Aquella noche despedíamos a Julián Cortés-Cavanillas, que regresaba a Madrid después de muchos años de corresponsalía romana. No sé por dónde venía el hilo de la tertulia, pero recuerdo que cuando me tocó hablar afirmé que los escritores gallegos escriben un castellano muy rico, jugoso y singular, y me parece que cité, entre otros, los nombres de don Ramón María del Valle-Inclán, Eugenio Montes, allí presente, Álvaro Cunqueiro, Julio Camba y, naturalmente, Cela...
Al escuchar el nombre de Cela, Montes golpeó repetidamente la mesa con los nudillos para llamarme al orden. Me quedé parado, mudo y de una pieza, hundido bajo la interrupción del maestro.
–Cela no, Cela, no. ¿Sabe usted cómo escribe Cela? –Todos abrimos la boca en silencio esperando la explicación–. Pues Cela pone en la cuartilla, por ejemplo, "La Catira se levantó aquella mañana de mal humor." La frase le parece suave, y corrige: "La puta de la Catira se levantó aquella mañana de mala leche." Aquello todavía no le llena del todo, y añade: "La puta cabrona de la Catira se levantó aquella mañana de mala leche." Pues no se conforma, y sobrescribe y concluye: "La puta cabrona de la Catira se levantó aquella mañana de mala hostia."
Le conté una tarde la anécdota a Camilo José Cela, y no puedo decir que le hiciera demasiada gracia.
JAIME CAMPMANY, El jardín de las víboras, Espasa-Calpe, Madrid, 1996, págs. 78 y 79