y honda y cacareada admiración hacia el escritor vallisoletano, uno de los mejores prosistas españoles de las últimas décadas. Lo siento porque creía a Umbral por encima de las pequeñas miserias y los arañazos por la espalda. Lo siento porque un gran escritor nos ofrece un mal libro. Y lo siento porque el gran escritor no ha demostrado, en esta ocasión, que puede ser también -y lo es- una buena y generosa persona.

ALFONSO USSÍA, La Academia y Umbral, publicado en ABC el 28 de abril de 2002 y recogido en El bosque sonriente, Ediciones B, Barcelona, 2003, págs. 207 y 208.